Capítulo XXVI

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Capítulo XXVI

Mensaje por iita ™ el Vie Ago 31, 2012 7:15 pm

De la mano, caminamos hacia La Fosa. Monitoreó la presión de mi mano con cuidado. En un minuto, me siento como si no estuviera agarrando lo suficientemente fuerte, al siguiente, estoy apretado demasiado duro. Nunca he podido entender por qué las personas se molestan en tomarse de las manos mientras caminan, pero luego él entrelaza nuestros dedos, y me estremezco y lo entiendo por completo.
―Entonces… ―Me aferro al último pensamiento lógico que recuerdo―. Cuatro miedos.
―Cuatro miedos antes; Cuatro miedos ahora ―dice, asintiendo―. Ellos no lo han cambiado, así que sigo aquí, pero… aún no he hecho ningún progreso.
―Tú no puedes no tener ningún miedo, ¿recuerdas? ―dije―. Porque a ti aún te importar las cosas. Sobre todo tu vida.
―Lo sé.
Caminamos a lo largo del borde de La Fosa en un camino estrecho que conduce a las rocas en el fondo del Abismo. Nunca lo había notado antes. Esto se confunde con una pared de roca. Pero Tobías parece conocerlo muy bien.
No quería arruinar el momento, pero tengo que saber sobre su prueba de aptitud. Tengo que saber si él es Divergente.
―Me vas a decir sobre tus resultados en la prueba de aptitud.
―Ah. ―Él rasca la nuca de su cuello con su mano libre―. ¿Importa mucho?
―Sí. Quiero saberlo.
―Que exigente eres ―sonríe.
Llegamos al final del camino y estamos de pie en el fondo del Abismo, donde las rocas forman un suelo inestable, levantándose en ángulos duros entre la corriente de agua. Él me lleva hacia arriba y hacia abajo, a través de pequeños huecos y sobre bordes angulosos. Mis zapatos se aferraban a cada roca. Las suelas de mis zapatos marcan cada roca con una impresión húmeda.
Encuentra una roca relativamente plana cerca de la orilla, donde la corriente no era fuerte, y se sienta, sus pies colgando sobre el borde. Me siento a su lado. Parecía cómodo aquí, a escasos centímetros sobre la corriente de agua peligrosa.
Suelta mi mano. Mira hacia el borde filoso de la roca.
―Estas son cosas que no les digo a las personas, tú sabes. Ni siquiera a mis amigos ―dice.
Junto mis manos y las aprieto. Este era el lugar perfecto para que él me dijera que era Divergente, si es que él lo es. El rugido del Abismo nos asegura que no seremos escuchados. No sé por qué el pensamiento me pone tan nerviosa.
―Mi resultado fue el esperado ―dice―. Abnegación.
―Oh ―algo dentro de mí se desinfla. Estaba equivocada sobre él.
Pero, yo había asumido que si él no era Divergente, debió de haber conseguido un resultado de Intrepidez. Y técnicamente, yo también obtuve un resultado de Abnegación, de acuerdo con el sistema. ¿Paso lo mismo con él? Y si eso es verdad, ¿Por qué no me dijo la verdad?
―¿Por qué elegiste Intrepidez, de todos modos? ―digo.
―Por necesidad.
―¿Por qué tenías que irte?
Sus ojos se apartan de los míos, mirando el espacio frente a él, como si buscara aire para poder responder. Él no tiene que hacerlo. Yo aún siento el fantasma del apretado cinturón en mi cintura.
―Tenías que alejarte de tu padre ―dije―. ¿Es por eso que no quieres ser un líder de Intrepidez? ¿Por qué si lo eres, tendrías que ver a tu padre otra vez?
Él levanta un hombro. ―Eso, y yo siempre he sentido que no pertenezco entre los Intrépidos. No en la forma en que ellos son ahora, de todas maneras.
―Pero tú eres increíble ―digo. Me detengo y aclaro mi garganta―. Quiero decir, para los estándares Intrépidos. Cuatro miedos es algo inaudito. ¿Cómo no podrías pertenecer aquí?
