Capítulo IV

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Capítulo IV

Mensaje por iita ™ el Vie Ago 17, 2012 2:02 pm

Llego a mi calle cinco minutos antes de lo que acostumbro según mi reloj, que es el único adorno que la Abnegación me permite, y sólo porque es práctico. Tiene una banda de color gris y una cara de vidrio. Si lo inclino de forma correcta, casi puedo ver mi reflejo en mi mano.
Las casas de mi calle son todas del mismo tamaño y forma. Están hechas de cemento gris, con pocas ventanas, económicas, con bordes rectangulares. Los jardines son de pasto de cuaresma y los buzones son de metal apagado. Para algunos, la vista podría ser triste, pero para mí la simplicidad es reconfortante.
La razón de la sencillez no es por desprecio a la singularidad, como las otras Facciones que a veces interpretan eso. Todo ―nuestras casas, nuestras ropas, nuestros peinados― se plantean para que nos ayuden a olvidarnos de nosotros mismos y para protegernos de la vanidad, la codicia y la envidia, que son justamente las formas del egoísmo. Si tenemos poco y queremos poco, todos somos iguales y no le tenemos envidia a nadie.
Yo trato de que me guste esto.
Me siento en el porche delantero y espero a que llegue Caleb. Esto no toma mucho tiempo. Después de un minuto veo a una forma vestida de gris caminando por la calle. Escucho risas. En la escuela tratamos de no llamar demasiado la atención sobre nosotros mismos, pero una vez que estás en casa, los juegos y las bromas inician. Mi tendencia natural hacia el sarcasmo todavía no es apreciada. El sarcasmo siempre es a expensas de alguien. Tal vez sea mejor que la Abnegación quiera que yo la suprima. Tal vez no tenga que dejar a mi familia. Tal vez si lucho por hacer bien el trabajo de Abnegación, mi acto se convertirá en realidad.
―¡Beatrice! ―dice Caleb―. ¿Qué pasó? ¿Te encuentras bien?
―Estoy bien. ―Él está con Susan y su hermano Robert, y Susan me está dando una mirada extraña, como si fuera una persona diferente a la que ella conocía esta mañana. Me encojo de hombros―. Cuando la prueba terminó, me enfermé. Debe haber sido por el líquido que nos dieron. Me siento mejor ahora, sin embargo.
Trato de sonreír convincentemente. Me parecen haber persuadido a Susan y Robert, que ya no parecen preocupados por mi estabilidad mental, pero Caleb me entorna los ojos, como lo hace cuando alguien sospecha de duplicidad.
―¿Han tomado el autobús hoy día? ―pregunto. No me importa cómo Susan y Robert llegaron de la escuela, pero tengo que cambiar de tema.
―Nuestro padre tuvo que trabajar hasta tarde ―dice Susan―, y nos dijo que tenemos pasar algún tiempo pensando antes de la ceremonia de mañana.
Mi corazón late con fuerza ante la mención de la ceremonia.
―Estás invitada a venir después, si lo deseas ―dice Caleb cortésmente.
―Gracias. ―Susan le sonríe a Caleb. Robert levanta una ceja hacia mí. Él y yo hemos estado intercambiando miradas durante el año pasado, cuando Susan y Caleb coqueteaban de la forma tentativa sólo conocida por la Abnegación.
Los ojos de Caleb siguen el camino de Susan, tengo que agarrar su brazo para sacarlo de su aturdimiento. Lo llevaría a la casa y cerraría la puerta detrás de nosotros.
Se vuelve hacia mí. Con sus cejas oscuras y rectas reuniéndose para que una arruga aparezca entre ellas. Cuando frunce el ceño, se parece más a mi madre que a mi padre. En un instante lo veo viviendo el mismo tipo de vida que mi padre: permanecer en la Abnegación, aprendiendo un oficio, casándose con Susan, y teniendo una familia. Será maravilloso.
Yo no puedo verme.
―¿Vas a decirme la verdad? ―pregunta en voz baja.
―La verdad es que… ―le digo―, se supone que no tengo que hablar de ello. Y no se supone que tú no tienes que preguntarlo.
―¿Todas esas reglas que tuerces, y no puedes torcer esta? ¿Ni siquiera para algo tan importante? ―Sus cejas se juntan, y muerde la comisura de sus labios. Aunque sus palabras son acusatorias, suena como si estuviera investigando para obtener información, como si en realidad quisiera mi respuesta.
Estrecho mis ojos. ―¿Y tú? ¿Qué paso en tu prueba, Caleb?
Nuestros ojos se encuentran. Escucho el silbato de un tren, tan débil que podría fácilmente ser el viento silbando a través de un callejón. Pero yo lo sé cuando lo escucho. El sonido suena como la Tenacidad llamándome hacia ellos.
―Sólo... no les digas a nuestros padres lo que pasó, ¿de acuerdo? ―le digo. Sus ojos se quedan en los míos por unos segundos, y luego asiente con la cabeza.
