Primera Parte

Ir abajo

Primera Parte

Mensaje por Melita el Sáb Mayo 05, 2012 9:51 pm

La obra maestra de la filosofía sería desarrollar los medios de que se sirve la Providencia para alcanzar los fines que se propone sobre el hombre, y trazar, a partir de ahí, unos planes de conducta que puedan hacer conocer a ese desdichado individuo bípedo el modo en que debe avanzar en la espinosa carrera de la vida a fin de prevenir los caprichos extravagantes de esta fatalidad a la que se dan veinte nombres diferentes, sin haber llegado todavía a conocerla ni a definirla.

Si, llenos de respeto por nuestras convenciones sociales, y sin apartarnos jamás de los diques que nos imponen, ocurre, aun así, que sólo encontramos zarzas cuando los malvados sólo recogen rosas, personas carentes de un fondo de virtudes lo bastante probado como para superar tales observaciones ¿no considerarán entonces que es preferible abandonarse al torrente que resistirlo? ¿No dirán que la virtud, por hermosa que sea, se vuelve sin embargo el peor partido que pueda tomarse, si resulta demasiado débil para luchar contra el vacío, y que, en un siglo totalmente corrompido, lo más seguro es actuar como los demás? Algo más instruidos, si se quiere, y abusando de las luces que han adquirido, ¿no dirán con el ángel Jesrad, de Zadig, que no hay mal que por bien no venga, y que pueden, a partir de ahí, entregarse al mal, ya que de hecho sólo es una de las maneras de producir el bien? ¿No añadirán que es indiferente al plan general que tal o cual sea preferentemente bueno o malo; que si el infortunio persigue a la virtud y la prosperidad acompaña al crimen, siendo ambas cosas iguales para los proyectos de la naturaleza, es infinitamente mejor tomar partido entre los malvados, que prosperan, ' que entre los virtuosos, que fracasan? Así pues, es importante prevenir esos peligrosos sofismas de una falsa filosofía; esencial demostrar que los ejemplos de virtud infortunada presentados a un alma corrompida, en la que permanecen sin embargo unos cuantos buenos principios, pueden devolver esta alma al bien con tanta seguridad como si se le hubiera mostrado en el camino de la virtud las palmas más brillantes y las más halagüeñas recompensas. Es cruel, sin duda, tener que describir un montón de infortunios abrumando a la mujer dulce y sensible que mejor respeta la virtud, y por otra parte la afluencia de prosperidades sobre quienes aplastan o mortifican a esa misma mujer. Pero si nace, no obstante, un bien del cuadro de esas fatalidades, ¿sentiremos remordimientos por haberlas ofrecido? ¿Podrá alguien molestarse por haber compuesto unos hechos de los que se derivan para el sensato que lee con provecho la muy útil lección de la sumisión a las órdenes de la Providencia, y la advertencia fatal de que, a menudo, para devolvernos a nuestros deberes, el cielo golpea a nuestro lado al ser que se nos antoja haber cumplido mejor los suyos?

Tales son los sentimientos que dirigirán nuestros trabajos, y en consideración a esos motivos pedimos indulgencia al lector por los sistemas erróneos que aparecen en boca de varios de nuestros personajes, y por las situaciones a veces algo fuertes que, por amor a la verdad, hemos tenido que colocar ante sus ojos. La señora condesa de Lorsange era una de esas sacerdotisas de Venus cuya fortuna es obra de una bonita cara y de una mala conducta, y cuyos títulos, por pomposos que sean, sólo se encuentran en los archivos de Citeres, forjados por la impertinencia con que los toma, y mantenidos en la necia credulidad que los concede: morena, hermoso talle, ojos con una singular expresión; con esta incredulidad muy de moda, que, confiriendo un atractivo más a las pasiones, hace buscar con mayor ahínco a las mujeres en quienes se supone; un poco malvada, sin principio alguno, no viendo mal en nada, y sin embargo sin la suficiente depravación en el corazón como para haber extinguido la sensibilidad; orgullosa, libertina: así era la señora de Lorsange.

Esta mujer había recibido, no obstante, la mejor educación: hija de un importantísimo banquero de París, había sido educada con una hermana llamada Justine, tres años menor que ella, en una de las más famosas abadías de esta capital, donde hasta las edades de doce y quince años, ningún consejo, ningún maestro, ningún libro, ningún talento habían sido negados a ambas hermanas.

En esta época, fatal para la virtud de las dos jóvenes, todo lo perdieron en un solo día: una espantosa bancarrota precipitó a su padre en una situación tan cruel que murió de pena. Su mujer le siguió un mes después a la tumba. Dos parientes fríos y lejanos deliberaron acerca de lo que harían con las jóvenes huérfanas; la parte que a cada una le correspondía de la herencia, mermada por las deudas, escasamente

llegaba a cien escudos. Como nadie se preocupaba de su custodia, les abrieron la puerta del convento, les entregaron su dote y las dejaron libres de ser lo que quisieran.

La señora de Lorsange, entonces llamada Juliette, y de un carácter e inteligencia prácticamente tan formados como a los treinta años —edad que alcanzaba en el momento que arranca la historia que vamos a relatar—, sólo pareció sensible al placer de ser libre, sin meditar un instante en las crueles desgracias que habían roto sus cadenas. A Justine, con doce años de edad como ya hemos dicho, su carácter sombrío y melancólico le hizo percibir mucho mejor todo el horror de su situación. Dotada de una ternura y una sensibilidad sorprendentes, en lugar de la maña y sutileza de su hermana sólo contaba con una ingenuidad y un candor que presagiaba que cayera en muchas trampas. Esta joven sumaba a tantas cualidades una fisonomía dulce, absolutamente diferente de aquella con que la naturaleza había embellecido a Juliette; de igual manera que se percibía el artificio, la astucia, la coquetería en los rasgos de ésta, se admiraba el pudor, la decencia y la timidez en la otra; un aire de virgen, unos grandes ojos azules, llenos de sentimiento y de interés, una piel deslumbrante, un talle grácil y flexible, una voz conmovedora, unos dientes de marfil y los más bellos cabellos rubios, así era el retrato de esta encantadora menor, cuyas gracias ingenuas y rasgos delicados superan nuestros pinceles.

Les dieron a ambas veinticuatro horas para abandonar el convento, dejándoles la tarea de instalarse, con sus cien escudos, donde se les antojara. Juliette, encantada de ser su propia dueña, quiso por un momento enjugar las lágrimas de Justine, viendo después que no lo conseguiría, comenzó a reñirla en vez de consolarla; le dijo, con una filosofía muy superior a su edad, que en este mundo sólo había que afligirse por lo que nos afectaba personalmente; que era posible encontrar en sí misma unas sensaciones físicas de una voluptuosidad harto intensa como para poder apagar todos los afectos morales cuyo choque podría ser doloroso; que era absolutamente esencial poner en práctica este procedimiento dado que la verdadera sabiduría consistía infinitamente más en doblar la suma de los placeres que en multiplicar la de las penas... En una palabra, que nada había que no se debiera hacer para borrar en uno mismo esta pérfida sensibilidad, de la que únicamente se aprovechan los demás, mientras que a uno sólo le aporta pesares. Pero difícilmente se endurece un buen corazón, pues resiste a los razonamientos de una mala cabeza, consolándose en sus propios goces de las falsas brillanteces de una mente instruida.

Utilizando otros recursos, Juliette dijo entonces a su hermana que, con la edad y la cara que una y otra tenían, era imposible que se murieran de hambre. Citó a la hija de una de sus vecinas, quien, habiéndose escapado de la casa paterna, estaba hoy ricamente mantenida y mucho más dichosa, sin duda, que si hubiera seguido en el seno de su familia; que había que dejar de creer que era el matrimonio lo que hacía feliz a una joven; que, cautiva bajo las leyes del himeneo, sólo tendría, a cambio de muchos malos humores que soportar, una levísima dosis de placeres; mientras que, entregadas al libertinaje, podrían siempre asegurarse del humor de los amantes, o consolarse de él mediante el número de éstos.

Justine sintió horror de tales discursos; dijo que prefería la muerte a la ignominia y, pese a las nuevas peticiones que le formuló su hermana, se negó insistente mente a vivir con ella en cuanto la vio decidida a una conducta que la hacía estremecerse.

Por consiguiente, las dos jóvenes se separaron, sin ninguna promesa de volver a verse, dado que sus intenciones se revelaban tan diferentes. Juliette que, según pretendía, se convertiría en una gran dama,
¿accedería a recibir a una muchacha cuyas inclinaciones, virtuosas pero humildes, podrían deshonrarla? Y por su parte, ¿Justine aceptaría poner en peligro sus costumbres con la compañía de una criatura perversa, que acabaría siendo víctima de la crápula y del desenfreno público? Ambas se dieron, pues, un eterno adiós, y ambas abandonaron el convento al día siguiente.

Mimada desde su infancia por la costurera de su madre, Justine cree que esta mujer será sensible a su desdicha; la visita, le comunica sus infortunios, le pide trabajo... Pero casi no la reconoce y la despiden duramente.

— ¡Oh, cielos! —Dice la pobre criatura—, si es preciso que los primeros pasos que doy por el mundo estén ya marcados por la desgracia Esta mujer me quería antes, ¿por qué me rechaza hoy? ¡Ay!, porque soy huérfana y pobre; porque ya no tengo recursos en el mundo, y sólo se aprecia a las personas por las

ayudas y los agrados que se espera recibir de ellas.

Justine, llorosa, visita a su sacerdote; le describe su estado con el enérgico candor de su edad... Llevaba un vestidito blanco; sus hermosos cabellos descuidadamente recogidos bajo una gran cofia; su seno apenas insinuado, oculto debajo de dos o tres varas de gasa; su linda cara algo pálida a causa de las penas que la devoraban; algunas lágrimas caían de sus ojos y les conferían aún mayor expresión.

—Me veis, señor... —le dijo al santo eclesiástico—, sí, me veis en una situación muy lamentable para una joven; he perdido a mi padre y mi madre... El cielo me los arrebata en la edad en que más necesitaba su ayuda... Han muerto arruinados, señor; no tenemos nada... Eso es todo lo que me han dejado —prosiguió, mostrando sus doce luises—... y ni un rincón donde reposar mi pobre cabeza... Os apiadaréis de mí,
¿verdad, señor? Sois ministro de la religión, y la religión siempre fue la virtud de mi corazón; en nombre del Dios que adoro y del que sois la voz, decidme, como un segundo padre, ¿qué debo hacer... qué tengo que ser?

El caritativo sacerdote contestó, examinando a Justine, que la parroquia estaba muy cargada; que era difícil que pudiera hacerse cargo de nuevas limosnas, pero que, si Justine quería servirle, si quería trabajar duro, siempre habría en su cocina un pedazo de pan para ella. Y, mientras le decía eso, el intérprete de los dioses le había pasado la mano bajo la barbilla, dándole un beso excesivamente mundano para un hombre de Iglesia. Justine, que le había entendido demasiado bien, le rechazó diciéndole:

—Señor, yo no os pido limosna ni un puesto de criada; hace demasiado poco que he abandonado un estado por encima del que puede hacer desear esas dos mercedes para verme reducida a implorarlas; solicito los consejos que mi juventud y mis desgracias necesitan, y queréis hacérmelos comprar tal vez demasiado caros.

El pastor, avergonzado de verse descubierto, rápidamente expulsó a la joven criatura, y la desdichada Justine, dos veces rechazada en el primer día en que se vio condenada al aislamiento, entra en una casa en la que ve un cartel, alquila un pequeño apartamento amueblado en la quinta planta, lo paga de antemano, y en él se entrega a unas lágrimas aún más amargas por lo sensible que es y porque su pequeño orgullo acaba de ser cruelmente maltratado.

¿Se nos permitirá abandonarla por algún tiempo aquí, para regresar a Juliette, y para explicar cómo, del simple estado del que la vimos salir, y sin tener más recursos que su hermana, llegó a ser, sin embargo, en quince años, mujer con título, propietaria de una renta de treinta mil libras, bellísimas joyas, dos o tres casas tanto en la ciudad como en el campo, y, por el instante, el corazón, la fortuna y la confianza del señor de Corville, consejero de Estado, hombre del mayor crédito y ministro en ciernes? No hay la menor duda de que su carrera fue espinosa: esas damiselas prosperan gracias al aprendizaje más vergonzoso y más duro; y una que ahora está en el lecho de un príncipe todavía lleva seguramente encima las marcas humillantes de la brutalidad de los libertinos entre cuyas manos la arrojaron su juventud e inexperiencia. Al salir del convento, Juliette buscó a una mujer de la que había oído hablar a una joven amiga vecina; pervertida como ella deseaba ser y pervertida por aquella mujer, la aborda con su hatillo bajo el brazo, una levita azul muy desordenada, los cabellos sueltos, la más bonita cara del mundo, si es cierto que ante determinados ojos la indecencia pueda ser atractiva; cuenta su historia a esta mujer, y le suplica que la proteja como ha hecho con su antigua amiga.

— ¿Qué edad tienes? —le pregunta la Duvergier.

—Quince años dentro de unos días, señora —contestó Juliette.

—Y jamás ningún mortal... —prosiguió la matrona.

— ¡Oh no, señora!, se lo juro —replicó Juliette.

—Pero es que a veces en esos conventos —dijo la vieja—... un confesor, una religiosa, una compañera... Necesito pruebas seguras.

No tiene usted más que buscarlas, señora —contestó Juliette sonrojándose.

Y proveyéndose la dueña de unos lentes, y después de haber examinado minuciosamente las cosas por todos los lados:

—Vamos —le dijo a la joven—, bastará con que te quedes aquí, prestes mucha atención a mis consejos, presentes un gran fondo de complacencia y de sumisión con mis clientes, limpieza, economía, franqueza conmigo, habilidad con tus compañeras y astucia con los hombres, y antes de diez años te pondré en situación de retirarte a un tercero con una cómoda, dos habitaciones, una criada; y el arte que habrás adquirido en mi casa te servirá para procurarte el resto.

Hechas estas recomendaciones, la Duvergier se apodera del hatillo de Juliette; le pregunta si tiene dinero y, como ésta le confiesa con excesiva sinceridad que tenía cien escudos, la querida mamá se los confisca asegurando a su nueva pensionista que invertirá este pequeño capital en la lotería para ella, pero que no conviene que una joven tenga dinero.

—Es —le dice— un medio de hacer el mal, y en un siglo tan corrompido una muchacha buena y bien nacida debe evitar cuidadosamente cuanto pueda arrastrar la hacia alguna trampa. Te lo digo por tu bien, pequeña —añadió la dueña—, y debes agradecerme lo que hago. Acabado este sermón, la nueva es presentada a sus compañeras; le indican su habitación en la casa, y a partir del día siguiente sus primicias están en venta.

En cuatro meses, la mercancía es vendida sucesivamente a cerca de cien personas; unas se contentan con la rosa, otras más delicadas o más depravadas (pues la cuestión no está zanjada) quieren abrir el capullo que florece al lado. En cada ocasión, la Duvergier encoge, reajusta, y durante cuatro meses son siempre las primicias lo que la bribona ofrece al público. Al término de este espinoso noviciado, Juliette alcanza finalmente la condición de hermana conversa; a partir de este momento, es oficialmente admitida como pupila de la casa, y comparte sus penas y sus beneficios. Otro aprendizaje: si en la primera escuela, con escasas excepciones, Juliette ha servido a la naturaleza, olvida sus leyes en la segunda y corrompe por entero sus costumbres; el triunfo que ve cómo obtiene el vicio degrada por completo su alma; siente que, nacida para el crimen, por lo menos debe llegar al mayor de ellos y renunciar a languidecer en un estado subalterno que, haciéndole cometer las mismas faltas, envileciéndola igualmente, no le acarrea, ni mucho menos, el mismo beneficio. Gusta a un anciano caballero muy libertino que, en un principio, sólo la reclama esporádicamente; ella posee el arte de hacerse mantener magníficamente por él; aparece finalmente en los espectáculos, en los paseos, al lado de las figuras de la orden de Citeres; la miran, la citan, la envidian, y la inteligente criatura sabe hacerlo tan bien que en menos de cuatro años arruina a seis hombres, el más pobre de los cuales tenía cien mil escudos de renta. No necesitaba más para crearse una reputación; la ceguera de la gente de mundo es tal que cuanta mayor deshonestidad ha demostrado una de esas criaturas, más deseosos están de constar en su lista; parece que el grado de su envilecimiento y de su corrupción se convierte en la medida de los sentimientos que se atreven a mostrar por ella.

Juliette acababa de alcanzar sus veinte años cuando un tal conde de Lorsange, gentilhombre angevino, de unos cuarenta años de edad, se enamoró tanto de ella que decidió darle su apellido: le reconoció doce mil libras de renta, le aseguró el resto de su fortuna si moría antes que ella; le dio una casa, servicio, distinción, y una especie de consideración en la sociedad que en dos o tres años consiguió hacer olvidar sus comienzos.

Fue entonces cuando la desdichada Juliette, olvidando todos los sentimientos de su nacimiento y de su buena educación, pervertida por malos consejos y libros peligrosos, apresurada por disfrutar a solas, llevar un nombre y ninguna cadena, osó entregarse a la culpable idea de abreviar los días de su marido. Una vez concebido este odioso proyecto, lo mimó y lo consolidó desafortunadamente en uno de esos momentos peligrosos en que las acciones físicas se ven impelidas por los errores de la moral; instantes en que no nos negamos a casi nada ni nada se opone a la irregularidad de las ansias o a la impetuosidad de los deseos, y se aviva la voluptuosidad recibida en proporción a la cantidad de los frenos que rompe, o a su pureza. Desvanecido el sueño, si nos volviéramos buenos, el inconveniente seria insignificante, sólo se trataría de la historia de los errores de entendimiento; sabemos perfectamente que no ofenden a nadie, pero, desgraciadamente, se llega más lejos. ¿Qué significará —nos atrevemos a preguntarnos—, la realización de esta idea, si su mera presencia nos exalta, nos emociona tan intensamente? Entonces damos vida a la maldita quimera, y su existencia acaba siendo un crimen.

La señora de Lorsange lo ejecutó, afortunadamente para ella, con tanto secreto que estuvo al amparo de cualquier persecución, y sepultó junto con su esposo las huellas del espantoso delito que le precipitaba a la tumba.

Viéndose libre y condesa, la señora de Lorsange recuperó sus antiguos hábitos; pero creyéndose algo en el mundo, puso en su conducta un tanto menos de indecencia. Ya no era una muchacha mantenida, era una rica viuda que daba estupendas cenas, a las que tanto nobles como burgueses les encantaba ser admitidos; mujer decente en una palabra, pero que aun así se acostaba por doscientos luises, y se entregaba por quinientos al mes.

Hasta los veintiséis años, la señora de Lorsange siguió haciendo brillantes conquistas; arruinó a tres embajadores extranjeros, cuatro recaudadores de impuestos, dos obispos, un cardenal y tres caballeros de las órdenes reales; pero como es inusual pararse después de un primer delito, sobre todo cuando se ha coronado felizmente, la desgraciada Juliette se denigró con dos nuevos crímenes semejantes al primero; uno para robar a uno de sus amantes, que le había confiado una suma considerable, ignorada por la familia de ese hombre, y que la señora de Lorsange pudo ocultar gracias a esta espantosa acción; el otro, para poseer cuanto antes un legado de cien mil francos que uno de sus adoradores le hacía en nombre de un tercero, encargado de devolver la cantidad después de la defunción. A esos horrores, la señora de Lorsange juntaba tres o cuatro infanticidios. El temor de estropear su bonito talle, el deseo de ocultar una doble intriga, todo ello le hizo tomar la decisión de sofocar en su seno el fruto de sus excesos; y esas fechorías, tan desconocidas como las anteriores, no fueron óbice para que esta mujer artera y ambiciosa encontrara diariamente nuevas víctimas.

Es cierto, por tanto, que la prosperidad puede acompañar la peor conducta, y que en el mismo centro del desorden y de la corrupción, cuanto los hombres denominan la felicidad puede esparcirse sobre la vida; pero que no nos alarme esta cruel y fatal verdad; que el ejemplo de la desdicha, persiguiendo por doquier a la virtud, como no tardaremos en ofrecer, no atormente más a las personas honradas. Esta felicidad del crimen es engañosa, sólo aparente; además del castigo reservado sin duda por la Providencia a quienes han seducido sus éxitos, ¿no alimentan en el fondo de sus almas un gusano que, royéndolos incesantemente, les impide regocijarse con estos falsos fulgores, y sólo deja en sus almas, en lugar de delicias, el recuerdo desgarrador de los crímenes que les han llevado donde están? En cambio, el infortunado al que la suerte persigue, tiene su corazón como consuelo, y los goces interiores que le procuran sus virtudes le compensan muy pronto de la injusticia de los hombres.

Esa era, pues, la situación de la señora de Lorsange cuando el señor de Corville, de cincuenta años de edad, gozando del crédito y de la consideración que antes hemos descrito, decidió sacrificarse enteramente por esa mujer y retenerla para siempre con él. Sea por las atenciones recibidas, sea por los procedimientos empleados, o bien por la habilidad de la señora de Lorsange, el señor de Corville lo había conseguido, y llevaba cuatro años viviendo con ella, exactamente como con una esposa legítima, cuando la adquisición de una bellísima finca cerca de Montargis les obligó a ambos a pasar algún tiempo en esa provincia.

Un atardecer, en que la bondad de la temperatura les animó a prolongar su paseo desde la propiedad que habitaban hasta Montargis, encontrándose demasiado cansados para decidir volver tal como habían venido, se detuvieron en la posada donde para la diligencia de Lyon, con la intención de enviar desde ahí un hombre a caballo a buscarles un coche. Reposaban en una sala baja y fresca, que daba al patio de esta casa, cuando la diligencia de la que acabamos de hablar entró en la hospedería.

Es una diversión bastante natural contemplar cómo descienden los pasajeros de una diligencia; es posible apostar por el tipo de personajes que salen de allí y, si uno ha nombrado una ramera, un oficial, unos cuantos curas y un fraile, puede estar casi siempre seguro de ganar. La señora de Lorsange se levanta, el señor de Corville la sigue, y los dos se divierten viendo entrar en la posada al traqueteado grupo. Parecía que ya no quedaba nadie en el coche cuando un jinete de la gendarmería, bajando del pescante, recibió en sus brazos de uno de sus compañeros, también situado en el mismo lugar, una joven de veintiséis a veintisiete años, vestida con una mala chambra de india y envuelta hasta las cejas por una gran manteleta de tafetán negro. Estaba maniatada como una criminal, y tan débil, que seguramente habría caído si sus guardianes no la hubieran sostenido. Ante el grito de sorpresa y de horror que suelta la señora de Lorsange, la joven se gira, y deja ver junto al más bello talle del mundo, el rostro más noble, más agradable, más interesante, todos los atractivos en suma más placenteros, hechos mil veces aún más excitantes por la tierna y conmovedora aflicción que la inocencia añade a los rasgos de la belleza.

El señor de Corville y su amante no pueden dejar de interesarse por la miserable joven. Se acercan, preguntan a uno de los guardias qué ha hecho la infortunada.

—Se la acusa de tres delitos —contesta el jinete—: de asesinato, de robo y de incendio; pero os confieso que mi compañero y yo jamás hemos conducido a un criminal con tanta desgana; es la criatura más dulce, y aparentemente la más honesta.

— ¡Ya, ya! —Dijo el señor de Corville—, ¿no podría tratarse de uno de esos errores habituales de los tribunales de segundo orden?... ¿Y dónde se ha cometido el delito?

—En una posada a pocas leguas de Lyon; la han juzgado en esta ciudad y, siguiendo la costumbre, la trasladamos a París para la confirmación de su sentencia, ya que volverá a Lyon para ser ejecutada.

La señora de Lorsange, que se había acercado y escuchaba este relato, comentó al señor de Corville que desearía enterarse por boca de la propia joven de la historia de sus desdichas, y el señor de Corville, que compartía también el mismo deseo, lo comunicó a los dos guardias presentándose ante ellos. Estos no consideraron necesario oponerse. Decidieron que convenía pasar la noche en Montargis; pidieron un alojamiento cómodo; el señor de Corville respondió de la prisionera, la desataron; y cuando le hicieron tomar algunos alimentos, la señora de Lorsange, que no podía dejar de sentir por ella el más vivo interés, y que sin duda se decía a sí misma: «Esta criatura, tal vez inocente, es tratada, sin embargo, como una criminal, mientras que alrededor de mí... que me he manchado con crímenes y horrores, todo prospera», la señora de Lorsange, digo, al ver a la pobre muchacha algo mejorada, algo consolada por las caricias que se apresuraban a hacerle, le rogó que contara por qué acontecimiento, con una apariencia tan dulce, se hallaba en una circunstancia tan funesta.

—Contaros la historia de mi vida, señora —dijo la bella infortunada, dirigiéndose a la condesa—, es ofreceros el ejemplo más sorprendente de las desdichas de la inocencia, es acusar a la mano del cielo, es quejarse de las voluntades del Ser Supremo, es una especie de rebelión contra sus sagrados designios... No me atrevo...

Brotaron entonces abundantes lágrimas de los ojos de la interesante muchacha y, después de haberlas dejado correr un instante, comenzó su relato en los siguientes términos:

—Me permitiréis, señora, ocultar mi nombre y mi origen; sin ser ilustres, fueron honrados, y en nada me destinaban a la humillación en la que me veis reducida. Perdí muy joven a mis padres; creí que con la poca ayuda que me habían dejado podría aguardar un empleo conveniente y, rechazando todos los que no lo eran, me comí sin darme cuenta, en París, donde he nacido, lo poco que poseía; cuanto más pobre me volvía, más despreciada era; cuanto más apoyo necesitaba, menos confiaba en obtenerlo; pero de todas las durezas que experimenté en los comienzos de mi infortunada situación, de todas las frases horribles que me dirigieron, sólo os citaré lo que me ocurrió en casa del señor Dubourg, uno de los más ricos comerciantes de la capital.

La mujer en cuya casa me alojaba me encaminó hacia él, pues su crédito y riquezas podían suavizar seguramente el rigor de mi suerte. Después de una larga espera en la antecámara de ese hombre, me hicieron pasar: el señor Dubourg, de cuarenta y ocho años de edad, acababa de salir de la cama, envuelto en una bata flotante que apenas ocultaba su agitación; se disponían a peinarle, ordenó que se retiraran y me preguntó qué quería.

— ¡Ay!, señor —le contesté confusísima—, soy una pobre huérfana que todavía no tiene catorce años y que ya conoce todos los grados del infortunio. Imploro vuestra conmiseración, tened piedad de mí, os lo ruego.

Y entonces le detallé todos mis males, la dificultad de encontrar un trabajo, quizás incluso la pena que sentía en buscarlo, al no haber nacido para ese estado. La desgracia que había tenido, durante todo eso, de comerme lo poco que tenía... La falta de trabajo. La esperanza que tenía de que él podría facilitarme los medios de vivir. En suma, todo lo que dicta la elocuencia del infortunio, siempre presta en un alma sensible, siempre remisa en la opulencia... Después de haberme escuchado con escasa atención, el señor Dubourg me preguntó si yo había sido siempre buena.

No estaría tan pobre ni tan preocupada, señor —le contesté—, si hubiera querido dejar de serlo.

— ¿A título de qué —me replicó a eso el señor Dubourg— pretendes que las personas ricas te ayuden si tú no les sirves para nada?

— ¿Y a qué servicio se refiere usted, señor? —contesté—. No pido otra cosa que prestar aquello que la decencia y mi edad me permiten cumplir.

—Los servicios de una criatura como tú son poco útiles en una casa —me contestó Dubourg—. No tienes edad ni constitución para colocarte como pides. Mejor harías en ocuparte de gustar a los hombres, y de trabajar en encontrar a alguien que quiera ocuparse de ti. Esta virtud que tanto exhibes no sirve de nada en el mundo; por mucho que te arrodilles ante sus altares, su inútil incienso no te alimentará. La cosa que menos halaga a los hombres, aquella a la que prestan menos atención, la que desprecian más soberanamente, es la decencia de vuestro sexo: aquí sólo se aprecia, hija mía, lo que beneficia o lo que deleita. ¿Y qué beneficio puede significar para nosotros la virtud de las mujeres? Son sus desórdenes los que nos sirven y nos divierten, pero su castidad es lo que menos nos interesa. En una palabra, cuando las personas de nuestra clase dan, sólo es para recibir. Ahora bien, ¿cómo una chiquilla como tú puede agradecer lo que se hace por ella si no es abandonando cuanto se quiera su cuerpo?

— ¡Oh, señor! —Contesté con el corazón henchido de suspiros—. ¿Ya no existe honradez ni beneficencia entre los hombres?

—Muy pocas —replicó Dubourg—. Si se habla tanto de ellas, ¿cómo quieres que existan? Estamos de vuelta de esta manía de ayudar a los demás gratuitamente; se ha reconocido que los placeres de la caridad sólo eran goces del orgullo y, como nada se disipa con mayor rapidez, se han querido sensaciones más reales. Se ha visto que con una criatura como tú, por ejemplo, era mucho mejor quedarse como anticipo con todos los placeres que puede ofrecer la lujuria que con los muy fríos y muy futiles de aliviarla de manera desinteresada. La reputación de un hombre liberal, caritativo, generoso, no es nada comparada, en el instante en que mejor se disfruta, con el más ligero placer de los sentidos.

—¡Oh, señor! ¡Con semejantes principios, es necesario pues que el infortunado perezca!

—Qué más da, hay un exceso de súbditos en Francia. Con tal de que la máquina tenga siempre la misma elasticidad, ¿qué le importa al Estado el mayor o menor número de los individuos que la aprietan?

—Pero ¿creéis que los hijos, cuando son así maltratados, respetarán a sus padres?

—¡¿Qué le importa a un padre el amor de unos hijos que le estorban?

—¡Sería mejor entonces que nos hubieran ahogado en la cuna!

—Probablemente. Es lo que se hace en muchos países; era la costumbre de los griegos y es la de los chinos: allí los niños desgraciados son abandonados o se les da muerte. ¿Para qué dejar vivir unas criaturas que ya no pueden contar con la ayuda de sus padres, porque carecen de ellos, o porque no han sido reconocidos, cuando en tal caso sólo sirven para sobrecargar al Estado con un producto que ya le sobra? Los astardos, los huérfanos, los niños deformes, deberían ser condenados a muerte desde su nacimiento. Los primeros y los segundos porque, al no tener a nadie que quiera o que pueda ocuparse de ellos, manchan la sociedad con unas heces que un día u otro tiene que resultarle funesta; y los otros porque no pueden resultarle de ninguna utilidad. Las dos clases son para la sociedad como excrecencias de la carne que, alimentándose del jugo de los miembros sanos, los degradan y los debilitan, o, si lo prefieres, como esos vegetales parásitos que, juntándose a las plantas buenas, las deterioran y las roen adaptándose su simiente nutritiva. A esas limosnas destinadas a alimentar a semejante escoria, esas casas dotadas de todos los lujos que se tiene la extravagancia de construirles, son abusos escandalosos. ¡Como si la especie de los hombres fuera tan escasa, tan preciosa que hubiera que conservar hasta su más vil porción! Pero dejemos una política de la que no debes de entender nada, hija mía: ¿por qué quejarse de su suerte cuando sólo corresponde a uno mismo remediarla?

—¡A qué precio, santo cielo!

—Al de una quimera, algo que sólo tiene el valor que tu orgullo le atribuye. Por lo demás —prosiguió el bárbaro al mismo tiempo que se levantaba y abría la puerta—, eso es todo lo que puedo hacer por ti. Consiente, o libérame de tu presencia. No me gustan los mendigos...

Corrieron mis lágrimas, fue imposible retenerlas, y creeréis, señora, que en lugar de enternecer a aquel hombre lo irritaron. Cierra la puerta y agarrándome por el cuello del vestido, me dice brutalmente que me obligará a hacer a la fuerza lo que no quiero concederle de buen grado. En este instante cruel, mi desgracia me insufla valor. Me libero de sus manos y, abalanzándome hacia la puerta, le digo mientras escapo:

—¡Hombre odioso, ojalá el cielo, tan gravemente ofendido por ti, te castigue un día como mereces, por tu execrable crueldad! No eres digno ni de tus riquezas, de las que haces tan vil uso, ni siquiera del aire que respiras en un mundo manchado por tus barbaries. Me apresuré a contar a mi hospedera la acogida de la persona a la que me había enviado, pero cual fue mi sorpresa al ver a esa miserable abrumarme con reproches en lugar de compartir mi dolor.

—Miserable criatura —me dijo encolerizada—, ¿imaginas que los hombres son tan necios como para dar limosnas a unas muchachitas como tú, sin exigir el interés de su dinero? El señor Dubourg es demasiado bueno por haberse portado como lo ha hecho; en su lugar yo no te habría dejado salir de mi casa sin haberme contentado. Pero ya que no quieres aprovechar las ayudas que te ofrezco, arréglatelas como quieras. Me debes dinero: o me lo das mañana, o te envío a la cárcel.

—Señora, tened piedad...

—Sí, sí, piedad... ¡Con la piedad uno se muere de hambre!

—Pero ¿qué queréis que haga?

—Volver a casa de Dubourg, satisfacerle y traerme dinero. Yo le veré y le avisaré. Enmendaré, si puedo, tus tonterías. Le daré excusas tuyas, pero piensa en comportarte mejor.

Avergonzada, desesperada, sin saber qué hacer, viéndome duramente rechazada por todo el mundo, casi sin recursos, le dije a la señora Desroches (era el nombre de mi hospedera) que estaba decidida a todo para satisfacerla. Se fue a casa del financiero, y, a la vuelta, me dijo que lo había encontrado muy irritado; que con mucho esfuerzo había conseguido inclinarlo a mi favor; que a fuerza de súplicas había conseguido, sin embargo, convencerle de que volviera a verme la mañana siguiente; pero que tuviera cuidado con mi conducta porque si la desobedecía una vez más, ella misma se encargaría de hacerme encarcelar de por vida. Llegué a su casa muy turbada. Dubourg estaba a solas, en un estado aún más indecente que la víspera. La brutalidad, el libertinaje, todas las características del exceso estallaban en sus miradas hipócritas.

—Agradece a la Desroches —me dice duramente— que quiera en su favor concederte por un instante mis

bondades.

Tienes que sentir lo indigna que eres de ello después de tu conducta de ayer. Desnúdate, y si sigues ofreciendo la más ligera resistencia a mis deseos, dos hombres te esperan en mi antecámara para llevarte a un lugar del que no saldrás en toda tu vida.

—¡Oh, señor! —digo llorando y precipitándome a las rodillas de aquel hombre bárbaro—, cambiad de idea, os lo suplico. Mostraos generoso para ayudarme sin exigir de mí lo que me cuesta tanto que os ofrecería mi vida antes que someterme a ello... Sí, prefiero morir mil veces que infringir los principios que he recibido en mi infancia... Señor, señor, no me obliguéis, os lo suplico. ¿Podéis concebir la dicha en medio de disgustos y de lágrimas? ¿Os atrevéis a esperar el placer donde sólo veréis repugnancias? Así que hayáis consumado vuestro crimen el espectáculo de mi desesperación os colmará de remordimientos...

Pero las infamias a las que se entregaba Dubourg me impidieron continuar. ¿Cómo había podido creerme capaz de enternecer a un hombre que ya encontraba en mi propio dolor un acicate más a sus horribles pasiones? ¡Creeréis, señora, que inflamándose con los agudos acentos de mis lamentos, saboreándolos con inhumanidad, el indigno se preparaba él mismo para sus criminales tentativas! Se levanta, y mostrándose finalmente ante mí en un estado en el que la razón triunfa raras veces, y en el que la resistencia del objeto que la hace perder no es si no un alimento más al delirio, me agarra con brutalidad, aparta impetuosamente los velos que todavía siguen ocultando aquello de lo que arde por disfrutar. Sucesivamente, me injuria... me halaga... me maltrata y me acaricia... ¡Oh, qué escena, Dios mío! ¡Qué mezcla increíble de crueldad... de lujuria! ¡Parecía que el Ser Supremo quisiera, en esta primera circunstancia de mi vida, grabar para siempre en mí todo el horror que yo debía sentir por un tipo de delito del que debía nacer la afluencia de los males que me amenazaban! Pero ¿debía de quejarme de ello entonces? No, sin duda; a sus excesos debo mi salvación. Con menos desenfreno, yo habría sido una muchacha manchada. Los ardores de Dubourg se apagaron en la efervescencia de sus empresas, el cielo me vengó de las ofensas a las que el monstruo iba a entregarse, y la pérdida de sus fuerzas, antes del sacrificio, me preservó de ser su víctima.

Con ello, Dubourg se volvió mas insolente. Me acusó de los daños de su debilidad... Quiso repararlos con nuevos ultrajes y con invectivas aún más mortificadoras. No hubo nada que no me dijera; nada que no intentara, nada que la pérfida imaginación, la dureza de su carácter y la depravación de sus costumbres no le hiciera emprender. Mi torpeza le impacientó; yo estaba lejos de querer actuar, ya hacía mucho con prestarme: mis remordimientos no se han extinguido... Sin embargo, no consiguió nada, mi sumisión dejó de enardecerle. Por mucho que pasara sucesivamente de la ternura al rigor... de la esclavitud a la tiranía... de la apariencia de la decencia a los excesos de la crápula, ambos nos encontramos agotados, sin que, afortunadamente, él consiguiera recuperar lo que debía para asestarme más peligrosos ataques. Renunció a ello, me hizo prometer que volvería al día siguiente, y para obligarme con mayor seguridad sólo quiso darme la cantidad que yo debía a la Desroches. Así que regresé a casa de esa mujer, ultrajada por semejante aventura y totalmente decidida, sucediera lo que sucediera, a no exponerme a ella por tercera vez. Se lo advertí al pagarle, mientras echaba todo tipo de maldiciones sobre ese malvado capaz de abusar tan cruelmente de mi miseria. Pero mis imprecaciones, lejos de atraer sobre él la cólera de Dios, sólo consiguieron aportarle fortuna: ocho días después, supe que el insigne libertino acababa de obtener del gobierno un cargo de administrador general que aumentaba sus ingresos en más de cuatrocientas mil libras de rentas. Yo me encontraba absorbida en las reflexiones que nacen inevitablemente de semejantes inconsecuencias de la suerte, cuando un rayo de esperanza pareció relucir un instante ante mis ojos.

La Desroches me dijo un día que finalmente había encontrado una casa en la que me recibirían con placer, siempre que me portara bien.

—¡Gracias a Dios, señora! —le dije, arrojándome entusiasmada a sus brazos—. Esta es la condición que yo misma pondría, ¡figuraos si la acepto con gusto!

El hombre al que debía servir era un famoso usurero de París, que se había enriquecido no sólo prestando con fianza, sino también robando impunemente a sus clientes siempre que no corriera ningún peligro en

ello. Vivía en un segundo piso de la Rue Quincampoix, con una mujer de cincuenta años, a la que llamaba su esposa, y que era no menos malvada que él.

—Thérèse —me dijo el avaro (ese era el nombre que yo había adoptado para ocultar el mío)—, Thérèse, la primera virtud de mi casa, es la probidad. Si alguna vez os lleváis de aquí la décima parte de un denario, os haré ahorcar, ya veis, hija mía. El escaso bienestar del que disfrutamos mi mujer y yo, es el fruto de nuestros inmensos trabajos y de nuestra perfecta sobriedad... ¿Comes mucho, pequeña?

—Unas cuantas onzas de pan al día, señor —le contesté—, agua y un poco de sopa, cuando soy tan afortunada de poder tomarla.

—¡Sopa, diantre, sopa! Oíd esto, amiga mía —dijo el usurero a su mujer—, asombraos ante los progresos del lujo: está buscando colocación, se muere de hambre desde hace un año, y quiere comer sopa. Nosotros, que trabajamos como galeotes, apenas la cocinamos una vez cada domingo. Hija mía, tendrás tres onzas de pan al día, media botella de agua de río, un viejo traje de mi mujer cada dieciocho meses, y tres escudos de sueldo al cabo del año, siempre que estemos contentos de tus servicios, que tu economía responda a la nuestra, y que finalmente hagas prosperar la casa con el orden y el arreglo. Tu trabajo es poca cosa, se hace en un abrir y cerrar de ojos. Se trata de fregar y limpiar tres veces por semana este apartamento de seis habitaciones, de hacer las camas, de contestar a la puerta, de empolvar mi peluca, de peinar a mi mujer, de cuidar del perro y de la cotorra, de fregar la cocina y la vajilla, de ayudar a mi mujer cuando cocine, y de emplear cuatro o cinco horas al día en coser ropa, medias, gorros y otras cositas de la casa. Ya ves que no es nada, Thérèse; te sobrará mucho tiempo, te permitiremos utilizarlo por tu cuenta, siempre que seas buena, hija mía, discreta y sobre todo ahorrativa, que es lo esencial.

Podéis imaginar fácilmente, señora, que había que estar en estado tan horrible como en el que yo me hallaba para aceptar semejante empleo. No sólo había infinitamente más trabajo del que mis fuerzas me permitían emprender, sino que ¿cómo podía yo vivir con lo que me ofrecían? Sin embargo, procuré no ofrecer resistencia, y me instalé aquella misma noche.

Si mi cruel situación me permitiera divertiros un instante, señora, cuando sólo debo pensar en enterneceros, me atrevería a contaros alguno de los rasgos de avaricia de que fui testigo en aquella casa; pero a partir del segundo año me aguardaba una catástrofe tan terrible que me resulta muy difícil detenerme en unos detalles divertidos antes de relataros mis infortunios.

Sabréis, sin embargo, señora, que jamás había otra iluminación, en el apartamento del señor Du Harpin que la que robaba a la farola felizmente colocada frente a su habitación; jamás ninguno de los dos utilizaba ropa interior: almacenaban la que yo cosía, no la tocaban en la vida; las mangas de la casaca del señor, así como las del traje de la señora, llevaban un viejo par de manguitos cosidos encima de la tela, que yo lavaba todos los sábados por la noche; nada de sábanas, nada de toallas, para así evitar el lavado. En su casa jamás se bebía vino, pues el agua clara, como decía la señora Du Harpin, es la bebida natural del hombre, la más sana y menos peligrosa. Siempre que cortaban el pan colocaban una cesta debajo del cuchillo, a fin de recoger las migas que caían: les añadían puntualmente todos los restos que quedaban de las comidas, y este manjar, frito el domingo con un poco de mantequilla, componía el yantar de los días festivos. Nunca había que sacudir las ropas o los muebles, por miedo a gastarlos, sólo rozarlos ligeramente con un plumero. Los zapatos del señor, así como los de la señora, reforzados con hierro, eran los mismos que calzaron el día de su boda. Pero una práctica mucho más extravagante era la que me obligaban a hacer una vez por semana: había en el apartamento un gabinete bastante grande cuyas paredes no estaban tapizadas; con un cuchillo tenía que raspar una cierta cantidad de yeso de esas paredes, que luego pasaba por un fino tamiz: el resultado de esta operación eran los polvos de tocador con que yo cubría cada mañana tanto la peluca del señor como el moño de la señora. ¡Pero, ay, ojalá hubiera querido Dios que ésas fueran las únicas torpezas a las que se entregaban esos malvados! Nada hay más natural que el deseo de conservar los bienes, pero no lo es tanto el de aumentarlos con los del prójimo. Y no tardé mucho en descubrir que sólo así se enriquecía Du Harpin.

En el piso de arriba vivía una persona muy acomodada, que poseía unas alhajas bastante bonitas, y cuyas pertenencias, sea a causa de la vecindad, sea por haber pasado por las manos de mi amo, eran muy conocidas por él; le oía a menudo lamentarse con su mujer de una cierta caja de oro de treinta a cuarenta luises, con la que se habría quedado, decía, de haber sabido actuar con mayor destreza. Para consolarse al fin de haber devuelto esa caja, el honrado señor Du Harpin proyectó robarla, y a mí se me encargó la negociación. Después de haberme hecho un gran discurso sobre la indiferencia del robo, sobre la utilidad misma que ejercía en el mundo, ya que restablecía en él una especie de equilibrio, que alteraba por completo la desigualdad de las riquezas; sobre la escasez de los castigos, ya que estaba demostrado que de veinte ladrones no perecían más de dos; después de haberme demostrado, con una erudición de la que no habría creído capaz al señor Du Harpin, que el robo era honrado en toda Grecia, que varios pueblos seguían admitiéndolo, favoreciéndolo y recompensándolo como una acción atrevida que demostraba tanto el valor como la destreza (dos virtudes esenciales para cualquier nación guerrera); en una palabra, después de haberme garantizado que, si era descubierta, su crédito me salvaría de todo, el señor Du Harpin me entregó dos llaves falsas una de las cuales debía abrir el apartamento del vecino y la otra el escritorio donde se hallaba la caja en cuestión, y me rogó insistentemente que encontrara esa caja, porque por un servicio tan esencial aumentaría mi sueldo en un escudo durante dos años.

—¡Oh, señor! —exclamé estremeciéndome ante su proposición—. ¿Cómo es posible que un amo se atreva a corromper así a su criado? ¿Qué me impedirá volver contra vos las armas que ponéis en mis manos, y qué podríais objetarme si un día os hiciera víctima de vuestros propios métodos?

Du Harpin, confundido, se refugió en un torpe subterfugio: me dijo que sólo lo había hecho con la intención de ponerme a prueba, que tenía mucha suerte de haber resistido a sus proposiciones... que estaría perdida si hubiera sucumbido... Me conformé con esta mentira, pero descubrí inmediatamente el error que había cometido al responder con tanta firmeza: a los malhechores no les gusta encontrar resistencia en quienes intentan seducir. No existe desdichadamente un punto medio, en cuanto tienes la mala suerte de haber recibido sus proposiciones: tienes que convertirte necesariamente en su cómplice — lo cual es peligroso—, o en su enemigo —que todavía lo es más—. Con algo más de experiencia, yo habría abandonado la casa a partir de ese instante, ¡pero ya estaba escrito en el cielo que cada uno de mis gestos honestos sería recompensado con nuevos infortunios!

El señor Du Harpin dejó pasar cerca de un mes, o sea más o menos hasta la época del final del segundo año de mi estancia en su casa, sin decir palabra y sin mostrar el más ligero resentimiento por el rechazo que había recibido, pero una noche, cuando me retiraba a mi habitación para saborear unas horas de reposo, oí de repente que abrían mi puerta, y vi, no sin terror, al señor Du Harpin acompañado de un comisario y cuatro soldados de patrulla frente a mi cama.

