Capítulo XVIII

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Capítulo XVIII

Mensaje por iita ™ el Vie Ago 17, 2012 3:01 pm

Hasta donde puedo decir, la segunda etapa de Iniciación consiste en sentarse en un pasillo oscuro con los otros Iniciados, preguntándose qué va a pasar detrás de una puerta cerrada.
Uriah se sienta frente a mí, con Marlene a su izquierda y Lynn a su derecha. Los Iniciados nacidos en Intrepidez y los transferidos se separaron durante la primera etapa, pero entrenaremos juntos de ahora en adelante. Eso es lo que Cuatro nos dijo antes de desaparecer detrás de la puerta.
―Entonces ―dice Lynn, rozando el suelo con su zapato―. ¿Cuál de ustedes está en el primer lugar, eh?
Su pregunta se encuentra con el silencio al principio, y luego Peter se aclara la garganta.
―Yo ―dice él.
―Apuesto a que podría ganarte. ―Lo dice casualmente, girando el anillo en su ceja con los dedos―. Estoy en segundo lugar, pero apuesto que cualquiera de nosotros podría ganarte, transferido.
Casi me río. Si yo aún fuera Abnegación, su comentario sería grosero y fuera de lugar, pero entre los Intrepidez, los desafíos parecen algo común. Casi estoy comenzando a esperar por ellos.
―No estaría tan seguro de eso, si fuera tú. ―dice Peter, con los ojos brillantes―. ¿Quién es el primero?
―Uriah. ―Dice ella―. Y estoy segura. ¿Sabes cuántos años nos hemos
H dedicado a prepararnos para esto?
Si tiene la intención de intimidarnos, funciona. Ya me siento con frío.
Antes de que Peter pueda responder, Cuatro abre la puerta y dice: ―Lynn. ―La llama, y ella camina por el pasillo, con la luz azul al final haciendo brillar su cabeza afeitada.
―Así que eres el primero ―le dice Will a Uriah.
Uriah se encoge de hombros. ―Sí. ¿Y?
―¿Y no crees que es un poco injusto que te hayas pasado toda tu vida preparándote para esto, y esperan que aprendamos todo en un par de semanas? ―dice Will, entrecerrando los ojos.
―En realidad, no. La primera etapa fue de habilidad, seguro, pero nadie puede prepararse para la segunda etapa. ―Dice―. Al menos, eso me han dicho.
Nadie responde a eso. Nos sentamos en silencio durante veinte minutos. Cuento cada minuto en mi reloj. Entonces la puerta se abre de nuevo, y Cuatro llama otro nombre.
―Peter ―dice.
Cada minuto se cierne sobre mí como arañazos de papel de lija. Poco a poco, nuestros números comienzan a disminuir, y sólo quedamos Uriah, Drew y yo. La pierna de Drew rebota, y los dedos de Uriah golpean contra su rodilla, quien trata de sentarse perfectamente quieto. Sólo escucho murmullo en la sala al final del pasillo, y sospecho que esto es otra parte del juego que les gusta jugar con nosotros. Aterrándonos en cada oportunidad.
La puerta se abre, y Cuatro me llama. ―Vamos, Tris.
Me pongo de pie, con mi espalda doliendo por apoyarme contra la pared durante mucho tiempo, y camino junto a los otros Iniciados. Drew estira su pierna para hacerme tropezar, pero salto sobre ella en el último segundo.
Cuatro toca mi hombro para guiarme dentro de la habitación y cierra la puerta detrás de mí. Cuando veo lo que hay dentro, retrocedo inmediatamente, con mis hombros golpeando su pecho.
En la habitación hay una silla reclinable de metal, similar a la que me senté durante la prueba de aptitud. Junto a ella está una familiar máquina. Esta habitación no tiene espejos y apenas algo de luz.
Hay una pantalla de computadora en un escritorio en el rincón.
―Siéntate ―dice Cuatro. Aprieta mis brazos y me empuja hacia adelante.
―¿Cuál es la simulación? ―le digo, tratando de evitar que tiemble mi voz. No lo logro.
―¿Has oído hablar de la frase “enfrenta tus miedos”? ―dice―. Tomaremos eso literalmente. La simulación te enseñará a controlar tus emociones en medio de una situación aterradora.
