Capítulo XXX

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Capítulo XXX

Mensaje por iita ™ el Vie Ago 31, 2012 7:50 pm

Estoy lista. Doy un paso dentro de la habitación, armada no con un arma o un cuchillo, sino con el plan que hice anoche. Tobias dijo que la segunda etapa es sobre preparación mental y elaboración de estrategias para superar mis temores.
Me gustaría saber en qué orden llegarán mis temores. Reboto sobre la punta de mis pies mientras espero que el primer temor aparezca. Ya me falta el aliento.
El suelo debajo de mi cambia. Hierba se eleva del concreto y oscila con un viento que no puedo sentir. Un cielo color verde reemplaza las cañerías expuestas por encima de mí. Escucho a las aves y siento mi temor como algo distante, un martilleante corazón y un pecho apretado, pero no como algo que exista en mi mente. Tobias me dijo que averiguara lo que significa la simulación. Él estaba en lo cierto; esto no es sobre las aves. Es sobre el control.
Alas baten en mi oído, y las garras del cuervo cavan en mi hombro.
Esta vez, no golpeo al ave tan fuerte como puedo. Me agacho, escuchando los truenos de las alas detrás de mí, y corro mi mano a través de la hierba, justo por encima del suelo. ¿Qué es lo que combate la impotencia? El poder. Y la primera vez que me sentí poderosa en el recinto Intrepidez fue cuando estaba sosteniendo un arma.
Un nudo se forma en mi garganta y quiero quitarme las garras. Las aves graznan y mi estómago se contrae, pero entonces siento algo duro y metálico en la hierba. Mi arma.
Apunto el arma hacia el ave en mi hombro, y se desprende de mi camisa en una explosión de sangre y plumas. Giro sobre mis talones, apuntando el arma hacia el cielo, y veo la nube de oscuras plumas descendiendo. Aprieto el gatillo, disparando una y otra vez hacia el mar de aves encima de mí, observando sus oscuros cuerpos caer en la hierba.
Mientras apunto y disparo, siento la misma corriente de poder que sentí la primera vez que sostuve un arma. Mi corazón deja de golpear y el campo, el arma y las aves se desvanecen. Estoy de pie en la oscuridad de nuevo.
Cambio mi peso, y algo rechina debajo de mis pies. Me agacho y deslizo mi mano a lo largo del frio y suave panel de cristal. Presiono las manos contra el cristal a cada lado de mi cuerpo. El tanque de nuevo. No tengo miedo de ahogarme. Esto no es sobre el agua; es sobre mi inhabilidad de escapar del tanque. Es sobre la debilidad. Sólo tengo que convencerme que soy lo suficientemente fuerte para romper el cristal.
Las luces azules se acercan, y el agua se desliza sobre el suelo, pero no permito que la simulación llegue tan lejos. Golpeo mi palma contra la pared frente a mí, esperando que el vidrio se rompa.
Mi mano rebota, sin causar algún daño.
Mi corazón se acelera. ¿Qué pasa si lo que funcionó en la primera simulación, no funciona aquí? ¿Qué pasa si no puedo romper el cristal a menos que esté bajo presión? El agua se envuelve sobre mis tobillos, fluyendo más rápido a cada segundo. Tengo que calmarme. Calmarme y concentrarme. Me apoyo contra la pared detrás de mí y pateo tan fuerte como puedo. Y pateo de nuevo. Laten los dedos de mis pies, pero no pasa nada.
Tengo otra opción. Puedo esperar a que el agua llene el tanque, que ya está por mis rodillas, y trato de calmarme mientras sube el agua. Me abrazo contra la pared, negando con la cabeza. No. No puedo ahogarme. No puedo.
Cierro las manos en puños y golpeo la pared. Soy más fuerte que el cristal. El cristal es tan delgado como la escarcha. Mi mente lo hará así. Cierro los ojos. El cristal es hielo. El cristal es hielo. El cristal es…
El cristal se hace pedazos bajo mi mano, y agua salpica en el suelo. Y entonces la oscuridad regresa.
Sacudo mis manos. Eso debió haber sido un obstáculo fácil de superar. Lo he enfrentado antes en simulaciones. No puedo permitirme perder tiempo de esa manera otra vez.
Lo que se siente como una pared sólida, me golpea por un costado, sacando el aire de mis pulmones, y caigo con fuerza, jadeando. No puedo nadar; he visto cantidades de agua así de grandes, así de poderosas, en fotografías. Debajo de mí está una roca con borde irregular, machada con agua. El agua empuja mis piernas, y me aferro a la roca, probando la sal en mis labios. Por el rabillo de mi ojo, veo un cielo negro y una luna roja como la sangre.