—Cumplid con vuestro deber, señor —dijo al hombre de la justicia—. Esta desgraciada me ha robado un diamante de mil escudos. Lo encontraréis en su aposento o entre sus ropas, el hecho es seguro.

—¿Robaros yo, señor? —dije, saltando turbadísima de mi cama—. ¡Yo, santo Dios! ¡Ay! ¿Quién mejor que vos sabe lo contrario? ¿Quién puede estar más convencido que vos de cuánto me repugna esta acción y saber mejor la imposibilidad de que yo la haya cometido?

Pero el señor Du Harpin, haciendo mucho ruido para que mis palabras no fueran oídas, siguió ordenando los registros, y el maldito anillo apareció en mi colchón. Ante pruebas de esta categoría, no había nada que replicar. Al instante fui prendida, agarrotada y llevada a la cárcel, sin que me fuera posible hacer escuchar una sola palabra en mi favor.

El proceso de una desdichada que carece de crédito y protección no lleva mucho tiempo en un país donde se considera a la virtud incompatible con la miseria, donde el infortunio es una prueba decisiva contra el acusado. En esa cuestión, una injusta prevención lleva a creer que el que ha debido de cometer el crimen, lo ha cometido; los sentimientos se miden por el estado en que se encuentra el culpable; y a partir del momento que el oro o los títulos no establecen su inocencia, la imposibilidad de que pueda ser inocente queda entonces demostrada.*

'*' ¡Siglos venideros! Ya no veréis ese cúmulo de horrores y de infamias. (N. del A.)

Por mucho que me defendiera, por mucho que ofreciera los mejores argumentos al abogado de oficio que me dieron por un instante, mi amo me acusaba, el diamante había sido hallado en mi habitación: estaba claro que yo lo había robado. Cuando quise mencionar el horrible proyecto del señor Du Harpin, y demostrar que la desdicha que me sobrevenía sólo era el fruto de su venganza y la consecuencia del deseo que tenía de deshacerse de una criatura que, poseedora de su secreto, se convertía en su dueña, trataron mis protestas de recriminación, me dijeron que el señor Du Harpin era reconocido desde hacía más de veinte años como un hombre íntegro, incapaz de semejante horror. Fui trasladada a la Conciergerie, donde me vi en la situación de tener que pagar con mi vida el rechazo de participar en un crimen; iba a morir; sólo un nuevo delito podía salvarme: la providencia quiso que el crimen sirviera, por lo menos una vez, de égida a la virtud, que la preservara del abismo donde iba a arrojarla la ineptitud de los jueces.

Tenía a mi lado una mujer de unos cuarenta años, tan celebrada por su belleza como por la variedad y cantidad de sus fechorías; la llamaban Dubois, y estaba, al igual que la desdichada Thérése, en vísperas de su ejecución: sólo el método preocupaba a los jueces. Habiéndose manifestado culpable de todos los crímenes imaginables, estaban casi obligados a inventar para ella un suplicio nuevo, o a hacerle sufrir uno del que está exento nuestro sexo. Yo había inspirado una especie de interés en aquella mujer, interés criminal, sin duda, ya que su fundamento era, como después supe, el extremo deseo de convertirme en su prosélita.

Una noche, tal vez dos días antes de aquel en que ambas debíamos perder la vida, la Dubois me dijo que no me acostara, y que con ella aguardase lo más cerca posible de las puertas de la prisión.

—Entre las siete y las ocho —prosiguió— el fuego prenderá en la Conciergerie, me he encargado de que así sea. Sin duda, muchas personas se abrasarán, pero no importa, Thérèse —se atrevió a decirme la malvada—. La suerte de los demás no cuenta cuando se trata de nuestra propia salvación. Lo seguro es que nos salvaremos; cuatro hombres, cómplices y amigos, se reunirán con nosotras, y yo respondo de tu libertad.

Ya os he dicho, señora, que la mano del cielo que acababa de castigar mi inocencia, sirvió al crimen favoreciendo a mi protectora. El fuego prendió, el incendio fue horrible, hubo veintiuna personas abrasadas, pero nosotras escapamos. Aquel mismo día llegamos a la choza de un cazador furtivo del bosque de Bondy, íntimo amigo de nuestra banda.

—Ya estás libre, Thérèse —me dijo entonces la Dubois—, ahora puedes elegir el tipo de vida que te guste, pero si tuviera que darte un consejo, te diría que renunciaras a unas prácticas virtuosas que, como ves, jamás te han favorecido. Una delicadeza impropia te ha llevado a los pies del cadalso, un crimen espantoso te salva de él: mira de qué sirven las buenas acciones en el mundo, ¡y si vale la pena inmolarse por ellas! Eres joven y bonita, Thérèse: en dos años yo me hago cargo de tu fortuna. Pero no imagines que te conduciré a su templo por los senderos de la virtud: cuando alguien quiere abrirse paso, mi querida muchacha, hay que emprender más de un oficio y servirse de más de una intriga. Así que decídete, en esta choza no estamos seguras y tenemos que irnos dentro de pocas horas.

—¡Oh, señora! —le dije a mi bienhechora—, os debo grandes favores, y nada mas lejos que querer olvidarlos.

Me habéis salvado la vida, y es espantoso para mí que haya sido gracias a un crimen. Creed que si hubiera tenido que cometerlo, habría preferido mil muertes al dolor de participar en él. Soy consciente de todos los peligros que he corrido por haberme abandonado a los sentimientos honrados que siempre permanecerán en mi corazón. Pero sean cuales sean, señora, las espinas de la virtud, las preferiré en cualquier momento a los peligrosos favores que acompañan al crimen. Tengo grabados unos principios religiosos que, gracias al cielo, no me abandonarán jamás. Si la Providencia me hace penosa la carrera de la vida, es para compensarme de ello en un mundo mejor. Esta esperanza me consuela, endulza mis penas, apacigua mis quejas, me refuerza en la adversidad, y me lleva a desafiar todos los males que Dios quiera enviarme. Esta alegría se apagaría inmediatamente en mi alma si yo acabara por mancillarla con crímenes, y junto al temor de los castigos de este mundo, me perseguiría la dolorosa visión de los suplicios del otro, que no me abandonaría un instante en la tranquilidad que deseo.

—Son sistemas absurdos que no tardarán en llevarte al hospicio, hija mía —replicó la Dubois enarcando las cejas—. Créeme, deja de lado la justicia de Dios, sus castigos o sus recompensas futuras. Todas esas tonterías sólo sirven para que muramos de hambre. ¡Oh, Thérèse!, la dureza de los ricos legitima el mal comportamiento de los pobres: que sus bolsas se abran a nuestras necesidades, que la humanidad reine en su corazón, y las virtudes podrán establecerse en el nuestro; pero en tanto que nuestro infortunio, nuestra paciencia para soportarlo, nuestra buena fe, nuestra servidumbre, sólo sirvan para aumentar nuestros grilletes, nuestros crímenes son obra suya, y seríamos muy tontos en negárnoslos cuando pueden aliviar el yugo con que su crueldad nos sobrecarga. La naturaleza nos ha hecho nacer a todos iguales, Thérèse; si la suerte se complace en estorbar este primer plan de las leyes generales, a nosotros nos corresponde corregir sus caprichos y reparar, mediante nuestra habilidad, las usurpaciones del más fuerte. Me gusta oír a la gente rica, a la gente con título, a los magistrados, a los curas, ¡me gusta verles predicarnos la virtud! Es muy difícil asegurarse contra el robo cuando se tiene tres veces más de lo que hace falta para vivir; muy incómodo no concebir jamás el asesinato, cuando se está rodeado de aduladores o de esclavos para quienes nuestras voluntades son leyes; muy penoso, a decir verdad, ser moderado y sobrio, cuando a cada hora se está rodeado de los manjares más suculentos; les cuesta mucho ser sinceros, ¡cuando no tienen ningún interés en mentir!... Pero nosotros, Thérèse, nosotros a quienes esta Providencia bárbara, con la que cometes la locura de convertirla en tu ídolo, ha condenado a arrastrarnos por la humillación como la serpiente por la hierba; nosotros, a los que se nos mira sólo con menosprecio, porque somos pobres; a los que se tiraniza, porque somos débiles; nosotros, cuyos labios sólo prueban la hiel, y cuyos pasos sólo encuentran abrojos, ¡quieres que nos privemos del crimen cuando sólo su mano nos abre la puerta de la vida, nos mantiene en ella, nos conserva en ella, y nos impide perderla! ¡Quieres que perpetuamente sometidos y degradados, mientras la clase que nos domina tiene para sí todos los favores de la Fortuna, nos reservemos sólo la pena, el abatimiento y el dolor, la necesidad y las lágrimas, la deshonra y el cadalso! No, Thérèse, no: o esta Providencia que tú reverencias sólo merece nuestro desprecio, o no son éstas en absoluto sus voluntades. Conócela mejor, hija mía, y convéncete de que si nos pone en situaciones en las que el mal nos resulta necesario, y nos deja al mismo tiempo la posibilidad de ejercerlo, es porque ese mal sirve tanto a sus leyes como el bien, y gana tanto con uno como con el otro. Si nos ha creado a todos en el estado de la igualdad, quien la altera no es más culpable que quien procura restablecerla. Ambos actúan de acuerdo con los impulsos recibidos, ambos deben seguirlos y disfrutar.

Confieso que si alguna vez me sentí perturbada fue por las seducciones de esta mujer astuta, pero una voz, más fuerte que ella, combatía estos sofismas en mi corazón. A ella me rendí y manifesté a la Dubois que estaba decidida a no dejarme corromper jamás.

—¡Bien! —me contestó—, haz lo que quieras. Te abandono a tu mala suerte. Pero si alguna vez te atrapan y te llevan a la horca, destino del que probable mente no podrás escapar, por esa fatalidad que salva inevitablemente al crimen inmolando a la virtud, acuérdate por lo menos de no hablar jamás de nosotros.

Mientras razonábamos así, los cuatro compañeros de la Dubois bebían con el cazador furtivo, y como el vino apresta el alma del malhechor a nuevos crímenes y le hace olvidar los antiguos, al enterarse los malvados de mis resoluciones decidieron convertirme en una víctima, ya que no podían tenerme como cómplice. Sus principios, sus costumbres, el sombrío reducto en que estábamos, la especie de seguridad en la que se creían, su borrachera, mi edad, mi inocencia, todo les estimuló. Se alzan de la mesa, celebran consejo, consultan a la Dubois, actitudes cuyo lúgubre misterio me hace estremecer de horror, y toman el acuerdo de que tengo que prestarme inmediatamente a satisfacer los deseos de los cuatro, de buen grado, o a la fuerza. Si lo hago de buen grado, cada uno de ellos me pagará un escudo para mis propios usos; si tienen que utilizar la violencia, lo harán igual, pero, para que el secreto quede mejor guardado, me apuñalarán después de haberse solazado y me enterrarán al pie de un árbol.

No necesito describiros el efecto que me causó esta cruel proposición, señora, lo comprendéis fácilmente. Me arrojé a las rodillas de la Dubois, le imploré que fuera por segunda vez mi protectora. La deshonesta criatura sólo se rió de mis lágrimas.

—¡Oh, pero vamos! —me dijo—, ¡vaya desgracia la tuya!... ¡,Cómo? ¿Te estremeces ante la obligación de servir sucesivamente a cuatro buenos mozos como éstos? ¡No sabes que hay diez mil mujeres en París

que darían la mitad de su oro o de sus joyas por ocupar tu lugar! Escucha —añadió sin embargo después de una breve reflexión—, yo tengo bastante dominio sobre esos truhanes para conseguir tu perdón, siempre que te hagas digna de él.

—¡Ay, señora! ¿Qué debo hacer? —exclamé llorando—. Ordenádmelo, estoy dispuesta a todo.

—Seguirnos, alistarte con nosotros, y cometer los mismos actos sin la más ligera repugnancia: sólo a este precio yo te libraré del resto.

Creí que no debía titubear. Al aceptar esta cruel condición, corría nuevos peligros, de acuerdo, pero serían menos perentorios que éstos. Es posible que pudiera prevenirlos, mientras que nada era capaz de sustraerme a los que me amenazaban.

—Iré a todas partes, señora —dije apresuradamente a la Dubois—, iré a todas partes, os lo prometo. Salvadme de la furia de estos hombres, y no os abandonaré en toda mi vida.

—Hijos míos —dijo la Dubois a los cuatro bandidos—, esta joven ya es de la banda, yo la recibo y protejo en ella. Os suplico que no la violentéis. No la asqueemos de su oficio desde el primer día. Ya veis que su edad y su aspecto pueden sernos útiles, utilicémosla para nuestros intereses y no la sacrifiquemos a nuestros placeres.







_________________
avatar
Melita
Admin

Mensajes : 718
Fecha de inscripción : 03/05/2012
Edad : 25
Localización : Cali, Colombia

Ver perfil de usuario http://librosymaslibros.forosactivos.net

Volver arriba Ir abajo

Re: Primera Parte

Mensaje por Melita el Sáb Mayo 05, 2012 9:54 pm

Pero las pasiones llegan a tener un grado de intensidad en el hombre en el que ya nada puede retenerlas. Las personas que tenía enfrente eran incapaces de atender a nada, me rodearon los cuatro, devorándome con sus miradas inflamadas, amenazándome de una manera aún más terrible, dispuestos a atraparme, dispuestos a inmolarme.

—Es preciso que pase por ahí —dijo uno de ellos—, no podemos darle cuartel, ¿o es que para formar parte de una banda de ladrones hay que dar pruebas de virtud? ¿No nos será igual de útil desvirgada que virgen? Ya os dais cuenta, señora, de que suavizo las expresiones. Atenuaré de igual manera las descripciones, porque, ¡ay!, la obscenidad de su color es tal que vuestro pudor sufriría con su crudeza tanto como mi timidez. Víctima dulce y temblorosa, ¡ay!, yo me estremecía aterrorizada. Apenas tenía fuerzas de respirar. Arrodillada ante los cuatro, a veces mis débiles brazos se levantaban para implorarles y otras para conmover a la Dubois.

—Un momento —dijo un tal «Corazón-de-Hierro» que parecía el jefe de la banda, hombre de treinta y seis años, con la fuerza de un toro y apariencia de sátiro—; un momento, amigos míos. Podemos contentar a todo el mundo. Como la virtud de esta chiquilla le es tan preciosa, y, si como dice muy bien la Dubois, esta cualidad, utilizada de otra manera, podría resultarnos necesaria, dejémosla. Ahora es preciso que nos apacigüemos. No perdamos la calma, Dubois, porque en el estado en que nos encontramos, es posible incluso que te degolláramos si te opusieras a nuestros deseos.

Que Thérése se quede al instante tan desnuda como el día que vino al mundo, y que se preste de ese modo a las diferentes posiciones que se nos antoje exigirle, mientras, la Dubois apagará nuestros ardores y quemará el incienso en esos altares cuya entrada nos niega esta criatura.

—¡Desnudarme! —exclamé—. ¡Oh, cielos! ¿Qué me exigís? Cuando me vea entregada de esta manera a vuestras miradas, ¿quién podrá asegurarme que...?

Pero «Corazón-de-Hierro», que no parecía de humor para mas concesiones ni de retener sus deseos, me maltrató golpeándome de una manera tan brutal que comprendí que la obediencia era la única solución. Se entregó en manos de la Dubois, puesta por él más o menos en el mismo desorden que yo, y así que estuve como él deseaba, después de hacerme colocar los brazos en el suelo, lo que me dejaba en una posición parecida a un animal, la Dubois apagó sus ardores acercando a una especie de monstruo exactamente a los peristilos de uno y otro altar de la naturaleza, de tal modo que a cada sacudida ella tuvo que golpear fuertemente estas partes con su mano abierta, al igual que antaño el ariete las puertas de las ciudades asediadas. La violencia de los primeros ataques me hizo recular; «Corazón-de-Hierro», enfurecido, me amenazó con tratamientos más duros si me sustraía a aquéllos. La Dubois recibe la orden de empujar con mayor fuerza, uno de esos libertinos sujeta mis hombros y me impide tambalearme a causa de los empujones: son tan rudos que acabo magullada, y sin poder evitar ninguno.

—A decir verdad —dijo «Corazón-de-Hierro» balbuceando—, en su lugar, preferiría abrir las puertas que verlas así quebrantadas, pero si no quiere, no asistiremos a su rendición... ¡Con fuerza... con fuerza, Dubois!...

Y el estallido de los fuegos de ese libertino, casi tan violento como el del rayo, se aniquiló sobre las brechas que embistió sin llegarlas a entreabrir.

El segundo me hizo arrodillar entre sus piernas, y mientras la Dubois le apaciguaba como al otro, dos acciones le ocupaban por entero: a veces golpeaba con la palma abierta, pero de manera muy nerviosa, bien mis mejillas o bien mi seno, y otras su boca impura hurgaba en la mía. Mi rostro y mi pecho se volvieron al instante del color de la púrpura... Yo sufría, le pedía gracia, y las lágrimas caían de mis ojos. Le irritaron; aumentó su esfuerzo. En ese momento, me mordió la lengua, y las dos fresas de mis senos estaban tan magulladas que me eché hacia atrás, pero algo me sujetaba. Me echaron sobre él, me sentí abrazada con mayor fuerza por todas partes, y alcanzó el éxtasis...

El tercero me hizo subir a dos sillas alejadas, y sentándose debajo, excitado por la Dubois colocada entre sus piernas, me obligó a agacharme hasta que su boca quedara perpendicular al templo de la naturaleza. No podéis imaginaros, señora, lo que este obsceno se atrevió a desear: con ganas o sin ellas, tuve que satisfacer mis necesidades menores... ¡Santo cielo! ¡Qué hombre tan depravado puede sentir un instante de placer en semejantes cosas!... Hice lo que quería, lo inundé, y mi absoluta sumisión consiguió de ese malvado una ebriedad que nada habría logrado sin esta infamia.

El cuarto me ató unos cordeles a todas las partes donde era posible fijarlos y sostenía el ovillo en su mano, sentado a siete u ocho pies de mi cuerpo, fuertemente excitado por los manoseos y los besos de la Dubois. Yo estaba de pie, y el salvaje aumentaba su placer tirando fuertemente de cada una de las cuerdas. Me tambaleaba, perdía a cada instante el equilibrio, y él se extasiaba con cada uno de mis traspiés. Al fin, tiró de todos los cabos a un tiempo, con tanta precipitación, que caí al suelo a su lado. Ese era su único objetivo, y mi frente, mi seno y mis mejillas recibieron las pruebas de un delirio que sólo debía a esta manía.

Eso fue lo que soporté, señora, pero mi honor se vio por lo menos respetado, aunque mi pudor no lo fuera. Algo más calmados, los bandidos hablaron de reanudar el camino, y aquella misma noche llegaron al Tremblay con la intención de acercarse a los bosques de Chantilly, donde confiaban dar algunos buenos golpes.

Nada igualaba mi desesperación al verme obligada a acompañarlos, y sólo lo hice absolutamente decidida a abandonarlos en cuanto pudiera hacerlo sin riesgos. Al día siguiente nos acostamos en los alrededores de Louvres, en unos almiares. Yo quise ampararme en la Dubois, y pasar la noche a su lado, pero me pareció que ella tenía la intención de dedicarla a una cosa distinta a preservar mi virtud de los ataques que yo temía. La rodearon tres, y la abominable criatura se entregó a los tres al mismo tiempo. El cuarto se acercó a mí, era el jefe.

—Hermosa Thérése —me dijo—, confío en que no me negaras por lo menos el placer de pasar la noche a tu lado. —Y como se dio cuenta de mi extraordinaria repugnancia, añadió—: No temas, charlaremos, y no haré nada en contra de tu voluntad. Pero, Thérèse —continuó abrazándome—, ¿no es una gran insensatez tu pretensión de mantenerte pura con nosotros? Aunque llegáramos a consentirlo, ¿cómo compaginarlo con los intereses de la banda? Es inútil que te lo ocultemos, querida niña, pero hemos pensado que, cuando vivamos en las ciudades, cazaremos a nuestras víctimas con las trampas de tus encantos.

—Pues bien, señor —contesté—, ya que está claro que preferiré la muerte a esos horrores, ¿para qué puedo serviros?, ¿por qué os oponéis a mi huida?

—Claro que nos oponemos a eso, ángel mío —contestó «Corazón-de-Hierro»—, tienes que servir a nuestros intereses o a nuestros placeres. Tus desgracias te imponen ese yugo, debes sufrirlo. Pero ya sabes, Thérèse, que no hay nada en el mundo que no tenga remedio. Atiéndeme, pues, y decide tú misma tu suerte: accede a vivir conmigo, querida, consiente en pertenecerme y te evitaré el triste papel que tienes adjudicado.

—¡Yo, señor! —exclamé—, ¡convertirme en la querida de un...!

—Pronuncia la palabra, Thérèse, pronúnciala, de un bribón, ¿no es cierto? Lo confieso, pero no puedo ofrecerte otros títulos. Ya puedes imaginarte que nosotros no nos casamos. El himeneo es un sacramento, Thérèse, y puesto que sentimos igual desprecio por todos, jamás nos acercamos a ninguno. Sin embargo, razona un poco: en la inevitable necesidad en que te hallas de perder lo que tanto quieres, ¿no es mejor sacrificarlo a un solo hombre, que se convertirá a partir de entonces en tu apoyo y tu protector, que prostituirse a todos?

—Pero ¿cómo es posible —contesté— que no haya otra solución?

—Porque estás en nuestras manos, Thérèse, y la razón del más fuerte siempre es la mejor, como dijo hace tiempo La Fontaine. A decir verdad —prosiguió rápidamente—, ¿no es una ridícula extravagancia conceder, como tú haces, tanto valor a la más banal de las cosas? ¿Cómo puede ser una muchacha tan necia como para creer que la virtud depende de una mayor o menor amplitud en una de las partes de su cuerpo? ¿Eh? ¿Qué puede importar a los hombres o a Dios que esta parte esté intacta o ajada? Y te digo más: si la intención de la naturaleza es que cada individuo cumpla aquí abajo las funciones para las que ha sido formado, y la única razón de existir de las mujeres es servir de goce a los hombres, resistir de ese modo a la función que te ha encomendado es insultarla abiertamente. Es querer ser una criatura inútil para el mundo y, por consiguiente, despreciable. Esta quimérica castidad, que desde tu infancia han cometido la absurdidad de presentártela como una virtud y que, muy lejos de ser útil a la naturaleza y a la sociedad, ultrajaba visiblemente a ambas, no es más que una testarudez reprensible de la que una persona tan inteligente como tú no debiera sentirse culpable. Pero no importa y sigue escuchándome, querida muchacha, porque voy a demostrarte el deseo que tengo de complacerte y de respetar tu debilidad. No tocaré, Thérèse, ese fantasma cuya posesión tanto te deleita. Una muchacha tiene más de un favor que conceder, y Venus puede ser celebrada en ella en más de un templo. Me contentaré con el más mediocre. Ya sabes, querida, que al lado de los altares de Cipris, hay un antro oscuro donde acuden a aislarse los Amores para seducirnos con mayor energía; ese será el altar donde quemaré el incienso. Allí no hay el menor inconveniente. Si los embarazos te asustan, Thérèse, de esa manera no pueden producirse: tu bonito talle no se deformará jamás. Y las primicias que te resultan tan dulces se conservarán sin quebranto, y sea cual sea el uso que de ellas quieras hacer, podrás ofrecerlas puras. Nada puede traicionar a una muchacha desde ese punto de vista, por rudos y múltiples que sean los ataques. Así que la abeja ha libado el jugo, el cáliz de la rosa se cierra, y nadie es capaz de imaginar que alguna vez haya podido entreabrirse. Hay muchachas que han disfrutado diez años de esta manera, e incluso con varios hombres, y no por ello han dejado de casarse después y pasado por intactas. ¡Cuántos padres, cuántos hermanos, han abusado así de sus hijas o de sus hermanas, sin que ellas se hayan vuelto menos dignas de sacrificar después su himeneo! ¡A cuántos confesores también no ha servido esta misma ruta para solazarse, sin que los padres tuvieran la menor idea! En una palabra, es el asilo del misterio, donde se encadena a los Amores con los vínculos de la prudencia... ¿Tengo que decirte más, Thérèse? Aunque este templo sea el más secreto, también es el más voluptuoso. Ahí sólo se encuentra lo necesario para la felicidad, y la vasta comodidad de su vecino está muy lejos de valer los excitantes atractivos de un local que se alcanza con esfuerzo, y en el que te alojas con trabajo. Hasta las mujeres ganan con ello, y aquellas a las que la razón obliga a conocer este tipo de placeres, jamás lamentarán los otros. Pruébalo, Thérèse, pruébalo, y los dos estaremos contentos.

—¡Oh, señor! —contesté—, no tengo ninguna experiencia sobre ese terreno, pero he oído decir que el extravío que preconizáis, señor, ultraja a las mujeres de una manera aún más sensible... ofende más gravemente la naturaleza. La mano del cielo se venga en este mundo, y Sodoma puede servir de ejemplo.

—¡Qué inocencia, querida, qué chiquillada! —prosiguió el libertino—. ¿Quién te ha enseñado estas cosas? Préstame un poco más de atención, Thérèse, y te haré cambiar de idea. La pérdida de la semilla destinada a propagar la especie humana, hija mía, es el único crimen posible. En este caso, si esta semilla ha sido metida en nuestro cuerpo con el único fin de la propagación, acepto que desviarla sea una ofensa. Pero si queda demostrado que al colocar esta semilla en nuestros riñones, la naturaleza está muy lejos de haber tenido el objetivo de emplearla por entero en la propagación, ¿qué más da, en este caso, Thérèse, que se pierda en un lugar o en otro? El hombre que entonces la desvía no ocasiona mayor daño que la naturaleza, que tampoco la emplea. Ahora bien, estas pérdidas de la naturaleza que a nosotros sólo nos corresponde imitar, ¿acaso no se producen en muchísimos casos? En principio, la posibilidad de hacerlas es una primera prueba de que no la ofenden en absoluto. Estaría en contra de todas las leyes de la equidad y de la profunda sabiduría, que le reconocemos en todo, que permitiera lo que la ofende. En segundo lugar, estas pérdidas son ejecutadas cien y hasta cien millones de veces todos los días por ella misma. Las poluciones nocturnas, la inutilidad de la semilla en la época de los embarazos de la mujer, ¿no son pérdidas autorizadas por sus leyes? Las cuales nos demuestran que, indiferente al destino de este licor al que cometemos la estupidez de conceder tanta importancia, nos permite malgastarlo con la misma despreocupación con que ella la practica todos los días; que tolera la propagación, pero siempre que la propagación entre en sus cálculos; que sí quiere que nos multipliquemos, pero que, no ganando más en este acto que en su contrario, la elección que nosotros hagamos le es indiferente; que, dejándonos dueños de crear, de no crear o de destruir, no la contentaremos ni la ofenderemos en mayor medida adoptando, ante una u otra opción, la que más nos convenga; y que la que elijamos, al no ser más que el resultado de su poder y de su acción sobre nosotros, es mucho más probable que le guste que susceptible de ofenderle. Ah, puedes creer, Thérèse, que la naturaleza se inquieta muy poco ante esos misterios a los que nosotros cometemos la extravagancia de consagrarles un culto. Sea cual sea el templo en el que se sacrifica, si permite que el incienso arda en él, es que el homenaje no la ofende. El mal uso o las pérdidas de la semilla que sirve para la reproducción, la extinción de esta semilla cuando ha germinado, el aniquilamiento de este germen incluso mucho tiempo después de su formación, todo eso, Thérèse, son crímenes imaginarios que no interesan para nada a la naturaleza, y de los que se ríe como de todas nuestras instituciones que, con frecuencia, la ultrajan en lugar de servirla.

«Corazón-de-Hierro» se excitaba al exponer sus pérfidas máximas, y no tardé en verle en el estado que tanto me había asustado la víspera. Quiso, para dar más peso a la lección, juntar inmediatamente la práctica al precepto; y sus manos, pese a mis resistencias, se perdían hacia el altar por donde el traidor quería penetrar... ¿Tendré que confesároslo, señora? Pues bien, obcecada por las seducciones de aquel malvado; contenta, al ceder un poco, de salvar lo que parecía más esencial; sin pensar ni en las inconsecuencias de sus sofismas, ni en lo que yo misma iba a arriesgar, ya que aquel deshonesto hombre, poseedor de unas medidas gigantescas, ni siquiera tenía la posibilidad de visitar una mujer en el lugar más permitido, y llevado por su maldad natural, no tenía seguramente otro objetivo que el de lisiarme; con los ojos fascinados por todo eso, digo, estaba a punto de abandonarme y, por virtud, convertirme en criminal; mis resistencias se debilitaban; ya dueño del trono, el insolente vencedor sólo se ocupaba de instalarse en él, cuando en el camino real se oyó el rumor de un carruaje. «Corazón-de-Hierro» abandona al instante sus placeres por sus deberes, reúne a sus gentes y vuela hacia nuevos crímenes. Poco después oímos unos gritos, y los malvados, ensangrentados, regresan triunfantes y cargados de trofeos.

Huyamos rápidamente —dijo «Corazón-de-Hierro»—, hemos matado a tres hombres, los cadáveres están en el camino y ya no hay seguridad para nosotros.

Reparten el botín. «Corazón-de-Hierro» quiere que yo tenga mi parte. Ascendía a veinte luises, y me fuerzan a tomarlos. Yo me estremezco ante la obligación de conservar ese dinero; sin embargo, nos acucian, todos se preparan y partimos.

Al día siguiente nos encontrábamos a resguardo en el bosque de Chantilly. Durante la cena, contaron lo que les había valido su última operación, y evaluando sólo en doscientos luises la totalidad de la presa, uno de ellos dijo:

—¡A decir verdad, no valía la pena cometer tres asesinatos por una suma tan pequeña!

—Calma, amigos míos —contestó la Dubois—. No era por la cantidad por lo que yo misma os he exhortado a no perdonar a esos viajeros, sino sólo por nuestra seguridad. Son las leyes las culpables de estos crímenes, no nosotros: mientras ajusticien tanto a los ladrones como a los asesinos, jamás se cometerán robos sin asesinatos. Como los dos delitos se castigan en igual medida, ¿por qué negarse al segundo si puede encubrir el primero? ¿De dónde sacáis además —prosiguió esta horrible criatura— que doscientos luises no valgan tres asesinatos? Siempre hay que calcular las cosas por la relación que guardan con nuestros intereses. La pérdida de la vida de cada uno de los seres sacrificados tiene un valor nulo en relación con nosotros. Probablemente no daríamos ni un óbolo para que esos individuos siguieran vivos o en la tumba; por consiguiente, si el interés más mínimo se nos ofrece con uno de los casos, debemos sin ningún remordimiento decidirlo preferentemente a nuestro favor; pues, ante una cosa totalmente indiferente, debemos, si somos prudentes y podemos permitírnoslo, inclinarla claramente del lado que nos resulte ventajoso, pasando por alto todo lo que en ella pueda perder el adversario, porque no hay ninguna proporción razonable entre lo que nos afecta y lo que afecta a los demás. Lo primero lo sentimos físicamente, lo segundo sólo moralmente, y las sensaciones morales son engañosas mientras que la verdad sólo está en las sensaciones físicas. Así, no sólo doscientos luises compensan los tres asesinatos, sino que treinta sueldos también los habrían compensado, pues los treinta sueldos nos habrían procurado una satisfacción que, aunque pequeña, debe de todos modos afectarnos mucho más vivamente de lo que puedan hacerlo los tres asesinatos, que para nosotros no son nada, y de cuya lesión sólo nos llega un rasguño. La debilidad de nuestras voces, la ausencia de reflexión, los malditos prejuicios en los que se nos ha educado, los vanos terrores de la religión o de las leyes, eso es lo que frena a los necios en la carrera del crimen, lo que les impide ir a lo grande. Pero todo individuo dotado de fuerza y de vigor, provisto de un espíritu enérgicamente organizado, que se prefiere, como es debido, a los demás, sabrá sopesar sus intereses en la balanza de los propios, burlarse de Dios y de los hombres, desafiar la muerte y despreciar las leyes; y totalmente convencido de que sólo a él debe referirlo todo, sentirá que el número más amplio imaginable de lesiones ajenas, que no le duelen físicamente en absoluto, no puede ser comparado con el más leve de los goces comprados con este conjunto increíble de fechorías. El placer le halaga, está en su interior: el efecto del crimen no le afecta, está fuera de él. Ahora bien, yo os pregunto ¿qué hombre razonable no preferirá lo que lo deleita a lo que le es extraño, y no accederá a cometer esta cosa extraña que no le produce ninguna molestia, para granjearse aquella que lo conmueve agradablemente?

—¡Oh, señora! —dije a la Dubois, pidiéndole permiso para responder a sus execrables sofismas—, ¿no os dais cuenta de que vuestra condena está escrita en lo que se os acaba de escapar? Sólo a un ser tan poderoso como para no tener que temer nada de los demás podrían convenir semejantes principios, pero nosotros, señores, perpetuamente en el temor y la humillación, nosotros, proscritos de todas las gentes honradas, condenados por todas las leyes, ¿debemos admitir estos sistemas que sólo pueden afilar contra nosotros la espada que cuelga sobre nuestras cabezas? Si no nos encontráramos en esta triste posición, si estuviéramos en el centro de la sociedad... si nos halláramos, en fin, donde deberíamos hallarnos, sin nuestra mala conducta y sin nuestras desdichas, ¿no creéis que tales máximas podrían resultarnos más convenientes? ¿Cómo queréis que no perezca aquel que, por un ciego egoísmo, pretende luchar a solas contra los intereses de los demás? ¿Acaso la sociedad no está autorizada a no soportar jamás en su seno al que se manifiesta en contra de ella? Y el individuo que se aísla, ¿puede luchar contra todos?, ¿puede vanagloriarse de vivir feliz y tranquilo si, por no aceptar el pacto social, no consiente en ceder una pequeña —parte de su felicidad para garantizar la restante? La sociedad sólo se sostiene mediante intercambios perpetuos de favores, que son los vínculos que la cimentan; aquel que, en lugar de esos favores, sólo ofrezca crímenes, deberá ser temido a partir de entonces, y será necesariamente atacado, si es el más fuerte, y sacrificado por el primero al que ofenda, si es el más débil; pero destruido en cualquier caso por la poderosa razón que obliga al hombre a asegurar su reposo y a dañar a los que quieren turbarlo. Esta es la razón que hace casi imposible la duración de las asociaciones criminales: al oponer únicamente unas puntas aceradas a los intereses de los demás, todos deben reunirse sin demora para mellar su aguijón. Incluso entre nosotros, señora, me atrevo a añadir, ¿cómo os vanagloriaréis de mantener la concordia cuando aconsejáis a cada uno que atienda únicamente sus propios intereses? ¿Podréis a partir de entonces objetar algo justo a aquel de nosotros que quiera apuñalar a los demás, y que lo haga, para hacerse sólo él con la parte de sus compañeros? ¡Ay! ¡Qué mejor elogio de la virtud que la prueba de su necesidad, incluso en una sociedad criminal... que la certidumbre de que esa sociedad no se sostendría ni un momento sin la virtud!

—Eso que argumentas, Thérèse, sí que son sofismas terció «Corazón-de-Hierro»—, y no lo que había dicho la Dubois. No es en absoluto la virtud lo que sostiene nuestras asociaciones criminales: es el interés, el egoísmo. Así que es totalmente falso ese elogio de la virtud que has deducido de una hipótesis quimérica. En absoluto es por virtud por lo que, creyéndome, como supongo, el más fuerte de la banda, no apuñalo a mis camaradas para arrebatarles su parte; es, más bien, porque, encontrándome solo, me privaría de los medios que espero de su ayuda para asegurarme la fortuna. Este motivo es, igualmente, el único que retiene su brazo en contra de mí. Ahora bien, como ves, Thérèse, este motivo sólo es egoísta y no tiene la mas ligera apariencia de virtud. Dices que quien quiere luchar a solas contra los intereses de la sociedad tiene que dar por supuesto que perecerá. ¿No perecerá con mucha mayor seguridad si sólo tiene para existir su miseria y el abandono de los demás? Lo que llamamos interés de la sociedad no es otra cosa que la suma de los intereses particulares reunidos, pero sólo cediendo este interés particular se puede coincidir y colaborar con los intereses generales. Ahora bien, ¿qué quieres que ceda el que no tiene nada? Si lo hace, no me negaras que su error ha sido mucho mayor al dar infinitamente más de lo que recibe, y en tal caso la desigualdad de la transacción debe impedir que la cumpla. Atrapado en esta situación, lo mejor que puede hacer ese hombre ¿no es alejarse de esta sociedad injusta para conceder los derechos a una sociedad diferente que, situada en la misma posición que él, tenga interés en combatir, con la reunión de sus pequeños poderes, el poder más amplio que quería obligar al desdichado a ceder lo poco que tenía para no recibir nada de los demás? Pero de ahí nacerá, me dirás, un estado de guerra perpetuo. ¡De acuerdo! ¿Acaso no es el de la naturaleza? ¿El único que nos conviene realmente? Todos los hombres nacieron aislados, envidiosos, crueles y déspotas, deseosos de tenerlo todo y no ceder nada, y luchando incesantemente por mantener tanto su ambición como sus derechos. Llegó el legislador y dijo: «Dejad de enfrentaros así; al ceder un poco de uno y otro lado, renacerá la tranquilidad». Yo no censuro en absoluto la existencia de este pacto, pero sostengo que hay dos tipos de individuos que jamás debieron someterse a él: aquellos que, sintiéndose más fuertes, no tenían necesidad de ceder nada para ser felices, y aquellos que, siendo los más débiles, tenían que ceder infinitamente más de lo que se les otorgaba. Y el caso es que la sociedad sólo está compuesta de seres débiles y de seres fuertes. Ahora bien, si el pacto tuvo que disgustar a los fuertes y a los débiles, estaba claro que no convenía a la sociedad, y el estado de guerra, que existía antes, debía resultar infinitamente preferible, ya que dejaba a cada cual el libre ejercicio de sus fuerzas y de su ingenio, de los que se veían privados por el pacto injusto de una sociedad, que siempre quitaba demasiado a uno y jamás concedía suficiente a otro. Así que el ser realmente sensato es aquel que, con el riesgo de reanudar el estado de guerra que reinaba antes del pacto, se revuelve irrevocablemente contra él, lo viola cuanto puede, convencido de que lo que obtendrá de estas lesiones siempre será superior a lo que podrá perder, si es el más débil, pues también lo era respetando el pacto: puede convertirse en el más fuerte violándolo y, si las leyes lo devuelven a la clase de la que ha querido escapar, el mal menor es perder la vida, que representa una desdicha infinitamente menor que la de vivir en el oprobio y la miseria. Esas son, pues, las dos alternativas para nosotros: o el crimen que nos hace felices, o el cadalso que nos impide ser desgraciados. Pregunto si cabe titubear, hermosa Thérèse.
¿Descubrirá tu inteligencia un razonamiento capaz de rebatir éste?

—¡Oh, señor! —contesté con la vehemencia que da tener la razón—, hay mil, pero, por otra parte, ¿debe ser esta vida el único objetivo del hombre? ¿Es algo más que un pasaje del que cada uno de los peldaños que recorre debe, si es razonable, conducirle a la felicidad eterna, premio garantizado de la virtud? Supongo con vos (lo que, sin embargo, es raro y choca con todas las luces de la razón, pero no importa), os concedo por un instante que el crimen pueda hacer feliz en este mundo al malvado que se abandona a él: ¿imagináis que la justicia de Dios no espera a este hombre deshonesto en el otro mundo para vengar lo que ha hecho en éste?... Ay, no creáis lo contrario, señor, no lo creáis —añadí sollozando—, es el único consuelo del infortunado, no se lo arrebatéis; cuando los hombres nos abandonan, ¿quién nos vengará si no es Dios?

—¿Quién? Nadie, Thérèse, nadie en absoluto. No es de ningún modo necesario que el infortunio sea vengado. Tú te ufanas de ello porque lo deseas, esta idea te consuela, pero no por ello es menos falsa. Más aún, es esencial que el infortunado sufra; su humillación y sus dolores figuran entre las leyes de la naturaleza, y su existencia es útil al plan general, tanto como la de la prosperidad de quien lo aplasta. Esta es la verdad, que debe sofocar el remordimiento tanto en el alma del tirano como en la del malhechor. Que no se coarte, que se entregue ciegamente a cuantas maldades se le ocurran: la voz de la naturaleza sólo le sugiere esta idea, el único modo posible con que ella nos convierte en agentes de sus leyes. Cuando sus inspiraciones secretas nos predisponen al mal, es porque el mal le es necesario, lo quiere, lo exige, porque no siendo la suma de crímenes completa ni suficiente para las leyes del equilibrio, las únicas que la gobiernan, exige un mayor número de éstos para el complemento de la balanza. Por consiguiente, que no se asuste ni se detenga aquel cuya alma se sienta inclinada al mal; que lo cometa sin temor, en el momento en que ha sentido su impulso: sólo resistiéndosele ofendería a la naturaleza. Pero abandonemos por un instante la moral, ya que prefieres la teología. Debes saber pues, joven inocente, que la religión en la que te amparas, no siendo más que la relación del hombre con Dios, culto que la criatura creyó deber rendir a su creador, quedó aniquilada en cuanto la propia existencia de tal creador fue demostrada como quimérica. Los primeros hombres, asustados por unos fenómenos que los impresionaron, tuvieron que creer necesariamente que un ser sublime y desconocido por ellos había dirigido su marcha y su influencia. Es propio de la debilidad suponer o temer la fuerza. La mente del hombre, todavía demasiado infantil para buscar y para encontrar en el seno de la naturaleza las leyes del movimiento, único resorte de todo el mecanismo que le asombraba, creyó más simple suponer un motor a esta naturaleza que verla motora de sí misma, y sin pensar que le costaría un esfuerzo mucho mayor edificar y definir este amo gigantesco que buscar en el estudio de la naturaleza la causa de lo que le sorprendía, admitió el ser soberano y le dedicó sus cultos. A partir de ese momento, cada nación los compuso análogos a sus costumbres, a sus conocimientos y a su clima. No tardaron en haber en la Tierra tantas religiones como pueblos, tantos dioses como familias. Sin embargo, debajo de todos esos ídolos era fácil reconocer al fantasma absurdo, fruto primero de la ceguera humana. Lo vestían de diferente manera, pero siempre era lo mismo. Ahora bien, dime, Thérèse: porque unos imbéciles construyan disparates sobre la erección de una indigna quimera y sobre la manera de servirla, ¿hay que deducir que el hombre sensato deba renunciar a la dicha segura y presente de su vida? ¿Debe, como el perro de Esopo, abandonar el hueso a cambio de su sombra, y renunciar a sus placeres reales a cambio de unas ilusiones? No, Thérèse, no, Dios no existe: la naturaleza se basta a sí misma. No tiene ninguna necesidad de autor. Este supuesto autor no es más que una descomposición de sus propias fuerzas, más que lo que en la escuela llamamos una petición de principios. Un Dios supone una creación, o sea un instante en el que no hubo nada, o bien un instante en el que todo estuvo en el caos. Si uno u otro de esos estados era un mal,
¿por qué tu Dios lo dejaba subsistir? Si era un bien, ¿por qué lo cambia? Ahora bien, si es inútil, ¿puede ser poderoso? Y si no es poderoso, ¿puede ser Dios? Si la naturaleza se mueve a sí misma, ¿de qué sirve el motor? Y si el motor actúa sobre la materia moviéndola, ¿cómo no es materia él mismo? ¿Puedes concebir el efecto del espíritu sobre la materia, y la materia recibiendo el movimiento de un espíritu que carece en sí mismo de movimiento? Examina por un instante, con frialdad, todas las cualidades ridículas y contradictorias con que los fabricantes de esta execrable quimera se han visto obligados a revestirla, y comprobaras que se destruyen y anulan mutuamente; admitirás que este fantasma deificado, nacido del temor de unos y de la ignorancia de todos, no es mas que una simpleza escandalosa, que no merece de nosotros ni un instante de fe ni un minuto de examen; una miserable extravagancia que repugna a la mente, que escandaliza el corazón, y que sólo emergió de las tinieblas para volver a hundirse en ellas para siempre jamás.

»Así pues, no te inquietes, Thérèse, con la esperanza o el temor de un mundo futuro, fruto de estas primeras mentiras, y deja sobre todo de considerarlos como frenos para nosotros. Débiles porciones de una materia vil y bruta, cuando muramos, es decir, en la reunión de los elementos que nos componen con los elementos de la masa general, aniquilados para siempre cualquiera que haya sido nuestro comportamiento, pasaremos durante un instante por el crisol de la naturaleza para resurgir bajo otras formas, y eso sin que haya más prerrogativas para el que ha incensado de manera insensata la virtud como para el que se ha entregado a los más vergonzosos excesos, porque no hay nada que ofenda a la naturaleza, y todos los hombres igualmente salidos de su seno, que han actuado durante su vida a partir de sus impulsos, encontrarán después de su existencia el mismo final y la misma suerte.

Me disponía a seguir contestando a estas espantosas blasfemias cuando el rumor de un jinete se hizo oír cerca de nosotros. «¡A las armas!», exclamó «Corazón-de-Hierro», más deseoso de poner en práctica sus sistemas que de consolidar sus fundamentos. Vuelan... y al cabo de un instante traen a un infortunado viajero al bosquecillo donde se hallaba nuestro campamento.

Interrogado acerca del motivo que le llevaba a viajar solo y tan de madrugada por un camino aislado, y acerca de su edad y profesión, el caballero respondió que se llamaba Saint-Florent, uno de los primeros negociantes de Lyon, que tenía treinta y seis años, y regresaba de Flandes por unos asuntos relacionados

con su comercio; llevaba poco dinero encima pero sí muchos pagarés. Añadió que su lacayo le había abandonado la víspera, y que, para evitar el calor, viajaba de noche con la intención de llegar aquel mismo día a París, donde tomaría un nuevo criado y concluiría una parte de sus negocios; si, además, seguía un camino solitario, continuó, era porque, según creía, se había dormido sobre su caballo y se había extraviado. Y dicho eso, pide la vida, ofreciendo a cambio todo lo que poseía. Examinaron su cartera y contaron su dinero: la presa no podía ser mejor. Saint-Florent llevaba cerca de medio millón pagable a su presentación en la capital, unas cuantas joyas y alrededor de cien luises.