Toco con una mano vacilante mi frente. Las simulaciones no son reales, no representan una amenaza real para mí, así que lógicamente, no debería tener miedo de ellas, pero mi reacción es visceral. Necesito de toda la fuerza de voluntad que tengo para dirigirme a la silla y sentarme de nuevo en ella, presionando mi cráneo contra el reposacabezas. El frío del metal se filtra a través de mi ropa.
―¿Alguna vez has administrado las pruebas de aptitud? ―digo. Él parece calificado para eso.
―No. ―Responde―. Evito a los Estirados tanto como sea posible.
No sé por qué alguien evitaría a Abnegación. A los Intrepidez o Sinceridad, tal vez, porque la valentía y la honestidad hace a las personas hacer cosas extrañas, ¿pero Abnegación?
―¿Por qué?
―¿Me preguntas eso porque crees que de verdad voy a responder?
―¿Por qué dices cosas vagas si no quieres que te pregunten sobre ellas?
Sus dedos cepillan mi cuello. Mi cuerpo se tensa. ¿Un gesto de ternura? No, tiene que mover mi cabello hacia un lado. Él golpea algo, e inclino la cabeza hacia atrás para ver lo que es. Cuatro sostiene una jeringa con una larga aguja en una mano, con su pulgar contra el émbolo. El líquido en la jeringa está teñido de naranja.
―¿Una inyección? ―Mi boca se seca. Usualmente no me importan las agujas, pero esta es enorme.
―Utilizamos una versión más avanzada de simulación aquí ―dice él―. Un suero diferente, sin cables o electrodos para ti.
―¿Cómo funciona sin cables?
―Bueno, yo tengo cables, para poder ver lo que está pasando ―dice―. Pero para ti, hay un pequeño transmisor en el suero que envía los datos a la computadora.
Gira mi brazo e inserta la punta de la aguja en la piel sensible en un lado de mi cuello. Un profundo dolor se propaga a través de mi garganta. Me estremezco y trato de concentrarme en su rostro sereno.
―El suero hará efecto en sesenta segundos. Esta simulación es diferente a la prueba de aptitud ―dice―. Además de que contiene el transmisor, el suero estimula la amígdala, que es la parte del cerebro involucrada en el procesamiento de las emociones negativas, como el miedo, y luego produce una alucinación. La actividad eléctrica del cerebro es entonces transmitida a nuestra computadora, que luego traduce tu alucinación en una imagen simulada que puedo ver y monitorear. Entonces enviaré la grabación a los administradores de Intrepidez. Permanecerás dentro de la alucinación hasta que te calmes, es decir, hace que reduzca tu frecuencia cardiaca y controles tu respiración.
Trato de seguir sus palabras, pero mis pensamientos están fuera de control. Siento la marca de los síntomas del miedo: las palmas sudorosas, corazón acelerado, opresión en el pecho, boca seca, un nudo en mi garganta, dificultad para respirar. Él coloca las manos a ambos lados de mi cabeza y se inclina sobre mí.
―Sé valiente, Tris. ―Susurra―. La primera vez es siempre la más difícil.
Sus ojos son lo último que veo.

* * * * *

Estoy en un campo de hierba seca que me llega hasta la cintura. El aire huele a humo y quema mi nariz. Por encima de mí, el cielo es de color hiel, y la vista de eso me llena de ansiedad, mi cuerpo encogiéndose lejos de él.
Escucho un revoloteo, como las páginas de un libro siendo sopladas por el viento, pero no hay viento. El aire está quieto y silencioso, aparte del aleteo, no es frío ni caliente, no hay aire en absoluto, pero aún puedo respirar. Una sombra se precipita por encima de mi cabeza.
Algo se posa sobre mi hombro. Siendo su peso y el pinchazo de garras y lanzo mi brazo hacia adelante para quitármelo de encima, mi mano lo golpea. Siento algo suave y frágil. Una pluma. Me muerdo el labio y miro hacia un lado. Un ave negra del tamaño de mi antebrazo gira su cabeza y enfoca uno de sus pequeños ojos en mí.
Aprieto los dientes y golpeo al cuervo de nuevo con mi mano. Clava sus garras y no se mueve. Grito, más frustrada que adolorida, y golpeo al cuervo con ambas manos, pero se mantiene en su lugar, decidido, con un ojo en mí, con sus plumas brillando en la luz amarilla. Truenos retumban y escucho el golpeteo de la lluvia en el suelo, pero la lluvia no cae.