Otra ola impacta, golpeando contra mi espalda. Me golpeo la barbilla contra la roca y hago una mueca de dolor. El océano es frío, pero mi sangre está caliente, corriendo por mi cuello. Estiro mi brazo y encuentro el borde de la roca. El agua tira de mis piernas con una fuerza irresistible. Me aferro tan fuerte como puedo, pero no soy lo suficientemente fuerte, el agua me jala y las olas tiran de mi cuerpo hacia atrás. Lanza mis piernas sobre mi cabeza y mis brazos a cada lado, y me estrello con la roca, mi espalda presionada contra ella, el agua chorreando sobre mi rostro. Mis pulmones gritan por aire. Me retuerzo y agarro el borde de la roca, tirando de mí fuera del agua. Jadeo, y otra ola me golpea, esta es aún más fuerte que la primera, pero tengo un mejor agarre.
No debo estar realmente asustada del agua. Debo estar asustada de estar fuera de control. Para enfrentarlo, tengo que recuperar el control.
Con un grito de frustración, lanzo mi mano hacia adelante y encuentro un agujero en la roca. Mis brazos tiemblan violentamente mientras me arrastro hacia adelante, y levanto mis pies antes de que la ola pueda llevarme con ella. Una vez que mis pies están libres, me levanto y tiro mi cuerpo a correr, con toda mi fuerza, mis pies rápidos en la piedra, con la luna roja frente a mí, y el océano se ha ido.
Y luego todo se ha ido, y mi cuerpo está quieto. Demasiado quieto.
Trato de mover los brazos, pero están atados fuertemente a mis costados. Miro hacia abajo y veo una cuerda envuelta alrededor de mi pecho, mis brazos y mis piernas. Una pila de leños se eleva alrededor de mis pies, y veo un asta detrás de mí. Estoy en lo alto sobre el suelo.
Personas se arrastran fuera de las sombras, y sus rostros son familiares. Son los Iniciados, llevando antorchas, y Peter está al frente de la manada. Sus ojos lucen como pozos negros, y lleva una sonrisa que se extiende demasiado amplia a través de su rostro, forzando arrugas en sus mejillas. Una risa comienza en algún lugar en el centro de la muchedumbre y se eleva mientras voz tras voz se une a ella. Cacareos es todo lo que escucho.
Mientras el cacareo se vuelve más ruidoso, Peter baja su antorcha hacia la madera, y las flamas se inclinan cerca del suelo. Parpadean en los bordes de cada leño y entonces se arrastran sobre la corteza. No forcejeo contra las cuerdas, como hice la primera vez que enfrenté este temor. En cambio, cierro los ojos y trago tanto aire como puedo. Esto es una simulación. No puede lastimarme. El calor de las flamas se eleva a mi alrededor. Niego con la cabeza.
―¿Hueles eso, Estirada? ―dice Peter, su voz es incluso más alta que el cacareo.
―No. ―Le digo. Las flamas están ascendiendo.
Él olfatea.
―Ese es el olor de tu carne quemándose.
Cuando abro los ojos, mi visión se empaña con lágrimas.
―¿Sabes lo que huelo? ―Mi voz se esfuerza por ser más alta que las risas a mi alrededor, las risas que me oprimen tanto como el calor. Mis brazos tironean, y quiero pelear contra las cuerdas, pero no lo haré, no forcejearé sin sentido, no entraré en pánico.
Miro a través de las flamas a Peter, el calor trayendo sangre a la superficie de mi piel, fluyendo a través de mí, derritiendo las suelas de mis zapatos.
―Huelo a lluvia ―digo.
Truenos rugen sobre mi cabeza, y grito mientras las flamas tocan mis dedos y el dolor chilla sobre mi piel. Inclino mi cabeza hacia atrás y me concentro en las nubes reuniéndose sobre mi cabeza, pesadas con lluvia, oscuras con lluvia. Una línea de un rayo se extiende sobre el cielo y siento la primera gota de lluvia en mi frente. ¡Más rápido! ¡Más rápido! La gota rueda por un lado de mi nariz, y la segunda gota golpea mi hombro, tan grande que siento como si fuera hecha de hielo o de roca, en lugar de agua.
Capas de lluvia caen a mi alrededor, y escucho el sonido chisporroteante sobre las risas. Sonrío, aliviada, mientras la lluvia apaga el fuego y alivia las quemaduras en mis manos. Las cuerdas caen, y empujo las manos a través mi cabello.
Desearía ser como Tobias y tener sólo cuatro temores que enfrentar, pero no soy así de audaz.
Aliso mi cabello, y cuando levanto la mirada, estoy de pie en mi habitación en el sector Abnegación de la ciudad. Nunca antes enfrenté este temor. Las luces están apagadas, pero la habitación está iluminada por la luz de la luna entrando a través de las ventanas. Una de mis paredes está cubierta con espejos. Me giro hacia ella, confundida. Esto no está bien. No se me permite tener espejos.