—Amigo —le dijo «Corazón-de-Hierro», acercándole la punta de la pistola a las narices—, comprenderéis que después de un robo semejante no podemos dejaros en vida.

—¡Oh, señor! —exclamé arrojándome a los pies de aquel malvado—, os lo imploro, no me hagáis presenciar, el día de mi incorporación a la banda, el horrible espectáculo de la muerte de este desdichado. Dejadle con vida, no me neguéis el primer favor que os pido.

Y, recurriendo inmediatamente a una astucia bastante singular, a fin de legitimar el interés que parecía sentir por aquel hombre, añadí calurosamente:

—El apellido que acaba de pronunciar el caballero me lleva a creer que es un deudo bastante próximo. No os asombréis, señor —añadí dirigiéndome al viajero—, de encontrar una pariente en esta situación. Ya os lo explicaré más adelante. Por esta razón —seguí implorando de nuevo a nuestro jefe—, por esta razón, señor, concededme la vida de este miserable. Agradeceré este favor con la entrega más absoluta a todo lo que pueda servir vuestros intereses.

—Ya sabes con qué condiciones puedo concederte el favor que me pides, Thérèse —me contestó
«Corazón-de-Hierro»—, ya sabes lo que exijo de ti...

—Bien, señor, lo haré todo —exclamé interponiéndome entre aquel desdichado y nuestro jefe, siempre dispuesto a degollarlo...—. Sí, lo haré todo, señor, lo haré todo, salvadle.

—Dejadlo con vida —dijo «Corazón-de Hierro»—, pero que se enrole con nosotros. Esta última cláusula es indispensable. No puedo hacer nada sin ella, mis camaradas se opondrían.

El sorprendido comerciante no entendía nada del parentesco que yo establecía, pero, al ver salvada la vida si aceptaba sus proposiciones, creyó que no debía titubear ni un instante. Le dejaron descansar y, como nuestra gente sólo quería abandonar aquel lugar de día, «Corazón-de-Hierro» me dijo:

—Thérèse, recojo tu promesa, pero como esta noche estoy agotado descansa tranquila al lado de la
Dubois. Te llamaré cuando se haga de día, y si titubeas, la vida de este bellaco me vengará de tu artimaña.

—Dormid, señor, dormid —contesté—, y creed que ésta, a la que habéis colmado de agradecimiento, no tiene más deseo que el de cumplir.

Nada más lejos de mis intenciones, pero si alguna vez creí permitido el fingimiento era exactamente en esta ocasión. Nuestros bribones, llenos de una confianza excesiva, siguen bebiendo y se duermen, dejándome en plena libertad al lado de la Dubois que, borracha como los demás, no tardó en cerrar igualmente los ojos. Aprovechando entonces con vivacidad el primer momento del sueño de los malvados que nos rodeaban, le dije al joven lionés:

—Señor, la más horrible de las catástrofes me ha arrojado a pesar mío entre estos ladrones. Los detesto tanto como al instante fatal que me trajo a su banda. La verdad es que no tengo el honor de ser pariente vuestra. He utilizado esta treta para salvaros y escapar con vos, si os parece bien, de estos miserables. El momento es propicio —proseguí—, huyamos. Veo vuestra cartera, recojámosla; renunciemos al dinero en metálico, está en sus bolsillos y no conseguiríamos recuperarlo sin peligro. Vayámonos, señor, vayámonos. Ya veis lo que hago por vos, me entrego a vuestras manos, tened piedad de mi suerte. No seáis, sobre todo, más cruel que esta gente. Dignaos a respetar mi honor, os lo confío, pues es mi único tesoro. Dejádmelo, ellos no me lo han arrebatado.

Me costaría trabajo describir el supuesto agradecimiento de Saint—Florent. No sabía qué términos emplear para demostrármelo, pero no teníamos tiempo de hablar: se trataba de huir. Me apodero diestramente de la cartera, se la doy y, franqueando rápidamente el bosquecillo y abandonando el caballo, por miedo a que el ruido que habría hecho despertara a nuestras gentes, nos dirigimos, con diligencia, al sendero que debía sacarnos del bosque. Tuvimos la suerte de salir de él cuando amanecía, y sin que nadie nos siguiera. Llegamos antes de las diez de la mañana a Luzarches, y allí, al abrigo de cualquier temor, sólo pensamos en descansar.

Hay momentos en la vida en que te consideras muy rico sin tener, no obstante, nada de qué vivir: era el caso de Saint-Florent. Llevaba quinientos mil francos en su cartera, y ni un escudo en su faltriquera. Esta reflexión le detuvo antes de entrar en la posada...

—Tranquilícese, señor —le dije al ver su apuro—, los ladrones que abandono no me han dejado sin dinero. Ahí tenéis veinte luises, tomadlos, por favor, utilizadlos y dad el resto a los pobres. Por nada en el mundo querría yo conservar un oro adquirido mediante asesinatos. Saint—Florent, que fingía delicadeza, pero que estaba muy lejos de tener la que yo le suponía, no quiso en absoluto tomar lo que le ofrecí. Me preguntó qué proyectos tenía, me dijo que se obligaba a cumplirlos, y que no deseaba otra cosa que quedar en paz conmigo.

—Os debo la fortuna y la vida, Thérèse —añadió besándome las manos—. ¿Qué mejor puedo hacer que ofreceros la una y la otra? Aceptadlas, os lo ruego, y permitid que el Dios del himeneo estreche los nudos de la amistad.

No sé bien si por presentimiento o simple frialdad, yo estaba tan lejos de creer que lo que había hecho por aquel joven pudiera provocar tales sentimientos por su parte, que le dejé leer en mi semblante el rechazo que no me atrevía a expresar. Lo entendió, no insistió más, y se limitó a preguntarme únicamente qué podía hacer por mí.

—Señor —le dije—, si realmente mi actuación no carece de méritos a vuestros ojos, os pido por toda recompensa que me llevéis con vos a Lyon, y que allí me coloquéis en alguna casa honesta, donde mi pudor ya no tenga que sufrir.

—Es lo mejor que podríais hacer —contestó Saint-Florent—, y nadie más capacitado que yo para prestaros ese servicio: tengo veinte parientes en esa ciudad.

Y el joven comerciante me rogó entonces que le contara las razones que me llevaban a alejarme de París, donde le había dicho que había nacido. Lo hice con tanta confianza como ingenuidad.

—Bien, si sólo es eso —dijo el joven—, podré seros útil antes de llegar a Lyon. No temáis nada, Thérèse, vuestro caso estará olvidado. Ya nadie os buscará, y menos que en ningún lugar, seguramente, en el asilo donde voy a colocaros. Tengo una pariente cerca de Bondy, vive en una campiña encantadora de los alrededores. Estoy seguro de que sentirá un gran placer de teneros a su lado; mañana os la presento.

Llena de agradecimiento a mi vez, acepto un proyecto que tanto me conviene. Descansamos el resto del día en Luzarches, y al día siguiente nos proponemos llegar a Bondy, que sólo está a seis leguas de allí. — Hace buen tiempo —me dijo Saint-Florent—. Si os parece, Thérèse, nos dirigiremos a pie al castillo de mi pariente. Le contaremos nuestra aventura, y creo que esta manera imprevista de llegar despertará su interés hacia vos.

Muy alejada de sospechar las intenciones de aquel monstruo y de imaginar que me ofrecía aún menos seguridad que la infame compañía que abandonaba, lo acepto todo sin temor, sin ninguna repugnancia. Almorzamos y comemos juntos. No se opone en absoluto a que para la noche tome una habitación separada de la suya, y después de haber dejado pasar el mayor calor, segura por lo que dice de que bastan cuatro o cinco horas para llegar a casa de su pariente, abandonamos Luzarches y nos dirigimos a pie a

Bondy.

Alrededor de las cinco de la tarde entramos en el bosque. Saint—Florent todavía no se había descubierto ni por un instante: siempre la misma honestidad, siempre el mismo deseo de demostrarme su agradecimiento. De haber estado con mi padre, no me habría creído más segura. Las sombras de la noche comenzaban a esparcir por el bosque aquella especie de horror religioso que hace nacer simultáneamente el temor en las almas tímidas y el proyecto del crimen en los corazones feroces. Sólo caminábamos por senderos, y yo delante. Me vuelvo para preguntar a Saint—Florent si realmente hay que seguir esos caminos apartados, si por casualidad no se ha extraviado, si cree, en fin, que falta mucho para llegar.

—Ya hemos llegado, puta —me contestó aquel malvado, arrojándome al suelo de un bastonazo en la cabeza que me priva del conocimiento...

¡Oh, señora!, yo no sé lo que dijo ni lo que hizo aquel hombre; pero el estado en que me encontré me obligó a saber hasta qué punto había sido su víctima. Cuando recuperé el sentido era totalmente de noche; estaba al pie de un árbol, al margen de todos los caminos, magullada, ensangrentada... deshonrada, señora. Esta era la recompensa por cuanto acababa de hacer por aquel desalmado; y, llevando la infamia al máximo, el malvado, después de haber hecho conmigo todo lo que había querido, después de haber abusado de todas las maneras, hasta de aquella que más ultraja la naturaleza, se había llevado mi bolsa... aquel mismo dinero que yo le había ofrecido tan generosamente. Había desgarrado mis ropas, la mayoría estaban hechas jirones a mi lado, iba casi desnuda, y con varias partes de mi cuerpo amoratadas. Podéis imaginaros mi situación: rodeada de tinieblas, sin recursos, sin honor, sin esperanza, expuesta a todos los peligros. Quise terminar con mis días: si me hubieran ofrecido un arma, la habría empuñado y abreviado esta desdichada vida, que sólo me ofrecía calamidades.

«¡Qué monstruo! ¿Qué le habré hecho yo», me decía, «para merecer por su parte un trato tan cruel? Le salvo la vida, le devuelvo su fortuna, ¡me arrebata lo que más quiero! ¡Hasta un animal salvaje hubiera sido menos cruel! ¡Oh hombre, así eres cuando sólo atiendes a tus pasiones! Los tigres en el fondo de los desiertos más salvajes se horrorizarían de tus fechorías.»

Unos minutos de abatimiento siguieron a mis primeros impulsos de dolor; mis ojos, anegados en lágrimas, se elevaron maquinalmente al cielo; mi corazón se lanzó a los pies del Maestro que lo habita... Aquella bóveda pura y brillante... el silencio imponente de la noche... el terror que helaba mis sentidos... aquella imagen de la naturaleza en paz, comparada con la alteración de mi alma extraviada, todo esparce en mí un tenebroso horror del que no tarda en nacer la necesidad de rezar. Me precipito a las rodillas de ese Dios poderoso, negado por los impíos, esperanza del pobre y del afligido.

—Ser santo y majestuoso —exclamé entre lágrimas—, tú que te dignas llenar en este momento terrible mi alma de una alegría celestial, que, sin duda, me has impedido atentar contra mis días, oh, mi protector y guía, aspiro a tus bondades, imploro tu clemencia: contempla mi miseria y mis tormentos, mi resignación y mis deseos. ¡Dios omnipotente! Tú sabes que soy inocente y débil, que he sido traicionada y maltratada; he querido hacer el bien a ejemplo tuyo, y tu voluntad me castiga. ¡Que se cumpla, oh, Dios mío! Amo todos sus sagrados efectos, los respeto y ceso de quejarme; pero si aquí en la tierra sólo debo encontrar abrojos, ¿será ofenderte, oh, mi soberano Maestro, suplicar que tu poder me llame hacia ti, para rezarte sin turbación, para adorarte lejos de esos hombres perversos que, ¡ay de mí!, sólo me han hecho conocer males, y cuyas manos sanguinarias y pérfidas hunden a placer mis tristes días en el torrente de las lágrimas y en el abismo de los dolores?

La oración es el más dulce consuelo del desdichado; se siente más fuerte cuando ha cumplido con este deber. Me alzo llena de valor, recojo los harapos que el malvado me ha dejado, y me introduzco en un bosquecillo para pasar la noche con menos riesgo. La seguridad en que me hallaba, la satisfacción que acababa de saborear acercándome a mi Dios, todo ello contribuyó a hacerme reposar unas cuantas horas, y el sol ya estaba alto cuando mis ojos se volvieron a abrir: el instante del despertar es espantoso para los infortunados; la imaginación, refrescada por las dulzuras del sueño, se ocupa con mucha mayor rapidez y más lúgubremente de los males cuyo recuerdo le han hecho perder unos instantes de un reposo engañoso.

«Bien», me dije entonces examinándome, «¡es cierto, por tanto, que existen criaturas humanas a las que la naturaleza rebaja a la misma condición que las bestias feroces! Oculta en mi reducto, huyendo como ellas de los hombres, ¿qué diferencia existe ahora entre ellas y yo? ¿Vale la pena nacer para una suerte tan lastimera?...» Y mis lágrimas corrieron en abundancia mientras formulaba estas tristes reflexiones; acababa de terminarlas cuando oigo un ruido a mi alrededor; poco a poco, distingo a dos hombres. Presto atención:

—Ven, querido amigo —dice uno de ellos—. Aquí estaremos a las mil maravillas. La cruel y fatal presencia de una tía que aborrezco no me impedirá saborear un momento contigo esos placeres que me resultan tan dulces.

Se acercan, se colocan tan enfrente de mí que ninguna de sus frases, ninguno de sus movimientos, puede escapárseme, y veo... ¡Santo cielo, señora! —dijo Thérèse interrumpiéndose—, ¡cómo es posible que la suerte me haya colocado siempre en situaciones tan críticas, que resulte tan difícil a la virtud escuchar su relato como al pudor hacerlo! Aquel crimen horrible que ultraja tanto la naturaleza como las convenciones sociales, aquella fechoría, en una palabra, sobre la cual la mano de Dios ha caído tantas veces, legitimada por «Corazón-de-Hierro», propuesta por él a la desdichada Thérèse, consumada sobre ella involuntariamente por el verdugo que acaba de inmolarla, aquella execración repugnante en fin, ¡la vi practicar bajo mis ojos con todas las desviaciones impuras, todos los episodios espantosos, que puede introducir en ella la depravación más exquisita! Uno de los hombres, el que se ofrecía, tenía veinticuatro años de edad, suficientemente bien vestido como para hacer pensar en la elevación de su rango, y el otro, más o menos de su misma edad, parecía uno de sus criados. El acto fue escandaloso y prolongado. Con las manos apoyadas en la cresta de un pequeño montículo frente al bosquecillo donde yo me hallaba, el joven amo exponía desnudo a su compañero de libertinaje el impío altar del sacrificio, y éste, lleno de ardor ante el espectáculo, acariciaba a su ídolo, a punto de inmolarlo con un puñal mucho más espantoso y mucho más gigantesco que aquel con el que yo había sido amenazada por el jefe de los bandidos de Bondy; pero el joven amo, en absoluto temeroso, parece desafiar impunemente la espada que se le presenta; la provoca, la excita, la cubre de besos, se apodera de ella, se la introduce él mismo, se deleita absorbiéndola. Entusiasmado por sus criminales caricias, el infame se debate bajo ella y parece lamentar que no sea aún más imponente; desafía sus golpes, los previene, los rechaza... Dos tiernos y legítimos esposos se acariciarían con menos ardor... Sus bocas se juntan, sus suspiros se confunden, sus lenguas se entrelazan, y los veo a los dos, ebrios de lujuria, encontrar en el centro de las delicias el complemento de sus pérfidos horrores. El homenaje se renueva, y, para encender de nuevo el incienso, todo es válido para el que lo exige; besos, manoseos, masturbaciones, refinamientos del más insigne libertinaje, todo se utiliza para devolver las fuerzas que se apagan, y con ello consigue reanimarlas por cinco veces consecutivas, pero sin que ninguno de los dos cambiara de papel. El joven amo fue siempre mujer, y aunque se pudiera descubrir en él la posibilidad de ser hombre a su vez, ni siquiera tuvo la apariencia de concebir por un instante tal deseo. Si bien visitó el otro altar semejante a aquel donde se sacrificaba en él, fue en favor del otro ídolo, y jamás ningún ataque tuvo el aire de amenazarlo. ¡Qué largo se me hizo el tiempo! No me atrevía a moverme, por miedo a que me descubrieran. Finalmente, los criminales actores de esta indecente escena, ahítos sin duda, se levantaron para volver al camino que debía conducirlos a su casa cuando el amo se acerca al bosquecillo que me protege; mi gorro me traiciona... Lo ve...

—Jasmín —dice a su criado—, nos han descubierto... Una joven ha visto nuestros secretos... Acércate, saquemos de ahí a esa buscona, y averigüemos qué hace aquí.

Les ahorré la molestia de sacarme de mi refugio abandonándolo inmediatamente yo misma y, cayendo a sus pies, exclamé, extendiendo los brazos hacia ellos:

—Oh, señores, dignaos a compadeceros de una desdichada cuya suerte es más lamentable de lo que suponéis. Existen pocos reveses capaces de igualar los míos; que la situación en que me habéis encontrado no os despierte ninguna sospecha sobre mí. Es consecuencia de mi miseria, mucho más que de mis errores. Lejos de aumentar los males que me abruman, dignaos a disminuirlos facilitándome los medios de escapar de las calamidades que me persiguen.

El corazón del conde de Bressac (así se llamaba el joven), en cuyas manos caí, con un gran fondo de

maldad y de libertinaje en la mente, no estaba dotado precisamente de una gran dosis de conmiseración. Por desgracia es muy común ver cómo el libertinaje ahoga la piedad en el hombre y habitualmente sólo sirve para endurecerlo: sea porque la mayor parte de sus extravíos necesita la apatía del alma, sea porque la violenta sacudida que esta pasión imprime a la masa de los nervios disminuye la fuerza de su acción, la verdad es que un libertino rara vez es un hombre sensible. Pero a esta dureza, natural en la clase de personas cuyo carácter esbozo, se unía además en el señor de Bressac una repugnancia tan inveterada por nuestro sexo, un odio tan fuerte por todo lo que lo caracterizaba, que era muy difícil que yo consiguiera introducir en su alma los sentimientos con los que quería conmoverla.

—Tórtola del bosque —me dijo el conde con dureza—, si buscas víctimas, has elegido mal: ni mi amigo ni yo sacrificamos jamás en el templo impuro de tu sexo. Si es limosna lo que pides, busca personas que amen las buenas obras, nosotros jamás las hacemos de ese tipo... Pero habla, miserable, ¿has visto lo que ha ocurrido entre el señor y yo?

—Os he visto charlar sobre la hierba —contesté—, nada más, señor, os lo aseguro.

—Por tu bien, quiero creerlo —dijo el joven conde—. Si imaginara que podías haber visto otra cosa, jamás saldrías de este matorral... Jasmín, es pronto, tenemos tiempo de escuchar las aventuras de esta joven, y después veremos lo que hay que hacer. Se sientan, me ordenan que me coloque cerca de ellos, y ahí les relato con ingenuidad todas las desdichas que me abruman desde que estoy en el mundo.

—Vamos, Jasmín —dice el señor de Bressac levantándose cuando hube terminado—, seamos justos por una vez. Si la equitativa Temis ha condenado a esta criatura, no toleremos que los deseos de la diosa se vean tan cruelmente frustrados. Hagamos sufrir a la delincuente la condena de muerte en que había incurrido. Este homicidio, muy lejos de ser un crimen, será una reparación del orden moral. Ya que a veces tenemos la desgracia de alterarlo, restablezcámoslo valerosamente por lo menos cuando se presenta la ocasión...

Y los crueles, arrebatándome de mi sitio, me arrastran hacia el bosque, riéndose de mis lloros y de mis gritos.

—Atémosla por los cuatro miembros a cuatro árboles que formen un extenso cuadrado —dice Bressac, desnudándome.

Luego, con sus corbatas, sus pañuelos y sus ligas, confeccionan unas cuerdas con las que me atan al instante como han previsto, esto es en la más cruel y más dolorosa actitud que quepa imaginar. Imposible explicar lo que sufrí; me parecía que me arrancaban los miembros, y que mi estómago, que estaba en el aire, dirigido por su peso hacia el suelo, tuviera que entreabrirse a cada instante. El sudor caía de mi frente, yo sólo existía por la violencia de mi dolor; si éste hubiera dejado de comprimirme los nervios, me habría invadido una angustia mortal. Los desalmados se divirtieron con esta posición, me contemplaban y aplaudían.

—Ya basta —dijo finalmente Bressac—, permito que por una vez le baste con el miedo. Thérèse — prosiguió mientras me desataba y ordenaba que me vistiera—, sé discreta y síguenos: si quieres unirte a mí, no tendrás ocasión de arrepentirte. Mi tía necesita una segunda doncella, voy a creerme tu relato y presentarte a ella. Le responderé de tu conducta, pero si abusas de mis bondades, si traicionas mi confianza, o no te sometes a mis propósitos, mira estos cuatro árboles, Thérèse, fíjate en el terreno que limitan, y que debía servirte de sepulcro. Recuerda que este funesto lugar sólo está a una legua del castillo donde te llevo y que, a la más ligera falta, volverás aquí al instante.

Olvido de inmediato mis desgracias, me arrojo a las rodillas del conde, le prometo, entre lágrimas, un buen comportamiento, pero, tan insensible a mi alegría como a mi dolor, Bressac añade:

—Vámonos, tu comportamiento hablará por ti, sólo de él dependerá tu suerte.

Nos vamos. Jasmín y su amo hablan en voz baja, yo los sigo humildemente sin decir palabra. En algo

menos de una hora llegamos al castillo de la señora marquesa de Bressac, cuya magnificencia y multitud de lacayos me hacen suponer que cualquier puesto que tenga en esta casa será, sin duda, más ventajoso para mí que el de gobernanta del señor Du Harpin. Me hacen esperar en una antecocina, donde Jasmín me ofrece amablemente cuanto puede reconfortarme. El joven conde entra en los aposentos de su tía, la avisa, y él mismo viene a buscarme media hora después para presentarme a la marquesa.

La señora de Bressac era una mujer de cuarenta y seis años, todavía muy hermosa, y que me pareció honesta y sensible, aunque introdujera una cierta severidad en sus normas y en su conversación. Viuda desde hacía dos años del tío del joven conde, que se había casado con ella sin mayor fortuna que el bello apellido que le daba, de ella dependían todos los bienes que podía esperar el señor de Bressac, pues lo que había recibido de su padre apenas servía para pagar sus placeres. La señora de Bressac le pasaba una pensión considerable, pero aun así insuficiente: nada hay tan caro como las voluptuosidades del conde; es posible que se paguen menos que las otras, pero se multiplican mucho más. En aquella casa había cincuenta mil escudos de renta, y todos debían ser para el señor de Bressac. Jamás habían podido convencerle a hacer algo; todo lo que le apartaba de su libertinaje le resultaba tan insoportable que no podía aceptar la sujeción. La marquesa habitaba aquella propiedad tres meses al año, y pasaba el resto del tiempo en París; y los tres meses que exigía que su sobrino estuviera con ella eran una especie de suplicio para un hombre que aborrecía a su tía y que consideraba como perdidos todos los momentos que pasaba alejado de una ciudad que significaba para él el centro de sus placeres.

El joven conde me ordenó que contara a la marquesa las cosas que yo le había relatado, y una vez hube terminado la señora de Bressac me dijo:

—Tu candor y tu ingenuidad no me permiten dudar de que dices la verdad. No pediré más informaciones sobre ti que la de saber si eres realmente la hija del hombre que me indicas. Si es así, yo he conocido a tu padre, y será para mí una razón de más para interesarme por tu persona. En cuanto al caso de Du Harpin, me encargo de resolverlo en dos visitas a casa del canciller, amigo mío desde hace siglos. Es el hombre más íntegro que existe en el mundo; basta con demostrarle tu inocencia para anular todo lo que se ha hecho en tu contra. Pero piénsatelo bien, Thérèse. Todo lo que te prometo en este momento sólo es a cambio de una conducta intachable; de modo que los efectos del agradecimiento que exijo se volverán siempre en tu favor. Me arrojé a los pies de la marquesa, le aseguré que quedaría satisfecha de mí; me hizo levantar con bondad y me confió inmediatamente el puesto de segunda camarera a su servicio.

Al cabo de tres días, llegaron las informaciones pedidas a París por la señora de Bressac; eran tal como yo podía desear. La marquesa me elogió por no haberla engañado, y todas las sombras de desgracias se desvanecieron finalmente de mi espíritu para ser sustituidas únicamente por la esperanza de los más dulces consuelos que cabía esperar. Sin embargo, no estaba escrito en el cielo que la pobre Thérèse tuviera que ser feliz alguna vez, y si unos pocos momentos de paz nacían fortuitamente para ella era sólo para hacerle más amargos los de horror que debían seguirlos.

Apenas llegamos a París la señora de Bressac se apresuró a intervenir en mi favor. El primer presidente quiso verme y escuchó con interés el relato de mis infortunios; las calumnias de Du Harpin fueron reconocidas aunque en vano quisieron castigarlo: Du Harpin, que había organizado un negocio de billetes falsos con el que arruinaba a tres o cuatro familias, y ganaba él cerca de dos millones, acababa de irse a Inglaterra. Respecto al incendio de las prisiones de París, se convencieron de que, si bien yo me había aprovechado de este acontecimiento, no había participado para nada en él, y mi caso fue sobreseído, sin que los magistrados que se ocupaban de él creyeran tener que emplear más formalidades, según me explicaron. No supe nada más y me contenté con lo que me dijeron: no tardaréis en comprobar hasta qué punto me equivoqué.

Es fácil imaginar cómo semejantes favores me obligaban a la señora de Bressac. Aunque no hubiera tenido conmigo, además, todo tipo de bondades, ¿cómo no iban a unirme semejantes acciones para siempre a una tan preciosa protectora? Muy lejos, sin embargo, de la intención del conde encadenarme tan íntimamente a su tía... Pero ha llegado el momento de describiros a ese monstruo.



_________________
avatar
Melita
Admin

Mensajes : 718
Fecha de inscripción : 03/05/2012
Edad : 25
Localización : Cali, Colombia

Ver perfil de usuario http://librosymaslibros.forosactivos.net

Volver arriba Ir abajo

Re: Primera Parte

Mensaje por Melita el Sáb Mayo 05, 2012 9:58 pm

El señor de Bressac unía a los encantos de la juventud el más seductor de los rostros; si su talle o sus facciones tenían algunos defectos, era porque se parecían en exceso al desenfado y la blandura propia de las mujeres. Parecía que prestándole los atributos de aquel sexo, la naturaleza le hubiera inspirado también sus gustos... ¡Qué alma, sin embargo, rodeaba estos atractivos femeninos! Aparecían en ella todos los vicios que caracterizan la de los desalmados: jamás nadie llevó tan lejos la maldad, la venganza, la crueldad, el ateísmo, el desenfreno, el menosprecio de todos los deberes, y principalmente de aquellos con los que la naturaleza parece deleitarnos. Además de todas sus culpas, el señor de Bressac contaba fundamentalmente con la de detestar a su tía. La marquesa hacía cuanto podía por encaminar a su sobrino por los senderos de la virtud: puede que utilizara para ello un rigor excesivo. Resultaba de ahí que el conde, más excitado por los efectos mismos de esta severidad, se entregaba a sus gustos aún con mayor ímpetu, y la pobre marquesa sólo obtenía de sus insistencias un odio más encarnizado.

—No te creas —me decía muy frecuentemente el conde— que por su natural mi tía interviene en todo lo que te concierne, Thérèse. Si yo no la acuciara en todo momento, ella apenas se acordaría de las atenciones que te ha prometido. Presume ante ti de todos sus pasos, mientras que en realidad son obra mía. Sí, Thérèse, sí, sólo a mí debes agradecimiento, y el que exijo de ti debe parecerte tanto más desinteresado cuando, por muy bella que seas, sabes muy bien que no son tus favores lo que pretendo. No, Thérèse, los servicios que espero de ti son muy diferentes, y cuando estés totalmente convencida de lo que he hecho para tu tranquilidad, confío en que encontraré en tu alma lo que tengo derecho a esperar.

Estos discursos me parecían tan oscuros que no sabía qué respuesta darles. La daba, sin embargo, por si acaso, y tal vez con excesiva facilidad. ¿Tengo que confesároslo? ¡Ay de mí, sí! Disimularos mis culpas sería engañar vuestra confianza y responder mal al interés que mis desdichas os han inspirado. Sabed pues, señora, la única falta voluntaria que puedo reprocharme... ¿Digo una falta? Una locura, una extravagancia... como no hubo jamás otra, pero por lo menos no es un crimen, es un simple error, que sólo me ha castigado a mí, y del que parece que la mano justiciera del cielo se ha servido para sumirme en el abismo que se abrió poco después bajo mis pasos. Cualesquiera que fueren los indignos comportamientos que el conde de Bressac tuvo conmigo el primer día que lo conocí, me había sido imposible verlo, sin embargo, sin sentirme atraída hacia él por un invencible sentimiento de ternura que nada había podido vencer. Pese a todas las reflexiones sobre su crueldad, sobre su alejamiento de las mujeres, sobre la depravación de sus gustos, sobre las distancias morales que nos separaban, nada del mundo conseguía apagar esta pasión naciente, y si el conde me hubiera pedido mi vida, se la habría sacrificado mil veces. Estaba lejos de sospechar mis sentimientos... Estaba lejos, el ingrato, de descubrir la causa de las lágrimas que derramaba todos los días; pero le resultaba imposible, no obstante, ignorar el deseo que sentía de ir al encuentro de cualquier cosa que pudiera gustarle. Era imposible que no entreviera mis deferencias; demasiado ciegas, sin duda, llegaban al punto de servir a sus errores, en la medida que podía permitírmelo la decencia, y de disimularlos siempre ante su tía. En cierta manera, esta conducta me había granjeado su confianza, y todo lo que venía de él me era tan precioso y estaba tan ciega respecto a lo poco que me ofrecía su corazón que a veces tuve la debilidad de creer que yo no le era indiferente. ¡Pero el exceso de sus desórdenes no tardaba en desengañarme! Eran tales que llegaban a alterar su salud. A veces me tomaba la libertad de comentarle los inconvenientes de su conducta; él me escuchaba sin molestarse y acababa por decirme que nadie se corregía de su vicio predilecto.

—¡Ah, Thérèse! —exclamó un día, entusiasmado—, ¡si conocieras los encantos de esta fantasía, y pudieras entender la dulce ilusión de ser únicamente una mujer! ¡Increíble extravío de la mente!
¡Aborrecer ese sexo y querer imitarlo! ¡Ah, qué dulce es conseguirlo, Thérèse! ¡Qué delicioso ser la puta de todos los que te desean y llevando a ese punto, al último extremo, el delirio y la prostitución, ser sucesivamente en el mismo día la querida de un mozo de cuerda, de un marqués, de un lacayo, de un fraile, ser sucesivamente por ellos amado, acariciado, deseado, amenazado, golpeado, a veces victorioso en sus brazos, y, otras, víctima a sus pies, enterneciéndolos con caricias, reanimándolos con excesos...!
¡Oh, no, no! Tú no entiendes, Thérèse, lo que significa este placer para una cabeza organizada como la mía... Pero, dejando a un lado la moral, ¡si te imaginaras las sensaciones físicas de ese divino gusto! Es imposible resistirlo... Es un cosquilleo tan vivo, unas titilaciones voluptuosas tan excitantes... pierdes la cabeza... te vuelves loco... Mil besos a cual más tierno no exaltan con suficiente ardor la ebriedad en que nos sumerge un compañero... Estrechado por sus brazos, con las bocas pegadas, nos gustaría que toda nuestra existencia pudiera incorporarse a la suya; nos gustaría formar con él un único ser; si nos atrevemos a quejarnos, es de ser olvidados; nos gustaría que, más robusto que Hércules, nos ensanchara, nos penetrara; que esta preciosa simiente, arrojada ardiendo en el fondo de nuestras entrañas, consiguiera, con su calor y su fuerza, hacer brotar la nuestra en sus manos... No te imagines, Thérèse, que estamos hechos como los demás hombres: se trata de una construcción totalmente diferente, y el cielo al crearnos adornó los altares en donde nuestros enamorados sacrifican con la membrana cosquillosa que tapiza en vosotros el templo de Venus. Somos, sin duda, tan mujeres como vosotras lo sois en el santuario de la generación; y no dejamos de sentir ni uno de vuestros placeres, no hay ni uno del que no sepamos disfrutar; pero tenemos, además, los propios, y esta reunión voluptuosa es lo que nos convierte en los hombres de la Tierra más sensibles a la voluptuosidad, los mejor creados para sentirla. Esta hechicera reunión es la que hace imposible la rectificación de nuestros gustos, lo que nos convertiría en unos entusiastas y en unos frenéticos si se cometiera la estupidez de castigarnos... ¡lo que nos hace adorar, hasta la tumba finalmente, al dios encantador que nos encadena!

Así se expresaba el conde, preconizando sus desmanes. Yo intentaba hablarle del ser al que se lo debía todo, y de los pesares que semejantes extravíos provocaban en su respetable tía, pero sólo descubría en él despecho y malhumor, y sobre todo impaciencia por ver tanto tiempo, en tales manos, unas riquezas que, según decía, debían pertenecerle. Sólo veía en él el odio más inveterado contra una mujer tan honesta, la rebelión más clara contra todos los sentimientos de la naturaleza. ¡,Será cierto, pues, que cuando se ha llegado a transgredir tan formalmente en los propios gustos el sagrado instinto de esta ley, la consecuencia necesaria de este primer crimen en una espantosa inclinación a cometer después todos los demás? A veces me servía de los medios de la religión; casi siempre consolada por ella, intentaba hacer llegar sus dulzuras al alma de aquel perverso, prácticamente segura de atraerle con sus lazos si conseguía hacerle compartir sus atractivos. Pero el conde no me dejó emplear largo tiempo esas armas. Enemigo declarado de nuestros más santos misterios, crítico obstinado de la pureza de nuestros dogmas, antagonista indignado de la existencia de un Ser Supremo, el señor de Bressac, en lugar de dejarse convertir por mí, intentó más bien corromperme.

—Todas las religiones parten de un principio falso, Thérèse —me decía—. Todas suponen como necesario el culto de un Ser creador, pero este creador no existió jamás. Recuerda en eso los sensatos preceptos de aquel «Corazón-de-Hierro» que, según me contaste, había trabajado como yo tu mente. Nada más justo que los principios de ese hombre, y el envilecimiento en que se comete la tontería de mantenerle no le quita el derecho de razonar bien.

»Si todo lo que produce la naturaleza es el resultado de las leyes que la dominan; si su acción y su reacción perpetuas suponen el movimiento necesario para su existencia, ¿en qué queda el soberano dueño que le atribuyen gratuitamente los necios? Eso es lo que te decía tu sabio maestro, querida muchacha. Así pues, ¿qué son las religiones, a partir de ahí, sino el freno con que la tiranía del más fuerte quiso someter al más débil? Imbuido de este designio, se atrevió a decir al que pretendía dominar que un Dios forjaba los grilletes con que la crueldad lo rodeaba; y éste, embrutecido por su miseria, creyó indistintamente todo lo que el otro quiso. ¿Pueden las religiones, nacidas de estas artimañas, merecer algún respeto?
¿Existe una sola, Thérèse, que no lleve el emblema de la impostura y de la estupidez? ¿Qué veo en todas? Unos misterios que hacen estremecer la razón, unos dogmas que insultan la naturaleza, y unas ceremonias grotescas que sólo inspiran mofa y repugnancia. Pero si, entre todas ellas, hay una que merezca más especialmente nuestro desprecio y nuestro odio, Thérèse, ¿no es esta ley bárbara del cristianismo en la que los dos hemos nacido? ¿Existe otra más odiosa?... ¿Alguna que asquee más el corazón y el entendimiento? »¿Cómo unos hombres razonables pueden seguir creyendo en las palabras oscuras, en los supuestos milagros del vil inventor de este culto espantoso? ¿Existió alguna vez un farsante que mereciera más indignación pública? ¡Quién es ese judío leproso que, nacido de una puta y de un soldado, en el más miserable rincón del universo, se atreve a presentarse como la voz de aquel que, según se dice, ha creado el mundo! Estarás de acuerdo conmigo, Thérése, en que para unas pretensiones tan elevadas hacía falta, por lo menos, algunos títulos. ¿Cuáles son los de tu ridículo embajador? ¿Qué hará para demostrar su misión? ¿La tierra cambiará de aspecto; las plagas que la afligen desaparecerán; el sol la iluminará noche y día? ¿Los vicios dejarán de mancharla? ¿Veremos reinar finalmente la felicidad?... Nada de eso, el enviado de Dios se anuncia al universo con juegos de manos, brincos y calambures; el Ministro del cielo se presenta a manifestar su grandeza en la respetable compañía de braceros, de artesanos y de rameras; emborrachándose con unos y acostándose con las otras el amigo de un Dios, Dios también él, decide someter a sus leyes al pecador empedernido; inventando para sus farsas todo lo que puede satisfacer su lujuria o su glotonería así es como el bribón demuestra su misión. En cualquier caso, tiene suerte; se unen al farsante unos cuantos satélites mediocres; se forma una secta; los dogmas de esta canalla consiguen seducir a unos cuantos judíos: esclavos del poder romano, debían abrazar con júbilo una religión que, liberándolos de sus grilletes, sólo los doblegaba al freno religioso. Adivinan sus motivos, desvelan su indocilidad; detienen a los sediciosos; perece su jefe, pero de una muerte excesivamente suave, sin duda, para su tipo de crimen, y por una imperdonable falta de reflexión dejan dispersar a los discípulos de ese patán, en lugar de degollarlos con él. El fanatismo se apodera de las mentes, las mujeres gritan, los locos se agitan, los imbéciles creen, y ya tenemos al más despreciable de los seres, al más torpe de los bribones, al más grosero impostor que jamás haya existido, convertido en Dios, en hijo de Dios, igual a su padre. ¡Todas sus fantasías consagradas, todas sus palabras convertidas en dogmas, y sus simplezas en misterios! ¡El seno de su fabuloso Padre se abre para recibirle, y el Creador, antes único, se convierte en triple para complacer a ese hijo digno de su grandeza! ¿Pero se conformará ese santo Dios con tanto? No, nada de eso, su celeste poder se prestará a favores mucho mayores. Por la voluntad de un sacerdote, o sea, de un truhán cubierto de mentiras y de crímenes, ese gran Dios creador de todo lo que vemos se humillará hasta el punto de descender diez o doce millones de veces cada mañana a un pedazo de harina amasada que, debiendo ser engullido por los fieles, se transmutará inmediatamente en el fondo de sus entrañas en sus más viles excrementos, y eso para la satisfacción de su tierno hijo, odioso inventor de tan monstruosa impiedad, en una cena tabernaria. Pero como lo dijo, así tiene que cumplirse. Dijo: «Este pan que veis será mi carne y como tal la comeréis. Ahora bien, como yo soy Dios, os comeréis a Dios, con lo cual el Creador del cielo y de la Tierra se convertirá, porque yo lo he dicho, en la materia más vil que pueda desprenderse del cuerpo del hombre, y el hombre se comerá a Dios, porque Dios es bueno y es omnipotente». Aunque parezca imposible, estas estupideces se propagan; se atribuye su extensión a su verdad, a su grandeza, a su sublimidad, al poder de quien las introduce, mientras que las causas más simples redoblan su fuerza, y el crédito adquirido por el error sólo encontró a truhanes por una parte y a imbéciles por otra. Esta infame religión llega finalmente al trono, y un emperador débil, cruel, ignorante y fanático revistiéndola con el estandarte real, mancha con ella los dos extremos de la Tierra. Sin embargo, Thérèse, ¿qué peso pueden tener estas razones para una mente analítica y filosófica? ¿Puede ver el sabio otra cosa en este revoltijo de fábulas espantosas que el fruto de la impostura de unos cuantos hombres y la falsa credulidad de muchos más? Si Dios hubiera querido que tuviéramos alguna religión, y fuera realmente poderoso, o, en otras palabras, si fuera realmente un Dios, ¿nos hubiera participado sus órdenes a través de medios tan absurdos?, ¿nos hubiera mostrado cómo había que servirle a través de la voz de un despreciable bandido? Si es supremo, si es poderoso, si es justo, si es bueno, ¿querrá ese Dios del que me hablas enseñarme a servirle y conocerle a través de enigmas y de farsas? Motor soberano de los astros y del corazón de los hombres, ¿no puede instruirnos sirviéndose de los primeros o convencernos grabándose en el segundo? Que acuñe un día en trazos de fuego, en el centro del Sol, la ley que puede complacerle y desee imponernos; al leerla y contemplarla a un tiempo, todos los hombres de un extremo al otro del universo, serán culpables si entonces no la siguen. Pero indicar únicamente sus deseos en un rincón ignorado de Asia; elegir como seguidor al pueblo más trapacero y más visionario; por sustituto, al más vil artesano, al más absurdo y pillo; embrollar hasta tal punto la doctrina que se hace imposible comprenderla; insuflar su conocimiento a un pequeño número de individuos; mantener a los restantes en el error, y castigarlos por haber permanecido en él... ¡No, Thérèse, no, no! Tantas atrocidades no pueden guiarnos; preferiría mil veces morir antes que creerlas. Cuando el ateísmo necesite mártires, que los designe y mi sangre estará dispuesta. Detestemos esos horrores, Thérèse; que los improperios más duros cimenten el desprecio que merecen...

Apenas comenzaba yo a abrir los ojos y ya detestaba estas groseras fantasías; juré entonces que las pisotearía y me prometí no volver jamás a ellas. Imítame, si quieres ser feliz; detesta, abjura y profana al igual que yo tanto el objeto odioso de este culto horrible como el propio culto, creado para una quimera, hecho, como ellas, para ser envilecido por todo lo que pretende alcanzar la sabiduría.

—¡Oh, señor! —contesté llorando—, privaríais a una desdichada de su más dulce esperanza si marchitarais en su corazón esta religión que la consuela. Firmemente encariñada con lo que enseña y absolutamente convencida de que los ataques que recibe sólo son consecuencia del libertinaje y de las pasiones, ¿podría sacrificar a unas blasfemias y a unos sofismas que me horrorizan, la más querida idea de mi espíritu, el más dulce alimento de mi corazón?

Añadí mil razonamientos a éstos, que sólo provocaban la hilaridad del conde; de este modo sus capciosos principios alimentado por una elocuencia más viril, apoyados en lecturas que afortunadamente yo jamás había hecho, atacaban cada día todos los míos, pero sin quebrantarlos. La señora de Bressac, llena de virtud y de piedad, no ignoraba que su sobrino defendía sus extravíos con todas las paradojas de moda. A menudo se quejaba de ello conmigo, y, como se dignaba juzgarme algo más sensata que sus restantes doncellas, le gustaba confiarme sus penas.

No había, sin embargo, límites a las malas acciones de su sobrino. El conde había llegado al punto de no ocultar nada. No sólo había rodeado a su tía de toda la peligrosa chusma que utilizaba para sus placeres, sino que había llevado su osadía hasta el punto de decirle delante de mí que, si seguía contrariando sus gustos, la convencería de los encantos que contenían entregándose a ellos ante sus propios ojos.

Esta conducta me horrorizaba y afligía. Intentaba encontrar en ella motivos para sofocar en mi alma la desdichada pasión que la hacía arder, pero ¿es el amor un mal del que pueda sanarse? Todo lo que intentaba oponerle sólo servía para atizar más vivamente su llama, y el pérfido conde jamás me parecía tan amable como cuando reunía ante mí todo lo que debía empujarme a odiarle.

Ya llevaba cuatro años en aquella casa, siempre perseguida por los mismos pesares y siempre consolada por las mismas dulzuras, cuando aquel hombre abominable, creyéndose al fin seguro de mí, osó desvelarme sus infames intenciones. Vivíamos entonces en el campo, y yo estaba a solas con la condesa: su primera doncella había pedido permiso para seguir en París durante el verano, por unos asuntos de su marido. Una noche, poco después de que me retirara, mientras me refrescaba en un balcón de mi habitación sin decidirme, a causa del extremo calor, a acostarme, de repente el conde llama a la puerta y me ruega que le deje charlar conmigo.

¡Ay de mí! Todos los instantes que me concedía el cruel autor de mis males me parecían demasiado preciosos para que me atreviera a rechazar uno solo; entra, cierra con cuidado la puerta, y sentándose en un sillón a mí lado me dijo con un cierto embarazo:

—Atiéndeme, Thérèse... tengo que contarte unas cosas de la mayor importancia. Júrame que jamás revelarás nada.

—¡Oh, señor! —contesté—, ¿podéis creerme capaz de abusar de vuestra confianza?

—Tú no sabes el peligro que correría si acabaras por demostrarme que me había equivocado al concedértela...

—La peor de todas mis penas sería haberla perdido, no necesito mayores amenazas...

—Pues bien, Thérèse, he condenado mi tía a muerte... y pienso utilizar tu mano para ello.

—¡Mi mano! —exclamé retrocediendo horrorizada...¡Pero, señor!, ¿cómo habéis podido concebir semejante proyecto?... No, no, disponed de mi vida si la queréis, pero no imaginéis jamás que obtendréis de mí el horror que me proponéis.

—Atiende, Thérèse —me dijo el conde, tranquilizándome—, estaba seguro de tu reticencia, pero como eres inteligente estoy convencido de poder vencerla, de demostrarte que este crimen, que te parece tan enorme, sólo es en el fondo una cosa muy sencilla.

