Capítulo XXXVII

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Capítulo XXXVII

Mensaje por iita ™ el Vie Ago 31, 2012 8:23 pm

Las fuerzas de Sabiduría y de Intrepidez son concentradas en el sector Abnegación de la ciudad, así que mientras más nos alejemos, es más difícil encontrar dificultades.
No pude decidir quién iba a venir conmigo. Caleb era la opción obvia, desde que sabía casi todo del plan de los Sabiduría. Marcus insiste que debería de ir, a pensar de mis protestas, porque es bueno con las computadoras. Y mi padre actúa como si su lugar estuviera decidido desde el principio.
Miro a los otros correr en dirección opuesta; hacia la seguridad, hacia Concordia, por unos cuantos segundos, y luego me doy la vuelta, hacia la ciudad, hacia la guerra. Nos quedamos junto a las vías del tren, lo que nos llevaría al peligro.
―¿Qué hora es? ―le pregunto a Caleb.
Él revisa su reloj. ―Las tres y doce.
―Debería estar aquí en cualquier momento ―digo.
―¿Se detendrá? ―pregunta.
Sacudo la cabeza. ―Baja la velocidad en la ciudad. Correremos junto a los vagones por unos cuantos metros y luego treparemos.
Brincar a los trenes ahora es algo fácil para mí, algo natural. No será así de fácil para los demás, pero no podremos detenernos ahora. Miro sobre mi hombro izquierdo y veo las luces ardiendo de color dorado contra los caminos y edificios grises. Me pongo de puntitas mientas las luces crecen más y más, y luego el frente del tren pasa junto a mí, y empiezo a correr.
Cuando veo un vagón abierto, mantengo el paso para estar junto a él, agarro una manija con la mano izquierda y me cuelgo para entrar.
Caleb brinca, cayendo fuerte y girando sobre su costado para pararse y ayuda a Marcus. Mi padre cae sobre su estómago, y se pone en posición fetal. Ellos se alejan de la puerta, pero me mantengo en la orilla con una mano en la manilla, mirando pasar a la ciudad.
Si fuera Jeanine, enviaría a la mayoría de los soldados de Intrepidez a la entrada de los Intrépidos junto a La Fosa, afuera del edificio de cristal. Sería más inteligente entrar por detrás, la entrada que requiere brincar del edificio.
―Asumo que ahora te arrepientes de elegir a los Intrépidos ―dice Marcus.
Estaba sorprendida de que mi padre no me preguntara eso, pero él, como yo, estaba mirando la ciudad.
El tren pasa junto al campo de los Sabiduría, el cual ahora está en total oscuridad. Se ve tranquilo en la distancia, y dentro de esas paredes, tal vez esté pacífico. Lejos del conflicto y de la realidad que ellos han hecho.
Sacudo la cabeza.
―¿Ni siquiera cuando tus líderes de Facción decidieron unirse en un complot para derrocar al gobierno? ―escupe Marcus.
―Habían unas cosas que necesitaba aprender.
―¿Cómo ser valiente? ―dice tranquilamente mi padre.
―Como ser desinteresado ―digo―. Incluso cuando son lo mismo.
―¿Es ese el por qué el símbolo de la Abnegación está tatuado en tu hombro? ―pregunta Caleb. Casi estoy segura que puedo ver una sonrisa en los ojos de mi padre.
Sonrió lentamente y asiento. ―E Intrépido en el otro.
El edificio de cristal sobre La Fosa reflejaba la luz del sol a mis ojos. Me paro, sosteniendo la otra manilla para mantener el equilibrio. Casi estamos ahí.
―Cuando les diga que salten ―digo―, salten lo más lejos posible.
―¿Brincar? ―pregunta Caleb―. Estamos a siete pisos de altura, Tris.
―En un techo ―agrego. Al ver la expresión aturdida de su rostro, digo―: Ese es el por qué ellos lo llaman una prueba de valentía.
