Capítulo XII

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Capítulo XII

Mensaje por iita ™ el Vie Ago 17, 2012 2:42 pm

Me arrastro a través de mi colchón con un fuerte suspiro. Han pasado dos días desde mi pelea con Peter, y mis heridas se están tornando moradas-azules. Me he acostumbrado al dolor cada vez que me muevo, así que ahora me muevo mejor, pero todavía estoy lejos de estar sana.
A pesar de que todavía estoy lesionada, tuve que pelear hoy otra vez. Por suerte esta vez, fui pareja contra Myra, quien no puede lanzar un buen golpe si alguien está controlando su brazo. Tuve un buen golpe durante los primeros dos minutos. Ella cayó y estaba demasiado mareada para levantarse. Debería sentirme triunfante, pero no hay triunfo en golpear a una chica como Myra.
Al segundo que mi cabeza toca la almohada, la puerta del dormitorio se abre, y una multitud entra al cuarto con linternas. Me siento, casi golpeando mi cabeza contra la cama encima de mí, y entrecierro los ojos en la oscuridad para ver qué está pasando.
―Todo el mundo ¡arriba! ―alguien ruge. Una linterna alumbra detrás de su cabeza, haciendo que los aretes en sus oídos brillen. Eric. Rodeándolo están otros Intrepidez, algunos de los cuales he visto en La Fosa, algunos no los he visto antes. Cuatro se encuentra entre ellos.
Sus ojos se mueven hacia mí y se quedan allí. Miro fijamente hacia atrás y me olvido de todo a mí alrededor, los transferidos se levantan de la cama.
―¿Está sorda, Estirada? ―demanda Eric. Salgo bruscamente de mi aturdimiento y me deslizo fuera de las cobijas. Estoy contenta de haber dormido con la ropa puesta, porque Christina está de pie al lado de nuestra litera, vistiendo solo una camiseta, sus largas piernas desnudas. Ella se cruza de brazos y mira fijamente a Eric. De repente, desearía, poder mirar a alguien tan atrevidamente con apenas nada de ropa, pero yo nunca sería capaz de hacer eso.
―Tienen cinco minutos para vestirse y encontrarnos en las vías ―dice Eric―. Nos vamos a otro viaje de campo.
Meto mis pies en los zapatos y corro, haciendo muecas de dolor, por detrás de Christina en el camino hacia el tren, Una gota de sudor cae por la parte de atrás de mi cuello mientras corremos a lo largo de las paredes de La Fosa, empujando los antiguos miembros en nuestro camino. Ellos no están sorprendidos de vernos. Me pregunto cuánta gente desesperada, corriendo ven ellos una vez por semana.
Llegamos a las vías justo detrás de los Iniciados nacidos en Intrepidez. Al lado de las vías hay un montón de negro. Distingo un grupo de cañones largos y seguros de armas.
―¿Vamos a dispararle a algo? ―bufa Christina en mí oído.
Al lado una pila de cajas que parecían ser municiones. Yo estaba unas pulgadas más cerca para leer una de las cajas. Escrito en ella “Bolas de pintura”
Nunca había escuchado hablar de ellas antes, pero el nombre habla por sí mismo. Me río.
―¡Todo el mundo agarre un arma! ―grita Eric.
Nos precipitamos hacia la pila. Soy la más cercana a esta, así que arrebato la primera arma que pude encontrar, una pesada, pero no tan pesada como para no levantarla, y cojo una caja de bolas de pintura. Meto la caja en mi bolsillo y la honda del arma en mi espalda por lo que la correa se cruza en mi pecho.
―¿Tiempo estimado? ―pregunta Eric a Cuatro.
Cuatro mira su reloj. ―Cualquier momento. ¿Cuánto tiempo te toma memorizar el horario del tren?
―¿Por qué debería, cuando te tengo a ti para recordármelo? ―dice Eric, empujando el hombro de Cuatro.
Un círculo de luces aparece a mi izquierda, muy lejos. Crece a medida que se acerca, brillando contra un lado de la cara de Cuatro, creando una sombra en el débil hoyo debajo de su pómulo.
Él es el primero en subirse al tren, y yo corro detrás de él, sin esperar a Christina o Will o Al que me siguen. Cuatro se da la vuelta cuando caigo dentro del siguiente vagón y me sostiene una mano. Agarro su brazo y él me impulsa. Incluso los músculos de su antebrazo se tensan, definidos.
Me suelto rápidamente, sin mirarlo, y me siento al otro lado del carro.
Una vez que todo el mundo entra, Cuatro habla.
―Nos dividiremos en dos equipos para jugar a capturar la bandera. Cada equipo tendrá un equilibrio de miembros. Iniciados nacidos en Intrepidez y los transferidos. Un equipo bajará primero y encontrará un lugar para esconder su bandera. Luego el segundo equipo bajará y hará lo mismo. ―El carro se balancea, Cuatro se agarra del lado de la puerta para mantener el equilibrio―. Esta es una tradición de Intrepidez, así que sugiero que lo tomen seriamente.