»Dos desmanes se ofrecen aquí, Thérèse, a tus ojos poco filosóficos: la destrucción de una criatura que se nos asemeja, y el mal que aumenta esta destrucción, cuando esta criatura está próxima a nosotros. Respecto al crimen de la destrucción de un semejante, tenlo por seguro, querida muchacha, es puramente quimérico. El poder de destruir no se le ha concedido al hombre; posee, como máximo, el de variar las formas, pero no el de aniquilarlas. Ahora bien, cualquier forma es equivalente a los ojos de la naturaleza; nada se pierde en el crisol inmenso donde se ejecutan esas variaciones. Todas las porciones de materia que caen de él resurgen incesantemente bajo otras figuras y, sean cuales fueren nuestros procedimientos sobre eso, ninguno la ultraja sin duda, ninguno es capaz de ofenderla. Nuestras destrucciones reavivan su poder; mantienen su energía, pero ninguna la atenúa, no es contrariada por ninguna. ¿Qué importa a su mano siempre creadora que esta masa de carne que compone hoy un individuo bípedo se reproduzca mañana bajo la forma de mil insectos diferentes? ¿Nos atreveremos a afirmar que la construcción de un animal con dos pies le cuesta más que la de un gusanillo, y que siente por aquél un mayor interés? Si, por consiguiente, el grado de adhesión, o más bien de indiferencia, es el mismo, ¿qué puede importarle que la espada de un hombre convierta a otro hombre en mosca o en hierba? Cuando me hayan convencido de la sublimidad de nuestra especie, cuando me hayan demostrado que es tan importante para la naturaleza que, necesariamente, sus leyes se irritan ante esta transmutación, podré creer entonces que el homicidio es un crimen; pero cuando el estudio más profundo me ha demostrado que todo lo que vegeta en este globo, la más imperfecta de las obras de la naturaleza, tiene un precio equivalente a sus ojos, jamás admitiré que el cambio de uno de esos seres en mil otros pueda alterar en nada sus designios. Entonces me digo: todos los hombres, todos los animales, todas las plantas crecen, se alimentan, se destruyen, se reproducen por los mismos medios, y no reciben jamás una muerte real sino una simple variación en lo que las modifica. Todos, digo, los que aparecen hoy bajo una forma y unos años después bajo otra, pueden, al capricho del ser que quiere moverlos, cambiar mil y mil veces en un día, sin que una sola ley de la naturaleza se vea afectada un solo instante. ¿Qué digo? Sin que este transmutador haya hecho otra cosa que un bien, ya que al descomponer unos individuos cuyas bases vuelven a ser necesarias para la naturaleza, no hace más que devolverle mediante esta acción, impropiamente calificada de criminal, la energía creadora de la que le priva necesariamente aquel que, por una estúpida indiferencia, no se atreve a emprender jamás ninguna alteración. Ay, Thérèse, sólo el orgullo del hombre convirtió el homicidio en crimen. Esta vana criatura, imaginándose la más sublime del globo, creyéndose la más esencial, partió de este falso principio para asegurar que la acción que la destruyera sólo podía ser infame; pero su vanidad y su demencia no cambia en nada las leyes de la naturaleza. No existe ningún ser que no sienta en el fondo de su corazón el deseo más vehemente de deshacerse que aquellos que lo estorban, o de cuya muerte puede sacar algún provecho; y del deseo al hecho, ¿supones tú, Thérèse, que la diferencia es muy grande? Ahora bien, si estas impresiones nos vienen de la naturaleza, ¿es presumible que la irriten? ¿Podría inspirarnos algo que la degradara? ¡Ah!, tranquilízate, querida niña, nosotros no sentimos nada que no le sirva; todos los impulsos que despierta en nosotros son las voces de sus leyes; las pasiones del hombre son los medios que utiliza para alcanzar sus designios. ¿Necesita individuos? Nos inspira el amor, y por tanto la procreación. ¿Precisa destrucciones? Coloca en nuestros corazones la venganza, la avaricia, la lujuria, la ambición, y de ahí los homicidios. Pero siempre ha trabajado en su favor, y nos hemos convertido, sin darnos cuenta, en los crédulos agentes de sus caprichos.

»¡Ah, no, no, Thérèse, no! La naturaleza no abandona en nuestras manos la posibilidad de unos crímenes que turbarían su economía. ¿Es sensato que el más débil pueda realmente ofender al más fuerte? ¿Qué somos respecto a ella? ¿Es posible que, al crearnos, haya depositado en nosotros algo capaz de perjudicarla? ¿Esta imbécil suposición puede avenirse con la manera sublime y segura con que la vemos alcanzar sus fines? Si el homicidio no fuera, ay, una de las acciones del hombre que mejor satisface sus intenciones, ¿permitiría que se realizara? ¿Imitarla puede perjudicarla? ¿Puede ofenderse por ver que el hombre hace a su semejante lo que ella misma le hace todos los días? Ya que está demostrado que sólo puede reproducirse mediante destrucciones, ¿no es actuar de acuerdo con sus miras multiplicarlas incesantemente? En ese sentido, el hombre que se entregue a ello con el mayor ardor será incontestablemente el que mejor la servirá, ya que será aquel que más cooperará con los designios que ella manifiesta en todos los instantes. La primera y más hermosa cualidad de la naturaleza es el movimiento que la agita incesantemente, pero este movimiento no es más que una serie perpetua de crímenes, sólo mediante crímenes lo conserva. Así pues, el ser que más se le parezca y, por consiguiente, el ser más perfecto, será necesariamente aquel cuya agitación más activa será la causa de muchos crímenes, mientras que, repito, el ser inactivo o indolente, es decir, el ser virtuoso, debe de ser para ella, sin duda, el menos perfecto ya que sólo tiende a la apatía, a la tranquilidad, que volvería a sumir incesantemente todo en el caos, si llegara a predominar. Es preciso que el equilibrio se mantenga; sólo los crímenes pueden conseguirlo. Por consiguiente, los crímenes sirven a la naturaleza. Si la sirven, si los exige, si los desea, ¿pueden ofenderla? ¿Y quién puede sentirse ofendido, si ella no lo está?

»En este caso la criatura que destruyo es mi tía... Pero, oh, Thérèse, ¡cuán frívolos son esos vínculos a los ojos de un filósofo! Permíteme que ni te hable de ellos, de lo fútiles que son. Estas despreciables cadenas,

fruto de nuestras leyes y de nuestras instituciones políticas, ¿pueden significar algo a los ojos de la naturaleza?

»Así que deja ahí tus prejuicios, Thérèse, y sírveme: habrás hecho tu fortuna.

—¡Oh, señor! —contesté completamente horrorizada al conde de Bressac—, esta indiferencia que suponéis a la naturaleza sólo obedece a los sofismas de vuestra mente. Dignaos más bien a atender a vuestro corazón, y oiréis como condenará todos los falsos razonamientos del libertinaje. Este corazón, a cuyo tribunal os remito, ¿no es, pues, el santuario donde la naturaleza que ultrajáis quiere que se la escuche y se la respete? Si imprime en él el más fuerte horror por el crimen que preparáis, ¿no admitiréis que es condenable? Sé que ahora os ciegan las pasiones, pero tan pronto como se acallen, ¿hasta qué punto os desgarrarán los remordimientos? Cuanto mayor sea vuestra sensibilidad, más os atormentará su aguijón... ¡Oh, señor! Conservad y respetad los días de nuestra preciosa y tierna amiga; no la sacrifiquéis,
¡la desesperación os haría perecer! Cada día, a cada instante, veríais ante vuestros ojos a la tía querida que vuestro ciego furor habría sepultado en la tumba; oiríais cómo su voz quejumbrosa sigue pronunciando los dulces nombres que alegraban vuestra infancia; se os aparecería en vuestras vigilias y os atormentaría en vuestros sueños; abriría con sus dedos ensangrentados las heridas con que la habríais desgarrado; ni un instante dichoso, a partir de entonces, luciría para vos en la Tierra; todos vuestros placeres quedarían manchados, todas vuestras ideas se turbarían; una mano celeste, cuyo poder desconocéis, vengaría los días que habríais destruido, envenenando todos los vuestros; y sin haber disfrutado de vuestras fechorías, pereceríais del mortal remordimiento de haberos atrevido a realizarlas.

Yo lloraba mientras pronunciaba estas palabras, arrodillada a los pies del conde. Le conjuraba, por todo lo que para él podía haber de más sagrado, a olvidar ese extravío infame que juraba ocultar toda mi vida... Pero yo no conocía al hombre con el que estaba tratando; no sabía hasta qué punto las pasiones reforzaban el crimen en su alma perversa. El conde se levantó fríamente.

—Veo perfectamente que me he equivocado, Thérése —me dijo—. Quizá me siento más molesto por ti que por mí. Da igual, ya encontraré otros medios y tú habrás perdido mucho sin que tu ama haya ganado nada.

Esta amenaza cambió todas mis ideas: al no aceptar el crimen que me proponía, yo arriesgaba mucho por mi cuenta mientras mi señora perecía infaliblemente; consintiendo la complicidad, me ponía a cubierto de las iras del conde, y salvaba probablemente a su tía. Esta reflexión, obra de un instante, me decidió a aceptarlo todo. Pero como un cambio tan repentino habría podido parecer sospechoso, tardé un tiempo en mostrar mi derrota: obligué al conde a repetir más de una vez sus sofismas, y adopté poco a poco la actitud de no saber ya qué responderles. Bressac me creyó vencida, legitimé mi debilidad con la fuerza de su arte y al final me rendí. El conde se arroja a mis brazos. ¡Cómo me habría colmado de satisfacción este gesto si hubiera tenido otra causa!... ¿Qué digo? Ya era demasiado tarde: su horrible comportamiento, sus bárbaros proyectos, habían aniquilado todos los sentimientos que mi débil corazón osaba concebir, y sólo veía en él a un monstruo...

—Tú eres la primera mujer que abrazo —me dijo el conde—, y, a decir verdad, con toda mi alma... Eres deliciosa, hija mía. ¡Al fin un rayo de sabiduría ha penetrado en tu mente! ¡Cómo es posible que esta encantadora cabeza haya permanecido tanto tiempo en las tinieblas!

Y después nos pusimos de acuerdo respecto a los hechos. En más o menos dos o tres días, de acuerdo con las facilidades que yo encontrara, debía disolver una bolsita de veneno, que me entregó Bressac, en la taza de chocolate que la señora tenía por costumbre tomar cada mañana. El conde me cubría de todas las consecuencias, y me entregaba un contrato de dos mil escudos de renta el mismo día de la ejecución. Me firmó estas promesas sin especificar lo que debía llevarme a disfrutarlas, y nos separamos. Ocurrió mientras tanto algo harto singular, muy apropiado para desvelaros el alma atroz del monstruo con el que yo trataba, para que yo interrumpa un minuto, contándooslo, el relato que sin duda esperáis del desenlace de la aventura en la que me había metido.

Dos días después de nuestro pacto criminal, el conde supo que un tío, sobre cuya sucesión no contaba en absoluto, acababa de dejarle ochenta mil libras de renta... ¡Oh, cielos!, me dije al enterarme de la noticia,
¡así es como la justicia celestial castiga la conspiración de fechorías! Y arrepintiéndome inmediatamente de esta blasfemia hacia la Providencia, me arrodillo, pido perdón, y me congratulo de que este inesperado acontecimiento pueda cambiar por lo menos los proyectos del conde... ¡Cuál era mi error!

—¡Oh, mi querida Thérèse! —me dijo acudiendo aquella misma noche a mi habitación—. ¡Cómo llueven sobre mí las prosperidades! Ya te lo he dicho más de una vez: la idea de un crimen, o su ejecución, es el medio más seguro de atraer la felicidad. Así les ocurre, por lo menos, a los malvados.

—¿Cómo, señor? —contesté—. Esta fortuna con la que no contabais ¿no os decide a esperar pacientemente la muerte que queríais precipitar?

—¿Esperar? —replicó bruscamente el conde—, no esperaría ni dos minutos, Thérèse. ¿No te das cuenta de que tengo veintiocho años, y a mi edad es duro esperar?... No, que esto no cambie en nada nuestros proyectos, por favor, y dame el consuelo de verlo todo terminado antes de que volvamos a París... Mañana, pasado mañana a más tardar... Ya estoy impaciente por darte un cuarto de tus rentas... por entregarte el acta que te las garantiza...

Hice cuanto pude por disimular el terror que me inspiraba aquel ensañamiento, y reanudé mis reflexiones de la víspera, convencidísima de que, si no ejecutaba el crimen horrible que me habían encargado, el conde no tardaría en darse cuenta de que le engañaba, y de que, si advertía a la señora de Bressac, fuera cual fuere la decisión que le hiciera tomar la revelación de ese proyecto, el joven conde, viéndose siempre engañado, adoptaría inmediatamente unos medios más seguros que, haciendo perecer igualmente a la tía, me exponían a toda la venganza del sobrino. Me restaba la vía de la justicia, pero nada en el mundo habría podido resolverme a tomarla. Así que me decidí a avisar a la marquesa; de todas las opciones posibles, es la que me pareció mejor y como tal la adopté.

—Señora —dije al día siguiente de mi última entrevista con el conde—, tengo que revelaros algo de la mayor importancia, pero, por mucho que eso pueda interesaros, estoy decidida al silencio si no me dais, antes, vuestra palabra de honor de no demostrar ningún resentimiento a vuestro señor sobrino por lo que tiene la audacia de proyectar... Actuaréis, señora, y tomaréis las medidas que os parezca, pero no diréis palabra. Dignaos a prometérmelo, o me callo.

La señora de Bressac, que creyó que sólo se trataba de alguna de las extravagancias habituales de su sobrino, se comprometió con el juramento que yo le exigía, y se lo revelé todo. La desdichada mujer se fundió en lágrimas al enterarse de esta infamia.

—¡Monstruo! —exclamó—. ¡,Qué he hecho yo si no procurar siempre su bien? Si he pretendido prevenir sus vicios, o corregirlos, ¿qué otro motivo que su felicidad podía obligarme a esta severidad?... Y esta herencia que acaba de recibir, ¡,acaso no se la debe a mis cuidados? ¡Ah, Thérèse, Thérèse, demuéstrame la realidad de este proyecto!... Haz que no pueda dudar de él. Necesito todo lo que pueda acabar de apagar en mí los sentimientos que mi corazón ciego todavía se atreve a conservar hacia este monstruo...

Y entonces le mostré la bolsa de veneno; era difícil presentarle una demostración mejor. La marquesa quiso hacer pruebas. Hicimos tragar una pequeña dosis a un perro que encerramos, y murió al cabo de dos horas con unas espantosas convulsiones. La señora de Bressac, que ya no podía dudar, se decidió. Me ordenó que le entregara el resto del veneno, y escribió inmediatamente a través de un correo al duque de Sonzeval, pariente suyo, que se presentara en secreto al ministro y que le comunicara la atrocidad de un sobrino del que estaba en vísperas de convertirse en víctima; que se proveyera de una carta de encarcelamiento; y que corriera a sus tierras para liberarla lo antes posible del malvado que conspiraba tan cruelmente contra sus días.

Pero el abominable crimen debía consumarse; fue preciso que, por un inconcebible permiso del cielo, la virtud cediera a los esfuerzos de la maldad. El animal sobre el que habíamos efectuado la prueba nos acusó ante el conde. Lo oyó aullar y, sabiendo que ese perro era querido por su tía, preguntó qué le habían hecho. Aquellos a quienes se dirigió, que lo ignoraban todo, no le contestaron con claridad. A partir de ese momento, concibió sospechas; no dijo nada, pero yo le vi turbado. Comuniqué su estado a la marquesa, ella aún se inquietó más, sin poder pensar, de todos modos, en otra cosa que en adelantar la marcha del correo, y en que ocultara aún mejor, si cabía, el objeto de su misión. Contó a su sobrino que lo enviaba en diligencia a París para rogar al duque de Sonzeval que se ocupara inmediatamente de la sucesión del tío del que acababa de heredar, porque si nadie aparecía eran de temer unos procesos. Añadió que pedía al duque que viniera él mismo a rendir cuentas de todo, para que ella se decidiera a irse en compañía de su sobrino, si el caso lo exigía. El conde, demasiado buen fisonomista para no descubrir el malestar en el rostro de su tía y no observar un poco de confusión en el mío, lo aceptó todo y se puso en guardia. Bajo el pretexto de un paseo, se aleja del castillo y espera al correo en un lugar por el que tenía que pasar inevitablemente. Aquel hombre, mucho más suyo que de su tía, no pone ninguna dificultad en entregarle sus misivas, y Bressac, convencido de lo que llama sin duda mi traición, da cien luises al correo con la orden de no regresar jamás a casa de la tía.

Vuelve al castillo, con la rabia en el corazón; sin embargo, se contiene. Me encuentra, me habla como de costumbre, me pregunta si será para mañana, me hace notar que es esencial que se produzca antes de que llegue el duque, y después se acuesta con un aire tranquilo y sin demostrar nada. Yo no supe nada entonces, me engañó por completo. Si el espantoso crimen se consumó, como el conde me contó después, lo cometió él sin duda, pero ignoro cómo. Formulé muchas conjeturas, ¿de qué serviría comunicároslas? Pasemos más bien a la cruel manera con que fui castigada por no haber querido encargarme de él. Al día siguiente de la detención del correo, la señora tomó su chocolate como de costumbre, se levantó, pasó al tocador, me pareció nerviosa y se sentó a la mesa. Así que desaparece, el conde me aborda y, con la mayor de las flemas, me dice:

—Thérèse, he descubierto un medio más seguro del que te había propuesto para llevar a cabo nuestros proyectos, pero exige detalles y no me atrevo a ir tan a menudo a tu habitación. Dirígete a las cinco en punto al extremo del parque, te recogeré y daremos un paseo por el bosque, durante el cual te lo contaré todo.

Le confieso, señora, que sea permiso de la Providencia, sea exceso de candor o sea ceguera, nada me anunció la espantosa desgracia que me esperaba. Yo me creía tan segura del secreto y de las disposiciones de la marquesa, que jamás imaginé que el conde hubiera podido descubrirlas. Sin embargo, me sentía alterada.

«El perjurio es virtud cuando se promete el crimen», ha dicho uno de nuestros poetas trágicos, pero el perjurio siempre es odioso para el alma delicada y sensible que se ve obligada a recurrir a él. Mi papel me alteraba.

En cualquier caso, acudí a la cita. El conde no tarda en aparecer, llega a mí con un aire despreocupado y jovial, y caminamos por el bosque sin hacer otra cosa que reír y bromear, como solía hacer conmigo. Cuando yo quería llevar la conversación al tema que le había hecho pedir nuestro encuentro, me decía siempre que esperara, que temía que nos estuvieran observando, y que todavía no estábamos en lugar seguro. Sin darme cuenta, llegamos a los cuatro árboles donde había sido tan cruelmente amarrada. Al volver a ver aquel lugar, me estremecí; se ofreció entonces ante mis miradas todo el horror de mi destino, y podéis suponer como aumentó mi espanto cuando vi la preparación de aquel lugar fatal. De uno de los árboles colgaban unas cuerdas; tres monstruosos dogos ingleses estaban atados a los otros tres, y parecían estar esperándome para entregarse a la necesidad de comer que anunciaban sus fauces espumeantes y abiertas. Uno de los favoritos del conde los guardaba.

Entonces, el pérfido, utilizando conmigo los más groseros epítetos, me dijo:

—Bribona, ¿reconoces el matorral del que te saqué como una fiera salvaje para devolverte a la vida que habías merecido perder?... ¿Reconoces los árboles donde amenacé con devolverte si alguna vez me obligabas a arrepentirme de mis bondades? ¿Por qué aceptaste los servicios que te pedía contra mi tía si tenías la intención de traicionarme, y cómo has imaginado servir a la virtud arriesgando la libertad de aquel a quien debías la felicidad? Situada necesariamente entre esos dos crímenes, ¿por qué has elegido el más abominable?

—¡Ay de mí! ¿No he elegido el que lo era menos?

—Tenías que negarte —continuó el furioso conde, cogiéndome por un brazo y zarandeándome con violencia—, sí, sin duda, negarte y no aceptar para traicionarme. Entonces el señor de Bressac me contó todo lo que había hecho para sorprender las misivas de la señora, y cómo había nacido la sospecha que le había llevado a desviarlas.

—¿Qué has conseguido con tu falsedad, criatura indigna? —prosiguió—. Has arriesgado tus días sin conservar los de mi tía. El golpe está dado. Mi regreso al castillo me ofrecerá sus frutos. Pero es preciso que perezcas, es preciso que aprendas, antes de expirar, que el camino de la virtud no siempre es el más seguro, y que existen circunstancias en el mundo en las que la complicidad con un crimen es preferible a su delación.

Y sin darme tiempo a contestar, sin demostrar la menor piedad por el cruel estado en que me hallaba, me arrastra hacia el árbol que me estaba destinado y donde aguardaba su favorito.

—Ahí tienes —le dijo— a la que ha querido envenenar a mi tía, y que quizás ya ha cometido el horrible crimen, pese a mis esfuerzos por prevenirla. Sin duda habría hecho mejor en entregarla en manos de la justicia, pero allí habría perdido su vida, y yo quiero dejársela para que sufra más tiempo.

Entonces los dos malvados se apoderan de mí y me desnudan en un instante.

—¡Qué hermosas nalgas! —decía el conde con un tono de la más cruel ironía y manipulándolas con brutalidad—. ¡Qué soberbias carnes!... ¡Un excelente almuerzo para mis dogos! Cuando ya no llevo encima ninguna ropa, me atan al árbol con una cuerda que rodea mi cintura, dejándome los brazos libres para que pueda defenderme lo mejor posible; y por la distancia que dejan a la cuerda puedo avanzar y retroceder unos seis pies. Una vez ahí, el conde, muy excitado, acude a observar mi actitud. Gira a mí alrededor. Por la ruda manera con que me toca, parece que sus manos asesinas quisieran competir con la rabia de los colmillos acerados de sus perros.

—¡Vamos! —le dice a su ayudante—, suelta a los animales, ya es hora.

Les desencadenan, el conde los excita, los tres se arrojan sobre mi desdichado cuerpo. Diríase que se lo reparten para que ninguna de sus partes quede exenta de sus furiosos asaltos. Por mucho que los rechace, me desgarran cada vez con mayor furia, y a lo largo de esta escena horrible, Bressac, el indigno Bressac, como si mis tormentos hubieran encendido su pérfida lujuria... ¡infame!, se ofrecía, examinándome, a las criminales caricias de su favorito.

—Ya basta —dijo, al cabo de unos minutos—, ata a los perros y abandona esta desgraciada a su mala suerte.

—¡Bien, Thérèse! —me dijo en voz baja, rompiendo mis ataduras—. Como ves, a veces la virtud cuesta muy cara. ¿Crees que dos mil escudos de pensión no eran mejor que los mordiscos que ahora te cubren? Pero en el horrible estado en que me encuentro, apenas puedo oírle. Me arrojo a los pies del árbol y estoy a punto de perder el conocimiento.

—Soy muy bueno al salvarte la vida —dice el traidor, al que mis males irritan—, vigila por lo menos el uso que harás de este favor...

Después me ordena que me levante, que recoja mis ropas y que abandone cuanto antes el lugar. Como la sangre mana de todas partes, a fin de que mi vestido, el único que me queda, no se manche, arranco hierba para refrescarme y después secarme, mientras Bressac se pasea de un lado a otro, mucho más ocupado en sus ideas que en mí.

La hinchazón de mis carnes, la sangre que sigue manando, los espantosos dolores que soporto, hacen que me resulte casi imposible la operación de vestirme, sin que en ningún momento el deshonesto hombre que

acaba de situarme en tan cruel estado... él, por el que antes yo habría sacrificado mi vida, se dignara concederme la menor señal de conmiseración. Así que estuve preparada, me dijo:

—Ve donde quieras. Debe quedarte dinero, no te lo quito, pero procura no volver a aparecer por ninguna de mis casas, tanto en la ciudad como en el campo. Hay dos poderosas razones en contra. En primer lugar, conviene que sepas que el proceso que creías terminado no lo está. Se te ha dicho que había sido sobreseído, te han engañado. El decreto sigue vigente. Te dejaban en esta situación para ver cómo te portabas. En segundo lugar, aparecerás públicamente como la asesina de la marquesa. Si sigue en vida, haré que se vaya con esta idea a la tumba, y lo sabrá toda la casa. Así que te enfrentas a dos procesos en lugar de uno, y en lugar de un vil usurero tendrás como adversario a un hombre rico y poderoso, decidido a perseguirte hasta el infierno, si abusas de la vida que su piedad te ha concedido.

—Pero, señor —contesté—, cualesquiera que sean vuestros rigores hacia mí, no temáis nada de mis pasos. He creído que debía actuar contra vos cuando se trataba de la vida de vuestra tía, jamás emprenderé nada cuando sólo se trate de la desdichada Thérèse. Adiós, señor, ¡ojalá vuestros crímenes os hagan tan feliz como tormentos me ocasionan vuestras crueldades! Y sea cual sea la suerte que me depare el cielo, en tanto que quiera conservar mis deplorables días sólo los utilizaré en rezar por vos. El conde alzó la cabeza. No le quedaba más remedio que mirarme ante estas palabras, y como me vio vacilante y cubierta de lágrimas, por el temor de con moverse sin duda, el cruel se alejó y ya no volví a verle. Totalmente entregada a mi dolor, me dejé caer al pie del árbol, y allí, dándoles el más libre curso, hice resonar el bosque con mis gemidos. Abracé la tierra con mi desdichado cuerpo, y regué la hierba con mis lágrimas.

—¡Oh, Dios mío! —exclamé—, vos lo habéis querido; estaba escrito en vuestros eternos decretos que el inocente fuera la presa del culpable. Disponed de mí, Señor, todavía estoy muy lejos de los males que habéis sufrido por nosotros. ¡Ojalá los que yo soporto adorándoos me hagan digna un día de las recompensas que prometéis al débil, cuando os tiene por objeto en sus tribulaciones y os glorifica en sus penas!

Caía la noche. Se me hacía imposible proseguir; apenas podía sostenerme. Dirigí la mirada al matorral donde me había acostado cuatro años antes; como pude me arrastré hasta él y, colocándome en el mismo lugar, atormentada por mis heridas todavía sangrantes, abrumada por los males de mi espíritu y por las penas de mi corazón, pasé la noche más cruel que quepa imaginar.

Como el vigor de mi edad y de mi temperamento me habían devuelto un poco de fuerza al apuntar el día, demasiado asustada por la vecindad de aquel cruel castillo, me alejé rápidamente de él. Abandoné el bosque y, decidida a ocupar, al riesgo que fuera, la primera habitación que encontrara, entré en la aldea de Saint-Marcel, a unas cinco leguas de París. Pregunté por la casa del cirujano y me la indicaron. Le rogué que curara mis heridas y le conté que, al escapar por una historia de amor de la casa de mi madre en París, había sido asaltada de noche por unos bandidos en el bosque que, para vengarse de las resistencias que había opuesto a sus deseos, me habían hecho tratar así por sus perros.

Rodin, así se llamaba aquel artista, me examinó con la mayor atención y no descubrió nada peligroso en mis llagas. Me dijo que habría garantizado devolverme en menos de quince días tan fresca como antes de mi aventura si hubiera llegado a su casa en el mismo instante; pero la noche y la angustia habían emponzoñado las heridas y tardaría un mes en restablecerme. Rodin me alojó en su casa, me dio todos los cuidados posibles, y al día treinta ya no quedaba en mi cuerpo ningún vestigio de las crueldades del señor de Bressac.

Tan pronto como el estado en que me hallaba me permitió tomar aire, mi primera preocupación fue intentar encontrar en la aldea una joven suficientemente hábil e inteligente para ir al castillo de la marquesa para informarme de todas las novedades ocurridas desde mi marcha. La curiosidad no era el verdadero motivo que me impulsaba a este paso. Esta curiosidad, probablemente peligrosa, habría estado con toda seguridad muy fuera de lugar; pero todo lo que había ganado con la marquesa seguía en mi habitación, apenas llevaba seis luises encima, y poseía más de cuarenta en el castillo. No me imaginaba que el conde fuera tan cruel como para negarme lo que me pertenecía tan legítimamente. Persuadida de que pasado el primer furor, no querría cometer conmigo semejante injusticia, escribí una carta lo más conmovedora posible. Le oculté cuidadosamente el lugar donde vivía, y le supliqué que me enviara mis ropas junto con el escaso dinero que tenía en mi habitación. Una campesina de veinticinco años, despierta e inteligente, se encargó de mi carta, y me prometió informarse bajo mano para comunicarme a su vuelta los diferentes temas cuyo esclarecimiento le dejé ver que me resultaba necesario. Le recomendé, por encima de todo, que ocultara el nombre del lugar donde me hallaba, que no hablara de mí para nada, y que dijera que había recibido la carta de un hombre que la traía de más allá de quince leguas. Jeannette se fue, y, veinticuatro horas después, me trajo la respuesta. Todavía existe, aquí está, señora, pero permitidme contaros, antes de leérosla, lo que había ocurrido en casa del conde desde mi ausencia.

La marquesa de Bressac había caído gravemente enferma el mismo día de mi desaparición del castillo, y murió dos días después en medio de unos dolores y unas convulsiones espantosas. Acudieron los parientes, y el sobrino, que parecía sumido en la mayor desolación, pretendió que su tía había sido envenenada por una camarera que se había evadido aquel mismo día. La estaban buscando, y tenían la intención de dar muerte a esa desdichada si la encontraban. Por otra parte, gracias a esta sucesión, el conde acabó siendo mucho más rico de lo que había creído. La caja fuerte, la cartera y las joyas de la condesa, objetos todos ellos de los que no se tenía conocimiento, ponían a su sobrino, al margen de las rentas, en posesión de mas de seiscientos mil francos. En medio de su afectado dolor, al joven le costaba mucho esfuerzo, se decía, ocultar su alegría, y los parientes, convocados para la exhumación del cuerpo exigida por el conde, después de haber deplorado la suerte de la desdichada marquesa, y jurado vengarla si la culpable caía en sus manos, lo dejaron en la plena y tranquila posesión de su maldad. El propio señor de Bressac habló con Jeannette y le formuló varias preguntas, pero como la joven había contestado con tanta franqueza y firmeza, finalmente se decidió a darle su respuesta sin acuciarla más.

—Aquí tenéis esta carta fatal —dijo Thérèse entregándola a la señora de Lorsange—, sí, ahí la tenéis, señora, a veces mi corazón sigue necesitándola, y la conservaré hasta mi muerte. Si podéis, leedla sin estremeceros.

La señora de Lorsange, después de recoger la nota de manos de nuestra bella aventurera, leyó en ella las palabras siguientes:

«La desalmada que ha envenenado a mi tía tiene la osadía de atreverse a escribirme después de su execrable delito. Lo mejor que hace es ocultarme su retiro; puede estar segura de que lo pasará mal si la descubrimos. ¿Qué se atreve a reclamar? ¿Cómo habla de dinero? El que haya podido dejar equivale a los robos que ha cometido, tanto durante su estancia en la casa como al consumar su último crimen. Que evite un segundo envío semejante a éste, pues se le comunica que se arrestaría a su portador hasta que el lugar que encubre a la culpable fuera conocido por la justicia».

—Proseguid, querida niña —dijo la señora de Lorsange devolviendo la nota a Thérèse—, son actitudes que horrorizan. Nadar en oro, y negar a una desdichada que no ha querido cometer un crimen lo que ha ganado legítimamente, es una infamia gratuita que carece de parangón.

—¡Ay, señora! —continuó Thérèse, retomando el hilo de su historia—, pasé dos días llorando con esta malaventurada carta. Gemí mucho más por el comportamiento horrible que demostraba que por los rechazos que contenía. ¡Así que era culpable!, exclamé, ¡denunciada por segunda vez a la justicia por haber sabido respetar en exceso sus leyes! De acuerdo, no me arrepiento: por muchas cosas que puedan ocurrirme, jamás conoceré los remordimientos mientras mi alma siga pura y no haya cometido otro mal que el de haber atendido en exceso los sentimientos equitativos y virtuosos que jamás me abandonarán.

Me resulta imposible creer, sin embargo, que las investigaciones de que me hablaba el conde fueran reales. Eran tan poco verosímiles, resultaba tan peligroso para él hacerme aparecer ante la justicia que supuse que, en el fondo de sí mismo, él debía estar mucho más asustado de verme que yo temblorosa por sus amenazas.

Estas reflexiones me decidieron a seguir donde estaba, e incluso a instalarme allí si era posible, hasta que mis fondos crecieran y me permitieran alejarme. Comuniqué mi proyecto a Rodin, que lo aprobó, y hasta me propuso que permaneciera en su casa; pero antes de contaros la decisión que tomé, es necesario daros una idea de ese hombre y de su entorno.

Rodin era un hombre de cuarenta años, moreno, de cejas espesas, mirada viva, apariencia vigorosa y saludable, pero al mismo tiempo libertina. Muy por encima de su estado, y poseyendo de diez a doce mil libras de rentas, Rodin sólo ejercía el arte de la cirugía por gusto. Tenía una preciosa casa en Saint— Marcel que sólo ocupaba, habiendo perdido a su mujer desde hacía unos años, con dos jóvenes para servirle y su hija. Esta joven, llamada Rosalie, acababa de cumplir catorce años; reunía todos los encantos más atractivos: un talle de ninfa, una cara redonda, fresca, extraordinariamente animada, de rasgos amables y pícaros, la más bonita boca posible, unos grandes ojos negros, llenos de expresión y de sentimiento, unos cabellos castaños que caían hasta su cintura, la piel de un resplandor... de una finura increíbles; además, los más bellos senos del mundo; aparte de la inteligencia, vivacidad, y una de las almas más bellas que haya podido crear la naturaleza. En cuanto a las compañeras con las que debía servir en esta casa, eran dos campesinas, de las que una hacía de gobernanta y la otra de cocinera. La que desempeñaba el primer cometido podía tener veinticinco años, la otra tenía dieciocho o veinte, y ambas eran extraordinariamente bonitas; esta elección despertó mis sospechas sobre el deseo que manifestó Rodin de conservarme. ¿Qué necesidad tiene de una tercera doncella, me decía, y por qué las quiere bonitas? Seguramente, continuaba, en todo eso hay algo poco conforme con las costumbres regulares de las que no quiero apartarme jamás; examinémoslo.

Rogué, en consecuencia, al señor Rodin que me dejara seguir recuperándome una semana más en su casa, asegurándole que antes del final de este período le daría mi respuesta sobre lo que me quería proponer.

Aproveché este intervalo para relacionarme más estrechamente con Rosalie, decidida a no establecerme en casa de su padre mientras hubiera algo en ella que pudiera molestarme. Examinándolo todo con esta intención, descubrí al siguiente día que aquel hombre tenía un arreglo que a partir de entonces me inspiró furiosas sospechas sobre su conducta.

El señor Rodin tenía en su casa una pensión de niños de ambos sexos; había obtenido ese privilegio en vida de su mujer y no creyeron que debían privarle de él cuando la había perdido. Los pupilos del señor Rodin eran poco numerosos, pero escogidos; eran en total catorce muchachas y catorce muchachos. Jamás los admitía con menos de doce años, y siempre eran despedidos a los dieciséis. Nada tan lindo como los adolescentes que admitía Rodin. Si se le presentaba alguno que tuviera algunos defectos corporales, o fuera feo, tenía el arte de rechazarlo con veinte pretextos, siempre teñidos de sofismas a los que nadie podía responder. Así, o el número de sus pensionistas no estaba completo, o lo que había era siempre encantador. Los niños no comían en su casa, pero iban a ella dos veces al día, de siete a once por la mañana y de cuatro a ocho por la tarde. Si hasta entonces todavía no había visto todo este pequeño alboroto era porque, llegada a casa de ese hombre durante las vacaciones, los escolares estaban fuera; reaparecieron en el momento de mi convalecencia.

El propio Rodin se ocupaba de la enseñanza; su gobernanta se encargaba de la de las muchachas, a la que él pasaba así que había terminado la instrucción de los muchachos. Enseñaba a los jóvenes alumnos a escribir, aritmética, un poco de historia, dibujo, música, y no utilizaba para todo eso otros maestros que él.

Manifesté en primer lugar mi asombro a Rosalie de que, ejerciendo su padre la función de cirujano, pudiera al mismo tiempo desempeñar la de maestro de escuela. Le dije que me parecía extraño que, pudiendo vivir acomodadamente sin practicar ninguna de las dos profesiones, se tomara el trabajo de consagrarse a ellas. Rosalie, con la que ya me entendía muy bien, se rió de mi reflexión; la manera como ella acogió lo que le decía me inspiró aún más curiosidad, y le supliqué que se confiara enteramente conmigo.

—Escucha, Thérèse —me dijo la encantadora muchacha con todo el candor de su edad y toda la ingenuidad de su amable carácter—, escucha, te lo contaré todo, veo que eres una joven honesta... incapaz de traicionar el secreto que voy a confiarte. Muy probablemente, querida amiga, mi padre puede prescindir de todo esto, y que ejerza los dos oficios que tú le ves hacer se explica por dos motivos que voy a revelarte. Practica la cirugía por gusto, por el mero placer de realizar en su arte nuevos descubrimientos.

Ha hecho tantos, ha publicado sobre su especialidad unas obras tan apreciadas, que pasa generalmente por ser el hombre más hábil que existe ahora en Francia. Ha trabajado veinte años en París, y se ha retirado al campo por voluntad propia. El verdadero cirujano de Saint—Marcel es un tal Rombeau, que él ha tomado bajo su protección, y al que asocia a sus experiencias. ¿Quieres saber ahora, Thérèse, lo que le lleva a tener pensionistas?... El libertinaje, hija mía, sólo el libertinaje, pasión que él lleva al máximo. Mi padre encuentra en sus escolares de ambos sexos unos objetos que la dependencia somete a sus inclinaciones, y él se aprovecha... Pero ven... sígueme —me dijo Rosalie—, hoy viernes es precisamente uno de los tres días de la semana en que castiga a los que han cometido faltas. En ese tipo de castigo es donde mi padre encuentra sus placeres. Sígueme, te digo, y verás lo que hace. Se puede observar todo desde el cuarto de aseo de mi habitación, contiguo al de sus maniobras. Vayamos allí sin hacer ruido, y procura sobre todo no decir jamás una palabra, tanto de lo que te he contado como de lo que verás.

Era demasiado importante para mí conocer las costumbres del nuevo personaje que me ofrecía un asilo para que descuidase nada de lo que podía desvelármelas. Sigo los pasos de Rosalie, me coloca al lado de un tabique bastante mal hecho que deja, entre los tablones que lo forman, varias rendijas que bastan para distinguir todo lo que ocurre en la habitación vecina.

Apenas nos hemos apostado entra Rodin, trayendo consigo a una muchacha de catorce años, blanca y bonita como el Amor. La pobre criatura hecha un mar de lágrimas, desgraciadamente al corriente de lo que la espera, acompaña gimiendo a su duro maestro, y se arroja a sus pies, implora su perdón, pero Rodin, inflexible, enciende en su propia severidad las primeras chispas de su placer que ya brotan de su corazón a través de sus feroces miradas...

—¡Oh, no, no! —exclama él— ¡No, no! Son ya demasiadas veces lo mismo, Julie. Me arrepiento de mis bondades, sólo han servido para sumirte en nuevas faltas, pero ¿la gravedad de ésta podría dejarme utilizar la clemencia, en el supuesto de que lo quisiera?... ¡Darle una nota a un muchacho al entrar en clase!

—¡Señor, le prometo que no!

—¡Cómo! Yo lo he visto, lo he visto. No te creas nada —me dijo en este momento Rosalie—, son faltas que él inventa para apoyar sus pretextos. Esta pequeña es un ángel y, como se le resiste, la trata con dureza. Y mientras tanto, Rodin, muy nervioso, coge las manos de la muchacha, las sube hasta atarlas a la argolla de una columna colocada en el centro de la cámara de castigo. Julie está indefensa... sólo... su hermosa cabeza lánguidamente vuelta hacia su verdugo, los soberbios cabellos en desorden, y unas lágrimas que inundan el más bello rostro del mundo... el más dulce... el más interesante. Rodin contempla esta escena y se excita. Coloca una venda sobre los ojos que le imploran. Julie ya no ve nada Rodin, más a sus anchas, desprende los velos del pudor, la camisa arremangada bajo el corsé sube hasta la mitad de las caderas... ¡Cuánta blancura, cuántas bellezas! Son rosas deshojadas sobre lirios por las propias manos de las Gracias. ¿Quién será, pues, tan duro como para condenar al tormento unos encantos tan frescos... tan excitantes? ¿Qué monstruo puede buscar el placer en el seno de las lágrimas y del dolor? Rodin la mira... su mirada extraviada le recorre de arriba abajo, sus manos se atreven a profanar las flores que sus crueldades marchitarán. Totalmente de frente, no puede escapársenos ningún gesto. A veces el libertino entreabre y otras oculta los lindos encantos que le fascinan; nos los ofrece bajo todas sus formas, pero sólo se limita a eso. Aunque el auténtico templo del amor esté a su alcance, Rodin, fiel a su culto, no le dirige ni una sola mirada, teme incluso su aparición. Si la actitud lo expone, él lo encubre. La más leve digresión turbaría su homenaje, no quiere que nada lo distraiga... Al fin su furor supera los límites, lo expresa primeramente con insultos, colma de amenazas y de frases soeces a la pobrecita desdichada, temblorosa bajo los golpes con que se ve a punto de ser desgarrada. Rodin ya está fuera de sí, coge un puñado de varas de una cuba, donde adquieren, en el vinagre que las empapa, mayor humedad y penetración...

Vamos —dice acercándose a su víctima—, prepárate, hay que sufrir...

Y el cruel, dejando caer con un brazo vigoroso los haces a plomo sobre todas las partes que se le ofrecen, comienza por asestar veinticinco vergajazos que no tardan en colorear de bermellón el tierno rosicler de esa piel tan fresca.




_________________
avatar
Melita
Admin

Mensajes : 718
Fecha de inscripción : 03/05/2012
Edad : 25
Localización : Cali, Colombia

Ver perfil de usuario http://librosymaslibros.forosactivos.net

Volver arriba Ir abajo

Re: Primera Parte

Mensaje por Melita el Sáb Mayo 05, 2012 9:59 pm

Julie grita... unos gritos tan agudos que desgarraban mi alma... las lágrimas manan bajo su vendas y caen como perlas sobre sus hermosas mejillas. Rodin aún se enfurece más... Lleva sus manos a las partes maltratadas, las toca, las aprieta, parece prepararlas para nuevos asaltos. No tardan en seguir a los primeros, Rodin comienza de nuevo, no asesta un solo golpe que no vaya precedido de un insulto, de una amenaza o de un reproche... aparece la sangre... Rodin se extasía; se deleita contemplando las pruebas palpables de su ferocidad. Ya no puede contenerse, el estado más indecente manifiesta su llama; ya no teme descubrirse del todo. Julie no puede verle... Por un instante se acerca a la brecha, le gustaría encaramarse sobre ella como un vencedor, pero no se atreve. Recomenzando nuevas tiranías, Rodin fustiga con toda su fuerza. Acaba por entreabrir a fuerza de cintarazos el asilo de las gracias y de la voluptuosidad... Está totalmente fuera de sí; su borrachera ha llegado al punto de impedirle el uso de la razón: jura, blasfema, vocifera, nada escapa a sus bárbaros golpes, todo cuanto se ve es tratado con el mismo rigor; pero el malvado consigue dominarse, percibe la imposibilidad de ir más lejos sin el peligro de perder unas fuerzas que le son necesarias para nuevas operaciones.

—Vístete —le dice a Julie, desatándola y vistiéndose también él—. Si vuelves a repetirlo, piensa que no te escaparás con tan poco.

Devuelta Julie a su clase, Rodin va a la de los muchachos. Trae consigo inmediatamente un joven escolar de quince años, hermoso como el día. Rodin lo regaña; más cómodo con él sin duda, lo mima, lo besa mientras le sermonea:

—Mereces ser castigado —le dice—, y lo serás...

Después de estas palabras, supera con el niño todos los límites del pudor. Pero aquí todo le interesa, no se excluye nada, lo velos se alzan, todo se palpa indistintamente. Rodin amenaza, acaricia, besa, insulta. Sus dedos impíos intentan hacer nacer en el muchacho los sentimientos de voluptuosidad que también le exige.

—Vaya —le dice el sátiro, al contemplar su éxito—, te veo en el estado que te había prohibido... Apuesto a que con dos sacudidas mas me lo echarás todo encima...

Harto seguro de las titilaciones que produce, el libertino se acerca para recoger el homenaje, y su boca es el templo ofrecido al dulce incienso. Sus manos provocan los chorros, los atrae, los devora, él mismo está a punto de estallar, pero quiere llegar al final.

—¡Ah! Voy a castigarte por esta tontería —dice levantándose.

Inmoviliza las dos manos del joven y se ofrece por entero el altar donde quiere sacrificar su furor. Lo entreabre, sus besos lo recorren, su lengua se hunde y se pierde en él. Rodin, ebrio de amor y de ferocidad, mezcla ambas expresiones y sentimientos...

—¡Ah!, briboncillo —exclama—, tengo que vengarme de la ilusión que me procuras.

Enarbola las varas. Rodin fustiga; más excitado sin duda que con la vestal, sus golpes se tornan mucho más fuertes y mucho más numerosos; el niño llora, Rodin se extasía, pero nuevos placeres le reclaman, suelta al niño y vuela hacia otros sacrificios. Una chiquilla de trece años sucede al muchacho, y a ésa otro escolar, seguido de una muchacha. Rodin azota a nueve, cinco muchachos y cuatro muchachas; el último es un chiquillo de catorce años, con una cara deliciosa: Rodin quiere disfrutar de él, el escolar se defiende; extraviado por la lujuria, lo azota, y el malvado, que ya está fuera de sí, lanza los chorros espumosos de su llama sobre las partes maltratadas de su joven alumno, lo moja de las caderas a los talones: nuestro corrector, furioso por no haber tenido la fuerza suficiente para contenerse por lo menos hasta el final, suelta al niño de mala gana, y lo devuelve a la clase asegurándole que no le pasará nada. Eso fue lo que escuché y las escenas que me sorprendieron.

—¡Oh, cielos! —le dije a Rosalie cuando las espantosas escenas terminaron—, ¿cómo puede entregarse a semejantes excesos? ¿Cómo puede deleitarse con los tormentos que inflige?