La mitad de la valentía es una perspectiva. La primera vez que hice esto, fue una de las cosas más difíciles que había hecho. Ahora, prepararme para saltar de un tren, no era nada, porque he hecho cosas más difíciles en las semanas pasadas que la mayoría de la gente en toda su vida. Y nada se compara con lo que voy a hacer en el campamento de los Intrépidos. Si sobrevivo, podré hacer sin duda cosas más difíciles que esa, incluso en un mundo sin Facciones, algo que imaginé imposible.
―Papá, tú vas ―digo, moviéndome para atrás para que él pueda pararse en el borde. Si él y Marcus van primero, podía medir el tiempo para que ellos tengan que brincar la distancia más corta. Con suerte Caleb y yo podremos brincar más lejos para lograrlo, porque somos más jóvenes. Es una oportunidad que tendré que tomar. Las vías del tren empiezan a girar, y ellos se colocan al borde, y grito: ―¡Salta!
Mi padre dobla las rodillas y se lanza para adelante. No espero a ver si lo logró. Muevo a Marcus para adelante y grito: ―¡Brinca!
Mi padre cae en el techo, tan cerca del borde que jadeo. Se sienta en la grava, y empujo a Caleb delante de mí. Se para al borde del tren y salta sin que siquiera se lo dijera. Doy unos pasos hacia atrás y empiezo a correr para ganar impulso y salgo justo cuando el vagón alcanza el final del techo.
Por un instante estoy sostenida por la nada, y luego mis pies golpean el cemento y caigo a un costado, lejos del borde del techo. Mis rodillas me duelen, y el impacto sacude mi cuerpo, haciendo que mis hombros palpiten. Me siento, respiro fuerte y miro el techo. Caleb y mi padre están parados en el borde del techo, sus manos están alrededor de los brazos de Marcus. Él no lo logró, pero al menos todavía no se ha caído.
Algo dentro de mí, una voz maliciosa canta: cae, cae, cae.
Pero no. Mi padre y Caleb lo suben al techo. Me paro, limpio la grava de mis pantalones. El pensamiento de lo que va a pasar después me preocupa. Una cosa es decirle a la gente que brinque de un tren, ¿pero del techo?
―La siguiente parte, es el por qué les pregunté si le tenían miedo a las alturas ―digo, caminando al borde del techo. Escucho sus pasos detrás de mí y que llegan al borde. El viento pasa por el edificio y levanta mi camisa lejos de mi piel. Miro abajo al agujero en el piso, siete pisos por debajo de mí, y cierro los ojos mientras el aire sopla mi rostro.
―Hay una red abajo ―digo, mirando sobre mi hombro. Ellos me miran confundidos. No habían averiguado qué era lo que les iba a pedir.
―No lo piensen ―digo―. Sólo brinquen.
Me giro y mientras me giraba, me dejo caer hacia atrás, perdiendo el equilibrio. Caigo como una piedra, mis ojos estaban cerrados, tengo un brazo estirado para sentir el viento. Relajo mis músculos antes de caer a la red, lo que se siente como si un bloque de cemento golpeara mi hombro. Aprieto los dientes y ruedo hasta la orilla, agarrando el tubo que sostiene la red, y saco mis piernas por un lado. Caigo de rodillas en la plataforma, mis ojos están llenos de lágrimas.
Caleb aúlla mientras la red enrolla su cuerpo y luego se endereza. Me paro con dificultad.
―¡Caleb! ―jadeo―. ¡Por aquí!
Respirando pesadamente, Caleb se mueve a la orilla de la red y se cae por el borde, golpeando la plataforma con un golpe fuerte. Hace una mueca de dolor, luego se pone de pie y me mira con la boca abierta.
―¿Cuántas veces… has… hecho esto? ―pregunta entre jadeos.
―Es la segunda vez ―digo.
Él sacude la cabeza.
Cuando mi padre llega a la red, Caleb lo ayuda a cruzar. Cuando se para en la plataforma, se inclina y vomita del otro lado. Bajo las escaleras, y cuando llego abajo, escucho a Marcus caer en la red con un gruñido.
La caverna está vacía y los pasillos están sumidos en la oscuridad.