―¿Qué obtenemos si ganamos? ―grita alguien.
―Suena como el tipo de pregunta que alguien de Intrepidez no haría ―dice Cuatro levantando una ceja―. Obtienes ganar, por supuesto.
―Cuatro y yo seremos los capitanes de equipo ―dice Eric. Él mira a Cuatro―. Dividiremos las transferencias primero, ¿de acuerdo?
Inclino mi cabeza hacia atrás. Si ellos nos van a escoger, seré la última que elegirán; puedo sentirlo.
―Tu primero ―dice Cuatro.
Eric se encoge de hombros. ―Edward.
Cuatro se apoya en el marco de la puerta y asiente. La luz de la luna hace que sus ojos brillen. Él analiza el grupo de transferidos Iniciados, brevemente, sin cálculo, y dice: ―Quiero a Estirada.
Un débil fondo de risas llena el carro. El calor sonroja mis mejillas. No sé si estar enojada por la gente que se ríe de mi o halagada por el hecho de que él me eligió primero.
―¿Vas a probar algo? ―pregunta Eric, con su particular sonrisa―. ¿O estás escogiendo a débiles de modo que si pierdes, tendrás a alguien a quien echarle la culpa?
Cuatro se encoge de hombros. ―Algo así.
Enojada. Definitivamente estoy molesta. Frunzo el ceño a mis manos. Cualquiera que sea la estrategia de Cuatro está basada en la idea de que soy más débil que otros Iniciados. Y eso me da un sabor amargo en la boca. Tengo que demostrarle que está equivocado… tengo que hacerlo.
―Tu turno ―dice Cuatro.
―Peter.
―Christina.
Eso difiere de su estrategia. Christina no es una de los más débiles. ¿Qué está haciendo él exactamente?
―Molly.
―Will. ―dice Cuatro, mordiéndose la uña del pulgar.
―Al.
―Drew.
―La ultima que queda es Myra. Así que ella está conmigo ―dice Eric―. Iniciados nacidos en Intrepidez ahora.
Puedo dejar de escuchar una vez que ha terminado con nosotros. Si Cuatro no está tratando de probar algo escogiendo débiles, ¿Qué está haciendo? Miro a cada persona que él eligió. ¿Qué tenemos en común?
Una vez que están a la mitad los Iniciados nacidos en Intrepidez, tengo una idea de lo que es. Con excepción de Will y un par de los otros, todos compartimos el mismo tipo de cuerpo: hombros angostos, pequeños cuerpos. Toda la gente en el equipo de Eric es ancha y fuerte. Sólo ayer, Cuatro me dijo que era rápida. Nosotros seremos más rápidos que el equipo de Eric, lo cual probablemente será bueno para capturar la bandera; yo no he jugado antes, pero sé que es un juego de velocidad en vez de fuerza bruta. Cubro una sonrisa con mi mano. Eric es más despiadado que Cuatro, pero Cuatro es más inteligente.
Ellos terminan de escoger equipos, Eric sonríe a Cuatro.
―Tu equipo puede bajar de segundo ―dice Eric.
―No me hagas ningún favor ―replica Cuatro. Él sonríe un poco―. Sabes que no los necesito a ellos para ganar.
―No, yo sé que vas a perder, no importa cuándo bajes ―dice Eric, mordiendo brevemente uno de los anillos en sus labios―. Toma tu escuálido equipo y baja primero, entonces.
Todos nos ponemos de pie. Al me da una mirada triste, le sonrió de vuelta en lo que espero sea una manera de tranquilizarlo. Si cualquiera de los cuatro hubiera terminado en el mismo equipo de Eric, Peter y Molly, al menos era él. Ellos por lo general lo dejan en paz.
El tren está a punto de bajar al suelo. Estoy determinada a aterrizar sobre mis pies.
Justo antes de saltar, alguien empuja mi hombro, y estoy a punto de caer del vagón del tren. No miro hacia atrás para ver quién es, Molly, Drew, o Peter, no importa cuál. Antes de que ellos puedan intentarlo de nuevo, salto. Esta vez estoy lista para el impulso que el tren me da, y corro unos pasos para difundirlos pero manteniendo mi equilibrio. Un placer feroz pasa a través de mí y sonrió. Es un logro pequeño, pero me hace sentir Intrepidez.
Uno de los Iniciados nacidos en Intrepidez toca el hombro de Cuatro y pregunta: ―Cuando el equipo gana, ¿Dónde debe colocar la bandera?
―Decírtelo no sería realmente el espíritu del ejercicio, Marlene ―dice fríamente.
―Vamos, Cuatro. ―Ella se queja. Le da una sonrisa coqueta. Él sacude su brazo de la mano de ella, y por alguna razón, me encuentro sonriendo.