Quiero ir arriba y acostarme. La prueba, la caminata, y mi encuentro con el hombre sin Facción me agotaron. Pero mi hermano hizo el desayuno esta mañana, y mi madre preparó los almuerzos, y mi padre hizo la cena de anoche, así que es mi turno para cocinar. Respiro profundamente y entro en la cocina para empezar a cocinar. Un minuto después, Caleb se une a mí. Aprieto los dientes. Él ayuda con todo. Lo que más me irrita de él es su bondad natural, su innata generosidad.
Caleb y yo trabajamos juntos, sin hablar. Cocino los guisantes en la cocina. Él descongela cuatro piezas de pollo. La mayor parte de lo que comemos son congelados o enlatados, porque las granjas en estos días están muy lejos. Mi madre me dijo una vez que, hace mucho tiempo, hubo personas que no compraban los productos genéticamente modificados, ya que veían esto como artificial. Ahora no tenemos otra opción.
En el momento en que mis padres llegan a casa, la cena está lista y la mesa puesta. Mi padre deja caer su bolsa en la puerta y me besa en la cabeza. Otras personas lo ven como un hombre obstinado ―muy testarudo, tal vez― pero también es cariñoso. Trato de ver sólo lo bueno en él; lo intento.
―¿Cómo te fue en la prueba? ―me pregunta. Echo los guisantes en un tazón.
―Bien ―le digo. No podría ser Sinceridad. Miento con demasiada facilidad.
―Me enteré de que hubo algún tipo contratiempo con una de las pruebas ―dice mi madre. Como mi padre, ella trabaja para el gobierno, pero maneja los proyectos de mejora de la ciudad. Se reclutó en los voluntarios para administrar las pruebas de aptitud. La mayoría de las veces, sin embargo, organiza a los trabajadores para ayudar a los Sin Facciones con alimento, refugio y oportunidades de trabajo.
―¿En serio? ―dice mi padre. Un problema con las pruebas de aptitud es raro.
―No sé mucho acerca de ello, pero mi amigo Erin me dijo que algo salió mal con una de las pruebas, por lo que los resultados tuvieron que ser reportados verbalmente. ―Mi madre pone una servilleta al lado de cada plato sobre la mesa―. Al parecer, el estudiante se enfermó y fue enviado a casa temprano. ―Mi madre se encoge de hombros―. Espero que se encuentre bien. ¿Escucharon ustedes dos acerca de eso?
―No ―dice Caleb. Le sonríe a mi madre.
Mi hermano no podría ser Sinceridad tampoco.
Nos sentamos en la mesa. Siempre los alimentos se pasan hacia la derecha, y no se come hasta que cada uno se sirve. Mi padre extiende sus manos a mi madre y mi hermano, y ellos extienden sus manos hacia mí, y mi padre le da gracias a Dios por los alimentos, por el trabajo, los amigos y por la familia. No todas las familias de Abnegación son religiosas, pero mi padre dice que debemos tratar de no sentir esas diferencias, ya que sólo nos dividen. No estoy segura de qué hacer con eso.
―Por lo tanto ―mi madre le dice a mi padre―, cuéntame.
Toma la mano de mi padre y mueve su dedo en un pequeño círculo sobre sus nudillos. Miro a sus manos unidas. Mis padres se aman, pero rara vez muestran un afecto como este frente a nosotros. Ellos nos enseñaron que el contacto físico es poderoso, entonces he sido cautelosa de ello desde que era más joven.
―Dime lo que te molesta ―añade.
Miro a mi plato. Los agudos sentidos de mi madre a veces me sorprenden, pero ahora me reprenden. ¿Por qué estaba tan centrada en mí misma que no me di cuenta de su ceño fruncido y su postura hundida?
―He tenido un día difícil en el trabajo ―dice―, bueno, en realidad, era Marcus quien tuvo el día difícil. No debería reclamar sobre ello.
Marcus es un compañero de trabajo de mi padre, ellos son los líderes políticos. La ciudad es gobernada por un consejo de medio centenar de personas, compuesto en su totalidad por representantes de Abnegación, porque nuestra Facción es considerada como incorruptible, debido a nuestro compromiso con la Abnegación. Nuestros líderes son seleccionados por sus pares por sus impecables caracteres, fortaleza moral y capacidades de liderazgo. Los representantes de cada una de las otras Facciones pueden hablar en las reuniones en nombre de un tema en particular, pero en última instancia, la decisión es la del Consejo. Y mientras que el consejo técnicamente toma las decisiones en conjunto, Marcus es el particularmente influyente.
Ha sido así desde el comienzo de la gran paz, cuando las Facciones se formaron. Creo que el sistema persiste porque tenemos miedo de lo que podría pasar si no lo hiciera: Guerra.
―¿Es acerca del informe público de Jeanine Matthews? ―dice mi madre.
Jeanine Matthews es la única representante de los Sabiduría, seleccionada en base a su puntuación de IQ. Mi padre se queja con frecuencia de él.
Miro hacia arriba. ―¿Un informe?