—Aún no lo sabes todo —me contesta Rosalie—; escucha —me dice regresando conmigo a su habitación
—, lo qué has visto puede hacerte entender que, cuando mi padre halla algunas facilidades en sus jóvenes alumnos, lleva sus horrores mucho más lejos. Abusa de las jóvenes de la misma manera que de los muchachos —de aquella criminal manera, me dio a entender Rosalie, que yo misma había pensado llegar a ser víctima con el jefe de los bandidos, en cuyas manos había caído después de mi evasión de la Conciergerie, y con la que había sido manchada por el negociante de Lyon—. Con ello —prosiguió la joven—, las jóvenes no quedan deshonradas, ningún embarazo a temer, y nada les impide encontrar esposo; no hay año que no corrompa así a todos los muchachos, y por lo menos a la mitad de las restantes criaturas. De las catorce muchachas que has visto, ocho ya han sido marchitadas de esta manera, y ha disfrutado de nueve muchachos; las dos mujeres que le sirven son sometidas a los mismos horrores... Oh, Thérèse —añadió Rosalie precipitándose a mis brazos—, oh, querida amiga, yo también, también a mí me ha seducido desde mi tierna infancia; apenas tenía once años cuando ya era su víctima... lo era, ¡ay de mí!, sin poder defenderme...

—Pero, señorita —le interrumpí, asustada...—, ¿y la religión? Os quedaba por lo menos este camino...
¿No podíais consultar con un director y confesárselo todo?

—¡Ah! ¿No sabes, pues, que a medida que nos pervierte, sofoca en nosotros todas las semillas de la religión, y nos prohibe todas sus prácticas?... Y además, ¿qué podía hacer yo? Casi no me ha instruido. Lo poco que me ha contado sobre esas materias sólo ha sido por el temor de que mi ignorancia traicionara su impiedad. Pero jamás me he confesado, nunca he hecho mi primera comunión; sabe ridiculizar tan bien todas estas cosas, absorber en nosotros hasta las menores ideas, que aleja para siempre de sus deberes a las que ha sobornado; o, si se ven obligadas a cumplirlos a causa de su familia, es con una tibieza y una indiferencia tan totales que no teme nada de su indiscreción. Pero convéncete, Thérèse, convéncete con tus propios ojos —prosigue empujándome rápidamente al retrete de donde salíamos— ven, esa habitación en la que castiga a los escolares es la misma en la que disfruta de nosotras; ya ha terminado la clase, es la hora en que, excitado por los preliminares, vendrá a desquitarse de la presión que le impone a veces su prudencia. Regresa al lugar donde estabas, querida amiga, y tus ojos lo descubrirán todo.

Por escasa curiosidad que sintiera por esos nuevos horrores, era mejor para mí, sin embargo, ocultarme en ese retrete que dejarme sorprender con Rosalie durante las clases. Rodin infaliblemente habría concebido sospechas. Así que me siento. Apenas he entrado, aparece Rodin con su hija. La conduce al lugar donde ha estado antes, y acuden también las dos doncellas. Allí, el impúdico Rodin, libre ya de medidas que guardar, se entrega a sus anchas y sin el menor velo a todas las irregularidades de su desenfreno. Las dos campesinas, completamente desnudas, son azotadas con todas las fuerzas. Mientras actúa sobre una, la otra se lo devuelve, y, en el intervalo, abruma con las más sucias caricias, las más desenfrenadas, las más asquerosas, el mismo altar que Rosalie, subida a un sillón, le presenta un poco inclinada. Le llega finalmente el turno a esa desdichada: Rodin la ata al poste como a sus escolares, y mientras que una tras otra, y a veces las dos juntas, sus doncellas le desgarran a él, él azota a su hija y la golpea desde la mitad de los riñones hasta el final de los muslos, extasiándose de placer. Su agitación es extrema, aúlla, blasfema, flagela; apenas sus varas se graban en algún lugar, sus labios se pegan a él. Y el interior del altar, y la boca de la víctima... todo, excepto la parte delantera, todo es devorado a chupetones. Pronto, sin variar de posición, limitándose a situárselo más fácil, Rodin penetra en el asilo estrecho de los placeres; y el mismo trono, durante ese tiempo, es ofrecido a sus besos por su gobernanta, mientras la otra muchacha le azota con todas sus fuerzas. Rodin está en la gloria, atraviesa, desgarra, mil besos a cual más cálido expresan su ardor sobre lo que se ofrece a su lujuria: la bomba estalla, y el embriagado libertino se atreve a saborear los más dulces placeres en el seno del incesto y de la infamia.

Tras esto se marchó a comer: después de tales hazañas, necesitaba reponerse. Por la tarde continuaba tanto la clase como la corrección. De haberlo deseado, podía contemplar las nuevas escenas, pero fueron suficientes para convencerme y decidir mi respuesta a las ofertas de aquel malvado. La época en que debía dársela se aproximaba. Dos días después de estos acontecimientos, él mismo vino a pedírmela a mi habitación. Me sorprendió en la cama. El pretexto de ver si quedaba alguna huella de mis heridas le ofreció, sin que yo pudiera oponerme, el derecho de examinarme desnuda, y como llevaba haciéndolo por lo menos dos veces al día desde hacía un mes, sin que yo hubiera notado en él nada que pudiera herir mi pudor, no creí que debiera resistirme. Pero, esta vez, Rodin tenía otras intenciones: cuando ha llegado al objeto de su culto, pasa uno de sus muslos alrededor de mi cintura, y lo aprieta tanto que me encuentro, por decirlo de algún modo, indefensa.

—Thérèse —me dice entonces paseando sus manos de modo como para despojarme de toda duda—, ya estás restablecida, querida, ahora puedes demostrarme la gratitud que veo que rebosa tú corazón. La manera es fácil, sólo necesito esto —prosiguió el traidor inmovilizándome con todas las fuerzas de que disponía...—. Sí, sólo esto, esta es mi recompensa, nunca exijo otra cosa de las mujeres... Pero — prosiguió— es de los más hermosos que he visto en mi vida... ¡Qué redondeces!... i qué elasticidad!...
¡qué piel tan fina!... ¡Oh, qué ganas tengo de disfrutarlo!...

Al decir eso, Rodin, verosímilmente ya dispuesto a la ejecución de sus proyectos, se ve obligado a soltarme un momento para acabar de realizarlos. Yo aprovecho la libertad que me concede, y, soltándome de sus brazos, le digo:

—Señor, le ruego que se convenza de que no hay nada en el mundo que pueda obligarme a los horrores que parecéis desear. Estoy de acuerdo en que os debo agradecimiento, pero no lo satisfaré al precio de un crimen. Soy pobre y muy desdichada, sin duda; pero no importa, ahí tenéis el escaso dinero que poseo — continué ofreciéndole mi miserable bolsa—, tomad el que consideréis oportuno, y dejadme abandonar esta casa, por favor, ya que estoy en condiciones de hacerlo.

Rodin, sorprendido de una resistencia que no esperaba en una joven desprovista de recursos, y que, según una injusticia común en los hombres, suponía deshonesta por el solo hecho de que se hallaba en la miseria, Rodin, digo, me mira con atención:

—Thérèse —continúa al cabo de un instante—, es bastante inoportuno que te hagas la vestal conmigo... Creo que tenía derecho a algunas complacencias por tu parte. No importa, conserva tu dinero, pero no me abandones. Me satisface mucho tener a una joven decente en mi casa, ¡las que me rodean lo son tan poco!... Ya que si en este caso te muestras tan virtuosa, confío en que lo serás también en todos. Mis intereses coincidirán, mi hija te quiere, acaba de suplicarme hace sólo un momento que te pidiera que no nos abandonaras. Quédate, pues, con nosotros, te invito a ello.

—Señor —le contesté—, no sería feliz. Las dos mujeres que os sirven aspiran a todos los sentimientos que vos queráis concederles. Me verían con celos, y tarde o temprano me vería obligada a abandonaros.
—No te preocupes —me contestó Rodin—, no temas ninguno de los efectos de los celos de estas mujeres. Yo sabré mantenerlas en su sitio guardando el tuyo, y sólo tú poseerás mi confianza sin que ello te procure ningún riesgo. Pero para seguir siendo digna de ella, es bueno que sepas que la primera cualidad que exijo de ti, Thérèse, es una discreción a toda prueba. Aquí ocurren muchas cosas, muchas que contrariarán tus principios virtuosos. Hay que verlo todo, hija mía, oírlo todo, y jamás decir nada... Quédate conmigo, Thérèse.

Quédate, hija mía. Recibiré con alegría que no te marches. En medio de los muchos vicios a que me arrastran un temperamento fogoso, una mente desenfrenada y un corazón muy inclinado al vicio, tendré por lo menos el consuelo de contar con un ser virtuoso cerca de mí, y en cuyo seno me arrojaré como a los pies de un dios, cuando esté ahíto de mis excesos...

«¡Oh, cielos!», pensé en aquel momento, «así que la virtud es necesaria, indispensable para el hombre,
¡ya que el propio vicioso se siente obligado a tranquilizarse con ella, y utilizarla como amparo!» Recordando a continuación las peticiones que me había hecho Rosalie de que no la abandonara, y creyendo descubrir en Rodin algunos buenos principios, me comprometí decididamente a seguir en su casa.

—Thérèse —me dijo Rodin al cabo de unos días—, voy a colocarte al lado de mi hija. Así, no tendrás que mezclarte con mis otras dos doncellas, y te doy trescientas libras de sueldo.

Una colocación semejante era una especie de fortuna en mi situación. Inflamada por el deseo de devolver a Rosalie al bien, y tal vez a su mismo padre, si adquiría algún poder sobre él, no me arrepentí en absoluto de lo que acababa de hacer... Después de hacerme vestir, Rodin me llevó al instante ante su hija, anunciándole que me entregaba a ella. Rosalie me recibió con exaltadas muestras de júbilo, y me instalé inmediatamente.

No pasaron ocho días sin que comenzara a trabajar en las conversiones que deseaba, pero el empecinamiento de Rodin rompía todas mis medidas.

—No creas —contestaba a mis sabios consejos— que la especie de homenaje que he rendido a la virtud en tu persona sea una prueba de que la aprecio, ni de que la prefiero al vicio. Si así lo supusieras, Thérèse, te equivocarías. Aquellos que, a partir de lo que he hecho contigo, sostuvieran por esa actitud la importancia o la necesidad de la virtud, caerían en un gran error, y me molestaría mucho que tú creyeras que esta es mi manera de pensar. La caseta que me sirve de amparo en la caza cuando los rayos ardientes del sol se clavan a plomo en mi persona, no es ciertamente un monumento útil, su necesidad sólo es circunstancial. Yo me expongo a una especie de peligro, encuentro algo que me protege de él, lo utilizo, pero ¿es por ello menos inútil?, ¿puede ser menos despreciable? En una sociedad totalmente viciosa, la virtud no serviría de nada. Como las nuestras no son así, es absolutamente preciso burlarla, o utilizarla, a fin de tener menos que temer de los que la siguen. Si nadie la adoptara, se volvería inútil. Así que no me equivoco cuando sostengo que su necesidad sólo depende de la opinión o de las circunstancias. La virtud no es una cosa de un valor incontestable, sólo es una manera de comportarse, que varía según los climas y que, por consiguiente, no tiene nada de real: eso basta para entender su futilidad. Sólo lo constante es realmente bueno; lo que cambia perpetuamente no puede aspirar al carácter de bondad. He ahí por qué se ha puesto la inmutabilidad en el rango de las perfecciones de lo Eterno. Pero la virtud está totalmente privada de esta característica: no existen dos pueblos en la superficie del globo que sean virtuosos de la misma manera. Así que la virtud no tiene nada de real, nada de intrínsecamente bueno, y no merece para nada nuestro culto. Hay que utilizarla como un apoyo, adoptar astutamente la del país en que se vive, a fin de que los que la practican por gusto, o deben reverenciarla por su condición, nos dejen tranquilos, y a fin de que esta virtud, respetada donde vivís, nos proteja, por su preponderancia como convención social de los atentados de quienes profesan el vicio. Pero repito una vez más que todo eso es circunstancial, y nada de ello asigna un mérito real a la virtud. Virtud que, por otra parte, resulta imposible para determinados hombres. Ahora bien, ¿cómo me convencerás de que una virtud que combate o que contraría las pasiones puede hallarse en la naturaleza? Y si no está ahí, ¿cómo puede ser buena? Serán, sin duda, los hombres movidos por los vicios opuestos a esas virtudes los preferibles, ya que serán los únicos modos... las únicas maneras de ser que se adecuarán mejor a su físico o a sus órganos; existirán, pues, según esta hipótesis, unos vicios muy útiles. No obstante, ¿cómo lo será la virtud si me demuestras que pueden serlo sus contrarios? Te han argumentado en contra de eso que la virtud es útil para los demás, y, en ese sentido, es buena; pues si se da por supuesto que sólo se hace lo que es bueno para los demás, yo, a mi vez, sólo recibiré de ellos el bien. Este razonamiento es un sofisma; a cambio del poco bien que recibo de los demás, debido a que practican la virtud, con la obligación de practicarla a mi vez me creo un millón de sacrificios que no compensan en absoluto. De modo que, al recibir menos de lo que doy, hago un mal negocio; sufro más de las privaciones que soporto por ser virtuoso que bienes recibo de los que lo son; al no ser en absoluto equitativo el acuerdo, no debo someterme a él, y convencido, siendo virtuoso, de no hacer a los demás tanto bien como pesares recibiré obligándome a serlo, ¿no será mejor que renuncie a procurarles una dicha que debe costarme tanto mal? Resta ahora el daño que puedo hacer a los demás siendo vicioso, y el mal que a mi vez recibiré si todo el mundo se me asemeja. Estoy de acuerdo en que al admitir una total circulación de los vicios, corro seguramente un peligro; pero el pesar provocado por lo que arriesgo está compensado por el placer de lo que hago arriesgar a los demás; con lo que ya tenemos la igualdad restablecida, a partir de entonces todo el mundo es más o menos igualmente feliz: cosa que no ocurre, y no podría ocurrir, en una sociedad en la que unos son buenos y los otros malos, porque esta mezcla crea trampas perpetuas que no existen en el otro caso. En la sociedad mezclada, todos los intereses son diversos: ahí está la fuente de una infinidad de desdichas. En la otra asociación, todos los intereses son iguales, cada individuo que la compone está dotado de los mismos gustos, de las mismas inclinaciones, todos caminan hacia el mismo objetivo, todos son dichosos. Pero, os dicen los necios, «el mal no nos hace felices». No, cuando se ha convenido ensalzar el bien; pero despreciad, envileced lo que llamáis el bien, y sólo reverenciaréis lo que cometíais la necedad de llamar el mal. Todos los hombres sentirán placer en cometerlo, no porque esté permitido (eso sería a veces una razón para disminuir su atractivo), sino porque las leyes ya no lo castigarán, y disminuyen, por el temor que inspiran, el placer con que la naturaleza ha dotado al crimen.

»Imagino una sociedad en la que se convenga que el incesto (supongamos este delito entre otros muchos), que el incesto, digo, sea un crimen: los que se entreguen a él serán desdichados, porque la opinión, las leyes, el culto, todo acudirá a condenar sus placeres; y los que deseen cometer este mal, y no se atrevan por culpa de esos frenos, serán igualmente desdichados. Así que la ley que proscriba el incesto, sólo habrá ocasionado infortunados. Que en la sociedad vecina el incesto no sea en absoluto un crimen, los que no lo deseen no serán desdichados, y los que lo deseen serán dichosos. Así que la sociedad que haya permitido esta acción será más conveniente para los hombres que la que la haya convertido en crimen. Ocurre lo mismo con todas las restantes acciones torpemente consideradas como criminales: observándolas bajo este punto de vista, creáis una multitud de desdichados; permitiéndolas, nadie se queja; pues el que ama una acción determinada se entrega a ella en paz, y aquel a quien no le interesa, o permanece en una especie de indiferencia que no es nada dolorosa, o se compensa de la lesión que ha podido recibir por la multitud de otras lesiones con que carga a su vez a aquellos de los que ha tenido queja. Por consiguiente todo el mundo, en una sociedad criminal, se siente o muy feliz, o en un estado de despreocupación que no tiene nada de penoso; así que no hay nada bueno, nada respetable, nada adecuado para causar la felicidad en lo que se denomina la virtud. Que los que la sigan no se enorgullezcan, por tanto, de esta especie de homenaje que el tipo de constitución de nuestras sociedades nos obliga a tributarle: es un asunto meramente circunstancial y convencional; pero, en realidad, este culto es quimérico, y la virtud que lo alcanza un instante no es por ello más hermosa.

Tal era la lógica infernal de las desdichadas pasiones de Rodin, pero Rosalie, más dulce y mucho menos corrompida, Rosalie, que detestaba los horrores a que era sometida, se entregaba más dócilmente a mis opiniones. Yo deseaba ardorosamente hacerle cumplir sus primeros deberes religiosos; para ello habría debido confiarme a algún sacerdote, y Rodin no quería ninguno en su casa; le horrorizaban tanto como el culto que profesaban: por nada en el mundo habría soportado a alguno cerca de su hija; y acompañar a esta joven a un director era igualmente imposible: Rodin jamás dejaba salir a Rosalie sin compañía. Hubo que esperar, pues, a que se presentara alguna ocasión; y, mientras llegaba, yo instruía a la joven. Enseñándole a saborear las virtudes, le descubría las de la religión, le desvelaba sus santos dogmas y sus sublimes misterios: juntaba de tal modo esos dos sentimientos en su joven corazón que los hacía indispensables para la dicha de su vida.

—Señorita —le decía un día recogiendo las lágrimas de su compunción—, ¿puede el hombre cegarse hasta el punto de creer que no está destinado a un fin mejor? ¿No basta con que haya sido dotado del poder y de la facultad de conocer a su Dios para convencerse de que este favor sólo le ha sido concedido para cumplir los deberes que le impone? Ahora bien, ¿cuál puede ser la base del culto debido al Eterno, si no es la virtud de la que él mismo es el ejemplo? ¿Puede el Creador de tantas maravillas tener otras leyes que el bien? Y nuestros corazones ¿pueden complacerle si el bien no es su elemento? Me parece que con las almas sensibles no cabría utilizar otros motivos de amor hacia este Ser supremo que los que inspira la gratitud. ¿No es un favor habernos hecho disfrutar de las bellezas de este universo, y no le debemos alguna gratitud por tal beneficio? Pero una razón aún más poderosa establece y verifica la cadena universal de nuestros deberes; ¿por qué nos negaríamos a cumplir los que exige su ley, si son los mismos que consolidan nuestra dicha con los hombres? ¿No es dulce sentir que nos hacemos dignos del Ser supremo sólo con ejercer las virtudes que deben realizar nuestro contento en la Tierra, y los medios que nos hacen dignos de vivir con nuestros semejantes son los mismos que nos dan después de esta vida la seguridad de renacer al lado del trono de Dios? ¡Ah, Rosalie, cómo se ciegan los que quieren arrebatarnos esta esperanza! Engañados, seducidos por sus miserables pasiones, prefieren negar las virtudes eternas que abandonar lo que puede hacerles dignos de ellas. Prefieren decir: «Nos engañan», que confesar que se engañan ellos mismos. La idea de las pérdidas que deparan turbaría sus indignas voluptuosidades; ¿les parece menos espantoso aniquilar la esperanza del cielo que privarse de lo que debe ganársela? Pero cuando estas tiránicas pasiones se debilitan en ellos, cuando el velo se desgarra, cuando ya nada contraste en su corazón corrompido aquella voz imperiosa de Dios que su delirio desconocía, ¡cómo debe ser, oh,

Rosalie, el cruel retorno a ellos mismos! ¡Y cómo el remordimiento que lo acompaña debe hacerles pagar caro el instante de error que los cegaba! Ese es el estado en el que hay que juzgar al hombre para regular su propia conducta: no es ni en la ebriedad, ni en el arrebato de una fiebre ardiente donde debemos creer lo que dice, sino cuando su razón apaciguada, gozando de toda su energía, busca la verdad, la adivina y la ve. Entonces deseamos por nosotros mismos al Ser santo antes desconocido; le imploramos, nos consuela; le rezamos, nos escucha. ¿Eh? ¿Por qué negaría entonces, por qué desconocería, ese objeto tan necesario para la felicidad? ¿Por qué preferiría decir con el hombre extraviado: «No hay Dios», cuando el corazón del hombre razonable me ofrece, en cualquier instante, las pruebas de la existencia de ese Ser divino? ¿No es mejor, pues, soñar con los locos que pensar justamente con los cuerdos? Todo se desprende, en cualquier caso, de este primer principio: en tanto que existe un Dios, ese Dios merece un culto, y la base principal de ese culto es incontestablemente la virtud.

De estas primeras verdades, yo deducía fácilmente las demás, y Rosalie, deísta, no tardó en ser cristiana. Pero ¿qué medio, repito, para añadir un poco de práctica a la moral? Rosalie, obligada a obedecer a su padre, ya no podía hacerlo sin mostrar repugnancia, y, con un hombre como Rodin, ¿no podía ser eso peligroso? Era intratable; ninguno de mis razonamientos se sostenía contra él, pero, si bien yo no conseguía convencerle, por lo menos no me quebrantaba.

Sin embargo, una escuela semejante, unos peligros tan permanentes y tan reales, me hicieron temblar por Rosalie, hasta el punto que no me creí nada culpable comprometiéndola a escapar de esa casa perversa. Me parecía que existía un menor daño en arrancarla del seno de su incestuoso padre que en dejarla al arbitrio de todos los riesgos que podía correr. Ya había abordado ligeramente esta materia, y puede que no estuviera muy lejos de conseguirlo cuando, de repente, Rosalie desapareció de la casa, sin que me fuera posible saber su paradero. Interrogué a las mujeres de la casa, o al propio Rodin; y me aseguraron que había ido a pasar el verano a casa de una parienta, a diez leguas de allí. Me informé en la vecindad, donde primero se asombraron ante semejante pregunta hecha por alguien de la casa, y luego me contestaron lo mismo que Rodin y sus criadas: la habían visto, la habían abrazado la víspera, el mismo día de su partida; y en todas partes recibía las mismas respuestas. Cuando preguntaba a Rodin por qué me había sido ocultada esta partida, por qué no había seguido a mi ama, me aseguraba que la única razón había sido evitar una escena dolorosa para ambas, y que seguramente no tardaría en ver a la que amaba. Tuve que conformarme con estas respuestas, pero convencerme era más difícil. ¿Era presumible que Rosalie, Rosalie que me quería tanto, hubiera consentido en abandonarme sin decirme una palabra? Y, a partir de lo que yo sabía del carácter de Rodin, ¿no había que temer por la suerte de la desdichada? Así que decidí ponerlo todo en práctica para saber qué había sido de ella, y para conseguirlo todos los medios me parecieron buenos.

Desde la mañana siguiente, hallándome sola en casa, recorro cuidadosamente todos los rincones; creo escuchar unos gemidos en el fondo de una bodega muy oscura... Me acerco, una pila de madera parece ocultar una puerta estrecha y hundida; avanzo apartando todos los obstáculos... se oyen nuevos sonidos; creo descubrir la voz... Pongo mayor atención... ya no dudo.

—¡Thérèse! —escucho finalmente—, oh, Thérèse, ¿eres tú?

—Sí, mi querida y tierna amiga... —exclamo, reconociendo la voz de Rosalie—, sí, soy Thérèse que el cielo envía a ayudarte...

Y mis múltiples preguntas apenas dejan a la cautivadora joven el tiempo de contestarme. Me entero finalmente de que unas horas antes de su desaparición, Rombeau, el amigo, el colega de Rodin, la había examinado desnuda, y que había recibido de su padre la orden de prestarse, con ese Rambeau, a los mismos horrores que Rodin exigía cada día de ella; que se había resistido, pero que Rodin, furioso, la había agarrado y presentado él mismo a los desbordados ataques de su colega; que, después, los dos amigos habían hablado largo rato en voz baja, dejándola siempre desnuda, y apareciendo a intervalos a examinarla de nuevo, a disfrutarla siempre de la misma manera criminal, o maltratarla de cien maneras diferentes; que definitivamente, después de cuatro o cinco horas de esta sesión, Rodin le había dicho que la enviaría al campo a casa de una de sus parientas; pero que era preciso irse inmediatamente y sin hablar con Thérèse, por unas razones que le explicaría al día siguiente en ese lugar, donde no tardaría en acompañarla. Había dado a entender a Rosalie que se trataba de una boda para ella, y que por esa razón su amigo Rambeau la había examinado, a fin de ver si estaba capacitada para ser madre. Rosalie había partido efectivamente acompañada de una anciana; había cruzado la aldea y se había despedido de pasada de varios conocidos; pero al echarse la noche, su guía la había devuelto a la casa de su padre donde había entrado a medianoche. Rodin, que la esperaba, la había agarrado, le había tapado la boca con la mano y, sin decir palabra, la había enterrado en esta bodega; allí, por otra parte, la habían alimentado y tratado bastante bien.

—Me temo lo peor —añadió la pobre muchacha—; el comportamiento de mi padre conmigo desde hace un tiempo, sus discursos, lo que ha precedido al examen de Rambeau, todo, Thérèse, demuestra que esos monstruos quieren utilizarme para algunas de sus experiencias, y terminarán con tu pobre Rosalie.

Tras de las lágrimas que corrieron abundantemente por mis ojos, pregunté a la pobre muchacha si sabía dónde guardaban la llave de la bodega: lo ignoraba, pero no creía, sin embargo, que tuvieran la costumbre de llevársela. La busqué por todas partes; fue inútil; y llegó la hora de reaparecer sin que yo pudiera dar a la querida niña más ayuda que unos consuelos, algunas esperanzas, y lágrimas. Me hizo jurar que volvería al día siguiente; se lo prometí, asegurándole incluso que si, por aquel entonces, no había descubierto nada satisfactorio en lo que la concernía, abandonaría inmediatamente la casa, presentaría una denuncia, y la sustraería, al precio que fuera, a la suerte horrible que la amenazaba. Subo; Rombeau cenaba aquella noche con Rodin. Decidida a todo para esclarecer la suerte de mi ama, me oculto cerca de la habitación donde se hallaban los dos amigos, y su conversación basta para convencerme del proyecto horrible que les ocupa a ambos.

—Jamás —dijo Rodin— la anatomía llegará a su último grado de perfección sin que se realice el examen de los vasos de una niña de catorce o quince años, expirada de una muerte cruel. Sólo de esta contracción podemos obtener un análisis completo de una parte tan interesante.

—Ocurre lo mismo —prosiguió Rombeau— con la membrana que asegura la virginidad; es absolutamente necesaria una muchacha para este examen. ¿Qué se observa en la edad de la pubertad? Nada; las menstruaciones desgarran el himen, y todas las investigaciones son inexactas. Tu hija es exactamente lo que necesitamos; aunque tenga quince años, todavía no ha tenido las primeras reglas; el modo en que hemos gozado de ella no acarrea ningún daño a esta membrana, y la trataremos con toda comodidad. Me encanta que al fin te hayas decidido.

—Así es —replicó Rodin—; es odioso que unas fútiles consideraciones detengan el progreso de las ciencias. ¿Se dejaron los grandes hombres cautivar por tan despreciables cadenas? Y cuando Miguel Ángel quiso pintar un Cristo al natural, ¿se torturó la conciencia por crucificar a un joven, y copiarlo en sus angustias? Pero cuando se trata de los progresos de nuestro arte, ¡de qué gran necesidad deben ser estos mismos medios! ¡Y cómo puede haber el menor mal en permitírselos! Un individuo sacrificado para salvar a un millón; ¿podemos vacilar a este precio? El homicidio tratado por las leyes no tiene nada en común con el que vamos a cometer, y acaso el objetivo de estas leyes, que se consideran tan sabias, ¿no es el sacrificio de uno para salvar a mil?

—Es la única manera de instruirse —dijo Rombeau—, y en los hospitales, donde yo he trabajado toda mi juventud, he visto hacer mil experiencias semejantes. A causa de los vínculos que te encadenan a esta criatura, confieso que temía que te echaras atrás.

—¡Cómo! ¡,Porque es mi hija? ¡Menudo motivo! —exclamó Rodin—. ¡,Qué rango imaginas, pues, que este título debe tener en mi corazón? La contemplo como un poco de semen fructificado con el mismo origen y más o menos el mismo peso que aquel que me gusta perder en mis placeres. Jamás he hecho más caso de uno que de otro. Somos dueños de recuperar lo que hemos dado; jamás el derecho de disponer de sus hijos ha sido negado por ningún pueblo de la Tierra. Los persas, los medas, los armenios, los griegos lo disfrutaban en toda su amplitud. Las leyes de Licurgo, el modelo de los legisladores, no sólo dejaban a los padres todos los derechos sobre sus hijos, sino que condenaban incluso a muerte a aquellos que los padres no querían alimentar, o a los que estaban mal conformados. Una gran parte de los salvajes matan a sus hijos al poco de nacer. Casi todas las mujeres de Asia, de África y de América abortan sin que nadie las censure; Cook descubrió esta costumbre en todas las islas de los mares del Sur. Rómulo permitió el infanticidio; la ley de las Doce Tablas también lo toleró y, hasta Constantino, los romanos exponían o mataban impunemente a sus criaturas. Aristóteles aconseja este supuesto crimen; la secta de los estoicos lo consideraba elogiable; todavía es muy practicado en China. Cada día se encuentran en las calles sobre los canales de Pekín más de diez mil individuos inmolados o abandonados por sus padres, y sea cual sea la edad del hijo, en este sabio imperio, un padre, para librarse de él, sólo necesita ponerlo en manos de un juez. Según las leyes de los partos, se mataba al hijo, a la hija o al hermano, incluso en la edad núbil; César encontró esta costumbre generalizada entre los galos; varios pasajes del Pentateuco demuestran que estaba permitido matar a los hijos en el pueblo de Dios; y el propio Dios, en suma, se lo exigió a Abraham. Durante mucho tiempo se creyó, afirma un famoso moderno, que la prosperidad de los imperios dependía de la esclavitud de los hijos; esta opinión tenía como base los principios de la más sana razón. ¡Sería un contrasentido que un monarca se sintiera autorizado a sacrificar veinte o treinta mil súbditos suyos en un solo día por su propia causa, y un padre no pueda, cuando lo estime conveniente, convertirse en dueño de la vida de sus hijos! ¡Qué absurdo! ¡Qué inconsecuencia y qué debilidad en los que están atados a semejantes cadenas! La autoridad del padre sobre sus hijos, la única real, la única que ha servido de base a todas las demás, nos es dictada por la voz de la misma naturaleza, y el estudio profundo de sus operaciones nos ofrece en todos los instantes ejemplos de ello. El zar Pedro no dudaba en absoluto de este derecho; lo utilizó, y dirigió una declaración pública a todas las jerarquías de su imperio por la que decía que, de acuerdo con las leyes divinas y humanas, un padre tenía el derecho total y absoluto de condenar a muerte a sus hijos, sin apelación ni consulta con nadie. Sólo en nuestra bárbara Francia una falsa y ridícula piedad creyó tener que arrumbar este derecho. No —prosiguió Rodin acaloradamente—, no, amigo mío, jamás entenderé que un padre que quiso dar la vida no sea libre de dar la muerte. El valor ridículo que concedemos a esta vida es lo que nos hace disparatar el tipo de acción que lleva a un hombre a librarse de su semejante. Creyendo que la existencia es el mayor de los bienes, imaginamos estúpidamente que es un crimen sustraerlo a los que la disfrutan; pero el cese de esta existencia, o por lo menos lo que le sigue, no es un mal, de la misma manera que la vida no es un bien; o mejor dicho si nada muere, si nada se destruye, si nada se pierde en la naturaleza, si todas las partes descompuestas de cualquier cuerpo sólo esperan la disolución para reaparecer inmediatamente bajo nuevas formas, ¿qué indiferencia no habrá en la acción del homicidio, y cómo se osará considerarla mal? Aunque sólo se debiera a mi sola fantasía, lo vería como algo de lo más simple: con mucha mayor razón cuando se hace necesaria para un arte tan útil a los hombres...

Cuando puede ofrecer luces tan grandes, ya no es un mal, amigo mío, ya no es una fechoría, es la mejor, la más sabia, la más útil de las acciones, y sólo en negársela podría existir un crimen.

—¡Ah! —dijo Rombeau, lleno de entusiasmo por tan horribles máximas—, estoy de acuerdo contigo, querido mío. Me encanta tu sensatez, pero me asombra tu indiferencia, te creía enamorado.

—¡Yo! ¿Prendado de una joven?... Vamos, Rombeau, suponía que me conocías mejor; me sirvo de esas criaturas cuando no tengo nada mejor; la extrema inclinación que siento por los placeres del tipo que tú me ves saborear me hace apreciar todos los templos donde este tipo de incienso puede ofrecerse, y para multiplicarlos asimilo a veces una joven a un hermoso muchacho; pero por poco que uno de esos individuos hembras haya desgraciadamente alimentado demasiado tiempo mi ilusión, experimento una fuerte repugnancia, y sólo conozco un medio de satisfacerla deliciosamente... Ya me entiendes, Rombeau; Chilperico, el más voluptuoso de los reyes de Francia, pensaba lo mismo. Decía claramente que en último término se podía utilizar una mujer, pero con la expresa condición de exterminarla una vez se hubiera gozado de ella.* Desde hace cinco años esta putita sirve a mis placeres: ya es hora de que pague el cese de mi ebriedad con el de su existencia.

La cena terminaba; por las actitudes de aquellos dos elementos, por sus frases, por sus actos, por sus preparativos, por su estado, en fin, que bordeaba el delirio, vi perfectamente que no había un instante que perder, y que el momento de la destrucción de la desdichada Rosalie estaba fijado para aquella misma noche. Corro a la bodega, decidida a morir o a liberarla.

—Oh, querida amiga —exclamé—, no podemos entretenernos ni un minuto... ¡esos monstruos!... es para esta noche... están a punto de llegar...

Y diciendo eso, hago los más violentos esfuerzos por derribar la puerta. Uno de mis empujones hace caer algo, acerco la mano, es la llave, la recojo, me apresuro a abrir... abrazo a Rosalie, la urjo a escapar, le digo que me siga, se precipita... ¡Santo cielo! estaba escrito que la virtud debía sucumbir, y que los sentimientos de la más tierna compasión serían duramente castigados... Rodin y Rombeau, informados por la gobernanta, aparecen repentinamente; el primero cogió a su hija en el momento en que franqueó el umbral de la puerta, más allá de la cual sólo le faltaban unos pasos para hallar la libertad.

—¿Dónde vas, desgraciada? —exclama Rodin deteniéndola, mientras Rombeau se apodera de mí...—
¡Vaya, vaya! —prosigue mirándome—, ¡esta bribona es la que favorecía tu huida! Thérèse, éste es el resultado de tus grandes principios virtuosos... ¡arrebatar una hija a su padre!

—Sin duda —contesté con firmeza—, y seguiré haciéndolo mientras ese padre sea tan bárbaro como para conspirar contra los días de su hija.

—¡Ah, ah!, espionaje y seducción —continuó Rodin—; ¡los vicios más peligrosos en una criada! Subamos, subamos, hay que juzgar ese caso.

Rosalie y yo, arrastradas por los dos malvados, subimos a los aposentos; las puertas se cierran. La desdichada hija de Rodin es atada a las columnas de una cama, y toda la rabia de esos dementes se dirige contra mí; me veo abrumada por las más duras invectivas, y se dictan las más horribles sentencias; se trata nada menos que de diseccionarme en vida, para examinar los latidos de mi corazón, y realizar sobre esta parte unas observaciones impracticables sobre un cadáver. Mientras tanto me desnudan, y me convierto en la víctima de los manoseos más impúdicos.

—En primer lugar —dice Rombeau—, soy de la opinión de atacar fuertemente la fortaleza que tus buenas acciones respetaron... ¡Es soberbia!, admira la suavidad, la blancura de esas dos medias lunas que impiden la entrada: no hubo jamás virgen más fresca.

—¡Virgen! Casi lo es —dice Rodin—. Sólo una vez, a pesar suyo, la violaron, y a partir de entonces nada. Cédeme el lugar un instante...

Y el cruel introduce el homenaje de esas caricias duras y feroces que degradan al ídolo en lugar de honrarlo. Si allí hubiera habido varas, habría sido cruel mente tratada. Las mencionaron, pero no las encontraron, se contentaron con lo que la mano es capaz de hacer; me dejaron en carne viva... cuanto más me defendía, más me sujetaban; y al ver, no obstante, que iban a decidirse por cosas más serias, me arrojé a los pies de mis verdugos, les ofrecí mi vida, y les pedí el honor.

—Pero si ya no eres virgen —dijo Rombeau—, ¿qué importa? No serás culpable de nada, vamos a violarte como ya lo has sido, y por tanto ni el menor pecadillo sobre tu conciencia; te lo habrán arrebatado todo por la fuerza...

Y el infame, consolándome de tan cruel manera, ya me colocaba sobre un canapé.

—No —dijo Rodin frenando la efervescencia de su compadre de quien yo estaba a punto de convertirme en víctima—, no, no perdamos nuestras fuerzas con esta criatura, piensa que no podemos dejar para otro momento las operaciones proyectadas sobre Rosalie, y necesitamos nuestro vigor para realizarlas: castiguemos de otro modo a esta desdichada. —Diciendo esto, Rodin pone un hierro al fuego—. Sí — prosigue—, castiguémosla mil veces más que si arrebatáramos su vida, marquémosla, manchémosla: este envilecimiento, unido a todas las cicatrices que tiene en el cuerpo, la llevará a la horca o a morir de hambre; por lo menos sufrirá hasta entonces, y nuestra venganza por más prolongada será más deliciosa. Rombeau me coge, y el abominable Rodin me aplica debajo del hombro el hierro candente con que se señala a los ladrones.

—Y ahora que esta puta se atreva a que la vean —prosigue el monstruo—, que se atreva, y mostrando esta letra ignominiosa, legitimaré suficientemente los motivos que me han llevado a despedirla con tanto secreto y prontitud.

Me vendan, me visten, me tonifican con unas gotas de licor, y, aprovechando la oscuridad de la noche, los dos amigos me conducen al linde del bosque y allí me abandonan cruelmente, después de haberme mostrado una vez más el peligro de una recriminación, si me atrevo a realizarla en el estado de envilecimiento en que me hallo.

Cualquier otra persona se habría preocupado muy poco de esta amenaza; dado que me era posible demostrar que el tratamiento que acababa de sufrir no era obra de ningún tribunal, ¿qué podía temer? Pero mi debilidad, mi timidez natural, el miedo a mis infortunios de París y del castillo de Bressac, todo ello me aturdió y me asustó; sólo pensé en huir, mucho más afectada por el dolor de abandonar a una víctima inocente en manos de esos dos depravados dispuestos sin duda a inmolarla, que herida por mis propios males. Más horrorizada, más afligida que físicamente maltratada, me puse en marcha a partir de aquel mismo instante; pero, al no orientarme y no preguntar nada, no hice sino girar alrededor de París, y al cuarto día de mi viaje sólo me encontraba en Lieursaint. Sabiendo que ese camino podía llevarme a las provincias meridionales, decidí entonces seguirlo y alcanzar así, cuando pudiera, esas tierras lejanas, imaginándome que la paz y el reposo tan cruelmente negados en mi patria me esperaban quizás en el extremo de Francia. ¡Error fatal! ¡Cuántos infortunios me quedaban todavía por sufrir!

Por muchas penas que hubiera soportado hasta entonces, conservaba por lo menos mi inocencia. Víctima únicamente de los atentados de vacíos monstruos, prácticamente podía seguir creyéndome dentro de la clase de las jóvenes honradas. En realidad, sólo había sido realmente mancillada por una violación cometida cinco años atrás, cuyas huellas se habían cerrado... Una violación consumada en un instante en que mis sentidos abotargados ni siquiera me habían permitido sentirla. ¡.Qué más podía reprocharme? Nada, ay, nada sin duda, y mi corazón era puro; eso me enorgullecía en exceso, mi presunción tenía que ser castigada, y los ultrajes que me esperaban serían tales que pronto ya no me sería posible, por poco que participara en ellos, albergar en el fondo de mi corazón los mismos motivos de consuelo.

Esta vez llevaba toda mi fortuna encima: unos cien escudos, suma resultante de lo que había salvado de casa de Bressac y de lo que había ganado en la de Rodin. En el colmo de mi infortunio, seguía sintiéndome contenta de que no me hubieran arrebatado esos recursos; me congratulaba de que con la frugalidad, la templanza y la economía a las que estaba acostumbrada, con ese dinero me mantendría por lo menos hasta que me hallara en situación de conseguir alguna nueva colocación. La abominación que acababan de cometer conmigo no se veía; imaginaba que podría disimularla siempre y que esta mancha no me impediría ganarme la vida. Tenía veintidós años, buena salud, una cara que, para mi desdicha, sólo recibía elogios; unas virtudes que, aunque siempre me hubieran perjudicado, seguían consolándome, como acabo de deciros, y me hacían confiar en que al fin el cielo les concedería si no recompensa, por lo menos alguna interrupción a los males que me habían procurado. Llena de esperanza y de coraje, seguí mi camino hasta Sens, donde descansé unos días. En una semana me repuse por entero; tal vez podría encontrar una colocación en esa ciudad, pero imbuida de la necesidad de alejarme, reanudé la marcha con la intención de buscar fortuna en. el Delfinesado; había oído hablar mucho de esa tierra, me imaginaba encontrar en ella la felicidad. Veremos cómo lo conseguí.

En ninguna circunstancia de mi vida, me habían abandonado los sentimientos religiosos. Despreciando los vanos sofismas de los incrédulos, creyéndolos todos emanados del libertinaje mucho más que de una firme persuasión, les oponía mi conciencia y mi corazón, y en ambos encontré todo lo que necesitaba para responder a ellos. Forzada a menudo por mis desdichas a descuidar mis deberes piadosos, reparaba esos errores tan pronto como encontraba la ocasión.

Salí de Auxerre el 7 de agosto, jamás olvidaré la fecha; cuando había recorrido unas dos leguas, y el calor comenzaba a incomodarme, subí a una pequeña prominencia cubierta de un bosquecillo, poco alejada del camino, con la intención de refrescarme y dormitar un par de horas, con menos gasto que en una posada y mayor seguridad que en el camino real; me instalé al pie de una encina, y después de un almuerzo frugal, me entrego a las dulzuras del sueño. Lo había disfrutado largo rato con tranquilidad, cuando al reabrirse

mis ojos me complazco en contemplar el paisaje que se presenta a mí en la lontananza. En medio de un bosque, que se extendía a la derecha, creí ver a unas tres o cuatro leguas de mí un pequeño campanario que se alzaba modestamente en el aire... «¡Amable soledad», me dije, «cómo envidio tu morada! Debes de ser el asilo de algunas dulces y virtuosas reclusas que sólo se ocupan de Dios... de sus deberes; o de algunos santos eremitas consagrados únicamente a la religión... Alejados de esta sociedad perniciosa en la que el crimen vigilando incesantemente en torno de la inocencia la degrada y la aniquila... ¡Ah!, estoy segura de que todas las virtudes deben habitar ahí, y cuando los crímenes del hombre las exilian de la superficie de la Tierra, allí, en ese retiro solitario, es donde van a sepultarse en el seno de unos seres afortunados que las miman y las cultivan día a día.»

Estaba ensimismada en estas reflexiones, cuando una joven de mi edad, que pastoreaba unos corderos en la planicie, se ofreció de repente a mi vista; la interrogo sobre aquella morada, me dice que lo que veo es un convento de benedictinos, ocupado por cuatro solitarios cuya religión, continencia y sobriedad nada iguala. «Una vez por año», me dice la joven, «hay una peregrinación a una Virgen milagrosa, de la que las personas piadosas obtienen cuanto quieren.» Singularmente conmovida por el deseo de ir cuanto antes a implorar algunas ayudas a los pies de esta santa Madre de Dios, le pregunto a la joven si ella quiere acompañarme a rezar; me contesta que le es imposible porque su madre la espera, pero que el camino es fácil. Me lo indica, me asegura que el superior de aquella casa, el más respetable y el más santo de los hombres, me recibirá maravillosamente bien, y me ofrecerá todas las ayudas que pueda necesitar.

—Se llama padre Severino —continuó la joven—; es italiano, pariente próximo del Papa que le colma de favores; es dulce, honesto, servicial, de cincuenta y cinco años de edad, de los que ha pasado más de dos tercios en Francia... Estaréis contenta, señorita —prosiguió la pastora—; os edificaréis en esa santa soledad, y volveréis de ella mejor que nunca.

Inflamando aún más ese relato mi celo, me resultó imposible resistir el violento deseo que sentía de visitar aquella santa iglesia y reparar allí con algunos actos piadosos las negligencias de que era culpable. Por mucha necesidad que tuviera yo misma de caridades, le di un escudo a la joven, y me puse en camino de Santa María de los Bosques: así se llamaba el convento al que dirigía mis pasos.

Tan pronto como hube descendido a la llanura, ya no divisé el campanario; sólo tenía para guiarme el bosque, y comencé entonces a creer que la lejanía de la que había olvidado de informarme era muy diferente al cálculo que había hecho de ella; pero nada me desanima, llego al límite del bosque, y viendo que todavía queda bastante luz, decido sumirme en él, imaginando siempre que conseguiría llegar al convento antes de la noche. Sin embargo ninguna traza humana se presenta ante mis ojos... Ni una casa, y por todo camino un sendero poco hollado que seguía al azar. Había ya recorrido por lo menos cinco leguas y todavía no veía nada delante de mí, cuando, habiendo cesado el astro de iluminar por completo el universo, me pareció escuchar el tañido de una campana... Atiendo, camino hacia el ruido, me apresuro; el sendero se ensancha un poco, descubro al fin unos setos e, inmediatamente después, el convento. Nada tan agreste como aquella soledad, sin ninguna vivienda en la vecindad, la más próxima a seis leguas, y unos bosques inmensos rodeaban la casa por todos lados; estaba situada en una hondonada, había tenido que descender mucho para alcanzarla, y ésa era la razón que me había hecho perder de vista el campanario, una vez llegué a la llanura. La cabaña de un jardinero se levantaba junto a los muros del convento; allí había que dirigirse antes de entrar. Pregunto a esa especie de portero si me permite hablar con el superior; se informa de qué quiero de él; le explico que un deber religioso me atrae a ese piadoso retiro, que me sentiría muy consolada de todos los esfuerzos realizados para llegar allí si pudiera arrojarme un instante a los pies de la milagrosa Virgen y de los santos eclesiásticos en cuya casa se conserva la divina imagen. El jardinero llama, y entra en el convento; pero como es tarde y los padres cenaban, tarda algún tiempo en regresar. Reaparece al fin con uno de los religiosos:

—Señorita —me dice—, ahí tiene al padre Clément, ecónomo de la casa; viene a comprobar si lo que desea merece interrumpir al superior.