―Muelle Marino. ―Otro Iniciado nacido en Intrepidez grita. Él es alto, con piel morena y ojos oscuros. Guapo―. Mi hermano estuvo en el equipo ganador. Ellos mantuvieron su bandera en el carrusel.
―Entonces vamos allí. ―sugiere Will.
Nadie se opone, por lo que caminamos hacia el este, hacia el pantano que alguna vez fue un lago. Cuando era joven, traté de imaginar cómo se vería un lago, sin la valla construida en el barro para mantener la ciudad segura. Pero es difícil imaginar mucha agua en un solo lugar.
Estoy a menos de un kilómetro y medio de distancia de mi hermano. Ha pasado una semana desde que estábamos juntos. Sacudo un poco mi cabeza para apartar el pensamiento de mi mente. No puedo pensar acerca de él hoy, cuando tengo que concentrarme en pasar esta primera etapa. No puedo pensar en él ningún día.
Atravesamos el puente. Todavía necesitamos los puentes porque el barro abajo es demasiado húmedo para caminar. Me pregunto cuánto tiempo ha pasado desde que el río se secó.
Una vez que cruzamos los puentes, la ciudad cambia. Detrás de nosotros, la mayoría de los edificios estaban en uso, e incluso si ellos no lo estaban, se veían bien cuidados. En frente de nosotros, un mar de ruinas de concreto y vidrios rotos. El silencio de esta parte de la ciudad es extraño; se siente como una pesadilla. Es difícil ver a dónde voy, porque es después de la media noche y todas las luces de la ciudad están apagadas.
Marlene saca una linterna e ilumina la calle en frente nosotros.
―¿Le tienes miedo a la oscuridad, Mar? ―el Iniciado de ojos oscuros nacido en Intrepidez, se burla.
―Si quieres dar un paso sobre los vidrios rotos, Uriah, adelante ―dice ella bruscamente. Pero ella la apaga de todos modos.
Me he dado cuenta que una parte de ser Intrepidez es estar dispuesta a hacer las cosas más difíciles con el fin de ser autosuficientes. No hay nada especialmente valiente en vagar por calles oscuras sin linterna, pero se supone que no necesitamos ayuda, incluso de la luz. Se supone que somos capaces de hacer cualquier cosa.
Me gusta eso. Porque puede llegar un día cuando no haya linterna, arma, o guía de mano. Y yo quiero estar lista para eso.
Los edificios terminan justo antes del pantano. Una franja de tierra se entierra en el pantano, y la finalidad de esto es una gigante rueda blanca con docenas de carros rojos, colgando a intervalos regulares. La Rueda de la Fortuna.
―Piensa en ello. La gente se montaba en esa cosa, para divertirse ―dice Will, negando con su cabeza.
―Ellos deben haber sido Intrepidez ―digo.
―Sí, pero una versión pobre de Intrepidez. ―Christina ríe―. Una Intrepidez Rueda de la Fortuna no tendría carros. Tú sólo te sostendrías fuertemente con tus manos, y buena suerte.
Caminamos hacia abajo por el lado del muelle. Todos los edificios a la izquierda están vacíos, sus señales derribadas y sus ventanas cerradas, pero es una especie de vacío limpio. Quien haya dejado estos lugares lo hizo por decisión propia y a conveniencia. Algunos lugares en la ciudad no son como estos.
―Atrévete a saltar en el pantano ―le dice Christina a Will.
―Tu primero.
Llegamos al carrusel. Algunos de los caballos están rayados y desgastados, sus colas rotas o astilladas las monturas. Cuatro saca la bandera de su bolsillo.
―En diez minutos, el otro equipo escogerá su lugar ―dice él ―. Sugiero que tomen este tiempo para formular una estrategia. No seremos Sabiduría, pero la preparación mental es un aspecto de su educación Intrepidez. Posiblemente, el aspecto más importante.
Él tiene razón acerca de eso. ¿De qué sirve un cuerpo preparado si se tiene una mente dispersa?
Will toma la bandera de Cuatro.
―Alguien debe quedarse aquí y vigilar, y algunos deben ir y explorar la ubicación del otro equipo ―dice Will.
―¿Sí? ¿Tú crees? ―Marlene arranca la bandera de las manos de Will―. ¿Quién te puso a cargo, transferido?
―Nadie ―contesta Will―. Pero alguien tiene que hacerlo.
―Tal vez deberíamos desarrollar una estrategia más defensiva. Esperar que vengan a nosotros, y sacarlos ―sugiere Christina.
―Esa es la forma mariquita ―dice Uriah―. Yo voto por que vayamos todos. Esconder la bandera lo suficiente bien para que ellos no puedan encontrarla.