Miro al reflejo en el espejo: mis ojos amplios, la cama con las sábanas grises tendidas tensamente, el vestidor que sostiene mis ropas, el estante de libros, las paredes desnudas. Mis ojos saltan hacia la ventana detrás de mí.
Y hacia el hombre de pie fuera de ella.
Frío cae por mi columna vertebral como una gota de sudor, y mi cuerpo se vuelve rígido. Lo reconozco. Es el hombre con el rostro con cicatrices de la prueba de aptitud. Anda vestido de negro y está de pie quieto como una estatua. Parpadeo, y dos hombres aparecen a su izquierda y derecha, tan inmóviles como lo está él, pero sus rostros no tienen rasgos, sólo cráneos cubiertos de piel.
Giro mi cuerpo rápidamente, y ellos están de pie dentro de mi habitación. Presiono mis hombros contra el espejo.
Por un momento, la habitación se queda en silencio, y luego sus puños golpean contra mi ventana, no sólo dos o cuatro o seis golpes, sino docenas de puños con docenas de dedos, golpeando contra el cristal. El ruido vibra en mi caja torácica, y es tan fuerte, y luego el hombre de las cicatrices y sus dos acompañantes comienzan a caminar con lentos y cuidadosos movimientos hacia mí.
Están aquí para llevarme con ellos, como Peter y Drew y Al, para asesinarme. Lo sé.
Simulación. Esto es una simulación. Mi corazón martillea en mi pecho, presiono mi palma contra el cristal detrás de mí y la deslizo hacia la izquierda. No es un espejo, sino la puerta de un armario. Me digo dónde estará el arma. Estará colgando contra la pared a la derecha, sólo a pulgadas de distancia de mi mano.
No quito los ojos del hombre con las cicatrices, pero encuentro el arma con la punta de los dedos y envuelvo mi mano alrededor del mango.
Muerdo mi labio y disparo al hombre de las cicatrices. No espero a ver si la bala lo golpea, apunto a cada hombre sin rasgos distintivos, tan rápido como puedo. Mi labio duele por morderlo tan fuerte. Los golpes en la ventana se detienen, pero un sonido chirriante lo reemplaza, y los puños se convierten en manos con dedos torcidos, rasguñando el cristal, luchando por entrar. El cristal cruje bajo la presión de sus manos, y entonces se agrieta y luego se rompe.
Grito.
No tengo suficientes balas en mi arma.
Pálidos cuerpos, cuerpos humanos, pero destrozados, de brazos torcidos en ángulos extraños, bocas demasiado amplias con colmillos, vacías cuencas de ojos, se vuelcan dentro de mi habitación, uno tras otro, y se revuelven en sus pies, y trepan hacia mí. Me tiro dentro del armario y cierro la puerta frente a mí. Una solución. Necesito una solución. Me agacho en cuclillas y presiono el costado del arma contra mi cabeza. No puedo luchar contra ellos. No puedo luchas contra ellos, así que tengo que calmarme. El Paisaje del Miedo registrará los latidos de mi corazón reduciendo la velocidad y mi uniforme respiración, y se moverá hacia el siguiente obstáculo.
Me siento en el suelo del armario. La pared cruje detrás de mí. Escucho el golpeteo, los puños se mueven de nuevo, golpeando la puerta del armario, pero me doy la vuelta y echo un vistazo a través de la oscuridad en el panel detrás de mí. No es una pared, sino otra puerta. Busco a tientas para empujarla hacia un lado y revelar el vestíbulo de las escaleras. Sonriendo, me arrastro a través del agujero y me pongo de pie. Huelo algo cocinándose. Estoy en casa.
Tomando una profunda respiración, observo mí casa desvanecerse. Olvidé, por un segundo, que estaba en los cuarteles de Intrepidez.
Y entonces Tobias está de pie frente a mí.
Pero no temo de Tobias. Miro sobre mi hombro. Tal vez hay algo detrás de mí en lo que debo enfocarme. Pero no, detrás de mí sólo está una cama de cuatro postes.
¿Una cama?
Tobias camina hacia mí, lentamente.
¿Qué está sucediendo?
Lo miro fijamente, paralizada. Él me sonríe. Esa sonrisa luce amable. Familiar.
Presiona su boca contra la mía, y mis labios se abren. Pensé que sería imposible de olvidar que estaba en una simulación. Estaba equivocada; él hace que todo lo demás se desintegre.
Sus dedos encuentran el cierre de la cremallera de mi chaqueta y lo baja en un lento golpe hasta que el cierre se separa. Tira de la chaqueta de mis hombros.