Entonces el cielo se oscurece, como una nube pasando por el sol. Aún encogiéndome lejos del cuervo, levanto la mirada. Una bandada de cuervos braman sobre mí, el avance de un ejército de garras extendidas y picos abiertos, cada uno graznando, llenando el aire con ruido. Los cuervos descienden en una sola masa, cayendo en picado hacia la tierra, cientos de pequeños y brillantes ojos negros irradiando.
Trato de correr, pero mis pies están firmemente plantados y se niegan a moverse, como el cuervo sobre mi hombro. Grito mientras me rodean, sus plumas batiendo en mis orejas, picos picoteando en mis hombros, sus garras aferrándose a mi ropa. Grito hasta que las lágrimas llegan a mis ojos, agitando los brazos. Mis manos golpean los cuerpos sólidos pero no hacen nada; hay demasiados. Estoy sola. Ellos pellizcan mis dedos y los presiono contra mi cuerpo, alas se deslizan por la parte trasera de mi cuello, sus garras arrancando mi cabello.
Me giro, me tuerzo con fuerza y caigo al suelo, cubriendo mi cabeza con los brazos. Ellos gritan contra mí. Siento un movimiento en la hierba, un cuervo se abre camino bajo mi brazo. Abro los ojos y picotea mi rostro, su pico golpeándome en la nariz. Sangre gotea en la hierba y sollozo, golpeándolo con mi palma, pero otro cuervo entra por debajo de mi otro brazo y sus garras se adhieren a la parte delantera de mi camisa.
Estoy gritando, sollozando.
―¡Ayuda! ―Gimoteo―. ¡Ayuda!
Y los cuervos se agitan aún más, un rugido en mis oídos. Mi cuerpo arde, y ellos están en todas partes, y no puedo pensar, no puedo respirar. Una bocanada de aire y mi boca se llena de plumas, plumas en mi garganta, en mis pulmones, reemplazando mi sangre con peso muerto.
―¡Ayuda! ―Sollozo y grito, insensible, ilógica. Estoy muriendo, estoy muriendo, estoy muriendo.
Mi piel se quema y estoy sangrando, y los graznidos son tan fuertes que en mis oídos están pitando, pero no estoy muriendo, y recuerdo que esto no es real, aunque se siente real, tan real. Sé valiente. La voz de Cuatro grita en mi memoria. Lloro por él, inhalando y exhalando plumas. ―¡Ayuda! ―Pero no habrá ninguna ayuda. Estoy sola.
Permanecerás dentro de la alucinación hasta que te calmes, su voz continúa, y toso, con mi rostro bañado en lágrimas, y otro cuervo se retuerce debajo de mis brazos, y siento el borde de su afilado pico contra mi boca. Su pico traspasa mis labios y rasguña mis dientes. El cuerpo empuja su cabeza dentro de mi boca y muerdo fuerte, probando algo asqueroso. Escupo y aprieto mis dientes para formar una barrera, pero ahora hay un cuarto cuerpo presionando mis pies, y un quinto cuervo picoteando mis costillas.
Cálmate. No puedo. No puedo. Mi cabeza palpita.
Respira. Mantengo la boca cerrada y aspiro aire por la nariz. Han sido horas desde que estuve sola en el campo, han sido días. Exhalo aire por mi nariz. Mi corazón palpita fuertemente contra mi pecho. Tengo que disminuir su velocidad. Respiro de nuevo, con el rostro húmedo con lágrimas.
Sollozo de nuevo, y me obligo a seguir adelante, extendiéndome sobre la hierba, que pincha mi piel. Extiendo los brazos y respiro. Los cuervos me empujan y picotean mis costados, abriendo su camino debajo de mí, y se los permito. Dejo que el revoloteo de las alas y los chillidos, los picoteos y los pinchazos continúen, relajando un músculo a la vez, resignándome a convertirme en un cadáver picoteado.
El dolor me abruma.
Abro los ojos, y estoy sentada en la silla de metal.