Todo el mundo estalla en la conversación a la vez, sus voces más fuertes cada segundo que pasa. Christina defiende el plan de Will; los Iniciados nacidos en Intrepidez votan por la ofensiva; todos discuten por quién debe tomar la decisión. Cuatro se sienta al borde del carrusel, apoyándose en el pie de un caballo de plástico. Sus ojos se elevan al cielo, donde no hay estrellas; sus manos descansan en la parte de atrás de su cuello. Él se ve casi cómodo, sosteniendo el arma en su hombro.
Cierro los ojos brevemente. ¿Por qué él me distrae tan fácilmente? Necesito concentrarme.
¿Qué diría si pudiera gritar por encima de los francotiradores detrás de mí? No podemos actuar hasta que no sepamos dónde está el otro equipo. Ellos podrían estar en cualquier lugar en un radio de dos millas, aunque puedo descartar el pantano vacío como una opción. La mejor manera de encontrarlos no es discutir sobre cómo buscarlos, o a cuántos enviar a un grupo de búsqueda.
Es subir tan alto como sea posible.
Miro por encima de mi hombro para asegurarme de que nadie está mirando. Ninguno de ellos me mira, así que me acerco a la Rueda de la Fortuna, con pasos ligeros, presionando el arma en mi espalda con una mano para que no haga ruido.
Cuando miro hacia la Rueda de la Fortuna desde el piso, mi garganta se siente más estrecha. Es más alta de lo que pensé, tan alta que apenas puedo ver los coches balanceándose en la cima. Lo único bueno de su altura es que está construida para soportar peso. Si la subo, ésta no colapsara debajo de mí.
Mi corazón late más rápido. ¿Realmente voy a arriesgar mi vida por ganar este juego que a Intrepidez le gusta jugar?
Está tan oscuro que apenas puedo verlos, pero cuando miro enormes y oxidados apoyos sosteniendo la rueda en su lugar, veo los peldaños de una escalera. Cada soporte es tan amplio como mis hombros, y no hay rejas para sostenerme, pero subir una escalera es mejor que subir por los radios de la rueda.
Agarro un peldaño. Está oxidado y delgado y se siente como si pudiera desmoronarse en mis manos. Coloco mi peso en el peldaño más bajo para probarlo y salto para asegurarme de que me sostendrán. El movimiento hiere mi costilla, y hago una mueca de dolor.
―Tris ―susurra una voz detrás de mí. No sé porque no me sobresalto. Quizá porque me estoy convirtiendo en Intrepidez, y la preparación mental es algo que se supone que estoy desarrollando. Quizá porque su voz es baja y suave y casi calmada. Cualquiera que sea la razón, miro por encima de mi hombro. Cuatro está parado detrás de mí con el arma colgada en su espalda, al igual que la mía.
―¿Sí? ―digo
―Vine a saber qué piensas que estás haciendo.
―Estoy buscando un terreno más alto ―digo―. No pienso que estoy haciendo nada.
Veo su sonrisa en la oscuridad. ―Está bien. Yo voy.
Me detengo un segundo. Él no me ve de la forma que Will, Christina, y Al hacen a veces que soy demasiado pequeña y demasiado débil para ser de alguna utilidad, y ellos me dan lastima por eso. Pero si él insiste en venir conmigo, es porque probablemente duda de mí.
―Estaré bien ―digo.
―Indudablemente ―contesta. No escucho el sarcasmo, pero sé que está ahí. Tiene que estar.
Subo, y cuando estoy a unos pocos pies del piso, él viene después. Él se mueve más rápido que yo, y pronto sus manos encuentran los peldaños que mis pies dejan.
―Así que dime… ―dice en voz baja mientras subimos. Suena sin aliento―. ¿Cuál piensas que es el propósito de este ejercicio? El juego, quiero decir, no la escalada.
Miro hacia abajo al pavimento. Parece muy lejos ahora, pero no estoy ni siquiera a un tercio de la altura. Encima de mí hay una plataforma, justo debajo del centro de la Rueda. Ese es mi destino. Ni siquiera pienso en cómo voy a bajar. La brisa que antes rozó mi mejilla ahora presiona contra mi lado. Entre más alto vayamos, más fuerte será. Necesito estar preparada.
―Aprender sobre estrategia ―digo―. Quizá trabajo en equipo.
―Trabajo en equipo ―repite. Una risa se atora en su garganta. Suena como un soplo de pánico.
―Quizás no ―digo―. El trabajo en equipo no parece ser una prioridad de Intrepidez.
El viento es más fuerte ahora. Me presiono más cerca de los soportes blancos para no caerme, pero eso hace que sea difícil subir. Debajo de mí el carrusel se ve pequeño. Apenas puedo ver a mi equipo bajo el toldo. Algunos de ellos no están, un grupo de búsqueda debe haberse ido.
Cuatro dice: ―Se supone que es una prioridad. Solía serlo.