Jeanine lo hizo sonar como si no hubiera alguien en el campamento de los Intrépidos a excepción de los soldados que fueron enviados a guardar las computadoras. Si podemos encontrar los Soldados Intrépidos, podremos encontrar las computadoras. Miro por encima de mi hombro. Marcus está en la plataforma, está blanco como una hoja pero ileso.
―Así que este es el campamento de los Intrépidos ―dice Marcus.
―Sí ―digo―. ¿Y?
―Y nunca pensé que lo vería ―contesta, su mano golpea una pared―. No necesitas estar a la defensiva, Beatrice.
Nunca antes había visto cuán fríos pueden ser sus ojos.
―¿Tienes un plan, Beatrice? ―dice mi padre.
―Sí. ―Y es verdad. Lo tengo, aunque no estoy segura cuándo lo desarrollaré. Tampoco estoy segura si funcionará. Sólo puedo decir dos cosas: No hay muchos Intrépidos en el campamento, los Intrépidos no son conocidos por su sutileza, y que haré lo que sea para detenerlos.
Caminamos por el pasillo que conduce a La Fosa, la que tiene lámparas cada tres metros. Cuando caminamos al primer bloque de luz, escucho un disparo y me tiro al suelo.
Alguien debió habernos visto. Me arrastro hasta el siguiente bloque de luz. El brillo de la pistola resplandece por la habitación desde la puerta que conduce a La Fosa.
―¿Están todos bien? ―pregunto.
―Sí ―responde mi padre.
―Entonces, manténganse aquí.
Corro al otro lado de la habitación. Las luces salen de la pared, tan directamente que cada uno es una línea de sombra. Soy lo suficientemente pequeña como para esconderme, si cambio de lado. Puedo reptar por el borde de la habitación y sorprender a cualquier guardia que nos haya disparado anteriormente, antes de que tenga la oportunidad de poner una bala en mi cerebro. Quizás.
Una de las cosas que agradezco a los Intrépidos es la preparación para eliminar el miedo.
―¡Quienquiera que esté ahí ―grita una voz―, baje sus armas y suba las manos!
Me giro a un lado y presiono la espalda contra la pared de piedra. Paso rápidamente de un lado al otro, entrecerrando los ojos para ajustarme a la semioscuridad. Otro disparo en el silencio. Alcanzo la última luz y me paro por un momento en la sombra, permitiéndole a mis ojos ajustarse.
No puedo ganar una pelea pero si me muevo lo suficientemente rápido, no tendré que pelear. Mis pasos son ligeros, camino hacia el guardia que está parado en la puerta. A unos metros de distancia, me doy cuenta que conozco ese cabello oscuro que siempre brilla, incluso cuando está en la oscuridad, y que conozco a esa nariz larga con un puente estrecho.
Es Peter.
El frío pasa por mi piel, alrededor de mi corazón y en el hueco de mi estómago.
Su cara es tensa… él no es un velador. Mira alrededor, pero sus ojos revisan el aire por arriba y detrás de mí. Juzgando por su silencio, él no intenta negociar con nosotros; nos matará sin preguntar.
Lamo mis labios, y camino los últimos pasos, y subo mi mano. El golpe se conecta con su nariz, y grita, poniendo ambas manos en su rostro. Mi cuerpo se mueve con una energía nerviosa y mientras sus ojos se estrechan, lo pateo en la ingle. Cae de rodillas, su pistola suena contra el piso. La agarro y presiono el barril contra la parte superior de su cabeza.
―¿Cómo es que estás despierto? ―le pregunto.
Él alza la cabeza, y jalo el gatillo, alzando una ceja.
―Los líderes de los Intrépidos… ellos evaluaron mi expediente y me removieron de las simulaciones ―dice.
―Porque han averiguado que tienes tendencias asesinas y que no te preocupa matar a quinientas personas a propósito ―digo―. Tiene sentido.
―¡No soy… un asesino!
―Nunca conocí a alguien de la Sinceridad que fuera un mentiroso. ―Pongo el arma contra su cráneo―. ¿Dónde están las computadoras que controlan la simulación, Peter?
―No me dispararás.