Clément, cuyo nombre no se ajustaba de ningún modo a su rostro, era un hombre de cuarenta y ocho años, de una gordura inmensa y una estatura gigantesca, la mirada sombría y feroz, que sólo se expresaba con palabras duras y voz ronca, una verdadera cara de sátiro, el exterior de un tirano; me eché a temblar...

Entonces, sin que me fuera imposible impedirlo, el recuerdo de mis antiguos infortunios se ofreció en rasgos ensangrentados a mi memoria turbada...

—¿Qué deseas? —me dice el monje, con cara de pocos amigos—. ¿Te parece que éstas son horas de acudir a una iglesia con ese aire de aventurera que presentas?

—Santo varón —digo prosternándome—, he creído que siempre era hora de presentarse en la casa de Dios; vengo de muy lejos para llegar a ella, llena de fervor y de devoción, quiero confesarme si es posible, y cuando el interior de mi conciencia os sea conocido, veréis si soy digna o no de prosternarme ante los pies de la santa Imagen.

—Pero no es hora de confesarse —dice el monje suavizándose—; ¿dónde pasarás la noche? No tenemos hospicio... hubiera sido mejor que vinieras por la mañana. Le cuento entonces los motivos que lo habían impedido, y, sin contestarme, Clément se fue a referirlo al superior. Unos minutos después, se abre la iglesia; el propio padre Severino sale a mi encuentro frente a la cabaña del jardinero, y me invita a entrar con 61 en el templo.

El padre Severino, del que conviene daros una idea inmediatamente, era un hombre de cincuenta y cinco años, tal como me habían dicho, pero con una hermosa fisonomía, el aspecto todavía lozano, de complexión vigorosa, membrudo como Hércules, y todo ello sin dureza; una especie de elegancia y de blandura reinaba en su conjunto, y permitía ver que había debido poseer, en su juventud, todos los atractivos que forman un buen mozo. Tenía los ojos más hermosos del mundo, nobleza en las facciones, y el tono más honesto, gracioso y educado. Un cierto acento agradable que no alteraba ninguna de sus palabras permitía reconocer, sin embargo, su patria, y confieso que todas las gracias externas de ese religioso me repusieron un poco del miedo que me había ocasionado el otro.

—Querida hija —me dijo graciosamente—, aunque la hora no sea adecuada, y no tengamos la costumbre de recibir tan tarde, oiré sin embargo tu confesión, y pensaremos después en los medios de hacerte pasar la noche decentemente, hasta el momento en que mañana puedas saludar a la santa Imagen que te ha traído hasta aquí.

Entramos en la iglesia, las puertas se cierran, se enciende una lámpara cerca del confesionario. Severino me dice que me coloque; se sienta y me invita a confiarme a él con total seguridad.

Absolutamente tranquila con un hombre que me parecía tan dulce, después de haberme arrodillado, no le oculto nada. Le confieso todas mis faltas; le comunico todos mis infortunios; le muestro incluso la marca vergonzosa con que me ha señalado el bárbaro Rodin. Severino lo escucha todo con la mayor atención, me hace incluso repetir algunos detalles con aire de piedad y de interés; pero, sin embargo, algunos gestos y algunas palabras lo traicionaron: ¡ay de mí!, sólo después me di cuenta; cuando me sentí más tranquila respecto a este acontecimiento, me resultó imposible no recordar que el monje se había permitido repetidas veces unos gestos que demostraban que la pasión tenía mucho que ver en las preguntas que me hacía, y que esas preguntas no sólo se detenían con complacencia en los detalles obscenos, sino que se demoraban incluso con afectación sobre los cinco puntos siguientes:

Primero, si era cierto que yo era huérfana y nacida en París. Segundo, si era verdad que no tenía parientes, ni amigos, ni protección, ni nadie a quien pudiera escribir. Tercero, si sólo había confiado a la pastora que me había hablado del convento la intención que tenía de ir allí, y si no había acordado con ella reencontrarme a la vuelta. Cuarto, si era cierto que no había visto a nadie después de mi violación, y si estaba segura de que el hombre que había abusado de mí lo había hecho tanto del lado que la naturaleza condena como del que permite. Quinto, si creía que no había sido seguida, y que nadie me había visto entrar en el convento.

Después de haber contestado a esas preguntas, con el aire más modesto, más sincero y más ingenuo, el monje, levantándose y cogiéndome de la mano, me dijo:

—¡Bien! Ven, hija mía, te proporcionaré la dulce satisfacción de comulgar mañana a los pies de la

Imagen que acabas de visitar: comencemos por proveer tus primeras necesidades. Y me lleva al fondo de la iglesia...
—¡Cómo! —le dije entonces con una especie de inquietud que me dominaba a pesar mío...

— ¡Cómo, padre! ¿En el interior del templo?

—¿Dónde si no, encantadora peregrina? —me respondió el monje, introduciéndome en la sacristía...—
¡Acaso tienes miedo de pasar la noche con cuatro santos eremitas!... Oh, ya verás cómo encontraremos los medios de distraerte, querido ángel; y aunque no te procuremos grandes placeres, por lo menos servirás a los nuestros en muy amplia medida.

Estas palabras me sobresaltan; un sudor frío se apodera de mí, me tambaleo; era de noche, ninguna luz guía nuestros pasos, mi imaginación horrorizada me hace ver el espectro de la muerte moviendo su guadaña sobre mi cabeza; mis rodillas flaquean... En este instante el lenguaje del monje cambia de repente, me sostiene, insultándome:

—Puta —me dice—, hay que seguir; no intentes aquí ni quejas ni resistencias, todo sería inútil.

Las crueles palabras me devuelven las fuerzas, siento que estoy perdida si desfallezco; me levanto... —
¡Ay, cielos! —digo al traidor—, ¡tendré que ser de nuevo la víctima de mis buenos sentimientos, será de nuevo castigado como un crimen mi deseo de acercarme a lo que la religión tiene de más respetable!... Seguimos caminando, y nos metemos por pasillos oscuros de los que nada puede hacerme conocer la situación ni las salidas. Yo precedía al padre Severino; su respiración era profunda, no paraba de hablar; parecía borracho; de cuando en cuando, me paraba con el brazo izquierdo enlazado en torno a mi cuerpo, mientras su mano derecha, deslizándose por detrás debajo de mis faldas, recorría con impudor esa parte deshonesta— que, asimilándonos a los hombres, es el único objeto de los homenajes de aquellos que prefieren ese sexo en sus vergonzosos placeres. En varias ocasiones la boca del libertino se atreve incluso a recorrer esos lugares, hasta su reducto más secreto; después reanudamos la marcha. Aparece una escalera; al cabo de treinta o cuarenta escalones, se abre una puerta, unos reflejos de luz golpean mis ojos, entramos en una sala fascinante y magníficamente iluminada; allí veo tres monjes y cuatro muchachas en torno a una mesa servida por otras cuatro mujeres completamente desnudas: el espectáculo me hace temblar. Severino me empuja, y entro en la sala con él.

—Señores —dice al entrar—, permitid que os presente un auténtico fenómeno. Aquí tenéis una Lucrecia que lleva a la vez sobre sus hombros la marca de las mujeres de mala vida, y en la conciencia todo el candor y toda la ingenuidad de una virgen... Una sola violación, amigos míos, y de eso hace seis años; de modo que es casi una vestal... a decir verdad, como tal os la entrego... y, además, de las más hermosas... i Oh! Clément, ¡cómo te perderás en esas bellas masas!... ¡qué elasticidad, amigo mío!, ¡qué encarnación!

—¡Ah!, ¡s...! —dice Clément, medio borracho, levantándose y avanzando hacia mí—; el encuentro es agradable, y quiero examinar los hechos.

Os dejaré el menor tiempo posible en suspenso sobre mi situación, señora, dijo Thérèse, pero la necesidad en que estoy de describir las nuevas personas con las que me encuentro me obliga a cortar por un instante el hilo del relato. Ya conocéis al padre Severino, y sospecháis sus gustos; ¡ay!, su depravación en esa materia era tal que jamás había saboreado otros placeres; y ¡qué inconsecuencia, sin embargo, en las operaciones de la naturaleza, ya que junto a la extravagante fantasía de elegir únicamente los senderos, ese monstruo estaba dotado de facultades tan gigantescas que hasta las rutas más holladas le hubieran parecido demasiado estrechas!





_________________
avatar
Melita
Admin

Mensajes : 718
Fecha de inscripción : 03/05/2012
Edad : 25
Localización : Cali, Colombia

Ver perfil de usuario http://librosymaslibros.forosactivos.net

Volver arriba Ir abajo

Re: Primera Parte

Mensaje por Melita el Sáb Mayo 05, 2012 10:00 pm

Ya os dibujé antes el esbozo de Clément. Sumad, al exterior que he descrito, la ferocidad, la provocación, la trapacería más peligrosa, la intemperancia en todos los puntos, el ingenio satírico y mordaz, el corazón corrompido, los gustos crueles de Rodin con sus escolares, ningún sentimiento, ninguna delicadeza, ni pizca de religión, un temperamento tan gastado que desde hacía cinco años era incapaz de buscar otros placeres que aquellos que le aconsejaba la barbarie, y tendréis la más completa imagen de ese depravado.

Antonin, el tercer actor de las detestables orgías, tenía cuarenta años; pequeño, flaco, muy vigoroso, tan temiblemente dotado como Severino y casi tan malvado como Clément; entusiasta de los placeres de su colega, pero por lo menos entregándose a ellos con una intención menos feroz; pues si Clément, al utilizar la extravagante manía, sólo tenía el objetivo de vejar y de tiranizar a una mujer, sin poder disfrutar de ella de otra manera, Antonin, usándolo con deleite en toda la pureza de la naturaleza, sólo ponía en práctica el episodio flagelante para dar a la que honraba con sus favores más fogosidad y más energía. El uno, en una palabra, era brutal por gusto, y el otro por refinamiento.

Jérôme, el más anciano de los cuatro solitarios, también era el más desenfrenado; todos los gustos, todas las pasiones, todas las desviaciones más monstruosas, se daban cita en el alma de ese fraile; juntaba a los caprichos de los demás el de gustarle recibir en su cuerpo lo que sus compañeros distribuían a las mujeres, y si azotaba (cosa que ocurría frecuentemente) era siempre a condición de ser tratado, a su vez, de igual manera; por otra parte, todos los templos de Venus le resultaban semejantes, pero como sus fuerzas comenzaban a flaquear, prefería de todos modos, desde hacía unos años, aquel que, sin exigir nada del agente, dejaba al otro la tarea de despertar las sensaciones y producir el éxtasis. La boca era su templo favorito y, mientras se entregaba a sus placeres predilectos, una segunda mujer se ocupaba de excitarlo con ayuda de las varas. El _carácter de ese hombre era, además, tan hipócrita y tan malvado como el de los otros, y fuera cual fuese el aspecto que el vicio podía mostrar estaba seguro de encontrar seguidores y templos en esa infernal casa. Lo entenderéis más fácilmente, señora, cuando os explique cómo estaba montada. Se habían reunido unos fondos prodigiosos para dotar a la orden con ese retiro obsceno que contaba con más de cien años de antigüedad, y que estaba siempre ocupado por los cuatro religiosos más ricos, más prominentes de la orden, los de mejor cuna, y de un libertinaje harto importante como para exigir ser sepultados en ese oscuro refugio, del que jamás salía el secreto, como veréis después de las explicaciones que restan por daros. Volvamos a los retratos.

Las ocho mujeres que se hallaban entonces en la cena eran tan dispares por la edad que me resultaría imposible haceros un retrato de conjunto; me veo necesariamente obligada a unos cuantos detalles. Esta singularidad me asombró. Las describiré por el orden de su juventud.

La más joven de las mujeres tenía apenas diez años: una carita agraciada, bonitos rasgos, el aire humillado de su suerte, triste y asustada.

La segunda tenía quince años: la misma turbación en el semblante, el aire del pudor envilecido, pero una cara encantadora, y en su conjunto muy seductora.

La tercera tenía veinte años: digna de un pintor, rubia, los más bellos cabellos del mundo, de finas facciones, regulares y dulces; parecía la más domesticada.

La cuarta tenía treinta años: era una de las más bellas mujeres que jamás había visto; adornada con el candor, la honestidad, la decencia en el porte, y todas las virtudes de un alma dulce.

La quinta era una mujer de treinta y seis años, preñada de tres meses; morena, muy vivaracha, con hermosos ojos, pero que había perdido, por lo que me pareció, cualquier remordimiento, cualquier decencia, cualquier comedimiento.

La sexta era de la misma edad: gruesa como una torre, alta en proporción, con bellos rasgos, un auténtico coloso cuyas formas estaban degradadas por la gordura. Como estaba desnuda cuando la vi, distinguí fácilmente que no había una sola parte de su enorme cuerpo que no mostrara la huella de la brutalidad de los depravados cuyos placeres le hacía servir su mala estrella. La séptima y la octava eran dos bellísimas mujeres de unos cuarenta años.

Prosigamos ahora la historia de mi llegada a aquel impuro lugar.

Como ya os he dicho, entre todos avanzaron hacia mí; Clément es el más atrevido y su infecta boca no

tarda en pegarse a la mía; me aparto con horror, pero me dan a entender que todas mis resistencias no son más que remilgos inútiles, y que lo mejor que puedo hacer es imitar a mis compañeras.

—Ya puedes imaginar —me dice el padre Severino— que no serviría de nada intentar resistirte en el retiro inabordable en que te hallas. Dices que has pasado muchas desgracias; para una joven virtuosa faltaba, sin embargo, la mayor de todas ellas en la lista de tus infortunios. ¿No era ya hora de que esa altiva virtud naufragara?, ¿es posible seguir siendo casi virgen a los veintidós años? Aquí tienes compañeras que, como tú, quisieron resistirse al entrar y que, como tú harás prudentemente, acabaron por someterse cuando vieron que su defensa sólo podía llevarlas a malos tratos. Pues es bueno decírtelo, Thérèse —continuó el superior, mostrándome disciplinas, varas, férulas, azotes, cuerdas y otras mil variedades de instrumentos de tortura...—. Sí, es bueno que lo sepas: eso es lo que utilizamos con las muchachas rebeldes; tú misma comprobarás si merece la pena que te convenzamos de ello. Por otra parte,
¿qué reclamarías aquí? ¿La equidad?, no la conocemos; ¿la humanidad?, nuestro único placer es violar sus leyes; ¿la religión?, no existe para nosotros, nuestro desprecio por ella aumenta debido a que la conocemos más; ¿parientes... amigos... jueces? No hay nada de todo eso en este lugar, querida muchacha; sólo encontrarás aquí el egoísmo, la crueldad, el desenfreno, y la impiedad más argumentada. De modo que tu única salida es la sumisión más absoluta; dirige tus miradas al asilo impenetrable en que te encuentras, jamás ningún mortal apareció por estos lugares; aunque el convento fuera tomado, registrado, quemado, nadie descubriría este retiro: es un pabellón aislado, enterrado, rodeado por todas partes por seis muros de un increíble espesor, y tú estás en él, hija mía, en medio de cuatro libertinos que seguramente no tienen ganas de perdonarte nada y a los que tus ruegos, tus lágrimas, tus palabras, tus genuflexiones o tus gritos sólo conseguirán excitar más. ¿A quién recurrirás, por consiguiente? ¿Será a ese Dios al que acabas de implorar con tanto celo, y que, para recompensarte de tu fervor, te precipita aún con mayor decisión en la trampa? ¿A ese Dios quimérico al que nosotros mismos ofendemos aquí cada día insultando sus vanas leyes?... Date cuenta de una vez, Thérèse, de que no existe ningún poder, sea cual sea la naturaleza que quieras suponerle, que pueda conseguir arrancarte de nuestras manos, y no existe, ni en el orden de las cosas posibles ni en el de los milagros, ningún tipo de medio que pueda conseguirte conservar por más tiempo esta virtud de la que te sientes tan orgullosa; que pueda, en fin, impedir que te conviertas en todos los sentidos, y de todas las maneras, en víctima propiciatoria de los excesos libidinosos a los que los cuatro vamos a abandonarnos contigo... Así que desnúdate, puta, ofrece tu cuerpo a nuestras lujurias, que sea mancillado al instante, o los tratos mas crueles te demostrarán los riesgos en que incurre una miserable como tú al desobedecernos.

Sentía que este discurso... esta orden terrible me dejaba sin recursos; pero ¿no me habría convertido en culpable si no intentara lo que me sugería mi corazón, y aun permitía mi estado? Así que me arrojo a los pies del padre Severino, utilizo toda la elocuencia de un alma desesperada, para suplicarle que no abuse de mi situación. Los lloros más amargos acaban por inundar sus rodillas, y me atrevo a intentar con ese hombre cuanto imagino de más fuerte, cuanto creo más patético... ¿De qué servía todo ello, Dios mío?
¿Acaso podía yo ignorar que las lágrimas son un incentivo más a los ojos del libertino?, ¿podía dudar de que todo lo que hiciera para conmover a esos bárbaros no conseguiría más que excitarlos?...

—Atrápala... —dice Severino enfurecido—, apodérate de ella, Clément, que se desnude en un minuto, y que aprenda que entre personas como nosotros la compasión no sirve para sofocar la naturaleza. Clément echa espumarajos; mis . resistencias lo habían enardecido; me atrapa con un movimiento seco y nervioso; salpicando sus frases y sus gestos con espantosas blasfemias, en un minuto hace saltar mis ropas. — Hermosa criatura —dice el superior paseando sus dedos por mis caderas—; ¡que me aplaste Dios si jamás he visto otra mejor hecha! Amigos —prosigue el monje—, pongamos orden en nuestras acciones; ya conocéis nuestras fórmulas de acogida, que las sufra todas, sin la menor excepción. Y que mientras tanto las otras ocho mujeres se coloquen alrededor de nosotros, para prevenir las necesidades, o para excitarlas.

Inmediatamente forman un círculo, me sitúan en el centro, y allí, durante más de dos horas, soy examinada, valorada, manoseada por los cuatro frailes, recibiendo sucesivamente de cada uno de ellos elogios o críticas.

—Me permitiréis, señora, —dijo sonrojándose nuestra bella prisionera—, ocultaros una parte de los detalles obscenos de la odiosa ceremonia. Que vuestra imaginación suponga todo lo que el desenfreno

puede dictar en tal caso a unos malvados; que los vea pasar sucesivamente de mis compañeras a mí, comparar, relacionar, confrontar, discurrir, y sólo obtendrá verosímilmente una débil imagen de lo que realizaron en estas primeras orgías, muy suaves, sin duda, en comparación con todos los horrores que no tardaría en experimentar.

—Vamos —dice Severino cuyos deseos prodigiosamente exaltados ya no pueden contenerse, y que en este horrible estado parece un tigre dispuesto a devorar a su víctima—, que cada uno de nosotros la someta a su placer favorito.

Y el infame, colocándose en un canapé en la actitud propicia para sus execrables proyectos, haciéndome sostener por dos de sus frailes, intenta solazarse conmigo de aquella manera criminal y perversa que sólo nos hace semejarnos al sexo que no poseemos degradando el propio. Pero, o ese impúdico está demasiado vigorosamente dotado, o la naturaleza se rebela en mí ante la mera sospecha de esos placeres: no consigue vencer los obstáculos; tan pronto como se presenta, es inmediatamente rechazado... Abre, empuja, desgarra, todos sus esfuerzos son inútiles; el furor de ese monstruo se dirige contra el altar que sus deseos no pueden alcanzar; lo golpea, lo pellizca, lo muerde. Nuevas posibilidades nacen del seno de tales brutalidades; las carnes reblandecidas ceden, el sendero se entreabre, el ariete penetra. Yo lanzo unos gritos espantosos. La masa entera no tarda en ser engullida, y la culebra, arrojando inmediatamente un veneno que le arrebata las fuerzas, cede finalmente, llorando de rabia, a los movimientos que yo hago para soltarme. En toda mi vida no había sufrido tanto.

Se adelanta Clément; está armado con varas; sus pérfidas intenciones estallan en sus ojos:

—Me toca a mí —le dice a Severino—, me toca a mí vengaros, padre mío; me toca a mí corregir a esta pécora por resistirse a vuestros placeres.

No necesita que nadie me sostenga; uno de sus brazos me rodea y me aprieta contra una de sus rodillas, de manera que, presionando mi vientre, pone mas al descubierto lo que servirá a sus caprichos. Al principio tantea sus golpes, parece que sólo tenga la intención de prepararse; pronto, inflamado de lujuria, el depravado golpea con todas sus fuerzas: nada queda a salvo de su ferocidad; de la mitad de las caderas hasta las pantorrillas, todo es recorrido por el traidor; atreviéndose a mezclar el amor con esos crueles momentos, su boca se pega a la mía y quiere absorber los suspiros que los dolores me arrancan... Mis lágrimas corren, las devora, sucesivamente besa y amenaza, pero sigue golpeando; mientras actúa, una de las mujeres le excita; arrodillada delante de él, lo trabaja diferentemente con cada una de sus manos, y cuanto más lo consigue, con más violencia me llegan sus golpes. Estoy a punto de ser desgarrada cuando nada anuncia todavía el final de mis males: de nada sirve que se prodigue por todas partes. El final que yo espero sólo dependerá de su delirio. Una nueva crueldad lo determina: mi pecho está a la merced de ese hombre brutal, le excita, hunde en él sus dientes, el antropófago lo muerde: este exceso provoca la crisis, el incienso se escapa. Unos gritos espantosos y unas terribles blasfemias han señalado su arrebato, y el fatigado monje me abandona a Jérôme.

No seré más peligroso para tu virtud que Clément —me dice el libertino acariciando el altar ensangrentado donde acaba de sacrificar el otro fraile—, pero quiero besar esos surcos; si yo también soy capaz de entreabrirlos, les debo algún honor. Quiero aún más —prosigue; hundiendo uno de sus dedos en el lugar donde se había metido Severino—, quiero que la gallina ponga, y quiero devorar su huevo...
¿Está ahí?... ¡Sí, pardiez!... ¡Oh, hija mía, qué delicado es!...

Su boca sustituye los dedos... Me explican lo que tengo que hacer, lo hago con asco. En la situación en que me encuentro, ¡ay de mí, no me está permitido negarme! El indigno está contento... traga, y después, haciéndome arrodillar delante de él, se pega a mí en esa posición; su ignominiosa pasión se satisface en un lugar que me impide cualquier protesta. Mientras actúa así, la mujer gorda lo azota, y otra, situada a la altura de su boca, cumple el mismo deber al que yo he acabado de ser sometida.

No basta —dice el infame—, quiero que cada una de mis manos... siempre nos quedamos cortos...

Las dos jóvenes más bonitas se acercan, obedecen: estos son los excesos a que la saciedad ha conducido a

Jérôme. En cualquier caso, las impurezas le llenan de felicidad, y mi boca, al cabo de media hora, recibe finalmente, con una repugnancia que os será fácil adivinar, el asqueroso homenaje de aquel hombre depravado.

Aparece Antonin.

—Vamos a ver —dice— esta virtud tan pura; estropeada por un solo asalto, ya no debe notarse. Sus armas están en ristre, se serviría gustosamente de los procedimientos de Clément. Ya os he dicho que la fustigación activa le gusta tanto como al otro monje, pero como está apresurado le parece suficiente el estado en que me ha dejado su compañero. Me examina, disfruta, y dejándome en la postura que todos ellos prefieren, manosea un instante las dos medias lunas que impiden la entrada. Zarandea furiosamente los pórticos del templo, no tarda en llegar al santuario: el asalto, aunque tan violento como el de Severino, realizado en un sendero menos estrecho, no es sin embargo tan rudo de soportar. El vigoroso atleta coge mis dos caderas, y supliendo los movimientos que yo no puedo hacer me sacude contra su cuerpo con vigor; diríase, por los esfuerzos redoblados de ese Hércules, que, no contento con ser dueño de la plaza, quiere reducirla a polvo. Unos ataques tan terribles, y tan nuevos para mí, me hacen sucumbir; pero, sin inquietarse por mis penas, el cruel vencedor sólo piensa en aumentar sus placeres; todo le circunda, todo le excita, todo contribuye a sus voluptuosidades. Frente a él, subida a mis caderas, la joven de quince años, con las piernas abiertas, ofrece a su boca el mismo altar en el que realiza su sacrificio conmigo, sorbe gustosamente el precioso jugo de la naturaleza cuya emisión acaba ésta de conceder a la chiquilla. Una de las viejas, arrodillada delante de las caderas de mi vencedor, las mueve, y avivando sus deseos con su lengua impura, consigue su éxtasis, mientras que para calentarse aún más el libertino excita a una mujer con cada una de sus manos. No hay uno de sus sentidos que no sea provocado, ni uno que no contribuya a la perfección de su delirio; lo alcanza, pero mi constante horror por todas sus infamias me impide compartirlo... Lo consigue solo, sus gestos, sus gritos, todo lo anuncia, y me siento inundada, a pesar mío, por las pruebas de una llama que sólo contribuyo a encender en una sexta parte. Me desplomo finalmente sobre el trono donde acabo de ser inmolada, sintiendo únicamente mi existencia a través del dolor y de las lágrimas... de la desesperación y de los remordimientos...

Entonces el padre Severino ordena a las mujeres que me den de comer, pero muy lejos de prestarme a estas atenciones, un acceso de furiosa pena asalta mi alma. Yo, que ponía toda mi gloria, toda mi felicidad, en mi virtud, yo, que me consolaba de todos los males de la fortuna, con tal de ser siempre decente, no puedo soportar la horrible idea de verme tan cruelmente mancillada por aquellos de quienes debía esperar el máximo socorro y consuelo: mis lágrimas manan en abundancia y mis gritos hacen resonar la bóveda. Ruedo por los suelos, me golpeo los pechos, me mesó los cabellos, invoco a mis verdugos, y les suplico que me den muerte... ¿Creeréis, señora, que tan espantoso espectáculo sólo consigue excitarlos más?

—¡Ah! —dice Severino—, nunca he disfrutado de una escena más hermosa. Ved, amigos míos, en qué estado me pone; es increíble lo que consiguen de mí los dolores femeninos.

—Sigamos con ella —dice Clément—, y para enseñarle a gritar de este modo que, en este segundo asalto, la bribona sea tratada con mayor crueldad.

Dicho y hecho; Severino toma la iniciativa pero, por mucho que dijera, sus deseos necesitaban un grado de excitación superior, y, sólo después de haber utilizado los crueles medios de Clément, consiguió reunir las fuerzas necesarias para la realización de su nuevo crimen. ¡Qué exceso de ferocidad, Dios mío! ¡Cómo era posible que esos monstruos la llevaran al punto de elegir el instante de una crisis de dolor moral por la violencia que sentía para hacerme sufrir otro dolor físico tan bárbaro!

—Sería injusto que no utilizara como principal con esta novicia lo que tanto nos sirve como accesorio —
dice Clément comenzando a actuar—, y os aseguro que no la trataré mejor que vosotros.

—Un momento —dice Antonin al superior al que veía a punto de cogerme de nuevo—; mientras vuestro celo va a exhalarse en las partes traseras de esta hermosa joven, me parece que yo puedo incensar al Dios opuesto; la pondremos entre los dos.

Me colocan de tal manera que todavía puedo ofrecer la boca a Jérôme; se lo exigen. Clément se coloca en mis manos; me veo obligada a masturbarlo. Todas las sacerdotisas rodean el espantoso grupo. Cada una de ellas presta a los actores lo que sabe que más debe enardecerlo. Sin embargo, yo soporto todo; el peso entero recae exclusivamente sobre mí. Severino da la señal, los tres restantes no tardan en seguirle, y ya me tenéis, por segunda vez, indignamente mancillada por las pruebas de la repugnante lujuria de unos indignos bribones.

—Es más que suficiente para un primer día —dice el superior—; ahora hay que demostrarle que sus compañeras no son mejor tratadas que ella.

Me suben a un sillón elevado, y, desde allí, me veo obligada a presenciar los nuevos horrores con los que terminan las orgías.

Los frailes forman un pasillo; todas las hermanas desfilan delante, y reciben un azote de cada uno de ellos; después son obligadas a excitar sus verdugos con la boca mientras éstos las atormentan y las insultan.

La más niña, la de diez años, se coloca sobre el canapé, y cada religioso acude a hacerle sufrir el suplicio que prefiera; a su lado se pone la joven de quince años, con la que aquel que acaba de infligir el castigo debe disfrutar inmediatamente a su capricho; hace de comodín: la mas vieja debe acompañar al fraile que actúa, a fin de servirle, bien en esta operación, bien en el acto que debe concluirla. Severino sólo utiliza la mano para golpear a la que se le ofrece, y corre a englutirse en el santuario que le deleita y que le presenta la que han colocado a su lado; armada con un manojo de ortigas, la vieja le devuelve lo que acaba de hacer; del interior de esas dolorosas titilaciones nace la ebriedad del libertino... Preguntado si se consideraría cruel, aducirá que no ha hecho nada que él mismo no haya previamente soportado.

Clément pellizca levemente las carnes de la chiquilla: el goce ofrecido al lado le resulta prohibido, pero le tratan como él ha tratado; y deja a los pies del ídolo el incienso que ya no tiene fuerzas para arrojar dentro del santuario.

Antonin se divierte magullando fuertemente las partes carnosas del cuerpo de su víctima; excitado por los saltos que da, se abalanza a la parte ofrecida a sus placeres predilectos. Es, a su vez, magullado y golpeado, y su ebriedad es el fruto de los tormentos.

El viejo Jérôme sólo se sirve de sus dientes, pero cada mordisco deja una huella de la que la sangre mana inmediatamente; después de una docena, el comodín le presenta la boca; satisface en ella su furia, mientras que él mismo es mordido con idéntica fuerza.

Los monjes beben y recuperan las fuerzas.

La mujer de treinta y seis años, preñada de tres meses, tal como os he contado, es encaramada sobre un pedestal de ocho pies de altura, en el que sólo puede colocar una pierna, viéndose obligada a tener la otra suspendida en el aire; a su alrededor hay unos colchones rellenos de espinos, de acebos, de abrojos, de tres pies de espesor; y se le ha dado una vara flexible para sostenerse. Es fácil ver, por una parte, el esfuerzo que pone en no caer, y, por otra, la imposibilidad de mantener el equilibrio: esta alternativa divierte a los frailes. Alineados los cuatro a su alrededor, cada uno de ellos tiene una o dos mujeres que los excitan de maneras diversas durante el espectáculo. Por muy embarazada que esté, la desdichada permanece en esa actitud durante un cuarto de hora; al fin le fallan las fuerzas, cae sobre los espinos, y nuestros malvados, borrachos de lujuria, ofrecerán por última vez sobre su cuerpo el abominable homenaje de su ferocidad... Luego se retiran.

El superior me confía a manos de aquella mujer, de treinta años de edad, de la que ya os he hablado: la llamaban Omphale. Le habían asignado el cometido de instruirme y de instalarme en mi nuevo domicilio, pero aquella primera noche no vi ni escuché nada. Anonadada y desesperada, sólo quería reposar un poco. Descubrí en la habitación adonde me destinaba a otras mujeres que no estuvieron en la cena; dejé para el día siguiente el examen de todos esos nuevos cuerpos, y sólo me ocupé de buscar un poco de descanso.

Omphale me dejó tranquila, y se acostó en su cama. Así que estoy en la mía, todo el horror de mi suerte se presenta aún más vivamente ante mí; no acababa de creerme todas las abominaciones que había sufrido, ni aquellas de las que había sido testigo. ¡Ay de mí!, si alguna vez mi imaginación se había extraviado por esos placeres, yo los creía castos como el Dios que los inspiraba, ofrecidos por la naturaleza para servir de consuelo a los humanos, los suponía nacidos del amor y de la delicadeza. Estaba muy lejos de creer que el hombre, a ejemplo de los animales feroces, sólo pudiera disfrutar haciendo temblar a su compañera... Después, volviendo sobre la fatalidad de mi suerte... «¡Oh, justo cielo!», me decía, «¡así que ahora es absolutamente cierto que ningún acto virtuoso emanará de mi corazón sin que vaya inmediatamente seguido de un dolor! ¿Y qué daño hacía yo, Dios santo, deseando cumplimentar en este convento algunos deberes religiosos? ¿He ofendido al cielo por querer rezar? ¡Incomprensibles designios de la Providencia, dignaos», proseguí, «mostraros a mis ojos si no queréis que me rebele contra vosotros!» Unas amargas lágrimas siguieron a estas reflexiones, y todavía estaba inundada por ellas cuando se hizo de día; entonces Omphale se acercó a mi cama.

—Querida compañera —me dijo—, vengo a exhortarte que tengas valor. Yo lloré como tú los primeros días, y ahora me he acostumbrado. Tú te acostumbrarás como yo he hecho. Los comienzos son terribles. No es únicamente la necesidad de satisfacer las pasiones de esos depravados lo que constituye el suplicio de nuestra vida, es la pérdida de nuestra libertad, la manera cruel con que se nos trata en esta espantosa casa.

Los infelices se consuelan al ver a otros a su lado. Por agudos que fueran mis dolores, los mitigué un instante, para rogar a mi compañera que me informara de los males que debía esperar.

—Un momento —me dijo mi maestra—, levántate, comencemos por recorrer nuestro retiro, contempla a las nuevas compañeras, y después hablaremos.

Obedeciendo los consejos de Omphale, vi que estaba en una cámara muy grande en la que había ocho camitas de indiana bastante limpias; al lado de cada cama había un cuarto de aseo, pero todas las ventanas que iluminaban tanto los cuartos como la cámara distaban dos metros del suelo y estaban provistos de barrotes por dentro y por fuera. En el centro de la cámara principal había una gran mesa clavada en el suelo, para comer o para trabajar; tres puertas más forradas de hierro cerraban la cámara; ninguna cerradura a nuestro lado, cerrojos enormes al otro.

—¿Esta es nuestra prisión? —le dije a Omphale.

—¡Sí, querida mía! —me contestó—; es nuestra única vivienda; las ocho mujeres restantes tienen cerca de aquí una cámara semejante, y sólo nos comunicamos cuando les place a los monjes reunirnos. Entré en el cuarto de aseo que me estaba destinado; ocupaba unos tres metros cuadrados; la luz procedía, como en la otra habitación, de una ventana altísima y totalmente recubierta de hierro. Los únicos muebles eran un bidé, un lavabo y un retrete. Salí; mis compañeras, impacientes por verme, me rodearon; eran siete: yo hacía la octava. Omphale, que vivía en la otra cámara, sólo estaba en ésta para instruirme; se quedaría allí si yo lo quería, y una de las de esta cámara la sustituiría en la suya; exigí este arreglo, y así se hizo. Pero antes de pasar al relato de Omphale, me parece esencial describiros las siete nuevas compañeras que me deparaba la suerte; lo haré por orden de edad, como en el caso de las primeras. La más joven tenía doce años, una fisonomía muy viva y muy graciosa, los más hermosos cabellos y la boca más bonita.

La segunda tenía dieciséis años; era una de las rubias más hermosas que nunca había visto, unas facciones realmente deliciosas, y todas las gracias, toda la gentileza de su edad, mezcladas con una especie de expresión, fruto de su tristeza, que la hacía aún mil veces más bella.

La tercera tenía veintitrés años; muy bonita, pero un exceso de descaro y de impudor degradaba, en mi opinión, los encantos con que la había dotado la naturaleza.

La cuarta tenía veintiséis años; estaba moldeada como una Venus; con unas formas, sin embargo, un tanto exageradas; una blancura deslumbrante; la fisonomía dulce, franca y risueña, hermosos ojos, la boca un poco grande, pero con una dentadura admirable, y soberbios cabellos rubios.

La quinta tenía treinta y dos años; estaba preñada de cuatro meses, un rostro ovalado, un poco triste, con grandes ojos llenos de expresión, muy pálida, una salud delicada, una voz tierna, y escasa lozanía; libertina por naturaleza: se agotaba, me dijeron, a sí misma.

La sexta tenía treinta y tres años; una mujer alta, bien plantada, el rostro más hermoso del mundo, bellas carnes.

La séptima tenía treinta y ocho años; un auténtico modelo de estatura y de belleza; era la decana de mi cámara; Omphale me previno de su maldad, y principalmente del gusto que sentía por las mujeres.

—Ceder es la auténtica manera de gustarle —me dijo mi compañera—; resistírsele es concitar sobre la propia cabeza todos los males que pueden afligirnos en esta casa. Ya verás qué haces.

Omphale pidió a Ursule, que así se llamaba la decana, permiso para instruirme; Ursule le consintió con la condición de que fuera a besarla. Me acerqué a ella: su lengua impura quiso reunirse con la mía, mientras sus dedos se empeñaban en provocar unas sensaciones que estaba muy lejos de conseguir. A pesar mío, sin embargo, tuve que prestarme a todo, y cuando creyó haber vencido, me despidió a mi cuarto de aseo, donde Omphale me habló de la siguiente manera:

—Todas las mujeres que viste ayer, querida Thérèse, y las que acabas de ver, se dividen en cuatro clases de cuatro mujeres cada una de ellas. La primera es llamada la clase de la infancia: abarca las mujeres desde la más tierna edad hasta los dieciséis años; las distingue un traje blanco.

»La segunda clase, cuyo color es el verde, se llama la clase de la juventud; comprende las mujeres de dieciséis a veinte años.

»La tercera clase es la edad del juicio; viste de azul; va de los veintiuno a los treinta; es en la que estamos nosotras dos.

»La cuarta clase, vestida de castaño dorado, está destinada a la edad madura; la forman todas las que pasan de los treinta años.

»Estas mujeres o bien se mezclan indistintamente en las cenas de los reverendos padres, o aparecen allí por clases: todo depende del capricho de los frailes, pero, al margen de las cenas, están mezcladas en las dos cámaras, como puedes juzgar por las que ocupan la nuestra.

»La instrucción que tengo que darte, me dijo Omphale, se resume en cuatro capítulos principales: en el primero trataremos de lo que se refiere a la casa; en el segundo, pondremos lo que concierne al comportamiento de las mujeres, sus castigos, su nutrición, etcétera, etcétera; el tercer capítulo te instruirá acerca de la organización de los placeres de los monjes, de la manera como las mujeres lo ejecutan; el cuarto te expondrá la historia de las bajas y de los cambios.

»No te describiré en absoluto, Thérèse, los alrededores de esta horrible casa, los conoces tan bien como yo; te hablaré sólo del interior; me lo han mostrado a fin de que pueda dar su imagen a las recién llegadas, de cuya educación me encargo, y quitarles mediante esta descripción cualquier deseo de evadirse. Ayer, Severino te explicó una parte: no te engañó en absoluto, querida mía. La iglesia y el pabellón contiguo forman lo que es propiamente el convento; pero tú ignoras cómo está situado el cuerpo de edificio que habitamos, cómo se llega a él; es así. En el fondo de la sacristía, detrás del altar, hay una puerta oculta en el revestimiento de madera que se abre mediante un resorte; esa puerta es la entrada de un estrecho pasillo, tan oscuro como largo, con unas sinuosidades que tu terror al entrar te impidieron, sin duda, descubrir; al principio ese pasillo desciende, porque es preciso que pase debajo de un foso de diez metros de profundidad, luego sube a lo largo de la anchura del foso, y sólo queda a seis pies debajo del suelo; así es como llega a los subterráneos de nuestro pabellón, alejado del otro aproximadamente un cuarto de legua. Seis espesos recintos impiden que sea posible descubrir el alojamiento, incluso para alguien encaramado al campanario de la iglesia; la razón de eso es muy sencilla: el pabellón es muy bajo, no alcanza los ocho metros, y los recintos, compuestos unos de murallas, otros de seto vivo muy espeso, tienen cada uno de ellos más de quince de altura: desde cualquier lugar que se mire, esta parte sólo puede ser tomada, por tanto, como un bosquecillo, pero jamás como una vivienda; tal como acabo de decir, la salida del oscuro pasillo que te he encionado se efectúa por una trampilla que da a los subterráneos, y de la que es imposible que te acuerdes por el estado en que debías estar al cruzarla. Este pabellón, querida mía, se compone en conjunto de unos subterráneos, una planta baja, un entresuelo y un primer piso; la parte superior es una bóveda muy espesa cubierta por una cubeta de plomo llena de tierra, en la que están plantados unos arbustos siempre verdes que, combinando con los setos que nos rodean, confieren al conjunto un aspecto de macizo aún más real. El subterráneo consta de una gran sala en el centro y ocho gabinetes alrededor, dos de los cuales sirven de calabozos para las mujeres que han merecido tal castigo, y los seis restantes de bodegas; encima se encuentran la sala de las cenas, las cocinas, las antecocinas, y dos gabinetes donde van los frailes cuando quieren aislar sus placeres y saborearlos con nosotras, al margen de las miradas de sus compañeros. El entresuelo se compone de ocho cámaras, cuatro de las cuales disponen de un cuarto de baño; son las celdas donde duermen los monjes, y donde nos introducen cuando su lubricidad nos destina a compartir sus camas; las otras cuatro son las de los hermanos legos, uno de los cuales es nuestro carcelero, el segundo el criado de los frailes, el tercero el cirujano, que tiene en su celda cuanto se necesita para las necesidades urgentes, y el cuarto el cocinero; estos cuatro hermanos son sordomudos; así que difícilmente esperarás de ellos, como ves, consuelo o ayuda; además, jamás se paran con nosotras, y nos está prohibidísimo hablarles. La parte superior del entresuelo forma los dos serrallos; absolutamente idénticos entre sí; son, como ves, una gran cámara en la que hay ocho cuartos de aseo. Así que imagina, querida hija, en el supuesto de que rompiéramos las rejas de nuestras ventanas, y bajáramos por ellas, todavía estaríamos lejos de poder escapar, ya que restarían por franquear cinco setos vivos, una gruesa muralla y un amplio foso: si llegáramos a vencer estos obstáculos, ¿dónde daríamos entonces? En el patio del convento que, cuidadosamente cerrado, no nos ofrecería tampoco en un primer momento una salida muy segura. Confieso que otro medio de evasión, menos peligroso quizá, consistiría en encontrar en los subterráneos la boca del pasillo que conduce a él; pero ¿cómo llegar a esos subterráneos, perpetuamente encerradas como estamos? E incluso en el caso de que halláramos esa abertura, lleva a un rincón perdido, desconocido por nosotras y protegido asimismo por rejas cuya llave sólo tienen ellos. Y si pese a todo llegáramos a vencer todos estos inconvenientes y alcanzáramos el pasadizo, no por ello el camino sería más seguro para nosotras; está lleno de trampas que sólo ellos conocen, y en las que quedarían inevitablemente atrapadas las personas que quisieran recorrerlo sin ellos. Así pues, hay que renunciar a la evasión, es imposible, Thérèse; cree que si fuera practicable, hace mucho tiempo que yo habría abandonado este detestable lugar, pero no se puede. Los que están aquí sólo salen con la muerte; y de ahí nace la impudicia, la crueldad y la tiranía con que nos tratan esos malvados; nada les inflama, nada les excita más la imaginación que la impunidad que les promete este inabordable retiro; seguros de no tener más testigos de sus excesos que las mismas víctimas que los satisfacen, convencidísimos de que sus extravíos jamás serán revelados, los llevan a los más odiosos extremos; liberados del freno de las leyes, después de haber roto los de la religión y desconocer los del remordimiento, no hay atrocidad que no se permitan, y en esta apatía criminal sus abominables pasiones se sienten tan voluptuosamente estimuladas que nada les excita tanto, dicen, como la soledad y el silencio, como la debilidad de una parte y la impunidad de la otra. Los frailes se acuestan regularmente todas las noches en este pabellón, se dirigen a él a las cinco de la tarde, y regresan al convento a la mañana siguiente a eso de las nueve, a excepción de uno que, por turno, pasa aquí el día: se le llama el regente de guardia. Pronto veremos su función. En cuanto a los cuatro hermanos, no se mueven jamás; tenemos en cada cámara un timbre que comunica con la celda del carcelero; sólo la decana tiene derecho a apretarlo, pero cuando lo hace debido a sus necesidades, o a las nuestras, acude al instante. Los propios padres traen al regresar cada día las provisiones necesarias, y las entregan al cocinero que las utiliza de acuerdo con sus órdenes; en los subterráneos hay un manantial, y abundancia de vinos de todo tipo en las bodegas.

»Pasemos al segundo capítulo, que se refiere al comportamiento de las mujeres, a su alimento, a su castigo.

»Nuestro número es siempre el mismo; se toman las disposiciones necesarias para que siempre seamos dieciséis: ocho en cada cámara; y, como ves, siempre con el uniforme de nuestra clase. No acabará el día sin que te den los hábitos de aquella en la que tú ingresas; pasamos todo el día en una bata del color que nos corresponde; de noche, en levita del mismo color, peinadas lo mejor que podemos.

La decana de la cámara tiene todo el poder sobre nosotras, desobedecerla es un crimen; está encargada de la tarea de inspeccionarnos antes de que nos dirijamos a las orgías, y si algo no está en el estado deseado, ella y nosotras somos castigadas. Podemos cometer varios tipos de faltas. Cada una de ellas tiene su castigo especial cuya tarifa se exhibe en las dos cámaras; el regente de día, el que viene, como te explicaré inmediatamente, a darnos órdenes, designar las mujeres de la cena, visitar nuestras habitaciones, y recibir las quejas de la decana, este fraile, digo, es el que reparte de noche el castigo que cada una ha merecido. He aquí el inventario de los castigos al lado de las culpas que nos los procuran.