Pero no estoy escuchando realmente, porque la altura es vertiginosa. Mis manos duelen de sostener los peldaños, mis piernas están temblando, pero no estoy segura del por qué. No es la altura lo que me asusta, la altura me hace sentir viva con energía, cada órgano, vasos sanguíneos y músculos de mi cuerpo cantando en el mismo tono.
Entonces me doy cuenta de lo que es. Es él. Algo acerca de él me hace sentir cerca de caer. O volverme líquido. O estallar en llamas.
Mis manos casi pierden el siguiente peldaño.
―Ahora dime… ―dice él a través de un fuerte respiro―. ¿Piensas que la estrategia de aprendizaje tiene que ver con… valentía?
La pregunta me recuerda que él es mi instructor, y se supone que tengo que aprender algo de esto. Una nube pasa por encima de la luna, y extiende su luz a través de mis manos.
―Te… prepara para actuar ―digo finalmente―. Aprendes estrategia para que puedas usarla. ―Escucho su respiración detrás de mí, pesada y rápida―. ¿Estás bien, Cuatro?
―¿Eres humana Tris? Está tan alto… ―él toma una bocanada de aire―. ¿No tienes miedo en lo absoluto?
Miro por encima de mi hombro al piso. Si caigo ahora, moriré. Pero no creo que vaya a caer.
Una ráfaga de aire presiona mi lado izquierdo, lanzando el peso de mi cuerpo a la derecha. Grito y me aferro de los peldaños, desequilibrándome. La mano fría de Cuatro me abraza alrededor de una de mis caderas, uno de sus dedos encuentra un pedazo de piel desnuda justo debajo del borde de mi camiseta. Él aprieta, estabilizándome y empujándome suavemente hacia la izquierda, restaurando mi equilibrio.
Ahora no puedo respirar. Hago una pausa, mirando mis manos, mi boca seca. Siento el fantasma de donde su mano estaba, sus dedos largos y estrechos.
―¿Estás bien? ―pregunta en voz baja.
―Sí ―digo, mi voz tensa.
Continúo subiendo, silenciosamente, hasta llegar a la plataforma. A Juzgar por los extremos rotos al final de las varillas de metal, esto solía tener rejas, pero ya no más. Me siento y me deslizo al final de éste así Cuatro tiene un sitio para sentarse. Sin pensarlo, coloco mis piernas hacia el lado. Cuatro, sin embargo, se agacha y presiona su espalda en el soporte de metal, respirando pesadamente.
―Le temes a las alturas ―digo―. ¿Cómo sobrevives al complejo Intrepidez?
―Ignoro mis miedos ―dice―. Cuando tomo decisiones, pretendo que no existen.
Lo miro por un segundo. No puedo evitarlo. Para mí hay una diferencia entre no tener miedo y actuar a pesar del miedo, como él hace.
He estado mirándolo por un largo rato.
―¿Qué? ―dice en voz baja.
―Nada.
Miro lejos de él a través de la ciudad. Tengo que concentrarme. Subí aquí por una razón.
La ciudad es de un tono negro, pero incluso si no lo fuera, no sería capaz de mirar muy lejos. Un edificio está atravesado en mi vista.
―No estamos lo suficientemente alto ―digo. Miro hacia arriba. Encima de mí hay una maraña de barras blancas, los andamios de la rueda. Si subo cuidadosamente, puedo poner mis pies entre los soportes y travesaños y permanecer segura. O tan segura como sea posible.
―Voy a subir ―digo, levantándome. Agarro una de la barras encima de mi cabeza y me jalo a mí misma. Dolores punzantes pasan a través de mi lado herido, pero los ignoro.
―Por el amor de Dios, Estirada ―dice
―No tienes que seguirme ―digo, mirando el laberinto de barras encima de mí. Meto mi pie en el lugar donde dos barras se cruzan y me impulso, tomando otra barra en el proceso. Me balanceo por un segundo, mi corazón latiendo tan fuerte que no puedo sentir nada más. Cada pensamiento que tengo se condensa en el latido de mi corazón, moviéndose al mismo ritmo.
―Sí, lo tengo que hacer ―dice.
Esto es una locura, yo lo sé. Un mínimo de error, medio segundo de vacilación y mi vida habrá terminado. Lágrimas de calor atraviesan mi pecho, y sonrió cuando agarro la próxima barra. Me tiro hacia arriba, mis brazos temblando, y fuerzo mi pierna de apoyo así que estoy parada sobre otra barra. Cuando me siento estable, miro a Cuatro. Pero en lugar de mirarlo, veo directamente al suelo.
No puedo respirar.
Imagino mi cuerpo cayendo, golpeando las barras mientras cae, y mis extremidades como ángulos rotos en el pavimento, al igual que la hermana de Rita cuando ella no se sostuvo en el techo. Cuatro coge una barra con cada mano y se impulsa a sí mismo, fácil, como si estuviera sentado en la cama. Pero él no está cómodo o natural aquí, cada músculo de su brazo se tensa. Es una cosa estúpida para pensar cuando estoy a treinta metros de la tierra.