―La gente tiende a sobreestimar mi carácter ―digo tranquilamente―. Creen que porque soy pequeña, una chica, o Estirada, no puedo ser cruel. Pero están equivocados.
Muevo la pistola ocho centímetros a la izquierda y le disparo a su brazo.
Su grito llena el pasillo. La sangre sale de la herida, y él grita de nuevo, presionando su frente contra el piso. Muevo de nuevo la pistola a su cabeza, ignorando la culpa que siento en el pecho.
―Ahora te das cuenta de tu error ―digo―. Te daré otra oportunidad para que me digas lo que necesito saber antes de que te dispare en un lugar peor.
Otra cosa que puedo decir es: Peter no es un desinteresado.
Él gira la cabeza y enfoca un ojo brillante en mí. Sus dientes muerden el labio inferior, y su respiración está agitada. Exhala. Inhala. Exhala de nuevo.
―Ellos están escuchado ―escupe―. Si tu no me matas ellos lo harán. La única manera de que te lo diga es que me saques de aquí.
―¿Qué?
―Llévame… ah… contigo ―dice haciendo una mueca.
―Quieres que te lleve ―dije―, la persona que intentó matarme, ¿conmigo?
―Sí ―gruñe―. Si esperas encontrar algo que quieres saber.
Se ve como una opción, pero no. Cada minuto que desperdicio mirando a Peter, pensando en cómo él me caza en mis pesadillas y el daño que me causó, otra docena de miembros de la Abnegación muere a manos del ejército sin cerebro de los Intrépidos.
―Bien ―digo, casi atragantándome con la palabra―. Bien.
Escucho pasos detrás de mí. Sosteniendo la pistola, miro sobre mi hombro. Mi padre y los otros caminan hacia nosotros. Mi padre se quita su camina de manga larga. Tiene una camiseta debajo de ella. La pone sobre Peter y la presiona contra el brazo de Peter para evitar que siga saliendo sangre, me mira y me dice: ―¿Era necesario dispararle?
No respondo.
―Algunas veces el dolor es el mejor bien ―dice tranquilamente Marcus.
En mi cabeza, lo miro parado enfrente de Tobias con un cinturón en la mano y escucho el eco de su voz. Esto es por tu bien. Lo miro por unos cuantos segundos. ¿En verdad crees eso? Se escucha como algo que diría un Intrépido.
―Vamos ―digo―. Levántate, Peter.
―¿Quieres que camine? ―pregunta Caleb―. ¿Estás loca?
―¿Le disparé en la pierna? ―digo―. No. Él camina. ¿Dónde hay que ir, Peter?
Caleb ayuda a pararse a Peter.
―Al edificio de cristal ―dice, haciendo una mueca de dolor―. Al octavo piso.
Él nos muestra el camino.
Camino entre el rugido del río y el brillo azul de La Fosa, la cual está más vacía de lo que nunca había visto. Reviso las paredes, buscando señales de vida, pero no veo movimiento ni figuras paradas en la oscuridad. Mantengo mi pistola en la mano y empiezo a cruzar el camino que conduce al techo de cristal. El vacío me hace temblar. Me hace recordar el campo sin fin de mis pesadillas.
―¿Qué te hace creer que tienes el derecho de dispararle a alguien? ―dice mi padre mientras me sigue en el camino. Pasamos el lugar de los tatuajes. ¿Dónde estará ahora Tori? ¿Y Christina?
―Ahora no es el momento para discutir de ética ―digo.
―Ahora es el momento perfecto ―dice―, porque pronto tendrás la oportunidad de disparar de nuevo, y si no te das cuenta…
―¿Darme cuenta de qué? ―digo sin girar―. ¿De que cada segundo que desperdicio significa que otro Abnegación muere y que otro Intrépido se convierte en un asesino? Me he dado cuenta de eso. Ahora es tu turno.
―Hay una manera correcta de hacer las cosas.
―¿Qué te asegura que tú sabes la manera? ―digo.
―Por favor, dejen de pelear ―interrumpe Caleb, su voz nos regaña―. Tenemos cosas más importantes que hacer.