Grito y golpeo con mis brazos, mis piernas y mi cabeza para alejar a las aves de mí, pero se han ido, aunque aún puedo sentir las plumas cepillando la parte de atrás de mi cuello y las garras en mi hombro, y mi piel quemándose. Gimoteo y llevo las rodillas a mi pecho, enterrando mi cabeza en ellas.
Una mano toca mi hombro, y lanzo un puño, golpeando algo sólido pero suave.
―¡No me toques! ―Sollozo.
―Se terminó. ―Dice Cuatro. Sus manos se desplazan con torpeza por mi cabello, y recuerdo a mi padre acariciando mi cabello cuando me daba un beso de buenas noches, a mi madre tocando mi cabello cuando lo recortaba con las tijeras. Corro las manos a lo largo de mis brazos, aún sacudiéndome las plumas, aunque sé que no hay ninguna.
―Tris.
Me balanceo adelante y atrás en la silla de metal.
―Tris, te voy a llevar de vuelta a los dormitorios, ¿de acuerdo?
―¡No! ―Digo al instante. Levanto la cabeza y lo fulmino con la mirada, aunque no puedo verlo a través del vaho de lágrimas―. No me pueden ver… no así…
―Oh, cálmate ―dice. Rodando los ojos―. Te llevaré por la puerta de atrás.
―No necesito que… ―Niego con la cabeza. Mi cuerpo está temblando y me siento tan débil que no estoy segura de poder ponerme de pie, pero tengo que intentarlo. No puedo ser la única que necesita ser acompañada de regreso a los dormitorios. Incluso si no me ven, lo averiguarán, hablarán sobre mí…
―Tonterías.
Me toma del brazo y me arrastra lejos de la silla. Parpadeo las lágrimas de mis ojos, limpio mis mejillas con la palma de mi mano, y lo dejo conducirme hacia la puerta detrás de la pantalla de la computadora.
Caminamos por el pasillo en silencio. Cuando estamos a pocos metros de distancia de la habitación, tiro de mi brazo y me detengo.
―¿Por qué me hiciste eso? ―le digo―. ¿Cuál era el punto, eh? No estaba consciente de eso cuando elegí Intrepidez, ¡estaba firmando por semanas de tortura!
―¿Creías que la superación de la cobardía sería fácil? ―dice con calma.
―¡Eso no es superación de la cobardía! ¡La cobardía es cómo decides ser en la vida real, y en la vida real, no estoy siendo picoteada a muerte por cuervos, Cuatro! ―Presiono las palmas contra mi rostro y lloro en ellas.
Él no dice nada, sólo se queda de pie ahí mientras lloro. Sólo me toca unos cuantos segundos para detenerme y limpiar mi rostro de nuevo. ―Quiero ir a casa. ―Le digo débilmente.
Pero mi casa ya no es una opción. Mis opciones son estar aquí o en los barrios pobres de los Sin Facción. Él no me mira con simpatía. Sólo me mira. Sus ojos lucen negros en el oscuro pasillo, y su boca se encuentra en una línea severa.
―Aprender a pensar en un ambiente de miedo ―dice―. Es una lección que todos, incluso tu Estirada familia necesita aprender. Es eso lo que estamos tratando de enseñarte. Si no puedes aprenderlo, tendrás que salir pitando de aquí, porque no te querremos.
―Estoy tratando. ―Mi labio inferior tiembla―. Pero fallé. Estoy fallando.
Él suspira. ―¿Cuánto tiempo crees que pasaste en la alucinación, Tris?
―No lo sé. ―Niego con la cabeza―. ¿Media hora?
―Tres minutos. ―Responde―. Lo hiciste tres veces más rápido que los otros Iniciados. Lo que sea que eres, no eres un fracaso.
―¿Tres minutos?
Sonríe un poco. ― Mañana serás mejor en esto. Ya lo verás.
―¿Mañana?
Él toca mi espalda y me guía hacia el dormitorio. Siento su mano a través de mi camisa. Su suave presión me hace olvidar las aves por un momento.
―¿Cuál fue tu primera alucinación? ―Le digo, mirándolo.
―No fue un “qué” tanto como un “quién” ―se encoge de hombros―. No es importante.
―¿Y ya superaste ese miedo ahora?
―Todavía no. ―Llegamos a la puerta del dormitorio, y él se apoya contra la pared, deslizando sus manos en los bolsillos―. Nunca podré hacerlo.
―¿Así que, no se van?