Agarro otra barra, encuentro otro lugar para meter mi pie. Cuando miro la ciudad otra vez, el edificio ya no está en mi vista. Estoy lo suficientemente alto para ver el horizonte. La mayoría de los edificios son negros contra un cielo azul, pero las luces rojas del Centro se encienden. Ellas parpadean tan rápido como los latidos de mi corazón.
Debajo de los edificios, las calles parecen túneles. Por unos segundos solo veo un manto oscuro sobre la tierra en frente de mí, solo las débiles diferencias entre los edificios y el cielo, las calles y el suelo. Entonces veo una pequeña luz intermitente en el suelo.
―¿Ves eso? ―digo señalando.
Cuatro para de subir, cuando está a la derecha detrás de mí y mira sobre mi hombro, su mandíbula está cerca de mi cabeza. Su respiración revolotea en mi oído y me siento débil otra vez, como cuando estaba subiendo la escalera.
―Sí ―dice. Una sonrisa se extiende en su rostro.
―Están saliendo del parque al final del muelle ―dice―. Personas. Está rodeado de espacios abiertos pero los árboles proporcionan algo de camuflaje. Obviamente no es suficiente.
―Okey ―digo. Mirándolo por encima de mi hombro. Estamos tan cerca que me olvido dónde estoy; en vez de eso me doy cuenta que las esquinas de su boca están abajo, naturalmente, como las mías, y que él tiene una cicatriz en su mandíbula.
―Um ―digo. Aclaro mi garganta―. Empieza a descender. Yo te seguiré.
Cuatro asiente y sus pasos retroceden. Sus piernas son tan largas que él encuentra un lugar para su pie fácilmente y guía su cuerpo entre las barras. Incluso en la oscuridad, veo que sus manos son de un color rojo brillante y que están temblando.
Yo bajo con un pie. Presionando mí peso en uno de los travesaños. La barra cruje debajo de mí y se suelta, golpeando contra media docena de barras en su camino hacia abajo y rebotando en el pavimento. Estoy colgando de los andamios con mis pies balanceándose en el aire. Un grito ahogado se me escapa.
―¡Cuatro!
Trato de encontrar otro lugar para colocar mi pie, pero el punto más cercano de apoyo está a unos metros de distancia, más allá de lo que me puedo estirar. Mis manos están sudando. Recuerdo limpiarlas en mis vaqueros antes de la Ceremonia de Elección, antes de la prueba de aptitud, antes de todos los momentos importantes y reprimo un grito. Me voy a resbalar. Me voy a resbalar.
―¡Sostente! ―grita él―. Sólo sostente, tengo una idea.
Él continúa descendiendo. Se está moviendo en la dirección equivocada; el debería venir hacia mí, no alejarse. Miro mis manos, que se envuelven alrededor de la estrecha barra con tanta fuerza que mis nudillos están blancos. Mis dedos son de un color rojo oscuro, casi morados. Ellos no duraran mucho tiempo.
Yo no duraré mucho tiempo.
Cierro los ojos con fuerza. Mejor no mirar. Mejor pretender que nada de esto existe.
Escucho las zapatillas de Cuatro chirriando contra el metal y pasos rápidos en los peldaños de la escalera.
―¡Cuatro! ―grito. Tal vez él se fue. Quizá me abandono. Tal vez esta es mi prueba de fuerza, de mi valentía. Inspiro por mi nariz y exhalo por la boca. Cuento mis respiraciones para calmarme. Una, dos. Adentro, afuera. Vamos, Cuatro es todo lo que puedo pensar. Vamos, haz algo.
Entonces escucho algo que chilla y cruje. La barra que estoy sosteniendo se estremece, y grito a través de mis dientes apretados mientras lucho para mantener mi agarre.
La rueda se está moviendo.
El aire se envuelve alrededor de mis tobillos y muñecas como ráfagas de viento, al igual que un geiser*
Cada músculo de mi cuerpo se tensa cuando me precipito hacia el suelo. Cuando puedo ver las grietas en la acera, caigo, y mi cuerpo se estrella contra el suelo, primero mis pies. Mis piernas colapsan debajo de mí y tiro mis brazos, . Abro los ojos. Me estoy moviendo hacia el piso. Me río, aturdida por la histeria de cómo la tierra se acerca, cada vez más. Pero estoy cogiendo velocidad. Si no caigo en el momento adecuado, los coches moviéndose y los andamios de metal arrastraran mi cuerpo y me llevaran con ellos, y entonces realmente moriré.

Geiser: Tipo de fuente termal que eructa periódicamente, expulsando una columna de agua caliente y vapor en el aire.