Sigo caminando, mis mejillas se ponen calientes. Unos meses antes no me hubiera atrevido a contestarle a mi padre. Unas horas antes tampoco lo hubiera hecho. Pero algo cambió desde que le dispararon a mi madre. Cuando se llevaron a Tobías.
Escucho a mi padre resoplar sobre el ruido del agua corriendo. Olvidé que él es más viejo que yo, que su cuerpo tal vez ya no puede tolerar su propio peso. Antes de que suba las escaleras de metal que me llevarán al techo de cristal, espero en la oscuridad y miro la luz del sol y las sombras que se derramaban sobre las paredes de La Fosa. Miro hasta que la sombra camina hacia la pared y cuento hasta que la siguiente sombra aparezca. Los guardias hacen sus rondas cada minuto y medio, y se paran por veinte segundos, y luego continúan.
―Hay hombres con armas allá arriba. Cuando ellos me vean, me matarán, si pueden ―le digo tranquilamente a mi padre. Él mira mis ojos―. ¿Debería dejarlos?
Él me mira por unos segundos.
―Ve ―dice―, y que Dios te ayude.
Escalo las escaleras cuidadosamente, deteniéndome justo antes de que sobresalga mi cabeza. Espero, mirando moverse a las sombras, y cuando una de ellas se detiene, me paro, apunto y disparo.
La bala no le pega al guardia. Rompe la ventana detrás de él. Disparo de nuevo y me encojo mientras las balas golpean el piso a mi alrededor con un ding. Gracias a Dios el techo de cristal es a prueba de balas, o el cristal se quebraría y encontraría mi muerte.
Un guardia menos. Respiro profundamente y pongo mi mano sobre el techo, mirando sobre el cristal para ver a mi objetivo. Cargo la pistola y disparo al guardia que viene hacia mí. La bala le da en el brazo. Y con suerte es el brazo con el que dispara, porque tiró la pistola al suelo.
Mi cuerpo tiembla, me lanzo por el agujero del techo y le arrebato la pistola caída antes de que él pueda agarrarla. Una bala pasa por mi cabeza, tan cerca que mueve mi cabello. Mis ojos se abren, muevo mi brazo derecho sobre el hombro, y un dolor cruza mi cuerpo, y disparo tres veces. Por algún milagro, una de las balas le da al guardia, y mis ojos lloran incontrolablemente por el dolor de mi hombro. Sólo rompí mis puntos. Estoy segura.
Otro guardia se para enfrente de mí. Estoy boca abajo y apunto ambas pistolas hacia él, mis brazos descansan sobre el piso. Miro el cañón de la pistola.
Luego algo sorprendente pasa. Mueve su barbilla a un lado. Diciéndome que vaya.
Él debe ser Divergente.
―¡Libre! ―grito.
El guardia entra al cuarto del Paisaje del miedo y se va.
Lentamente me pongo de pie, sosteniendo mi brazo derecho contra mi pecho. Tengo visión del túnel. Estoy corriendo por este camino y no seré capaz de detenerme, ni siquiera de pensar, hasta que llegue al final.
Le doy una pistola a Caleb y deslizo la otra a mi cintura.
―Creo que tú y Marcus deberían quedarse con él ―digo, moviendo la cabeza hacia Peter―. Él sólo hará que vayamos más lento. Asegúrense que nadie más venga detrás de nosotros.
Espero que él no entienda lo que estoy haciendo: mantenerlo aquí para que esté a salvo, incluso cuando gustosamente daría su vida por esto. Si voy a la cima del edificio, probablemente no bajaré. Lo mejor que puedo esperar es destruir la simulación justo antes que alguien me mate. ¿Cuándo decidí que esta misión sería un suicidio? ¿Por qué no es más difícil?
―No puedo quedarme aquí mientras tú vas arriba y arriesgas tu vida ―dice Caleb
―Necesito que lo hagas ―digo.