Caleb me da una mirada de advertencia. No se supone que debemos hablar en la mesa a menos que nuestros padres nos hagan una pregunta directa, y por lo general no lo hacen. Nuestros oídos están escuchando un regalo para ellos, dice mi padre. Ellos nos regalan sus atentos oídos luego de la cena, en la sala de estar.
―Sí ―responde mi padre. Sus ojos entrecerrados―. Aquellos arrogantes, mojigatos ―él se detiene y se aclara la garganta―. Lo siento. Pero ella dio a conocer un informe que ataca el carácter de Marcus.
Levanto mis cejas. ―¿Qué decía? ―pregunto.
―Beatrice ―dice Caleb en voz baja.
Volteo la cabeza, girando el tenedor una, otra y otra vez hasta que el calor sale por mis mejillas. No me gusta ser reprendida. Sobre todo por mi hermano.
―Dijo ―empieza mi padre―, que la violencia y la crueldad de Marcus hacia su hijo es la razón por la cual su hijo eligió Intrepidez en lugar de Abnegación.
Pocas personas que han nacido en Abnegación optan por salir de ella. Cuando lo hacen, lo recordamos. Hace dos años, el hijo de Marcos, Tobias, nos dejó por Intrepidez, y Marcus estaba devastado. Tobias era su único hijo y su única familia ya que su esposa murió al dar a luz a su segundo hijo. El bebé murió minutos después.
Nunca conocí a Tobias. Rara vez asistió a los eventos de la comunidad y nunca se unió a su padre en nuestra casa para la cena. A menudo mi padre comentaba que era extraño, pero eso ahora no importa.
―¿Cruel? ¿Marcus? ―Mi madre niega con la cabeza―. Ese pobre hombre. Como si necesitara que le recuerden de su pérdida.
―¿De la traición de su hijo, quieres decir? ―dice mi padre con frialdad―. No debería sorprenderme este punto. Los Sabiduría nos han estado atacando con estos informes durante meses. Y este no es el final. Habrá más, te lo garantizo.
Yo no debería hablar otra vez, pero no puedo ayudarme a mí misma. Lo dejo escapar. ―¿Por qué hacen esto?
―¿Por qué no aprovechar esta oportunidad para escuchar a tu padre, Beatrice? ―me dice mi madre suavemente. Esto formulado como una sugerencia, no como una orden. Veo a través de la mesa a Caleb, quien tiene esa mirada de desaprobación en sus ojos. Miro mis guisantes. No estoy segura de que pueda vivir esta vida de obligación por mucho más tiempo. No soy lo suficientemente buena.
―¿Sabes por qué? ―dice mi padre―, porque tenemos algo que ellos quieren. Valoramos el conocimiento por encima de todos los resultados en el ansia de poder, y que llevan a los hombres a los lugares oscuros y vacíos. Debemos estar agradecidos de que sabemos más. ―Asiento con la cabeza. Yo sé que no me van a elegir Sabiduría, a pesar de que los resultados de mi prueba sugieran que podría. Yo soy la hija de mi padre.
Mis padres limpian después de la cena. Ni siquiera dejan a Caleb ayudarlos, porque se supone que debemos mantener para nosotros esta noche, en lugar de reunirnos en la sala de estar, así podemos pensar en nuestros resultados.
Mi familia podría ser capaz de ayudarme a elegir, si yo pudiera hablar sobre mis resultados. Pero no puedo. En mi memoria hay susurros de alerta de Tori cada vez que mi decisión de mantener la boca cerrada afloja. Caleb y yo subimos las escaleras, en la parte superior, cuando nos dividimos para ir a nuestras habitaciones separadas, me detiene con una mano sobre mi hombro.
―Beatrice ―dice, mirándome con severidad a los ojos―, debemos pensar en nuestra familia. ―Hay un tambaleo en su voz―. Pero también debemos pensar en nosotros mismos.
Por un momento lo miro fijamente. Nunca lo he visto pensar en sí mismo, nunca le oí insistir en nada de eso del interés.
Estoy muy sorprendida por el comentario, que sólo digo lo que se supone que tengo que decir: ―Las pruebas no tienen que cambiar nuestras decisiones.
Sonríe un poco. ―¿No lo hacen, entonces?
Me aprieta el hombro y camina hacia su habitación. Me asomo a su habitación, veo la cama sin hacer y un montón de libros en su escritorio. Él cierra la puerta. Me gustaría poder decirle que estamos pasando por lo mismo. Me gustaría poder hablar con él, como yo quiero hacerlo en lugar de como se supone que debo. Pero la idea de admitir que necesito ayuda es demasiado difícil de soportar, por lo que me doy la vuelta.
Entro en mi habitación, y cuando cierro la puerta detrás de mí, me doy cuenta de que la decisión puede ser muy sencilla. Se requeriría de un gran acto de generosidad para elegir la Abnegación, o un gran acto de valentía para elegir Intrepidez, y tal vez sólo elegir una sobre la otra prueba me demostrará dónde pertenezco. Mañana, aquellas dos cualidades lucharán dentro de mí, y sólo una puede ganar.
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