rodando tan rápido como puedo hacia el lado. El cemento raspa mi cara, y me volteo justo a tiempo para ver un carro viniendo sobre mí, como un zapato gigante a punto de aplastarme. Ruedo de nuevo, y la parte inferior del coche, roza mi hombro.
Estoy a salvo.
Presiono las palmas en mi cara. Y no trato de levantarme. Si lo hago, estoy segura de que sólo volvería a caer. Escucho pasos, y las manos de Cuatro se envuelven en mis muñecas. Le dejo quitar las manos de mis ojos.
Encierra una mis manos perfectamente entre las suyas. El calor de su piel abruma el dolor de mis dedos por sostener las barras.
―¿Estás bien? ―pregunta, presionando nuestras manos.
―Sí.
Él comienza a reír.
Después de un segundo, río, también. Con mi mano libre, me impulso para sentarme. Estoy consciente del poco espacio que hay entre nosotros, quince centímetros como máximo. Ese espacio se siente cargado con electricidad. Siento como si éste debería hacerse más pequeño.
Se pone de pie, tirándome con él. La Rueda sigue en movimiento, creando un viento que sacude mi pelo hacia atrás.
―Podrías haberme dicho que la Rueda de la Fortuna seguía funcionando. ―digo. Trato de sonar casual―. No tendríamos que haber escalado en primer lugar.
―Lo hubiera hecho, si lo hubiera sabido ―dice―. No podía dejarte colgando allí, así que tome un riesgo. Vamos, tiempo de obtener su bandera.
Cuatro duda por un momento y luego toma mi brazo, sus dedos presionando al interior de mi codo. En otro momento, él me daría tiempo para recuperarme, pero es un Intrepidez, por lo que sonríe y se dirige hacia el carrusel, donde los miembros de nuestro equipo vigilan nuestra bandera. Y medio corro, medio cojeo a su lado. Todavía me siento débil, pero mi mente está despierta, especialmente con su mano sobre mí.
Christina está sentada en uno de los caballos, sus largas piernas cruzadas y su mano alrededor del mástil vertical que sostiene el caballo de plástico. Nuestra bandera está detrás de ella, un triángulo brillante en la oscuridad. Tres de los Iniciados nacidos en Intrepidez de pie entre los gastados y sucios animales. Uno de ellos tiene su mano sobre la cabeza de un caballo, y su ojo rayado me mira entre sus dedos. Sentada al borde del carrusel esta una Intrepidez mayor, rascándose su perforada ceja con el pulgar.
―¿Dónde fueron los otros? ―pregunta Cuatro
Él se ve tan emocionado como yo me siento, sus ojos llenos de energía.
―¿Ustedes encendieron la Rueda? ―Dice la chica mayor―. ¿En qué diablos estaban pensando? Es lo mismo que hubieran gritado “¡Aquí estamos”! “¡Vengan por nosotros!” ―Niega con la cabeza―. Si pierdo de nuevo este año, la vergüenza será insoportable. ¿Tres años seguidos?
―La Rueda no importa ―dice Cuatro―. Nosotros sabemos dónde están ellos.
―¿Nosotros? ―dice Christina, mirando de Cuatro a mí.
―Sí, mientras que el resto de ustedes estaban jugando con sus dedos, Tris subió a la Rueda la Fortuna para mirar al otro equipo ―dice.
―¿Entonces qué hacemos ahora? ―pregunta uno de los Iniciados nacidos en Intrepidez a través de un bostezo.
Cuatro me mira. Lentamente los ojos de los otros Iniciados, incluyendo Christina, migran de él a mí. Mis hombros se tensan, a punto de encogerlos y decir no sé, y entonces una imagen del muelle estirándose debajo de mí, viene a mi mente. Tengo una idea.
―Dividirnos en dos ―digo―. Cuatro de nosotros vayan a la derecha del muelle, tres a la izquierda. El otro equipo está en el parque al final del muelle, así que el grupo de cuatro se hace cargo, mientras el grupo de tres se mueve detrás del otro equipo para conseguir la bandera.
Christina me mira como si no me reconociera. No la culpo.
―Suena bien ―dice la chica mayor―. Vamos a darlo todo esta noche, ¿de acuerdo?
Christina se une a mí en el grupo que va a la derecha, junto con Uriah, cuya sonrisa se ve blanca contra su piel de bronce. No me había dado cuenta antes, pero él tiene un tatuaje de serpiente detrás de su oreja. Me quedo mirando la cola curvándose alrededor del lóbulo de su oreja por un momento, pero luego Christina comienza a correr y tengo que seguirla.
Tengo que correr dos veces más rápido para mantener mis pasos cortos a los largos suyos. Mientras corro, me doy cuenta que sólo uno de nosotros llegará a tocar la bandera, y no importará que fue mi plan y mi información lo que nos llevó a esto, si no soy yo quien la agarra. A pesar de que apenas puedo respirar, en este ritmo, corro más rápido, y estoy a los talones de Christina. Saco la pistola alrededor de mi cuerpo, sosteniendo mis dedos en el gatillo.