―Algunas veces lo hacen. Y algunas veces nuevos temores los reemplazan. ―Sus pulgares se enganchan alrededor de las presillas de su pantalón―. Pero volverte audaz no es el punto. Eso es imposible. Se trata de aprender a controlar tu miedo, y cómo liberarte de él, ese es el punto.
Asiento con la cabeza. Solía pensar que los Intrepidez eran audaces. Así es como parecían ser, de todos modos.
Pero tal vez lo que vi como Audaz era en realidad miedo bajo control. ―De todos modos, tus temores son rara vez lo que parecen ser en la simulación.
―¿Qué quieres decir?
―Bueno, ¿realmente tienes miedo de los cuervos? ―dice, con una media sonrisa. La expresión de sus ojos llena de calidez, tanto, que olvido que es mi instructor. Es sólo un chico, hablando casualmente, acompañándome a mi puerta―. Cuando ves uno ¿huyes lejos gritando?
―No. Supongo que no. ― Pienso en acercarme a él, no por una razón práctica, sino sólo porque quiero ver lo que sería estar así de cerca de él, sólo porque quiero hacerlo.
Tonta, una voz dice en mi cabeza.
Doy un paso más cerca y me apoyo contra la pared también, inclinando mi cabeza hacia un lado para mirarlo. Como lo hice en la Rueda de la Fortuna, sé exactamente cuánto espacio hay entre nosotros. Quince centímetros. Me inclino. Menos de quince centímetros. Me siento más caliente, como si él estuviera emitiéndome algún tipo de energía que sólo estando así, lo suficientemente cerca puedo sentirla.
―Así que ¿De qué realmente estoy asustada? ―Le digo.
―No lo sé ―dice él―. Sólo tú puedes saberlo.
Asiento con la cabeza lentamente. Hay una docena de cosas que podrían ser, pero no estoy segura de cuál es la correcta, o incluso si hay sólo una.
―No sabía que convertirte en un Intrepidez sería así de difícil. ―Le digo, y un segundo después, me sorprende el haberlo dicho, sorprendida de haberlo admitido. Me muerdo el interior de mi mejilla y observo a Cuatro cuidadosamente. ¿Fue un error decirle eso?
―No siempre fue así, me han dicho ―dice Cuatro, levantando un hombro. Mi admisión no parece molestarle―. Siendo Intrepidez, quiero decir.
―¿Qué ha cambiado?
―El liderazgo ―dice―. La persona que controla el entrenamiento marca la pauta de comportamiento Intrepidez. Hace seis años, Max y los otros líderes cambiaron los métodos de entrenamiento para hacerlos más competitivos y más brutales, dijeron que pretendían probar la fuerza de las personas. Y eso cambió las prioridades de Intrepidez en su conjunto. Apuesto a que no puedes adivinar quién es el líder de los nuevos protegidos.
La respuesta es obvia: Eric. Ellos lo entrenaron para ser cruel, y ahora sé que entrenará al resto de nosotros para ser crueles también.
Miro a Cuatro. Su entrenamiento no funcionó en él.
―Si tú fuiste el que clasificó primero en tu clase de Iniciados ―le digo―. ¿Cuál fue el puesto de Eric?
―Segundo lugar.
―Así que fue su segunda opción para el liderazgo. ―Asiente lentamente―. Y tú fuiste la primera.
―¿Qué te hace decir eso?
―Por la manera en que Eric estaba actuando en la cena la primera noche. Celoso, a pesar de que tiene lo que quiere.
Cuatro no me contradice. Debo estar en lo cierto. Quiero preguntarle por qué no tomó la posición que los líderes le ofrecieron, por qué es tan resistente al liderazgo, cuando parece ser un líder natural. Pero sé cómo se siente Cuatro acerca de las preguntas personales.
Sorbo por la nariz, limpio mi rostro una vez más, y aliso mi cabello.
―¿Me veo como que he estado llorando? ―digo.
―Hmm. ―Se inclina cerca, entrecerrando los ojos como si estuviera inspeccionando mi rostro. Con una tensa sonrisa en la comisura de su boca. Se inclina más cerca, por lo que respiramos el mismo aire, si pudiera recordar respirar―. No, Tris ―dice. Una mirada más seria sustituye su sonrisa y agrega―. Luces fuerte como una roca.
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