Él se encoge de hombres. No parece preocupado por su talento, o su estatus entre los Intrépidos, y eso es lo que yo podría esperar de Abnegación. No estoy segura de qué hacer con eso.
Dice: ―Tengo una teoría de que el desinterés y la valentía no son tan diferentes. Toda tu vida has sido entrenada para olvidarte de ti misma, así que cuando estás en peligro, eso se vuelve tu primer instinto. Yo podría pertenecer a Abnegación con la misma facilidad.
Repentinamente, me siento pesada. Una vida de entrenamiento no fue suficiente para mí, no importó cuán duro lo intentara. Mi primer instinto es todavía la auto-preservación.
―Sí, bueno ―digo―. Dejé Abnegación porque no era suficientemente generosa, no importó cuanto lo intente ser.
―Eso no es del todo cierto ―Él me sonríe―. Esa chica que me dejo lanzarle cuchillos en lugar de su amigo, que golpeó a mi padre con un cinturón para protegerme… esa chica desinteresada, ¿No eres tú?
Él sabía más de mí misma que yo. Y a pesar de que parecía imposible que él pudiera sentir algo por mí, dado todo lo que no soy… quizás esto no es cierto. Le frunzo el ceño. ―Me has estado poniendo mucha atención, ¿eh?
―Me gusta observar a las personas.
―Te sacarían a patadas de Sinceridad, Cuatro, porque eres un terrible mentiroso.
Pone su mano en la roca al lado de la mía, sus dedos se entrelazaran con los míos. Baja la mirada a nuestras manos. Él tiene largos y delgados dedos. Manos hechas para movimientos finos y hábiles. No son manos de un Intrepidez, las cuales debían ser pesadas, resistentes y dispuestas a romper cosas.
―Bien. ―Inclina su rostro más cerca del mío, sus ojos se enfocan en mi barbilla, y mis labios, y mi nariz―. Te observo porque me gustas ―dijo claramente, con valentía, y sus ojos se encontraron con los míos―. Y no me llames “Cuatro” ¿De acuerdo? Es agradable escuchar decir mi nombre otra vez.
Y así como así, él finalmente se había declarado, y no supe cómo responder. Mis mejillas están ardiendo, y todo lo que pienso en decir es: ―Pero tú eres mucho mayor que yo… Tobías.
Me sonríe. ―Sí, nada menos que dos años de diferencia realmente insuperable, ¿no?
―No estoy tratando de ser crítica ―digo―. Sólo no lo entiendo. Soy muy joven. No soy bonita. Yo…
Él ríe, una profunda risa que suena como si viniera desde muy profundo de él, y toca con sus labios mi sien.
―No lo hagas ―digo sin respiración―. Tú sabes que no lo soy. No soy fea, pero ciertamente no bonita.
―Bien. No eres bonita. ¿Entonces? ―Besa mis mejillas―. Me gusta cómo te ves. Eres mortalmente inteligente. Eres valiente. Y a pesar de que te enteraste sobre Marcus… ―su voz se suaviza―. No me has dado esa mirada. Como si fuera un perrito pateado o algo así.
―Bueno ―digo―. No lo eres.
Por un segundo, sus ojos oscuros se encuentran con los míos, y está tranquilo. Luego toca mi rostro y se inclina más cerca, frotando sus labios contra los míos. El río ruge y siento el rocío en mis tobillos. Sonrió y presionó su boca a la mía.
Me tenso al principio, insegura de mí misma, así que cuando él se aparta, estoy segura de que hice algo equivocado, o malo. Sin embargo, él toma mi rostro entre sus manos, sus fuertes dedos contra mi piel, y me besa otra vez, firme esta vez, más seguro. Envuelvo un brazo alrededor de él, deslizando mi mano hacia arriba de su cuello y dentro de su cabello corto.
Por un par de minutos nos besamos, en la profundidad del Abismo, con el rugido del agua alrededor de nosotros. Y cuando nos separamos, tomados de la mano, me doy cuenta que si ambos hubiéramos elegido diferente, podríamos haber terminado haciendo lo mismo, en un lugar seguro, con ropa gris en lugar de negra.
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