Oh, es todo lo que puedo pensar, mientras me besa de nuevo. Oh.
Mi temor es estar con él. He estado tan cautelosa de afección toda mi vida, pero no sabía cuán profunda había ido esa desconfianza.
Pero este obstáculo no se siente igual que los otros. Es de una clase diferente de temor, con pánico nervioso en lugar de terror ciego.
Él desliza sus manos por mis brazos y luego aprieta mis caderas, sus dedos deslizándose sobre la piel justo encima de mi estómago, y me estremezco.
Gentilmente lo empujo y presiono las manos en mi frente. He sido atacada por cuervos y hombres con rostros grotescos; he sido incendiada por el chico que casi me lanzó de una cornisa; casi me he ahogado, dos veces, ¿y a esto es a lo que no puedo hacerle frente? ¿Este es el temor para el que no tengo soluciones, un chico que me gusta, que quiere… tener sexo conmigo?
La simulación de Tobias besa mi cuello.
Trato de pensar. Tengo que enfrentar este temor. Tengo que tomar el control de la simulación y encontrar una manera de hacerlo menos atemorizante.
Miro a la simulación de Tobias a los ojos, y digo con firmeza.
―No voy a dormir contigo dentro de una alucinación. ¿De acuerdo?
Entonces lo agarro por sus hombros y nos giró, empujándolo contra el poste de la cama. Siento algo más que temor, un cosquilleo en mi estómago, una burbuja de risa. Me presiono contra él y lo beso, con mis manos envueltas alrededor de sus brazos. Se siente tan fuerte. Se siente… bien.
Y se ha ido.
Me río contra mi mano hasta que mi rostro se vuelve rojo. Debo ser la única Iniciada con este temor.
Un gatillo hace clic en mi oído.
Casi olvido acerca de este temor. Siento el peso de un arma en mi mano y envuelvo mis dedos alrededor de ella, deslizando mi dedo índice sobre el gatillo. Un reflector brilla desde el techo, desde una fuente desconocida, y de pie en el centro de su círculo de luz está mi madre, mi padre, y mi hermano.
―Hazlo ―sisea una voz a mi lado. Es de una mujer, pero es áspera, como si estuviera llena con rocas y cristales rotos. Suena como la de Jeanine.
El barril de un arma presiona mi sien, un frío círculo contra mi piel. El frío viaja a través de mi cuerpo, haciendo que el cabello en la parte trasera de mi cuello se erice. Limpio mi mano sudada en mis pantalones y miro a la mujer a través del rabillo de mi ojo. Es Jeanine. Sus lentes están torcidos, y sus ojos están vacíos de emociones.
Mi peor temor: que mi familia muera, y que yo sea la responsable.
―Hazlo ―sisea de nuevo, más insistente esta vez―. Hazlo o te mataré.
Miro a Caleb. Él asiente, con sus cejas estiradas hacia arriba, simpáticamente.
―Adelante, Tris ―dice suavemente―. Lo entiendo. Está bien.
Mis ojos arden.
―No. ―Digo, con mi garganta tan tensa que duele. Niego con la cabeza.
―¡Te daré diez segundos! ―grita la mujer―. ¡Diez! ¡Nueve!
Mis ojos saltan de mi hermano hacia mi padre. La última vez que lo vi, me dio una mirada de desprecio, pero ahora sus ojos están amplios y amables. Nunca lo he visto llevar esa expresión en la vida real.
―Tris ―él dice―. No tienes otra opción.
―¡Ocho!
―Tris ―dice mi madre. Ella sonríe. Una dulce sonrisa―. Te amamos.
―¡Siete!
―¡Cállate! ―grito, sosteniendo el arma. Puedo hacerlo. Puedo dispararles. Ellos lo entienden. Me piden que lo haga. No querrían que me sacrificara por ellos. Ni siquiera son reales. Esto es una simulación.
―¡Seis!
Esto no es real. No significa nada. Los amables ojos de mi hermano se sienten como dos taladros perforando en mi cabeza. Mi sudor hace resbaladiza el arma.
―¡Cinco!
No tengo otra opción. Cierro los ojos. Piensa. Tengo que pensar. La urgencia haciendo que el acelere de mí corazón dependa de una cosa, y la única cosa: la amenaza de mi vida.
―¡Cuatro! ¡Tres!
¿Qué fue lo que me dijo Tobias? El desinterés y la valentía no son tan diferentes.
―¡Dos!
Libero el gatillo de mi arma y la dejo caer. Antes de poder perder mi valor, me doy la vuelta y presiono mi frente contra el barril del arma detrás de mí.
Disparándome a mí, en cambio.
―¡Uno!
Escucho un clic, y un estallido.
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