Capítulo XXII

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Capítulo XXII

Mensaje por iita ™ el Vie Ago 17, 2012 3:13 pm

Abro los ojos a las palabras “Teme sólo a Dios” pintadas en una simple pared blanca. Escucho el sonido de agua corriendo de nuevo, pero esta vez es de un grifo y no del Abismo.
Segundos pasaron antes de que viera los bordes definidos de mi entorno, las líneas del marco de la puerta y la contracima y el techo.
El dolor es un latido constante en mi cabeza, mejilla y costillas. No debería moverme; eso hará todo peor. Veo un edredón de remiendo azul bajo mi cabeza y me estremezco mientras me inclino para ver de dónde viene el sonido del agua.
Cuatro se sostiene en el cuarto de baño con sus manos en el lavamanos. Sangre de sus nudillos hace que el agua se vuelva rosada. Tiene un corte en la esquina de la boca, pero parece de algún modo ileso. Su expresión es apacible mientras examina sus cortes, cierra el agua, seca sus manos con una toalla.
Tengo sólo un recuerdo de llegar aquí, y aun así es solamente una sola imagen: tinta negra enrizándose alrededor del lado del cuello, la esquina de un tatuaje, y el balanceo apacible sólo podría significar que él me estaba cargando.
Él apaga la luz del cuarto de baño y consigue una compresa de hielo del refrigerador en la esquina de la habitación. Mientras camina hacia mí, pienso en cerrar los ojos y fingir estar dormida, pero entonces nuestros ojos se encuentran y es demasiado tarde.
―Tus manos ―digo con voz ronca.
―Mis manos no son de tu incumbencia ―contesta él. Descansa su rodilla sobre
A el colchón y se inclina hacia mí, resbalando la compresa de hielo bajo mi cabeza. Antes de que se aleje, alcanzo a tocar el corte sobre el lado de su labio pero me detengo cuando me doy cuenta lo que estoy a punto de hacer, mi mano suspendida.
¿Qué puedes perder? Me pregunto. Toco con las yemas de los dedos ligeramente su boca.
―Tris ―dice él, hablando contra mis dedos―, estoy bien.
―¿Por qué estabas allí? ―pregunto, dejando caer mi mano.
―Volvía de la sala de control. Oí un grito.
―¿Qué les hiciste? ―digo.
―Dejé a Drew en la enfermería hace media hora ―dice él―. Peter y Al huyeron. Drew reclamaba que ellos solamente trataban de asustarte. Al menos, pienso que eso es lo que él intentaba decir.
―¿Está en muy mal estado?
―Vivirá ―contesta él. Añade amargamente―: En qué condición, no puedo decir.
No es correcto desear dolor de gente solamente porque ellos me hacen daño primero. Pero el triunfo a rojo vivo corre con el pensamiento de Drew en la enfermería, y aprieto el brazo de Cuatro.
―Bien ―digo. Mi voz suena apretada y feroz. La cólera crece dentro de mí, substituyendo mi sangre por agua amarga y me llena, me consume. Quiero romper algo, o golpear algo, pero tengo miedo de moverme, entonces en cambio, comienzo a gritar.
Cuatro se agacha junto a la cama, y me mira. No veo ninguna compasión en sus ojos. Habría estado decepcionada si la tuviera. Aleja su muñeca libre y, para mi sorpresa, descansa su mano sobre un lado de mi cara, su pulgar rozando mi pómulo.
Sus dedos son cuidadosos.
―Yo podría reportar esto.
―No ―contesto―. No quiero que ellos piensen que estoy asustada.
Él asiente. Mueve su pulgar distraídamente sobre mi pómulo, hacia adelante y hacia atrás. ―Me imaginé que dirías eso.
―¿Crees que es una mala idea si me siento?
―Te ayudaré.
Cuatro aprieta mi hombro con una mano y sostiene mi cabeza estable con la otra mientras yo me incorporo. El dolor se precipita por mi cuerpo en explosiones agudas, pero trato de no hacer caso de ello, sofoco un gemido.
Me da la compresa de hielo. ―Puedes dejarte sentir dolor ―dice él―. Estoy solo yo aquí.
Muerdo mi labio. Hay lágrimas en mi rostro, pero ninguno de nosotros los menciona o ni siquiera los notamos.
―Sugiero que confíes en tus amigos de transferencia para protegerte de ahora en adelante ―dice él.
―Pensé que lo hacía ―digo. Siento la mano de Al contra mi boca otra vez, y un sollozo sacude mi cuerpo hacia adelante. Presiono la mano en mi frente y la balanceo despacio hacia adelante y hacia atrás―. Pero Al…
―Él quería que fueras la muchacha pequeña, tranquila de Abnegación ―dice Cuatro suavemente―. Te hizo daño porque tu fuerza lo hizo sentirse débil. Ninguna otra razón.
Asiento y trato de creerlo.
―Los demás no estarían tan celosos si mostraras alguna vulnerabilidad. Incluso si no es real.
―¿Piensas que tengo que fingir ser vulnerable? ―pregunto, levantando una ceja.
―Sí, lo hago. ―Toma la compresa de hielo de mí, sus dedos rozan los míos, y la sostiene contra mi cabeza él mismo. Bajo la cabeza, demasiado ansiosa para relajar mi brazo en oposición. Cuatro se levanta. Miro fijamente el dobladillo de su camiseta.
A veces yo lo veo como solamente otra persona, y a veces siento la vista de él en mi barriga, como un dolor profundo.
―Vas a ir al desayuno mañana y mostrar a tus atacantes que no tienen ningún efecto sobre ti ―añade―, pero deberías dejar esta magulladura sobre tu mejilla y mantener tu cabeza baja.
La idea me da náuseas.
―No creo que pueda hacer eso ―digo huecamente. Levanto los ojos hacia él
―Tienes que hacerlo.
―No creo que lo entiendas. ―El calor se eleva en mi cara―. Ellos me tocaron.
Su cuerpo entero se tensa al oír mis palabras, su mano apretando alrededor de la compresa de hielo. ―Te tocaron ―repite él, sus ojos oscuros fríos.
―No… de la manera que piensas. ―Aclaro mi garganta. No me di cuenta cuando lo dije cuán incómodo sería hablar acerca de eso―. Pero… casi.
Miro a lo lejos
Él está silencioso y después de un tiempo, eventualmente, tengo que decir algo.
―¿Qué pasa?
―No quiero decir esto ―dice él―. Pero siento que debo hacerlo. Es más importante para ti estar a salvo que bien, por el momento. ¿Entiendes?
Sus cejas rectas bajo sus ojos. Mi estómago se retuerce, en parte porque sé que él tiene un buen punto pero no quiero admitirlo, y en parte porque yo quiero algo que no sé expresar; quiero acortar el espacio entre nosotros hasta que éste desaparezca.
Asiento.
―Pero por favor, cuando veas una oportunidad… ―Él presiona su mano fría y fuerte contra mi mejilla, y se inclina hacia mí y levanta mi cabeza para que lo mire. Sus ojos destellan. Ellos parecen casi predadores―. Arruínalos.
Me río con voz temblorosa. ―Estás un poco asustadizo, Cuatro.
―Hazme un favor ―él dice―. Y no me llames así.
―¿Cómo debo llamarte, entonces?
―Nada ―él aleja su mano de mi cara―. Por ahora.
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iita ™

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