»No levantarse por la mañana a la hora debida: treinta latigazos (pues casi siempre nos castigan con este suplicio; era bastante lógico que un episodio de los placeres de esos libertinos se convirtiera en su corrección predilecta); ofrecer, bien por error, bien por cualquier otra causa posible, una parte del cuerpo, en el acto de los placeres, distinta a la que deseaban: cincuenta latigazos; ir mal vestida, o mal peinada: veinte latigazos; no haber avisado de que se tiene la regla: sesenta latigazos; el día en que el cirujano ha comprobado tu preñez: cien latigazos; negligencia, imposibilidad, o rechazo en las proposiciones lujuriosas: doscientos latigazos. ¡Y cuántas veces su infernal maldad nos atrapa en falta sobre eso, sin que nosotras tengamos el más mínimo yerro! ¡Cuántas veces uno de ellos pide de repente lo que sabe perfectamente que se acaba de conceder a otro, y que no se puede repetir inmediatamente! No por ello hay que dejar de sufrir el castigo; jamás son escuchadas nuestras protestas, o nuestras quejas; hay que obedecer o aceptar el castigo. Faltas de conducta en la cámara o desobediencia a la decana: sesenta latigazos; la apariencia de lloros, de pena, de remordimiento, la sospecha misma del más mínimo retorno a la religión: doscientos latigazos. Si un monje te elige para saborear contigo la última crisis del placer y él no puede alcanzarla, sea falta suya, cosa que es muy común, o tuya: al acto, trescientos latigazos. La más mínima apariencia de repugnancia a las proposiciones de los monjes, sean de la naturaleza que sean: doscientos latigazos; un intento de evasión, una revuelta: nueve días de calabozo, completamente desnuda, y trescientos latigazos por día; murmuraciones, malos consejos, malas conversaciones entre nosotras, así que son descubiertos: trescientos latigazos; proyectos de suicidio, negativa a alimentarse como es debido: doscientos latigazos; faltar al respeto a los frailes: ciento ochenta latigazos. Esos son nuestros únicos delitos, por el resto podemos hacer lo que queramos, acostarnos juntas, pelearnos, pegarnos, llegar a los últimos excesos de la ebriedad y de la gula, jurar, blasfemar: todo eso da igual, nada se nos dice por esas faltas; sólo somos reprendidas por las que acabo de mencionarte, pero las decanas pueden evitarnos muchos de esos inconvenientes, si quieren. Desgraciadamente, esta protección sólo se compra con unas complacencias a menudo más molestas que las penas por ellas garantizadas; las de ambas salas tienen los mismos gustos, y sólo concediéndoles favores se consigue controlarlas. Si se les niegan, multiplican sin motivo la suma de tus errores, y los monjes a los que servimos, lloviendo sobre mojado, lejos de reprocharles su injusticia, las estimulan incesantemente a repetirla; ellas mismas están sometidas a todas estas reglas, y además muy severamente castigadas, si se las sospecha indulgentes. No es que estos libertinos necesiten todo eso para torturarnos, pero les resulta muy cómodo dotarse de pretextos; este aire de naturalidad presta encantos a su voluptuosidad, y la incrementa. Al entrar aquí cada una de nosotras tiene una pequeña provisión de ropa; nos dan media docena de cada cosa, y nos la renuevan cada año, pero hay que entregar lo que nosotras traemos; no se nos permite conservar nada. Las quejas de los cuatro legos de que te he hablado son atendidas como las de la decana; basta su simple delación para que se nos castigue; pero por lo menos no nos piden nada, y no son tan temibles como las decanas, muy exigentes y muy peligrosas cuando el capricho o la venganza dirige sus comportamientos. Nuestro alimento es muy bueno y siempre muy abundante; si de ello no obtuvieran unas dosis de voluptuosidad, es posible que este tema no funcionara tan bien, pero como sus sucios desenfrenos ganan con ello, no descuidan nada para atiborrarnos de comida: los que prefieren azotamos, nos tienen más rollizas, más gordas, y los que, como te decía Jerôme ayer, prefieren ver poner la gallina, están seguros, mediante una alimentación abundante, de una mayor cantidad de huevos. En consecuencia, nos sirven cuatro veces al día; para desayunar, entre las nueve y las diez, nos dan siempre un ave con arroz, frutas frescas o compotas, té, café o chocolate; a la una se nos sirve el almuerzo; cada mesa de ocho es servida de igual manera: un sabroso potaje, cuatro entrantes, un asado y cuatro dulces; postres en cualquier estación. A las cinco y media, se sirve la merienda: pasteles o frutas; la cena es sin duda excelente, si es la de los monjes; si no asistimos a ella, como entonces sólo somos cuatro por cámara, se nos sirve a la vez tres platos de asado y cuatro postres; tenemos cada una de nosotras una botella de vino blanco, otra de tinto, y media botella de licor al día; las que no beben son libres de dárselo a las demás; las hay entre nosotras muy glotonas que beben enormemente, que se emborrachan, y todo eso sin que nadie las riña; las hay también a las que estas cuatro comidas no bastan; no tienen más que llamar, y se les trae inmediatamente lo que piden.

»Las decanas obligan a comer en las comidas, y si se persistiera en no querer hacerlo, por el motivo que fuera, a la tercera vez serás severamente castigada. La cena de los monjes se compone de tres platos de asado, de seis entrantes seguidos por una pieza fría y ocho postres, fruta, tres tipos de vinos, café y licores. A veces, nos sentamos las ocho a la mesa con ellos; otras obligan a cuatro de nosotras a servirles, y cenamos después; ocurre también de vez en cuando que sólo toman cuatro mujeres para cenar; en tal caso, suelen ser clases enteras, y cuando somos ocho, siempre hay dos de cada clase. Inútil decirte que jamás nos visita nadie; ningún extraño, bajo ningún pretexto, entra en este pabellón. Si caemos enfermas, nos cuida el único lego cirujano, y si morimos, es sin ninguna ayuda religiosa; nos arrojan a uno de los espacios formados por los setos, y eso es todo; pero por una insigne crueldad, si la enfermedad llega a ser demasiado grave, o se teme el contagio, no esperan a que muramos para enterrarnos; se nos llevan y nos colocan donde te he dicho, todavía en vida; desde los dieciocho años estoy aquí, he visto más de diez ejemplos de esta insigne ferocidad; dicen a eso que es mejor perder una que arriesgar dieciséis; que, además, la pérdida de una mujer es tan leve, tan fácilmente reparable, que no hay por qué lamentarla.

»Pasemos a la satisfacción de los placeres de los frailes y a todo lo que se refiere a esta parte.

»Aquí nos levantamos a las nueve en punto de la mañana, en cualquier estación; nos acostamos más o menos tarde, según la cena de los monjes. Apenas nos hemos levantado, viene a visitarnos el regente de día, se sienta en un gran sillón, y allí, cada una de nosotras está obligada a colocarse delante de él con las faldas arremangadas por el lado que prefiere; toca, besa, examina, y cuando todas han cumplido este deber, designa a las que deben asistir a la cena; les ordena el estado en que deben encontrarse, recoge las quejas por parte de la decana, y se imponen los castigos. Rara vez sale sin una escena de lujuria en la que utiliza habitualmente a las ocho. La decana dirige estos actos libidinosos, y por nuestra parte reina la más total sumisión. Antes del desayuno, ocurre con frecuencia que uno de los reverendos padres reclama en su cama a una de nosotras; el hermano carcelero trae un papel con el nombre de la que quiere; aunque el regente de día la ocupara entonces, no tiene derecho a retenerla, se va, y regresa cuando la despiden. Acabada esta primera ceremonia, desayunamos; desde ese momento hasta la noche, ya no tenemos nada que hacer; pero a las siete en verano y a las seis en invierno, vienen a buscar a las que han sido designadas; el propio hermano carcelero las conduce, y, después de la cena, las que no han sido retenidas por la noche vuelven al serrallo. Con frecuencia no queda ninguna, y envían a buscar para la noche a otras nuevas; y se las avisa igualmente, con varias horas de antelación, del traje con que deben presentarse; a veces sólo se acuesta la mujer de retén.

—La mujer de retén —la interrumpí—, ¿qué es este nuevo cargo?

—Ahora te lo digo —me contestó mi narradora—. Todos los primeros de mes, cada fraile adopta una mujer que durante este período debe servirle tanto de criada como de comodín a sus indignos deseos; sólo están exceptuadas las decanas, debido al deber de su cámara. No pueden cambiarlas a lo largo del mes, ni retenerlas dos meses seguidos; nada tan cruel ni tan duro como las tareas de ese servicio, y no sé cómo te acostumbrarás a él. Así que suenan las cinco de la tarde, la mujer de retén baja al lado del monje que sirve, y ya no le abandona hasta la mañana siguiente, a la hora en que él pasa al convento. Ella lo recupera a su vuelta; estas pocas horas las utiliza en comer y en descansar, pues tiene que velar las noches que pasa al lado de su amo; te lo repito, esta desdichada está ahí para servir de comodín a todos los caprichos que se le pueden ocurrir al libertino: bofetones, azotes, insultos, placeres, tiene que soportarlo todo; debe pasar de pie la noche en la habitación de su dueño y siempre dispuesta a ofrecerse a las pasiones que puedan agitar al tirano; pero la más cruel, la más ignominiosa de estas servidumbres, es la terrible obligación que tiene de presentar su boca o su pecho a una u otra necesidad de ese monstruo; no utiliza jamás ningún otro recipiente: tiene que recibirlo todo, y la más leve repugnancia es castigada inmediatamente con los tormentos más bárbaros. En todas las escenas de lujuria, son esas mujeres las que ayudan a los placeres, las que los cuidan y limpian todo lo que ha podido ser manchado: ¿un monje lo ha sido al acabar de gozar de una mujer? A la boca de la siguiente le corresponde reparar este desorden.
¿Quiere ser excitado? Es tarea de esta desdichada; lo acompaña a todos los lugares, lo viste, lo desnuda, le sirve, en una palabra, en todos sus instantes, siempre lo hace mal, y siempre la pegan; en las cenas, su lugar está, o detrás de la silla de su amo, o, como un perro, a sus pies, debajo de la mesa, o de rodillas, entre sus muslos, excitándole con la boca; a veces le sirve de asiento o de candelabro; otras veces estarán las cuatro alrededor de la mesa, en las actitudes más lujuriosas, pero al mismo tiempo más incómodas. Si pierden el equilibrio, corren el peligro de caer sobre unas espinas puestas cerca de allí, o de partirse un miembro, o incluso de matarse, cosa de la que ya hay algún ejemplo; y durante ese tiempo los malvados se divierten, se propasan, se embriagan a placer de comida, de vino, de lujuria y de crueldad.

—¡Oh, cielo santo! ——dije a mi compañera estremeciéndome horrorizada—. ¡Cómo es posible llegar a tales excesos! ¡Qué infierno!

—Escucha, Thérèse, escucha, criatura, estás lejos todavía de saberlo todo —dijo Omphale—. El estado de preñez, reverenciado en el mundo, es una reprobación segura entre esos infames, no evita los castigos, ni las guardias; es, por el contrario, un vehículo para las penas, las humillaciones, los pesares. ¡Cuántas veces a fuerza de golpes hacen abortar a aquellas cuyo fruto no están decididos a recoger! Y si lo recogen, es para disfrutar de él: lo que ahora te digo debe bastarte para pensar en evitar este estado el mayor tiempo posible.

—Pero ¿se puede hacer?

—Sin duda, hay unas esponjas... Pero si Antonin las descubre, no hay modo de escapar a su indignación; lo más seguro es sofocar la impresión de la naturaleza desarmando la imaginación y, con semejantes malvados, eso no es difícil.

»Por otra parte —prosiguió mi maestra—, aquí hay relaciones y parentescos que tú no imaginas, y que es bueno explicarte, pero esto al entrar en el cuarto capítulo, o sea el de nuestras reclutas, nuestras bajas y nuestros cambios, voy a iniciarlo para incluir en él este pequeño detalle.

»No ignoras, Thérèse, que los cuatro monjes que forman este convento están a la cabeza de la orden, los cuatro son de familias distinguidas, y los cuatro muy ricos por cuenta propia. Al margen de los fondos considerables puestos por la orden de los benedictinos para el mantenimiento de este voluptuoso retiro, al que todos tienen la esperanza de llegar algún día, los que están aquí añaden además a esos fondos una parte considerable de sus bienes; ambas cosas reunidas alcanzan a más de cien mil escudos por año, que sólo sirven para el reclutamiento o los gastos de la casa. Cuentan con doce mujeres de absoluta confianza, encargadas únicamente de la tarea de entregarles cada mes una persona, entre los doce y los treinta años, ni por debajo, ni por encima. La persona debe estar carente de cualquier defecto y dotada de las máximas cualidades posibles, pero principalmente de un origen distinguido. Estos secuestros, bien pagados, y siempre realizados muy lejos de aquí, no provocan ningún inconveniente; jamás he visto que surgieran quejas. Sus extremas precauciones les ponen al cubierto de todo; no aspiran en absoluto a las primicias; una joven ya seducida, o una mujer casada, les gusta igualmente; pero es preciso que el rapto se haya producido, que sea comprobado; esta circunstancia les excita; quieren estar seguros de que sus crímenes cuestan lágrimas; devolverían a una joven que se entregara a ellos voluntariamente; si tú no te hubieras defendido prodigiosamente, si no hubieran descubierto un fondo real de virtud en ti, y por consiguiente la certeza de un crimen, no te hubieran conservado ni veinticuatro horas. Así, pues, todo lo que hay aquí, Thérése, es de la mejor cuna; ahí donde me ves, querida amiga, yo soy la hija única del conde de ***, secuestrada en París a la edad de doce años, y destinada a poseer un día cien mil escudos de dote; fui arrebatada de los brazos de mi gobernanta que me devolvía a solas en un coche, de una finca de mi padre a la abadía de Panthémont, en donde era educada; mi gobernanta desapareció; verosímilmente estaba comprada; me trajeron aquí en diligencia.

Todas las demás están en el mismo caso. La muchacha de veinte años pertenece a unas de las familias más distinguidas del Poitou. La de dieciséis es hija del barón de ***, uno de los más grandes señores de la Lorena; condes, duques y marqueses son los padres de la de veintitrés, de la de doce y de la de treinta y dos; ni una, en suma, que no pueda reclamar los títulos más importantes, y ni una que no sea tratada con la más extrema ignominia. Pero estos infames no se contentan con tamaños horrores; han querido deshonrar el seno mismo de su propia familia. La joven de veintiséis, una de las más bellas sin duda, es la sobrina de Clément, y la de treinta y seis es la sobrina de Jérôme.

»En cuanto una nueva joven llega a esta cloaca impura, en cuanto está sustraída para siempre del universo, dan de baja inmediatamente a otra, y ahí está, querida muchacha, ahí está el complemento de nuestros dolores; el más cruel de nuestros males es ignorar lo que nos ocurre, en estas terribles e inquietantes bajas. Es absolutamente imposible decir lo que pasa al abandonar estos lugares. Tenemos todas las pruebas que nuestra soledad nos permite adquirir de que las mujeres dadas de baja por los monjes no reaparecen jamás; ellos mismos nos previenen, no nos ocultan que este retiro es nuestra tumba; pero ¿nos asesinan? ¡Justo cielo!, ¿el homicidio, el más execrable de los crímenes sería, pues, para ellos, como para aquel célebre mariscal de Retz, una especie de placer cuya crueldad, exaltando su pérfida imaginación, consigue sumir sus sentidos en la más viva ebriedad? Acostumbrados a disfrutar únicamente con el dolor, a deleitarse sólo con los tormentos y los suplicios, ¿es posible que se extravíen hasta el punto de creer que redoblándolos, que mejorando la primera causa del delirio, tuvieran inevitablemente que hacerlo más perfecto, y entonces, tan sin principios como sin fe, tan sin modales como sin virtudes, los tunantes, abusando de las desdichas en que sus primeros desmanes nos sumieron, se solacen con unos segundos que nos arrancan la vida? No sé... Si se les pregunta sobre ello, balbucean y a veces dicen que no y a veces que sí; lo que hay de seguro es que ninguna de las que han salido, por muchas promesas que nos hayan hecho de denunciar a estas personas y de contribuir a nuestra liberación, ninguna, repito, ha cumplido su palabra... Una vez más, ¿acallan nuestras denuncias, o nos colocan fuera de la situación de hacerlas? Cuando preguntamos a las que llegan noticias de las que nos han abandonado, jamás saben nada. ¿Qué les ocurre, pues, a estas desdichadas? Eso es lo que nos atormenta, Thérése, ahí está la fatal incertidumbre que amarga nuestros días. Llevo dieciocho años en esta casa, he visto salir de ella más de doscientas mujeres... ¿Dónde están? ¿Por qué todas han jurado ayudarnos y ninguna ha mantenido su palabra?

»Nada, además, justifica nuestra jubilación; la edad, el cambio de facciones, todo da igual, el capricho es su única regla. Hoy despedirán a las que acariciaron ayer; y conservarán durante diez años a aquellas de las que están más hartos; ésta es la historia de la decana de nuestra sala; lleva doce años en la casa, la siguen celebrando, y he visto, para mantenerla, despedir a criaturas de quince años cuya belleza habría puesto celosas a las Gracias. La que se fue, hace ocho días, no tenía dieciséis años cumplidos: hermosa como la propia Venus, sólo llevaban un año disfrutando de ella, pero quedó preñada, y ya te he dicho, Thérése, en esta casa es una gran culpa. El mes pasado, despidieron a una de diecisiete años. Hace un año, a una de veinte, preñada de ocho meses; y últimamente a otra en el instante en que sentía los primeros dolores del parto. No te imagines que el comportamiento tenga alguna importancia: las he visto que se adelantaban a sus deseos, y que se iban al cabo de seis meses; y a otras, malhumoradas y embusteras, las conservaban un gran número de años. Así que es inútil recomendar a las recién llegadas un tipo cualquiera de conducta; la fantasía de estos monstruos rompe todos los frenos y se convierte en la única ley de sus actos.

»Cuando debes ser despedida, te avisan por la mañana, nunca antes, el regente del día aparece a las nueve como de costumbre, y supongo que te dice: "Omphale, el convento te despide, vendré a buscarte por la noche". Después prosigue su tarea. Pero en el examen ya no te ofreces a él, luego sale; la despedida abraza a sus compañeras, les promete mil y mil veces que las ayudará, que presentará una denuncia, que contará lo que ocurre; suena la hora, aparece el fraile, la mujer se va, y ya no se vuelve a oír hablar más de ella. Sin embargo, la cena se celebra como de costumbre, las únicas observaciones que hemos hecho esos días es que los monjes llegan rara vez a los últimos episodios del placer, diríase que se cuidan, sin embargo beben mucho más, a veces hasta la ebriedad; nos despiden mucho antes, no se queda ninguna mujer para acostarse, y las muchachas de retén se retiran al serrallo.

—Bueno, bueno —le dije a mi compañera—, si nadie os ha ayudado es porque sólo habéis tratado con criaturas débiles, intimidadas, o con niñas que no se han atrevido a nada por vosotras. Yo no tengo miedo de que nos maten, por lo menos no lo creo, es imposible que unos seres razonables puedan llevar el crimen hasta este punto... Sé muy bien que... Después de todo lo que he visto, quizá no debiera justificar a los hombres como lo hago, pero es imposible, querida, que puedan realizar unos horrores cuya misma idea es inconcebible. ¡Oh!, querida compañera —continué con calor—, ¿quieres hacer conmigo esta promesa a la que juro no faltar?... ¿Quieres?

—Sí.

—¡Pues bien! Te juro por lo más sagrado, por el Dios que me anima y al que únicamente adoro..., te prometo que o moriré en el empeño, o destruiré a estos infames; ¿me prometes tú otro tanto?

—¿Lo dudas? —me contestó Omphale—, pero puedes estar segura de la inutilidad de tus promesas. Otras más indignadas que tú, más firmes, mejor preparadas, amigas perfectas, en una palabra, que habrían dado su sangre por nosotras, han faltado a los mismos juramentos. Permíteme pues, querida Thérèse, permite a mi cruel experiencia que considere los nuestros como inútiles, y que no cuente con ellos.

—¿Y los monjes —dije a mi compañera— también cambian, llegan a menudo otros nuevos?

—No —me contestó—. Hace diez años que Antonin está aquí, Clément lleva dieciocho viviendo, Jérôme está aquí desde hace treinta, y Severino desde hace veinticinco. Este superior, nacido en Italia, es pariente próximo del Papa, con el que mantiene muy buenas relaciones, y sólo desde que él está aquí los supuestos milagros de la Virgen aseguran la reputación del convento e impiden a los maldicientes examinar desde demasiado cerca lo que ocurre aquí; pero la casa ya estaba montada como la ves, cuando él llegó. Hace más de cien años que subsiste igual y todos los superiores que han venido han conservado un orden tan ventajoso para sus placeres. Severino, el hombre más libertino de su siglo, se hizo instalar aquí para llevar una vida acorde con sus gustos. Su intención es mantener los privilegios secretos de esta abadía todo el tiempo que pueda. Pertenecemos a la diócesis de Auxerre, pero lo sepa el obispo o no, jamás lo vemos aparecer, jamás pone los pies en el convento. En general, aquí viene muy poca gente, salvo en época de la fiesta, que es la de la Virgen de agosto. Por lo que dicen los monjes, en esta casa no aparecen diez personas por año; sin embargo, es verosímil que cuando se presentan algunos extraños, el superior se preocupe de recibirlos bien; los impresiona con sus apariencias de religión y de austeridad, se van contentos, elogiando el monasterio, y la impunidad de estos malvados se apuntala así sobre la buena fe del pueblo y la credulidad de los devotos.

Omphale acababa de terminar su instrucción, cuando sonaron las nueve. La decana no tardó en llamarnos, y llegó, en efecto, el regente de día. Era Antonin, y nos colocamos en fila según la costumbre. Arrojó una breve mirada sobre el conjunto, nos contó, y después se sentó; entonces fuimos una tras otra a arremangar nuestras faldas delante de él, de un lado por encima del ombligo, del otro hasta la mitad de la cintura. Antonin recibió este homenaje con la indiferencia de la saciedad, no se alteró; después, mirándome, me preguntó cómo me sentía en la aventura. Al verme contestar con unas lágrimas, dijo riendo:

—Se acostumbrará; no hay casa en Francia donde se forme mejor a las jóvenes que en ésta.

Tomó la lista de las culpables de manos de la decana, y, después, dirigiéndose de nuevo a mí, me hizo estremecer. Cada gesto, cada movimiento con que parecía que debía someterme a esos libertinos, era para mí como una sentencia de muerte. Antonin me ordena que me siente en el borde de una cama, y, en esta posición, dice a la decana que venga a desnudar mi garganta y levantar mis faldas hasta debajo de mi seno; él mismo abre mis piernas al máximo, se sienta delante de este panorama, una de mis compañeras se coloca sobre mí en la misma postura, de modo que es el altar de la generación lo que se ofrece a Antonin en lugar de mi cara, y si disfruta, tendrá estos encantos a la altura de su boca. Una tercera joven, arrodillada delante de él, le excita con la mano, y una cuarta, totalmente desnuda, le señala con los dedos, encima de mi cuerpo, donde debe pegarme. Insensiblemente esta joven me masturba a mí, y lo que ella me hace, Antonin, con cada una de sus manos, lo hace igualmente a derecha e izquierda a las otras dos jóvenes. Imposible imaginar los disparates, los discursos obscenos con que se excita el depravado; alcanza finalmente el estado que desea, le conducen a mí. Pero todas le siguen, todas intentan inflamarle mientras se dispone a gozar, dejando totalmente al desnudo sus partes posteriores. Omphale, que se apodera de ellas, no omite nada para excitarlas: frotes, besos, masturbaciones, lo hace todo. Antonin encendido se precipita sobre mí...

—Quiero preñarla de golpe —dice enfurecido.

Estos extravíos determinan lo físico. Antonin, cuya costumbre era prorrumpir en gritos terribles en este último instante de su ebriedad, los lanza espantosos: todas lo rodean, todas le sirven, todas colaboran en incrementar su éxtasis, y el libertino lo alcanza en medio de los episodios más extravagantes de la lujuria y de la depravación.

_________________
avatar
Melita
Admin

Mensajes : 718
Fecha de inscripción : 03/05/2012
Edad : 25
Localización : Cali, Colombia

Ver perfil de usuario http://librosymaslibros.forosactivos.net

Volver arriba Ir abajo

Re: Primera Parte

Mensaje por Melita el Sáb Mayo 05, 2012 10:02 pm

Este tipo de grupos se producía con frecuencia; era una regla que cuando un monje disfrutara del modo que fuera, todas las jóvenes lo rodearan, a fin de abarcar sus sentidos por todas partes, y de que la voluptuosidad pudiera, si se me permite expresarme así, penetrar más seguramente en él por todos sus poros. Antonin salió, trajeron el desayuno; mis compañeras me obligaron a comer, yo lo hice para no disgustarlas. Apenas habíamos terminado cuando el superior entró: al vernos todavía a la mesa, nos dispensó de las ceremonias que debían ser para él las mismas que acabábamos de ejecutar para Antonin.

—Hay que pensar en vestirla —dijo al verme.

Al mismo tiempo, abre un armario y arroja sobre mi cama varios trajes del color indicado para mi clase y unos cuantos montones de ropa blanca.

—Pruébate todo eso —me dijo—, y entrégame lo que te pertenece.

Le obedezco, pero, imaginando lo que iba a ocurrir, había apartado prudentemente mi dinero durante la noche y lo había ocultado en mis cabellos. A cada pieza de ropa que me saco, las ardientes miradas de Severino se dirigen al atractivo descubierto, y sus manos no tardan en pasearse por él. Al fin, medio desnuda, el fraile me coge, me coloca en la posición útil para sus placeres, o sea exactamente opuesta a la que acaba de colocarme Antonin; quiero pedirle gracia, pero viendo ya el furor en sus ojos, pienso que es más segura la obediencia; me paro, lo rodean, sólo ve a su alrededor el altar obsceno que le deleita; sus manos lo aprietan, su boca se pega a él, sus miradas lo devoran... llega al colmo del placer.

—Si os parece bien, señora —dijo la bella Thérèse—, voy a limitarme a explicaros aquí la historia resumida del primer mes que pasé en ese convento, o sea las anécdotas principales de ese período; el resto sería una repetición. La monotonía de aquella estancia la arrojaría sobre mis relatos, e inmediatamente después debo pasar, según creo, al acontecimiento que al fin me sacó de aquella impura cloaca.

Aquel primer día no estaba en la cena, se habían limitado a nombrarme para pasar la noche con el padre Clément; siguiendo la costumbre, me dirigí a su celda instantes antes de que él regresara, y el hermano carcelero me condujo y me encerró allí.

Llega, tan excitado por el vino como por la lujuria, seguido de la joven de veintiséis años que tenía entonces de retén a su lado. Sabedora de lo que tengo que hacer, me arrodillo así que le oigo. Se me acerca, me contempla en esta humillación, me ordena después que me levante y que lo bese en la boca; saborea ese beso varios minutos y le da toda la expresión... toda la expresión que pueda imaginarse. Durante ese tiempo, Armande (era el nombre de la que le servía) me desnudaba minuciosamente, cuando la parte inferior de los riñones, por la que había comenzado, queda al descubierto, se apresura a darme la vuelta y a exponer a su tío el lado predilecto de sus gustos. Clément lo examina, lo toca, luego, sentándose en un sillón, me ordena que me acerque para dárselo a besar; Armande está ante sus rodillas, le excita con la boca, Clément coloca la suya en el santuario del templo que le ofrezco, y su lengua se pierde en el sendero que halla en el centro; sus manos apretaban los mismos altares en Armande, pero, como las ropas que la joven conservaba le molestaban, le ordena que se las quite, lo que hizo inmediatamente, y la dócil criatura recuperó al lado de su tío una posición en la cual, excitándolo únicamente con la mano, estaba más al alcance de la de Clément. El monje impuro, siempre ocupado conmigo, me ordena entonces que de en su boca libre curso a las ventosidades que pudieran llenar mis entrañas; esta fantasía me pareció repugnante, pero aún estaba lejos de conocer todas las irregularidades del desenfreno: obedezco y me resiento inmediatamente del efecto de esta intemperancia. El monje, más excitado, se vuelve más ardiente, muerde súbitamente en seis lugares los globos de carne que le presento; lanzo un grito y doy un salto, se levanta, se me acerca, con la cólera en los ojos, y me pregunta si sé lo que he arriesgado estorbándole: le doy mil excusas, me agarra por el corsé que todavía llevaba en el pecho y lo arranca, junto con mi camisa, en menos tiempo del que tardo en contarlo... Agarra mi pecho con ferocidad, y lo aprieta a la vez que me insulta; Armande le desnuda, y ya estamos los tres desnudos. Por un instante, se ocupa de Armande; le asesta con la mano unas furiosas bofetadas; la besa en la boca, le muerde la lengua y los labios, ella grita, a veces el dolor arranca de los ojos de la joven unas lágrimas involuntarias; la hace subir a una silla y exige de ella la misma acción que ha deseado conmigo. Armande le satisface, yo le masturbo con una mano; durante esta lujuria, le azoto ligeramente con la otra, muerde igualmente a Armande, pero ella se contiene y no se atreve a moverse. Sin embargo, los dientes del monstruo aparecen grabados en las carnes de la hermosa joven. Se ven en varios lugares; volviéndose después bruscamente me dijo:

—Thérèse, vas a sufrir cruelmente —no necesitaba decirlo, su mirada lo anunciaba en exceso—; te azotaré por todas partes, sin exceptuar nada.

Y al decir eso, había vuelto a agarrar mi pecho que manoseaba con brutalidad; frotaba los pezones con las puntas de sus dedos y me producía unos dolores muy vivos. Yo no me atrevía a decirle nada por miedo a irritarle aún más, pero el sudor cubría mi frente, y mis ojos, a pesar mío, se cubrían de lágrimas. Me gira, me obliga a arrodillarme en el borde de una silla, con las manos sosteniendo el respaldo, sin soltarlo ni un minuto, bajo las penas más graves. Viéndome al fin así, perfectamente a su alcance, ordena a Armande que le traiga unas varas, ella le ofrece un fino y largo puñado; Clément las coge, y ordenándome que no me mueva, comienza con una veintena de golpes en los hombros y en la parte superior de los riñones; me deja un instante, va a coger a Armande y la coloca a seis pies de mí, también de rodillas, en el borde de una silla. Nos dice que nos azotará a las dos juntas, y que la primera de las dos que soltará la silla, lanzará un grito, o derramará una lágrima será inmediatamente sometida por él al suplicio que le parezca. Propina a Armande el mismo número de golpes que acaba de darme a mí, y exactamente en los mismos sitios; me toma de nuevo, besa todo lo que acaba de herir, y alzando sus varas me dice:

—Pórtate bien, tunanta, serás tratada como la peor de las miserables.

Con estas palabras recibo cincuenta golpes, pero que sólo van, exclusivamente, de la mitad de la espalda hasta la parte inferior de los riñones. Corre hacia mi compañera y la trata igual; no decíamos palabra; sólo se oían unos gemidos sordos y contenidos, y teníamos la suficiente fuerza para contener las lágrimas. Por mucho que estuvieran muy inflamadas las pasiones del fraile, no se percibía todavía, sin embargo, ninguna señal; a intervalos se masturbaba fuertemente sin que nada se levantara. Acercándose a mí, observa por unos minutos los dos globos de carne todavía intactos y que iban a soportar a su vez el suplicio, los manosea, no puede dejar de entreabrirlos, de cosquillearlos, de besarlos mil veces más.

—Vamos —dice—, valor...

Una granizada de golpes cae: al instante sobre esas masas y las magulla hasta los muslos. Extremadamente animado por los saltos, sobresaltos, rechinamientos, con torsiones que el dolor me arranca, examinándolos y cogiéndolos con deleite, se precipita a expresar, sobre mi boca que besa con ardor, las sensaciones que le agitan...

—Esta muchacha me gusta —exclama—, ¡jamás había fustigado a ninguna que me diera tanto placer!

Y retorna a la sobrina, a la que trata con idéntica barbarie. Quedaba la parte inferior, desde la superior de los muslos hasta las pantorrillas, y golpea ambas cosas con el mismo ardor.

—¡Vamos! —sigue diciendo, dándome la vuelta—. Cambiemos de mano y visitemos esto.

Me da una veintena de golpes, desde el centro del vientre hasta la parte inferior de los muslos, y después, obligándome a separarlos, golpeó rudamente el interior del antro que yo le abría con mi actitud.

—Ahí está —dijo— el pájaro que voy a desplumar. Como algunos azotes, pese a las precauciones que tomaba, habían penetrado muy adentro, no pude retener mis gritos.

—¡Ja, ja! —dijo riendo el malvado—. He descubierto el lugar sensible; pronto, pronto, lo visitaremos con más detenimiento.

Mientras tanto, su sobrina es colocada en la misma postura y tratada de la misma manera; la golpea igualmente en los lugares más delicados del cuerpo de una mujer; pero sea por costumbre, sea por valor, sea por el miedo de recibir tratamientos más rudos, tiene la fuerza de contenerse, y sólo se le descubren algunos estremecimientos y algunas contorsiones involuntarias. Se veía, sin embargo, un cierto cambio en el estado fisico del libertino, y aunque las cosas tuvieran todavía muy poca consistencia, a fuerza de sacudidas la anunciaban incesantemente.

—Arrodíllate —me dijo el monje—, voy a azotarte en el pecho.

—¿En el pecho, padre?

—Sí, en esas dos masas lúbricas que sólo azotadas me excitan. Y las apretaba, las comprimía violentamente mientras hablaba.
—¡Oh, padre! Esta parte es muy delicada, me mataréis.

—¡,Qué importa, con tal de satisfacerme?

Y me asesta cinco o seis golpes que afortunadamente detengo con las manos. Al verlo, las ata a mi espalda; sólo dispongo de las expresiones de mi rostro y de mis lágrimas para implorar gracia, ya que me había ordenado duramente que me callara. Así que intenté enternecerlo... pero en vano. Suelta fuertemente una docena de golpes sobre mis dos senos a los que ya nada protege; los espantosos cintarazos imprimen inmediatamente unos trazos de sangre; el dolor me arrancaba unas lágrimas que caían sobre las huellas de la rabia de aquel monstruo, y las hacían, decía, mil veces más atractivas todavía... Las besaba, las devoraba, y volvía de cuando en cuando a mi boca, a mis ojos inundados por los lloros, que chupaba con la misma lubricidad.

Armande se presenta, le ata las manos, ofrece un seno de alabastro y de la más hermosa redondez; Clément hace como si lo besara, pero en realidad lo muerde... Y después golpea, y las bellas carnes tan blancas y tan rollizas, no tardan en ofrecer a los ojos de su verdugo más que heridas y surcos ensangrentados.

—Un momento —dijo el fraile enfurecido—, quiero fustigar a un tiempo el más hermoso de los traseros y el más dulce de los senos.

Me pone de rodillas, y colocando a Armande delante de mí, le hace abrir las piernas, de manera que mi boca se halla a la altura de su bajo vientre, y mi pecho entre sus muslos, debajo de su trasero. Con ello, el monje tiene lo que quiere al alcance de la mano, tiene bajo el mismo punto de vista las nalgas de Armande y mis pechos; golpea unas y otros con encarnizamiento, pero mi compañera, para protegerme de unos golpes que son mucho más peligrosos para mí que para ella, tiene la amabilidad de agacharse y así protegerme, recibiendo ella misma unos azotes que sin duda me hubieran herido. Clément descubre la artimaña y cambia de posición.

No conseguirás nada —dijo encolerizado—, y si hoy quiero perdonarle esa parte, sólo será para maltratarle otra por lo menos tan delicada.

Al levantarme, vi que tantas infamias no habían sido inútiles: el libertino se encontraba en el más brillante de los estados, pero no por ello menos furioso. Cambia de arma, abre un armario que contiene varias disciplinas, saca una con puntas de hierro que me hace estremecer.

—Mira, Thérèse —me dice mostrándomela—, ya verás lo delicioso que es azotar con eso... ya lo notarás, ya lo notarás, bribona, pero de momento prefiero utilizar éste...

Era de cuerdecillas anudadas en doce cabos; al final de cada uno había un nudo más fuerte que los demás y del grosor de un hueso de ciruela.

—¡Venga, el galope...!, ¡el galope! —le dijo a su sobrina.

Esta, que sabía de qué se trataba, se pone inmediatamente de cuatro patas, con la grupa lo más elevada posible, y me dice que la imite: lo hago. Clément cabalga sobre mis riñones, con la cabeza del lado de mi grupa; Armande, ofreciendo la suya, está frente a él: el malvado, viéndonos a ambas perfectamente a su alcance, lanza unos golpes furiosos sobre los encantos que le ofrecemos; pero como, en esta postura, abrimos al máximo la delicada parte que diferencia nuestro sexo del de los hombres, el bárbaro dirige allí sus golpes, las ramas largas y flexibles del látigo que utiliza penetran en el interior con mucha mayor facilidad que las varillas, y dejan allí las huellas profundas de su rabia. Golpea alternativamente a una y a otra: tan buen jinete como intrépido fustigador, . cambia varias veces de montura: estamos agotadas, y las titilaciones de dolor alcanzan tal violencia que ya casi no es posible soportarlas.

—¡Levantaos! —nos dice entonces recuperando las varas—, sí, levantaos y temedme.

Sus ojos brillan, saca espuma por la boca. Igualmente amenazadas en todo el cuerpo, lo esquivamos..., corremos como locas por toda la habitación, nos sigue, golpeando indistintamente a cualquiera de las dos. El malvado nos llena de sangre; al final nos arrincona a ambas entre la cama y la pared. Los golpes aumentan: la desdichada Armande recibe uno en el pecho que la hace tambalearse: este último horror determina el éxtasis, y mientras mi espalda recibe sus efectos crueles, mis riñones se inundan con las pruebas de un delirio cuyos resultados son tan peligrosos.

—Acostémonos —me dice al fin Clément—. Puede que haya sido demasiado para ti, Thérèse, y ciertamente no suficiente para mí. Jamás me canso de esta manía, aunque sólo sea una imagen imperfecta de lo que quisiera realmente hacer. ¡Ah!, querida, no sabes hasta dónde nos lleva :esta depravación, la ebriedad en que nos sume, la violenta conmoción que provoca, por el fluido eléctrico, la excitación producida por el dolor sobre el objeto que sirve nuestras pasiones. ¡Cómo me estimulan sus males! El deseo de aumentarlos..., ahí está el escollo de esta fantasía, ya lo sé, pero ¿este escollo es temible para quien se mofa de todo?

Aunque la mente de Clément siguiera entusiasmada, al ver sus sentidos algo más apaciguados, me atreví, contestando a lo que acababa de decir, a reprocharle la depravación de sus gustos; y creo que la manera como ese libertino los justificó merece tener un espacio en las confesiones que exigís de mí.

—La cosa, sin duda, más ridícula del mundo, mi querida Thérèse —me dijo Clément—, es querer discutir sobre los gustos del hombre, contrariarlos, censurarlos o castigarlos, si no encajan en las leyes del país en que se vive, o en sus convenciones sociales. ¡Y qué! ¡Los hombres jamás entenderán que no hay ningún tipo de gusto, por extravagante, por criminal incluso que quepa suponerlo, que no dependa del tipo de estructura que hemos recibido de la naturaleza! Dicho eso, me pregunto con qué derecho un hombre se atreverá a exigir a otro que cambie sus gustos o que los adecue al orden social. ¿Con qué derecho incluso las leyes, que sólo están hechas para la felicidad del hombre, se atreverán a sancionar a quien no puede corregirse, o que sólo lo conseguiría a expensas de esa felicidad que deben conservarle las leyes? Incluso en el caso de que deseara cambiar de gustos, ¿podría hacerlo? ¡,Está en nuestra mano modificarnos?
¿Podemos ser otra cosa de lo que somos? ¿Se lo exigirías a un hombre contrahecho, y esta inconformidad de nuestros gustos es algo diferente respecto a la moral de lo que es respecto al fisico la imperfección del hombre contrahecho?

»Te concedo que entremos en detalles. La inteligencia que te reconozco, Thérèse, te pone en situación de entenderlos. Veo que dos irregularidades te han sor prendido entre nosotros. Te maravillas de la sensación estimulante experimentada por algunos de nuestros compañeros por cosas vulgarmente reconocidas como fétidas o impuras, y también te extraña que nuestras facultades voluptuosas puedan ser estimuladas por unas acciones que, en tu opinión, sólo llevan el emblema de la crueldad. Analicemos ambos gustos, e intentemos, si es posible, convencerte de que no hay nada más sencillo en el mundo que los placeres que provocan.

»Tú pretendes que es extraño que unas cosas sucias y crapulosas puedan producir en nuestros sentidos la excitación esencial para el complemento de su delirio; pero antes de asombrarse por ello, querida Thérèse, hay que entender que los objetos no tienen más valor ante nuestros ojos que el que les da nuestra imaginación. Así que es muy posible, a partir de esta verdad constante, que no sólo las cosas más extravagantes, sino incluso las más viles y más horribles, puedan afectarnos muy sensiblemente. La imaginación del hombre es una facultad de su mente a la que, mediante el órgano de los sentidos, van a pintarse y modificarse los objetos, para formar a continuación sus pensamientos, debido a la primera impresión de estos objetos. Pero esta imaginación, resultante ella misma del tipo de organización de que está dotado el hombre, sólo adopta los objetos recibidos de tal o cual manera, y sólo crea a continuación los pensamientos a partir de los efectos producidos por el choque de los objetos percibidos. Una comparación facilitará ante tus ojos lo que te expongo. ¿Has visto, Thérèse, espejos de formas diferentes? Unos disminuyen los objetos, otros los aumentan. Los hay que los vuelven espantosos, y otros que les prestan encantos. ¿Te imaginas ahora que si cada uno de esos espejos uniera la facultad creadora a la facultad objetiva ofrecería, de un mismo hombre que se contemplara en él, retratos totalmente diferentes?
¿Y estos retratos responderían a la manera como ha percibido el objeto? Si a las dos facultades que acabamos de atribuir a este espejo, uniéramos ahora la de la sensibilidad, ¿no tendría hacia este hombre, visto por él de tal o cual manera, el tipo de sentimiento que le fuera posible concebir para la clase de ser que habría descubierto? El espejo que lo hubiera visto bello, lo amaría; el que lo hubiera visto espantoso, lo odiaría. Y, sin embargo, se trataría siempre del mismo individuo.

»Así es la imaginación del hombre, Thérèse; el mismo objeto se representa para ella bajo tantas formas como diferentes modos posee, y es a partir del efecto recibido por esta imaginación del objeto, sea cual fuere, que se decide a amarlo o a odiarlo. Si el choque del objeto percibido le sorprende de manera agradable, lo ama, lo prefiere, aunque ese objeto no contenga en sí ningún atractivo real; y si dicho objeto, aunque de un valor seguro a los ojos de otro, sólo ha afectado la imaginación a que nos referimos de manera desagradable, se alejará de él, porque cualquiera de nuestros sentimientos se forma y se realiza debido al producto de los diferentes objetos sobre la imaginación. Nada sorprendente, a partir de ahí, que lo que gusta vivamente a unos pueda disgustar a otros, e, inversamente, que la cosa más extravagante encuentre, sin embargo, partidarios... El hombre contrahecho también encuentra unos espejos que lo hacen bello.

»Ahora bien, si admitimos que el goce de los sentidos depende siempre de la imaginación, y está regulado siempre por la imaginación, ya no habrá que sorprenderse de las numerosas variaciones que la imaginación sugerirá en tales goces, de la infinita variedad de gustos y de pasiones diferentes que parirán las diferentes desviaciones de esta imaginación. Dichos gustos, aunque lujuriosos, no deberán sorprender más que los de tipo sencillo; no hay ninguna razón para considerar una fantasía de mesa menos extraordinaria que una fantasía de cama; y en uno u otro género, no es más asombroso idolatrar una cosa que la generalidad de los hombres considera detestable de lo que lo es amar otra generalmente reconocida como buena. La unanimidad demuestra la conformidad en los órganos, pero nada en favor de la cosa amada. Las tres cuartas partes del universo pueden considerar delicioso el aroma de una rosa, sin que eso pueda servir de prueba, ni para condenar a la cuarta parte que podría considerarlo malo, ni para demostrar que ese aroma sea realmente agradable.

»Así pues, si existen seres en el mundo cuyos gustos chocan con todos los prejuicios admitidos, no sólo no hay que asombrarse en absoluto de ellos, no sólo no hay que sermonearlos, ni castigarlos; sino que hay que servirlos, contentarlos, aniquilar todos los frenos que los estorban, y darles, si se quiere ser justo, todos los medios de satisfacerse sin peligro; porque ha dependido tan poco de ellos tener este gusto extravagante como ha dependido de ti ser inteligente o estúpido, estar bien hecho o ser jorobado. En el seno de la madre se fabrican los órganos que deben hacernos susceptibles de tal o cual fantasía; los primeros objetos descubiertos, las primeras conversaciones oídas acaban de determinar el resorte: se forman los gustos, y ya nada en el mundo puede destruirlos. Por mucho que se empeñe la educación, no cambia nada, y el que debe ser un malvado lo es con tanta seguridad, por buena que sea la educación que se le haya dado, como corre con toda seguridad hacia la virtud aquel cuyos órganos se encuentran dispuestos para el bien, aunque el maestro haya fallado. Ambos han actuado de acuerdo con su estructura, de acuerdo con las impresiones que habían recibido de la naturaleza, y el primero es tan poco digno de castigo como el segundo de recompensa.

»Lo más singular es que, en tanto que sólo se trata de cosas fútiles, no nos asombramos de la diferencia de gustos, pero así que se trata de la lujuria, he aquí que todo se alborota. Las mujeres siempre preocupadas de sus derechos, las mujeres, a las que su debilidad y su escaso valor obligan a no perder nada, se estremecen a cada instante de que se les quite algo, y si desgraciadamente se ponen en práctica en el goce unos procedimientos que chocan su culto, lo llaman crímenes dignos del cadalso. Y, sin embargo, ¡qué injusticia! ¿El placer de los sentidos debe hacer mejor a un hombre que los restantes placeres de la vida? En pocas palabras, ¿el templo de la generación debe fijar mejor nuestras inclinaciones, despertar con mayor seguridad nuestros deseos, que la parte del cuerpo, o más contraria o más alejada de él, que la emanación de ese cuerpo, o más fétida o más repugnante? ¡Me parece que no tiene por qué parecer más asombroso ver a un hombre practicar la singularidad en los placeres del libertinaje de lo que debe serlo verle utilizarla en las otras funciones de la vida! Una vez más, en ambos casos su singularidad es el resultado de sus órganos: ¿es culpa suya que lo que os afecta sea nulo para él, o que sólo se conmueva con lo que os repugna? ¿Qué hombre no reformaría al instante sus gustos, sus afectos, sus inclinaciones en el plano general, y no le gustaría ser como todo el mundo en lugar de singularizarse, si fuera dueño de hacerlo? Pretender castigar a un hombre semejante es la más estúpida y la más bárbara de las intolerancias; no es más culpable hacia la sociedad, sean cuales fueren sus extravíos, de lo que lo es, como acabo de decir, aquel que llegó al mundo tuerto o tullido. Y es tan injusto castigar o burlarse de éste como afligir al otro o reírse de él. El hombre dotado de gustos singulares es un enfermo; es, si lo prefieres, una mujer con humores histéricos. ¿Se te ha ocurrido jamás la idea de castigar o contrariar a ninguno de los dos? Seamos igualmente justos con el hombre cuyos caprichos nos sorprenden; absolutamente semejante al enfermo o a la histérica, es como ellos digno de compasión y no de censura. Esta es, en el plano moral, la excusa de las personas de que tratamos; sin duda, en el plano fisico, la encontraríamos con idéntica facilidad, y cuando la anatomía se perfeccione se demostrará fácilmente, a través de ella, la relación de la estructura del hombre con los gustos que la habrán afectado. Pedantes, verdugos, carceleros, legisladores, canalla tonsurada, ¿qué haréis cuando lleguemos a ese punto? ¿En qué se convertirán vuestras leyes, vuestra moral, vuestra religión, vuestras horcas, vuestro paraíso, vuestros dioses, vuestro infierno, cuando se demuestre que tal o cual curso de licores, tal suerte de fibras, tal grado de acritud en la sangre o en los humores animales bastan para convertir a un hombre en el objeto de vuestros castigos o de vuestras recompensas? Prosigamos: ¿los gustos crueles te asombran?