Llegamos al final del muelle, y cierro la boca para mantener mi respiración ruidosa adentro. Nuestros pasos ahora son más lentos, no tan fuertes, y busco la luz parpadeante de nuevo. Ahora que estoy en el suelo, es más grande y más fácil de verla. Señalo, y Christina asiente con la cabeza, abriéndose camino hacia ella.
Entonces escucho un coro de gritos, tan fuertes que me hacen saltar. Escucho soplos de aire cuando las bolas de pintura vuelan y se estrellan cuando encuentran sus objetivos. Nuestro equipo está a cargo, el otro equipo corre para encontrarnos, y la bandera está casi desprotegida. Uriah apunta y dispara al último guardia en el muslo. El guardia, una chica baja con el pelo morado, arroja su arma al suelo en una rabieta.
Hago una carrera para coger a Christina. La bandera cuelga de la rama de un árbol, encima de mi cabeza. Llego por ella, y también lo hace Christina.
―Vamos, Tris ―ella dice―. Tú ya eres el héroe del día. Y sabes que no puedes llegar a ella de todos modos.
Me da una mirada condescendiente, como la gente a veces mira a los niños cuando ellos actúan como adultos, y arrebata la bandera de la rama. Sin mirarme, se gira y da un grito de victoria. La voz de Uriah se le une y entonces escucho un coro de gritos en la distancia.
Uriah palmea mi hombro, y trato de olvidar la mirada que Christina me dio. Quizás ella tiene razón; ya me probé a mí misma hoy. No quiero ser codiciosa; no quiero ser como Eric, aterrorizado por la fuerza de otras personas.
Los gritos de triunfo se vuelven contagiosos, y alzo mi voz para unírmeles, corriendo hacia mis compañeros de equipo. Christina sostiene la bandera en alto, y todo el mundo se agrupa alrededor de ella, agarrando su brazo para levantar la bandera aún más. No puedo llegar a ella, por lo que me quedo a un lado, sonriendo.
Una mano toca mi hombro.
―Bien hecho ―dice Cuatro en voz baja.

* * * * *

―¡No puedo creer que me lo perdí! ―dice Will otra vez, negando con la cabeza. El viento entrando por la puerta del vagón, mueve su pelo en todas las direcciones.
―Estabas haciendo un trabajo importante en mantenerlos fuera de nuestro camino ―dice Christina radiante.
Al gime. ―¿Por qué tenía que estar en el otro equipo?
―Porque la vida no es justa, Albert. Y el mundo está conspirando en tu contra ―dice Will―. Hey, ¿puedo ver la bandera de nuevo?
Peter, Molly, y Drew se sientan frente a los miembros en la esquina. Sus pechos y espaldas están salpicados de pintura rosada y azul, y se ven abatidos. Ellos hablan en voz baja, mirando a escondidas al resto de nosotros, especialmente a Christina. Ese es el beneficio de no sostener la bandera ahora, no soy el blanco de nadie. O al menos, no más de lo usual.
―Así que subiste a la Rueda de la Fortuna ―dice Uriah. Se tropieza con el vagón y se sienta a mi lado. Marlene, la chica con la sonrisa coqueta, lo sigue.
―Sí ―contesto
―Bastante inteligente de tu parte… como una inteligencia de Sabiduría ―dice Marlene―. Soy Marlene.
―Tris ―digo. En casa, ser comparada con Sabiduría puede ser un insulto, pero ella lo dice como un cumplido.
―Sí, ya sé quién eres ―dice―. La primera en saltar con la tendencia de sacar la cabeza.
Han pasado años desde que salté de un edificio en mi uniforme de Abnegación; han pasado décadas.
Uriah toma una de las bolas de pintura de su arma y la aprieta entre sus dedos: pulgar e índice. El tren se sacude hacia la izquierda, y Uriah cae contra mí, sus dedos aprietan la bola de pintura, hasta que un chorro de pintura rosa, de mal olor cae en mi cara.
Marlene colapsa en risas. Limpio algo de la pintura de mi cara, lentamente, y luego lo unto en su mejilla. El olor de aceite de pescado atraviesa el vagón.
―¡Ew! ―él aprieta la bola de pintura hacia mi otra vez, pero la apertura está en el ángulo equivocado, y la pintura cae en su boca. El tose y hace ruidos exagerados de nauseas.
Limpio mi cara con la manga, riendo tan fuerte que me duele el estómago.
Si mi vida entera es como esto, risas fuertes y acción audaz y el tipo de agotamiento que se siente después de un día duro pero satisfactorio, estaré contenta. Mientras Uriah raspa su lengua con sus dedos, me doy cuenta que todo lo que tengo que hacer es pasar esta Iniciación, y esta vida será la mía.
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iita ™

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