Peter cae de rodillas. Su rostro brilla por el sudor. Por un segundo casi me siento mal por él, pero entonces recuerdo a Edward, y el picor de la tela sobre mis ojos mientras mis atacantes me vendan los ojos, y la simpatía se perdió. Caleb finalmente asiente. Me aproximo a uno de los guardias caídos y tomo su pistola, manteniendo mis ojos lejos de la herida que lo mató. Mi cabeza pesa. No he comido; no he dormido; no he llorado ni gritado o inclusive detenido por un momento. Muerdo mi labio y me muevo hacia los elevadores hacia el lado derecho de la habitación. Octavo piso.
Una vez que las puertas se cierran, pongo el costado de mi cabeza contra el cristal y escucho los pitidos.
Miro a mi padre.
―Gracias. Por proteger a Caleb ―dice mi padre―. Beatrice, yo…
El elevador llega al octavo piso y las puertas se abren. Dos de los guardias están listos con las armas en sus manos, sus caras son inexpresivas. Mis ojos se amplían, y me dejo caer a mi estómago mientras la ronda de disparos comienza. Escucho como los disparos golpean el cristal. Los guardias caen al piso, uno de ellos está vivo y gimiendo, el otro desaparece rápidamente. Mi padre se para sobre de ellos, su pistola sale de su cuerpo.
Me pongo de pie. Los guardias corren por el pasillo de la izquierda. Juzgando por la sincronía de sus pasos, son controlados por la simulación. Podría correr por el pasillo de la derecha, pero si los guardias salen del pasillo izquierdo, ahí es donde están las computadoras. Me tiro en el espacio entre los guardias y mi padre dispara y me mantengo lo más quieta posible.
Mi padre salta del elevador y toma el pasillo derecho, llevándose a los guardias Intrépidos detrás de él. Pongo mi mano sobre mi boca para evitar gritarle. Ese pasillo termina.
Trato de mover mi cabeza para no ver, pero no puedo. Veo por encima de las espaldas de los guardias.
Mi padre dispara sobre el hombro a los guardias que lo persiguen, pero no es lo suficientemente rápido. Uno de ellos le dispara en el estómago, y gruñe tan fuerte que casi lo puedo sentir en mi pecho.
Agarra su estómago, sus hombros golpean la pared, y dispara otra vez. Y una vez más. Los guardias son manejados por la simulación; siguen moviéndose incluso cuando las balas los golpean, seguirán moviéndose hasta que su corazón se detenga, pero no alcanzarán a mi padre. La sangre sale de sus manos y el color de va de su rostro. Otro disparo más y el último guardia está abajo.
―Papá ―digo. Pensé que era un grito, pero sonó como un quejido.
Se desploma en el suelo. Nuestros ojos se encuentran como si los metros entre nosotros fueran una nada.
Su boca se abre como si fuera a decir algo, pero su mandíbula cae y su pecho y su cuerpo dejan de moverse.
Mis ojos queman y estoy demasiado débil para levantarme; el olor del sudor y la sangre me hacen sentir enferma. Quiero descansar mi cabeza contra el piso y dejar que eso sea el fin. Quiero dormir y nunca despertar.
Pero lo que le había dicho antes a mi padre era cierto: cada minuto que desperdicio, otro Abnegado muere. Sólo hay una cosa que me queda en el mundo ahora, y es destruir la simulación.
Me levanto y corro por el pasillo, girando a la derecha. Sólo hay una puerta. La abro.
La pared opuesta está compuesta de pantallas, cada una de un pie de alto por un pie de ancho. Hay docenas de ellas, cada una mostrando una parte diferente de la ciudad. El Muro. El Cubo. Las calles del sector de Abnegación, las cuales ahora están llenas de soldados Intrépidos. La planta baja del edificio donde Caleb, Marcus y Peter esperan que regrese. Es una pared de todo lo que he visto, todo lo que conozco.
Una de las pantallas tiene un código insertado en la imagen. Pasa más rápido de lo que puedo leer. En esta simulación, el código ha sido completado, un manojo de comandos complicados que anticipan y muestra mil resultados diferentes.
Enfrente de la pantalla hay una silla y un escritorio. En la silla está sentado un soldado Intrépido.
―Tobías ―digo.
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