¿Cuál es el objetivo del hombre que disfruta? ¿No es el de dar a sus sentidos toda la excitación de que son capaces, a fin de llegar mejor y más cálidamente, por medio de ello, a la última crisis... crisis preciosa que caracteriza el placer de bueno o de malo, según la mayor o menor actividad con que se ha alcanzado esta crisis? Ahora bien, ¿no es un sofisma insostenible atreverse a afirmar que es necesario para mejorarla que sea compartida por la mujer? ¿Acaso no es evidente que la mujer no puede compartir nada con nosotros sin arrebatárnoslo, y que todo lo que ella roba debe ser necesariamente a nuestras expensas? Y me pregunto entonces, ¿qué necesidad hay de que una mujer goce cuando nosotros gozamos? ¿Existe en esta actitud otro sentimiento que el halago que recibe el orgullo? ¿Y no se obtiene de una manera mucho más estimulante la. percepción de este sentimiento orgulloso obligando, al contrario, con dureza a esta mujer a dejar de gozar, a fin de hacernos gozar, a fin de que nada le impida ocuparse de nuestro goce? ¿La tiranía no halaga el orgullo de una manera mucho más viva que las buenas obras? En una palabra, ¿el que impone no es el amo con mucha mayor seguridad que el que comparte? Pero ¿cómo se le pudo ocurrir a un hombre razonable que la delicadeza tuviera algún valor en materia de placer? Es absurdo querer defender que sea necesaria; jamás añade nada al placer de los sentidos: digo más, lo perjudica. Amar es una cosa muy diferente a disfrutar; la prueba está en que se ama todos los días sin disfrutar, y con mayor frecuencia aún se disfruta sin amar. Toda la delicadeza que mezclemos a las voluptuosidades de que hablamos sólo puede darse al goce de la mujer a expensas del goce del hombre, y mientras éste se procura por hacer gozar, seguramente no goza, o su goce sólo es intelectual, o sea quimérico y muy inferior al de los sentidos. No, Thérèse, no, no cesaré de repetirlo, es completamente inútil que un goce sea compartido para ser vivo; y para que este tipo de placer sea tan excitante como puede llegar a ser, es, por el contrario, muy esencial que el hombre sólo goce a expensas de la mujer, que tome de ella (sea cual fuere la sensación que ella experimente) todo cuanto pueda incrementar la voluptuosidad que él quiere disfrutar, sin la más leve consideración a los efectos que pueda provocar en la mujer, pues estas consideraciones le turbarán: o querrá que la mujer comparta, y entonces él ya no goza, o temerá que ella sufra, y ya le tenemos alterado. Si el egoísmo es la primera ley de la naturaleza, es muy probablemente en los placeres de la lubricidad más que en cualquier otro lugar que esta celeste madre desea que sea nuestro único móvil.

Es una desdicha despreciable que, para el incremento de la voluptuosidad del hombre, tenga que descuidar o turbar la de la mujer, pues si bien esta turbación le hace ganar algo, lo que pierde el objeto que le sirve no le afecta en nada. Debe resultarle indiferente que este objeto sea feliz o desdichado, con tal de que le resulte deleitable; no existe realmente ningún tipo de relación entre este objeto y él. Sería, pues, una locura ocuparse de las sensaciones de este objeto a expensas de las propias; absolutamente imbécil si, para modificar estas sensaciones ajenas, renuncia al mejoramiento de las propias. Dicho eso, si el individuo de que hablamos está desdichadamente estructurado de manera que sólo se conmueve si produce, en el objeto que le sirve, sensaciones dolorosas, confesarás que debe entregarse a ellas sin remordimientos, ya que está ahí para disfrutar, prescindiendo de todo lo que pueda resultar para ese objeto... Insistiremos sobre este punto: sigamos avanzando por orden.

»Así pues, los placeres aislados tienen atractivos, pueden tener más que todos los restantes. ¡Vaya!, si no fuera así, ¿cómo gozarían tantos ancianos, tantas personas o contrahechas o llenas de defectos? Están más que seguras de que no son amadas; más que convencidas de que es imposible que se comparta lo que ellos sienten: ¿sienten por ello menor voluptuosidad? ¿Desean únicamente la ilusión? Totalmente egoístas en sus placeres, sólo les ves ocupados en tomar, sacrificarlo todo para recibir, sin sospechar jamás, en el objeto que les sirve, otras propiedades que las pasivas. Así que no es en absoluto necesario dar placer para recibirlo; y, por tanto, la situación feliz o desgraciada de la víctima de nuestro desenfreno es completamente indiferente para la satisfacción de nuestros sentidos. No tiene ninguna importancia el estado en que pueda hallarse su corazón y su mente; da igual que a este objeto le guste o le horrorice lo que le hacéis, puede amarte o detestarte: todas estas consideraciones son inútiles en tanto que sólo se trata de los sentidos. Estoy de acuerdo en que las mujeres pueden establecer unas máximas contrarias; pero las mujeres, que sólo son las máquinas de la voluptuosidad, que sólo deben de ser sus comodines, son recusables siempre que sea preciso establecer un sistema real sobre este tipo de placer. ¡,Existe un solo hombre razonable que esté deseoso de hacer compartir su goce a las prostitutas? ¿Y no existen, en cambio, millones de hombres que reciben grandes placeres de estas criaturas? Son otros tantos individuos persuadidos de lo que digo, que lo ponen en práctica, sin dudarlo, y que censuran ridículamente a aquellos que legitiman sus acciones por buenos principios, porque el universo está lleno de estatuas en movimiento que van, vienen, actúan, comen, digieren, sin enterarse jamás de nada.

»Una vez demostrado que los placeres aislados son tan deliciosos como los otros, y probablemente mucho más, es mucho más sencillo entonces, por consiguiente, que este goce, tomado independientemente del objeto que nos sirve, no sólo esté muy alejado de lo que pueda gustarle, sino que sea incluso contrario a sus placeres. Voy más lejos: puede llegar a ser un dolor impuesto, una vejación, un suplicio, sin que eso tenga nada de extraordinario, sin que de ahí resulte otra cosa que un incremento de placer mucho más seguro para el déspota que atormenta o veja. Intentemos demostrarlo.

»La emoción de la voluptuosidad sobre nuestra alma no es más que una especie de vibración producida por medio de unas sacudidas que la imaginación inflamada por el recuerdo de un objeto lúbrico hace experimentar a nuestros sentidos, bien a través de la presencia de este objeto, o bien, y aún mejor, por la irritación que siente este objeto en el género que nos conmueve más fuertemente. Así pues, nuestra voluptuosidad, ese cosquilleo inefable que nos extravía, que nos transporta al punto más elevado de felicidad que pueda alcanzar el hombre, sólo se encenderá siempre por dos causas: ya descubriendo real o ficticiamente en el objeto que nos sirve el tipo de belleza que más nos halaga, ya viendo experimentar a este objeto la más fuerte sensación posible. Ahora bien, no hay ningún tipo de sensación más viva que la del dolor; sus impresiones son seguras, jamás engañan como las del placer, perpetuamente interpretadas por las mujeres y casi nunca sentidas. ¡Cuánto amor propio, por otra parte, cuánta juventud, fuerza, salud hace falta para estar seguro de producir en una mujer esta dudosa y poco satisfactoria impresión de placer! La de dolor, por el contrario, no exige nada: cuantos más defectos tenga un hombre, cuanto más viejo y menos seductor sea mejor la conseguirá. Respecto al objetivo, será alcanzado con mucha mayor seguridad, ya que hemos establecido que no le afecta, quiero decir que jamás se excitan mejor los sentidos que cuando se ha producido en el objeto que nos sirve la mayor impresión posible, no importa por qué camino. Así pues, quien haga nacer en una mujer la impresión más tumultuosa, quien altere al máximo toda la estructura de esta mujer, habrá conseguido decididamente asegurarse la mayor dosis posible de voluptuosidad, porque el choque resultante de las impresiones de los demás sobre nosotros, que debe estar en proporción con la impresión producida, será necesariamente más activo si la impresión de los demás ha sido penosa que si ha sido suave y blanda. Y, a partir de ahí, el egoísta voluptuoso que está persuadido de que sus placeres sólo serán vivos en la medida que sean enteros, impondrá, pues, cuando sea su dueño, la más fuerte dosis posible de dolor al objeto que le sirve, absolutamente seguro de que la voluptuosidad que obtendrá estará en proporción con la más viva impresión que habrá producido.

—Estos sistemas son espantosos, padre —le dije a Clément—, llevan a unos gustos crueles, a unos gustos horribles.

—¿Y qué importa? —contestó el bárbaro—. Una vez más, ¡,somos los dueños de nuestros gustos? ¿No debemos ceder al dominio de los que hemos recibido de la naturaleza de igual manera que la orgullosa cabeza del roble se dobla bajo la tempestad que la azota? Si la naturaleza se sintiera ofendida por esos gustos, no nos los inspiraría; es imposible que podamos recibir de ella un sentimiento hecho para ultrajarla, y, en esta extrema certidumbre, podemos entregarnos a nuestras pasiones, del tipo que sean, por mucha violencia que puedan contener, segurísimos de que todos los inconvenientes que provoca su choque no son más que unos designios de la naturaleza de los que somos los órganos involuntarios. ¿Y qué nos importan las consecuencias de estas pasiones? Cuando queremos deleitarnos con una acción cualquiera, nadie piensa en las consecuencias.

No os hablo de las consecuencias —le interrumpí bruscamente—, se trata de la cosa en sí. Seguramente si sois el más fuerte, y por unos atroces principios de crueldad sólo os gusta disfrutar a través del dolor, con la intención de aumentar vuestras sensaciones, llegaréis insensiblemente a producirlas sobre el objeto que os sirve con un grado de violencia capaz de arrebatarle la vida.

—De acuerdo; eso significa que por unos gustos concedidos por la naturaleza yo habré servido sus designios porque ella, que siempre opera sus creaciones a través de destrucciones, sólo me inspira la idea de éstas últimas cuando necesita las primeras. Significa que de una porción de materia oblonga habré formado tres o cuatro mil redondas o cuadradas. ¡Oh, Thérèse! ¡,Eso son crímenes? ¿Se puede denominar así lo que sirve a la naturaleza? ¿El hombre tiene la potestad de cometer crímenes? Y cuando, prefiriendo su felicidad a la de los demás, derriba o destruye todo lo que encuentra a su paso, ¿ha hecho otra cosa que servir a la naturaleza cuyas primeras y más seguras inspiraciones le dictan ser feliz, sin que importe a expensas de quien? El sistema del amor al prójimo es una quimera que debemos al cristianismo y no a la naturaleza; el secuaz del Nazareno, atormentado, desdichado y por consiguiente en un estado de debilidad que debía hacerle reclamar la tolerancia y la humanidad, tuvo que establecer necesariamente esta relación fabulosa entre un ser y otro: preservaba su vida consiguiendo que triunfara. Pero el filósofo no admite estas relaciones gigantescas; ve y considera sólo a sí mismo en el universo, y sólo a sí mismo lo refiere todo. Si perdona o acaricia un instante a los demás, sólo es en relación con el provecho que cree sacar de ello. ¿No los necesita, predomina con su fuerza? Entonces abjura para siempre jamás de esos bonitos sistemas de humanidad y de beneficencia a los cuales sólo se sometía por política. Ya no teme quedarse con todo, hacerse con todo lo que le rodea, y pese a lo que puedan costar a los demás sus goces, los satisface sin examen ni remordimientos.

—¡Pero el hombre de quien habláis es un monstruo!

—El hombre de quien hablo es el de la naturaleza.

—¡Es un animal feroz!

—Bien, el tigre o el leopardo de los que este hombre es, si te parece, la imagen, ¿no han sido como él creados por la naturaleza y creados para cumplir las intenciones de la naturaleza? El lobo que devora al cordero cumple los proyectos de esta madre común, de la misma manera que el malhechor que destruye el objeto de su venganza o de su lubricidad.

—¡Oh! Por mucho que digáis, padre, jamás admitiré esta lubricidad destructiva.

—Porque temes convertirte en objeto de ella: eso es egoísmo. Cambiemos de papel y la concebirás;
pregunta al cordero, tampoco querrá que el lobo pueda devorarlo; pregunta al lobo para qué sirve el cordero: «Para alimentarme», contestará. Unos lobos que comen corderos, unos corderos devorados por los lobos, el fuerte que sacrifica al débil, el débil víctima del fuerte, así es la naturaleza, así son sus opiniones, así sus planes: una acción y una reacción perpetuas, una multitud de vicios y de virtudes, un perfecto equilibrio, en una palabra, resultante de la igualdad del bien y del mal en la Tierra; equilibrio esencial para el mantenimiento de los astros, de la vegetación, y sin el cual todo sería inmediatamente destruido. Oh, Thérèse, la naturaleza se sentiría muy sorprendida si pudiera por un instante razonar con nosotros, y le dijéramos que esos crímenes que la sirven, que esos desmanes que exige y que ella nos inspira, están castigados por unas leyes que se nos asegura que son la imagen de las suyas. Imbéciles, nos contestaría, duerme, bebe, come y comete sin miedo tales crímenes cuando te parezca: todas tus supuestas infamias me complacen, y las quiero, ya que te las inspiro. ¡A ti te corresponde decidir lo que me irrita, o lo que me deleita! Entérate de que no hay nada en ti que no me pertenezca, nada que yo no haya colocado ahí por unas razones que no te conviene conocer; que la más abominable de tus acciones sólo es, al igual que la más virtuosa de otra persona, una de las maneras de servirme. Así que no te contengas, búrlate de tus leyes, de tus convenciones sociales y de tus dioses; atiéndeme sólo a mí, y convéncete de que si existe un crimen que me afecta, es la oposición que pusieras con tu resistencia o tus sofismas a lo que te inspiro.

—¡Oh, santo cielo! —exclamé—, hacéis que me estremezca. Si no hubiera crímenes contra la naturaleza,
¿de dónde procedería la invencible repugnancia que experimentamos por ciertos delitos?

—Esta repugnancia no está dictada por la naturaleza —replicó vivamente el malvado—; no tiene otra fuente que la falta de costumbre. ¿Acaso no ocurre lo mismo con determinados manjares? Aunque sean excelentes, ¿no nos repugnan sólo por la falta de costumbre? ¿Nos atreveremos a decir, a partir de ahí, que esos manjares no son buenos? Intentemos dominarnos, y no tardaremos en apreciar su sabor. Nos repugnan los medicamentos, aunque, sin embargo, nos resulten saludables. Acostumbrémonos también al mal, y no tardaremos en encontrarle sólo encantos. Esta repugnancia momentánea es más una astucia, una coquetería de la naturaleza, que una advertencia de que la cosa la ultraja: así nos prepara a los placeres del triunfo; con ello aumenta los de la acción misma. Hay más, Thérèse, hay más: cuanto más espantosa nos parece una acción, cuanto más contraría nuestros hábitos y nuestras costumbres, cuantos más frenos rompe, cuanto más sorprende nuestras convenciones sociales, cuanto más hiere lo que creemos ser las leyes de la naturaleza, más útil es, por el contrario, a esta misma naturaleza. Siempre recupera los derechos que le arrebata sin cesar la virtud con los crímenes. Si el crimen es liviano, y difiere, por tanto, menos de la virtud, restablecerá mas lentamente el equilibrio indispensable para la naturaleza; pero cuanto mas capital sea, más iguala los pesos, más ataca el dominio de la virtud, que sin ello lo destruiría todo. Que cese, pues, de asustarse el que medita una fechoría, o el que acaba de cometerla: cuanta más amplitud tenga su crimen, mejor habrá servido a la naturaleza.

Estos espantosos sistemas me hicieron pensar inmediatamente en los sentimientos de Omphale sobre la manera de cómo saldríamos de aquella terrible casa. Así que fue a partir de entonces cuando adopté los proyectos que me veréis ejecutar a continuación. De todos modos, para acabar de aclararme, no pude dejar de seguir planteando algunas preguntas al padre Clément.

—Por lo menos —le dije— no seguís manteniendo eternamente a las desdichadas víctimas de vuestras pasiones. Cuando os cansáis de ellas, ¿las despedís?

—Seguro, Thérèse —me contestó el monje—, tú sólo has entrado en esta casa para salir de ella, cuando los cuatro nos pongamos de acuerdo en concederte el retiro. Lo tendrás sin duda.

—¿Pero no teméis —continué— que mujeres más jóvenes y menos discretas puedan revelar a voces lo que ocurre aquí?

—Es imposible.

—¿Imposible?

—Por completo.

—¿Podríais explicármelo?

—No, ahí está nuestro secreto; pero todo cuanto puedo asegurarte es que, discreta o no, te será absolutamente imposible, cuando estés fuera de aquí, decir una sola palabra sobre lo que ocurre. De modo que ya ves, Thérèse, no te recomiendo ninguna discreción; una política forzosa no encadena en absoluto mis deseos...

Y, con estas palabras, el fraile se durmió. A partir de ese instante ya me resultó imposible dejar de ver que las medidas más violentas se tomaban con las desdichadas despedidas y que la terrible seguridad de que se vanagloriaba sólo era el fruto de su muerte. Me afiancé más que nunca en mi decisión; no tardaremos en ver el efecto.

Así que Clément se durmió, Armande se acercó a mí.

—No tardará en despertarse enfurecido —me dijo—; la naturaleza sólo adormece sus sentidos para otorgarles, después de un poco de reposo, una energía mucho mayor; una escena más, y quedaremos tranquilas hasta mañana.

—Pero —le dije a mi compañera— ¿tú no duermes unos instantes?

—¿Puedo hacerlo? —me contestó Armande—, si no velara de pie alrededor de su cama, y mi negligencia fuera descubierta, sería capaz de apuñalarme.

—¡Cielos! —exclamé—. ¡Cómo! Incluso durmiendo, ¿este malvado quiere que lo que le rodea siga sufriendo?

—Sí —me contestó mi compañera—, la barbarie de esta idea es lo que le proporciona el furioso despertar que vas a ver. En eso es como aquellos escritores perversos cuya corrupción es tan peligrosa, tan activa, que sólo tienen por objetivo, al imprimir sus espantosos sistemas, extender más allá de su vida la suma de sus crímenes. Ya no pueden cometer más, pero sus malditos escritos harán cometerlos, y esta dulce idea que se llevan a la tumba les consuela de la obligación en que les pone la muerte de renunciar al mal.

—¡Qué monstruos! —exclamé.

Armande, que era una criatura muy dulce, me besó derramando unas cuantas lágrimas, y después comenzó a pasear alrededor de la cama de aquel desalmado.

En efecto, al cabo de dos horas el monje se despertó con una prodigiosa agitación, y me tomó con tanta fuerza que creí que iba a ahogarme. Su respiración era viva y jadeante, sus ojos brillaban, pronunciaba sin parar palabras que no eran más que blasfemias o invectivas libertinas. Llama a Armande, le pide las varas, y vuelve a fustigarnos a las dos, pero de una manera aún mas vigorosa de como lo había hecho antes de dormirse. Tenía el aspecto de querer terminar conmigo; yo lanzo unos agudos gritos; para abreviar mis penas, Armande le excita violentamente, él se extravía, y el monstruo, al fin determinado por las más violentas sensaciones, pierde con los chorros abrasadores de su semen tanto su ardor como sus deseos.

El resto de la noche todo fue tranquilo. Al levantarse, el monje se contentó con tocarnos y examinamos a las dos; y como se iba a decir su misa, regresamos al serrallo. A la decana se le antojó desearme en el estado de inflamación en que suponía que yo debía hallarme; anonadada como estaba, ¿podía defenderme? Hizo lo que quiso, lo suficiente para convencerme de que hasta una mujer, en semejante escuela, perdiendo inmediatamente toda la delicadeza y todo el pudor de su sexo, sólo podía volverse, a ejemplo de sus tiranos, obscena o cruel.

Dos noches después, me acosté con Jérôme; no os describiré sus horrores, fueron aún más espantosos.
¡Qué escuela, Dios mío! Finalmente, al cabo de una semana, pasé por todos. Entonces Omphale me preguntó si no era cierto que Clément era el más temible de todos.

—¡Ay! —contesté—, en medio de una multitud de horrores y de porquerías que tanto repugnan y tanto indignan, es muy difícil que me pronuncie sobre el más odioso de estos malvados. Estoy harta de todos, y quisiera ya verme fuera, sea cual sea el destino que me espera.

—Es posible que no tarden en satisfacerte —me contestó mi compañera—. Estamos cerca de la época de la fiesta: rara vez se produce esta circunstancia sin proporcionarles víctimas. O seducen a unas jóvenes a través del confesionario, o, si pueden, las secuestran. Unas cuantas nuevas reclutas que siempre suponen otros tantos despidos...

La famosa fiesta llegó... ¿Podéis creer, señora, a qué monstruosa impiedad se entregaron los monjes para este acontecimiento? Pensaron que un milagro visible aumentaría el brillo de su reputación; en consecuencia revistieron a Florette, la más joven de las mujeres, con todos los ornamentos de la Virgen; y por medio de unos cordones que no se veían la ataron a la pared de la hornacina, y le ordenaron que, de repente, alzara los brazos compungida hacia el cielo cuando se elevara la hostia. Como esta criaturita estaba amenazada con los peores castigos si pronunciaba la más mínima palabra, o interpretaba mal su papel, lo hizo a las mil maravillas, y el simulacro tuvo todo el éxito que cabía esperar. El pueblo proclamó el milagro, dejó ricas ofrendas a la Virgen, y se fue más convencido que nunca de la eficacia de las gracias de la madre celestial. Nuestros libertinos quisieron, para redoblar sus impiedades, que Florette apareciera en las orgías de la noche con las mismas ropas que le habían proporcionado tantos homenajes, y cada uno de ellos inflamó sus odiosos deseos al someterla, bajo este disfraz, a la irregularidad de sus caprichos. Excitados por este primer crimen, los sacrílegos no se contentaron con él: hacen desnudar a la niña, la acuestan boca abajo sobre una gran mesa, encienden unos velones, colocan la imagen de nuestro Salvador en medio del lomo de la joven y se atreven a consumar sobre sus nalgas el más tremendo de nuestros misterios. Yo me desvanecí ante este espectáculo horrible, me fue imposible soportarlo. Severino, al verme en ese estado, dice que para domarme era preciso que yo sirviera de altar a mi vez. Se apoderan de mí; me colocan en el mismo lugar que Florette; el sacrificio se consuma, y la hostia... ese símbolo sagrado de nuestra augusta religión... Severino se apodera de ella, la hunde en el local obsceno de sus placeres sodomitas..., la oprime injuriosamente..., la aprieta ignominiosamente bajo los golpes redoblados de su dardo monstruoso, ¡y arroja, blasfemando, sobre el cuerpo mismo de su Salvador, los chorros impuros del torrente de su lubricidad!

Me retiraron inmóvil de sus manos; tuvieron que transportarme a mi habitación donde lloré ocho días consecutivos el horrible crimen para el que había servido a pesar mío. Este recuerdo sigue destrozando mi alma, no puedo pensar en ello sin estremecerme... Para mí la religión es el efecto del sentimiento; todo lo que la ofende, o la ultraja, hace brotar la sangre de mi corazón.

La época de la renovación mensual estaba a punto de llegar, cuando Severino entra una mañana, a eso de las nueve, en nuestra habitación. Parecía muy excitado; una especie de extravío se dibujaba en sus ojos. Nos examina, nos coloca sucesivamente en su posición predilecta, y se detiene especialmente en Omphale.

Permanece varios minutos contemplándola en esta posición, se excita sordamente, besa lo que se le presenta, hace ver que está en estado de consumar, y no consuma nada. Después la hace levantar, dirige sobre ella unas miradas en las que se dibujan la rabia y la maldad; luego, soltándole un vigoroso puntapié en el bajo vientre, la manda a veinte pasos de distancia.

—La sociedad te despide, ramera —le dijo—; está harta de ti. Prepárate para la entrada de la noche, yo mismo vendré a buscarte.

Y sale. Así que se ha ido, Omphale se levanta; se arroja llorando a mis brazos.

—¡Ya ves! —me dijo—. Por la infamia, por la crueldad de los preliminares, ¿puedes no imaginarte todavía los finales? ¡Qué será de mí, Dios mío!

—Cálmate —le dije a la desdichada—, ahora estoy decidida a todo. Sólo aguardo la oportunidad, y es posible que se presente antes de lo que crees. Divulgaré estos horrores; y si es cierto que su comportamiento es tan cruel como tenemos motivo para pensar, intenta ganar un poco de tiempo, y te arrancaré de sus manos.

En el caso de que Omphale quedara en libertad, juró también que me ayudaría, y lloramos las dos. La jornada pasó sin novedades; a eso de las cinco, subió el propio Severino.

—Vamos —le dijo bruscamente a Omphale—, ¿estás preparada?

—Sí, padre —contestó ella sollozando—; permitidme que abrace a mis compañeras.

—Es inútil —dijo el monje—, no tenemos tiempo para una escena de llantos. Nos esperan, vayámonos. Entonces ella preguntó si tenía que llevarse su ropa. —No —dijo el superior—, ¿acaso no es todo de la casa? Ya no necesitarás nada de eso.

Rectificando después, como alguien que ha hablado demasiado:

—Esta ropa te será inútil, ya encargarás a medida otra que te sentará mejor. Limítate, pues, únicamente a lo que llevas encima.

Le pregunté al monje si quería permitirme acompañar a Omphale sólo hasta la puerta de la casa... Me contestó con una mirada que me hizo retroceder de terror... Omphale sale, arroja sobre nosotras una mirada llena de inquietud y de lágrimas, y así que se ha ido, me precipito desesperada sobre mi cama.

Habituadas a estos acontecimientos, o cegadas respecto a sus consecuencias, mis compañeras se emocionaron menos que yo, y el superior regresó al cabo de una hora: venía a buscar las de la cena. Yo formaba parte de ellas; sólo debía haber cuatro mujeres, la joven de doce años, la de dieciséis, la de veintitrés y yo. Todo se desarrolló más o menos como los otros días; observé únicamente que las mujeres de guardia no estaban, que los monjes se hablaron con frecuencia al oído, que bebieron mucho, que se limitaron a excitar violentamente sus deseos, sin permitirse jamás consumarlos, y que nos despidieron a una hora muy temprana, sin quedarse con ninguna para dormir... ¿Qué deducciones extraer de estas observaciones? Las hice porque en semejantes circunstancias te fijas en todo, pero ¿qué augurar de ahí?
¡Ah!, era tal mi perplejidad que no se presentaba ninguna idea a mi mente sin que fuera inmediatamente rebatida por otra; acordándome de las frases de Clément estaba autorizada a temerlo todo; y luego, la esperanza... esa engañosa esperanza que nos consuela, que nos ciega y que de ese modo nos hace casi tanto bien como daño, finalmente llegaba la esperanza para tranquilizarme... ¡Esos horrores quedaban tan lejos de mí que me resultaba imposible suponerlos! Me acosté en este terrible estado; persuadida a veces de que Omphale no faltaría al juramento; convencida al instante siguiente de que los crueles procedimientos que adoptarían con ella le quitarían cualquier capacidad de sernos útil. Y esa fue mi última opinión cuando vi terminar el tercer día sin haber oído hablar todavía de nada.

Al cuarto día volví a estar entre las de la cena; eran numerosas y selectas. Aquel día estaban allí las ocho mujeres más hermosas; me habían hecho el honor de incluirme entre ellas. También estaban las mujeres de retén. Nada más entrar vimos a nuestra nueva compañera.

—Aquí tenéis a la que la sociedad destina como sustituta de Omphale, señoritas —nos dijo Severino.

Y diciendo eso, arrancó del busto de la joven las mantillas y las gasas que lo cubrían, y vimos a una joven de quince años, con la más agradable y más delicada de las caras: alzó graciosamente sus bellos ojos sobre cada una de nosotras; aún seguían húmedos de lágrimas, pero con expresión más viva; su talle era flexible y ligero, su piel de una blancura deslumbrante, los más hermosos cabellos del mundo, y algo tan seductor en su conjunto que era imposible verla sin sentirse inmediatamente atraído hacia ella. Se llamaba Octavie; no tardamos en saber que era hija de excelente familia, nacida en París y saliendo del convento para casarse con el conde de ***: había. sido raptada en su carruaje con dos gobernantas y tres lacayos; ignoraba qué había sido de su séquito; la habían tomado sola a la entrada de la noche, y, después de haberle vendado los ojos, la habían llevado donde la veíamos sin que le hubiera resultado posible saber nada más.

Nadie le había dicho todavía una palabra. Nuestros cuatro libertinos, un instante en éxtasis ante tantos encantos, sólo tuvieron fuerza para admirarlos. El imperio de la belleza obliga al respeto; a pesar de su corazón, el malvado más corrompido le rinde una especie de culto que jamás infringe sin remordimientos; pero unos monstruos como los que tratábamos languidecen poco debajo de tales frenos.

Vamos, bella criatura —dijo el superior atrayéndola con impudor hacia el sillón en el que se hallaba sentado—, vamos, muéstranos si el resto de tus encantos responde a los que la naturaleza ha colocado con tanta abundancia en tu fisonomía.

Y como la hermosa muchacha se turbaba y se sonrojaba, e intentaba alejarse, Severino, agarrándola bruscamente por el cuerpo, le dijo:

—Comprende, mi pequeña e ingenua Agnès, que lo que quiero decirte es que te desnudes inmediatamente. Y el libertino, con estas palabras, le mete una mano debajo de las faldas sosteniéndola con la otra; se acerca Clément, arremanga hasta encima de los riñones las ropas de Octavie, y expone, con este gesto, los atractivos más dulces y más apetitosos que sea posible ver; Severino, que toca, pero que no ve, se agacha para mirar, y ya los tenemos a los cuatro de acuerdo en que jamás han visto nada tan hermoso. Sin embargo, la modesta Octavie, poco acostumbrada a semejantes ultrajes, derrama lágrimas y se defiende:

—Desnudémosla, desnudémosla dice Antonin—, es imposible ver algo semejante.

Ayuda a Severino, y al instante los encantos de la joven aparecen ante nuestros ojos, sin velo. Jamás hubo sin duda una piel más blanca, jamás unas formas tan afortunadas... ¡Dios, qué crimen!... ¡Tanta belleza, tanta frescura, tanta inocencia y tanta delicadeza tenían que convertirse en la presa de aquellos bárbaros! Octavie, avergonzada, no sabe dónde escapar para ocultar sus encantos, por doquier sólo encuentra unos ojos que los devoran, unas manos brutales que los manosean; se forma un corro alrededor de ella, y, al igual que yo había hecho, lo recorre en todos los sentidos. El brutal Antonin no tiene la fuerza de resistir; un cruel atentado decide el homenaje, y el incienso humea a los pies del dios. Jérôme la compara con nuestra joven compañera de dieciséis años, la más bonita del serrallo sin duda; y empareja los dos altares de su culto.

—¡Ah! ¡Cuánta blancura y cuánta gracia! —dice, tocando a Octavie—. ¡Pero cuánta gentileza y frescura hay también en éste! A decir verdad —prosigue el fraile al rojo vivo—, estoy indeciso.

Después, apretando su boca sobre los atractivos que sus ojos comparan, exclamó:

—Octavie, tú tendrás la manzana; sólo depende de ti, dame el precioso fruto de este árbol adorado por mi corazón... ¡Oh!, sí, sí, dádmelo una de las dos, y aseguro para siempre el premio de la belleza a la que me haya servido antes.

Severino ve que ya es hora de pensar en cosas más serias: absolutamente incapaz de esperar, se apodera de la infortunada, y la coloca de acuerdo con sus deseos. Sin confiar todavía demasiado en sus capacidades, reclama la ayuda de Clément. Octavie llora y nadie la escucha; el fuego reluce en las miradas del impúdico monje, señor de la plaza, diríase que sólo examina las entradas para atacar con mayor seguridad; no utiliza ningún truco, ningún preparativo; ¿se cogerían las rosas con tanto gusto, si se apartaran las espinas? Por enorme que sea la desproporción entre la conquista y el asaltante, éste emprende inmediatamente el combate; un grito desgarrador anuncia la victoria, pero nada enternece al enemigo. Cuanta más gracia implora la cautiva, con mayor fuerza la empuja, y por mucho que la desdichada se debata, no tarda en ser sacrificada.

—Jamás hubo laurel más difícil —dice Severino al retirarse—; por vez primera en mi vida he llegado a pensar que zozobraría cerca del puerto... ¡Ah, qué angosto y qué caluroso! Es el Ganímedes de los dioses.

—Tengo que devolverla al sexo que tú acabas de manchar —dijo Antonin, cogiéndola por allí, y sin dejar que se levantara—. Hay más de una brecha en la muralla.

Y acercándose con fiereza, en un instante llega al santuario. Se escuchan nuevos gritos.

—¡Dios sea loado! —dijo el libertino—. Habría dudado de mi éxito sin los gemidos de la víctima, pero mi triunfo está asegurado, pues veo sangre y lágrimas.

—A decir verdad —dijo Clément, adelantándose con las varas en la mano—, yo tampoco alteraré esta dulce posición, favorece en demasía mis deseos.

La mujer de retén de Jérôme y la de treinta años sostenían a Octavie: Clément mira, toca; la joven asustada le implora y no le enternece.

—¡Oh, amigos míos! —dice el monje exaltado—. ¡,Cómo no fustigar a la colegiala que nos muestra un culo tan hermoso?



_________________
avatar
Melita
Admin

Mensajes : 718
Fecha de inscripción : 03/05/2012
Edad : 25
Localización : Cali, Colombia

Ver perfil de usuario http://librosymaslibros.forosactivos.net

Volver arriba Ir abajo

Re: Primera Parte

Mensaje por Melita el Sáb Mayo 05, 2012 10:03 pm

El aire comenzó a sonar inmediatamente con los silbidos de las varas y el sordo ruido de sus azotes sobre las bellas carnes; se mezclan a ellos los gritos de Octavie y les responden las blasfemias del monje; ¡qué escena para esos libertinos entregados, en medio de todas nosotras, a mil obscenidades! Aplauden, le animan: mientras tanto la piel de Octavie cambia de color, los tintes del rosicler más vivo se juntan con el resplandor de los lirios; pero lo que tal vez divertiría un instante al Amor, si la moderación dirigiera el sacrificio, se vuelve a fuerza de rigor en un crimen espantoso contra sus leyes. Ya nada detiene al pérfido monje; cuanto más se queja la joven alumna, más estalla la severidad del regente; desde la mitad de los riñones hasta la parte baja de los muslos, todo es tratado con idéntica severidad, y al fin sobre los vestigios sangrantes de sus placeres el pérfido apaga sus fuegos.

—Yo seré menos salvaje que todo eso —dijo Jérôme agarrando a la bella, y pegándose a sus labios de coral—. Este es el templo donde voy a sacrificar... y en esta boca encantadora...

Me callo... Es el reptil impuro ajando una rosa, mi comparación os lo dice todo.

El resto de la velada fue semejante a todo lo que ya sabéis, de no ser que la belleza, la edad conmovedora de la joven, excitando aún más a esos malvados, redoblaron todas sus infamias, y la saciedad mucho más que la conmiseración, llevando a la desdichada a su cámara, le devolvió al menos por unas pocas horas la calma que necesitaba.

Yo habría deseado poder consolarla esa primera noche, pero obligada a pasarla con Severino, era yo, por el contrario, la que se hallaba en el caso de sentir gran necesidad de ayuda. Había tenido la desgracia, no de gustar, la palabra no sería adecuada, sino de excitar más vivamente que cualquier otra los infames deseos de este sodomita; ahora me deseaba casi todas las noches. Agotado por ésta, sintió necesidad de experimentos: temiendo sin duda no haberme hecho todavía suficiente daño con la espantosa espada de que estaba dotado, imaginó esta vez perforarme con uno de esos artefactos de religiosas que la decencia no me permite nombrar y que era de un grosor desmesurado. Hubo que prestarse a todo. El mismo hacía penetrar el arma en su querido templo; a fuerza de empujones entró muy adentro; grito: el monje se divierte; después de unas cuantas idas y venidas, retira de golpe y con violencia el instrumento y se engulle él mismo en la sima que acaba de entreabrir... ¡Vaya capricho! ¿No es exactamente lo contrario de todo lo que los hombres pueden desear? Pero ¡,quién puede definir el alma de un libertino? Hace mucho que sabemos que allí está el enigma de la naturaleza: todavía no nos ha dado la clave.

A la mañana, encontrándose algo más fresco, quiso probar otro suplicio. Me mostró una máquina mucho más gruesa todavía: estaba hueca y provista de un émbolo que despedía el agua con una fuerza increíble por una abertura que daba al chorro más de tres pulgadas de circunferencia. Este enorme instrumento tenía nueve de perímetro por doce de largo. Severino lo hizo llenar de agua muy caliente y quiso hundírmelo por delante. Horrorizada ante semejante proyecto, me arrojo a sus rodillas para pedirle gracia, pero él se halla en una de esas malditas situaciones en las que la piedad ya no se atiende, y en las que las pasiones, mucho más elocuentes, ponen en su lugar, sofocándola, una crueldad muchas veces peligrosa. El fraile me amenaza con toda su cólera si no me presto; debo obedecer. La pérfida máquina penetra dos tercios, y el desgarro que me produce unido a su extremo calor, están a punto de desmayarme. Durante ese tiempo, el superior, sin cesar de insultar las partes que ofende, se hace masturbar por su doncella. Después de un cuarto de hora de este frote que me lacera, suelta el émbolo que arroja el agua hirviente a lo más profundo de la matriz... Me desvanezco. Severino se extasiaba... Había alcanzado un delirio por lo menos igual a mi dolor.

—Eso no es nada —dijo el traidor, cuando hube recuperado los sentidos—, aquí a veces tratamos estos encantos con mucha mayor dureza... Una ensalada de espinas, ¡diantre!, con su pimienta, con su vinagre, hundida dentro con la punta de un cuchillo, eso es lo que les conviene para remozarlos. A la primera falta que cometas, te condeno a ello— dijo el malvado manoseando una vez más el único objeto de su culto.

Pero dos o tres homenajes, después de los excesos de la víspera, le habían dejado para el arrastre: me despidió.

Al regresar, encontré a mi nueva compañera hecha un mar de lágrimas; hice cuanto pude por calmarla, pero no es fácil entender rápidamente un cambio de situación tan espantoso. Esta joven poseía, además, un gran fondo de religión, de virtud y de sensibilidad, con lo que su estado le parecía aún más terrible. Omphale tenía razón al decirme que la veteranía no influía en nada en los despidos; que dictados simplemente por la fantasía de los monjes, o por su temor de algunas pesquisas posteriores, cabía sufrirlo tanto al cabo de ocho días como al cabo de veinte años. Octavie sólo llevaba cuatro meses con nosotras, cuando Jéróme vino a anunciarle su partida, aunque fuera él quien más había gozado de ella durante su estancia en el convento, y hubiera podido quererla y desearla más. La pobre niña se fue, haciéndonos las mismas promesas que Omphale; tampoco ella las cumplió.

A partir de entonces, sólo me ocupé del proyecto que había concebido desde la partida de Omphale; decidida a todo por escapar de esa guarida salvaje, nada me asustó para conseguirlo. ¿Qué podía temer llevando a cabo mi intención? La muerte. ¿Y de qué estaba segura permaneciendo? De la muerte. Y si lo conseguía, me salvaba. Así que no había nada que discutir, pero necesitaba, antes de esta empresa, que los funestos ejemplos del vicio recompensado se reprodujeran una vez más bajo mis ojos; estaba escrito en el gran libro de los destinos, en ese libro oscuro que ningún mortal alcanza a comprender, estaba grabado en él, digo, que todos aquellos que me habían atormentado, humillado, esclavizado, pagaran incesantemente ante mis miradas el precio de sus fechorías, como si la Providencia se empeñara en mostrarme la inutilidad de la virtud... Funestas lecciones que, sin embargo, no me corrigieron, y que, aunque tuviera que seguir escapando de la espada colgada sobre mi cabeza, no me impedirían seguir siendo siempre la esclava de esta divinidad de mi corazón.

Una mañana, sin que lo esperáramos, Antonin apareció en nuestra habitación y nos anunció que el reverendo padre Severino, pariente y protegido del Papa, acababa de ser nombrado por Su Santidad general de la orden de los benedictinos. Y al día siguiente, en efecto, el religioso partió sin vernos: esperaban, nos dijeron, otro muy superior en los excesos a todos los que se quedaban; nuevos motivos para acelerar mis gestiones.

El día después de la marcha de Severino, los monjes se habían decidido a licenciar a otra de mis compañeras; elegí para mi evasión el mismo día en que vinieron a anunciar la baja de aquella miserable, a fin de que los monjes más ocupados se fijaran menos en mí.

Estábamos al comienzo de la primavera; la longitud de las noches todavía favorecía en algo mis diligencias. Llevaba dos meses preparándolas sin que nadie se lo imaginara; serraba poco a poco, con una mediocre tijera que había encontrado, las rejas de mi cuarto de aseo; mi cabeza ya pasaba fácilmente por ellas, y, con la ropa de cama que me daban, había trenzado una cuerda más que suficiente para salvar los siete u ocho metros de altura que Omphale me había dicho que tenía el edificio. Cuando se llevaron mis ropas, había tenido la precaución, como ya os dije, de apartar mi pequeña fortuna que ascendía a cerca de seis luises, y siempre la había ocultado cuidadosamente. La escondí en el pelo y, como casi toda nuestra cámara estaba en la cena aquella noche, a solas con una de mis compañeras que se acostó así que las otras hubieron bajado, entré en el cuarto de aseo; allí, destapando el agujero que había tenido el cuidado de cubrir todos los días, até mi cuerda a uno de los barrotes que estaba intacto, y, dejándome deslizar por ese medio, no tardé en tocar el suelo. No era eso lo que más me preocupaba: los seis recintos de muros o de setos vivos, de que me había hablado mi compañera, me inquietaban mucho más.

Una vez allí, descubrí que cada espacio o avenida circular dejado entre uno y otro seto no tenía más de ocho pies de anchura, y esta proximidad permitía imaginar a primera vista que todo lo que se hallaba en este lado sólo era un macizo boscoso. La noche era muy oscura; al contornear la primera avenida circular para investigar si encontraría una abertura en el seto, pasé por debajo de la sala de las cenas. Ya no estaban allí; mi inquietud aumentó; proseguí, sin embargo, mis investigaciones. Llegué así a la altura de la ventana de la gran sala subterránea que se hallaba debajo de la de las orgías ordinarias. Descubrí en ella mucha luz, fui lo bastante atrevida como para acercarme; por mi situación, tenía que agacharme. Mi desdichada compañera estaba tendida sobre un caballete, los cabellos sueltos y destinada sin duda a algún espantoso suplicio en el que encontraría, como libertad, el eterno fin de sus desgracias... Me estremecí, pero lo que mis miradas acabaron de descubrir aún me asombró más: Omphale, o no lo sabía todo, o había callado algo; descubrí en ese subterráneo cuatro jóvenes desnudas, que me parecieron muy hermosas y muy jóvenes, y que sin duda no eran de las nuestras.

Así que en este horrible asilo había más víctimas de la lubricidad de esos monstruos... otras desdichadas desconocidas por nosotras... Me apresuré a huir, y seguí girando hasta llegar al lado opuesto del subterráneo: no habiendo encontrado todavía la brecha, decidí hacer una. Sin que nadie se hubiera dado cuenta, me había provisto de un largo cuchillo: trabajé. Pese a mis guantes, mis manos no tardaron en quedar desgarradas, pero nada me detuvo. El seto tenía más de dos pies de espesor, lo entreabrí, y ya estaba en la segunda avenida. Allí me sorprendió notar bajo mis pies una tierra blanda y flexible en la que me hundía hasta el tobillo: cuanto más avanzaba por el tupido bosquecillo, más profunda era la oscuridad. Curiosa por saber a qué obedecía el cambio del suelo, lo toco con mis manos... ¡Oh, santo cielo! ¡Cojo la cabeza de un cadáver! ¡Dios mío!, pensé asustada, es aquí sin duda, como me habían dicho, el cementerio donde esos verdugos arrojan a sus víctimas; ¡casi ni se toman la molestia de cubrirlas de tierra!... ¡Puede que este cráneo sea el de mi querida Omphale, o el de la desdichada Octavie, tan hermosa, tan dulce, tan buena, y que sólo ha aparecido en la tierra como las rosas de las que sus encantos era la imagen! ¡Yo misma, ay, aquel hubiera sido mi lugar! ¡Por qué no sufrir mi suerte! ¡,Qué ganaría en ir a buscar nuevos reveses? ¡,Acaso no he cometido ya suficientes males? ¿No me he convertido en el motivo de un número más que suficiente de crímenes? ¡Ah, cumplamos mi destino! ¡Oh, tierra, ábrete para engullirme!
¡Cuando alguien se halla tan desamparada, tan pobre, tan abandonada como yo, por qué hay que tomarse tantos trabajos para seguir vegetando unos instantes más entre los monstruos!... Pero no, debo vengar la virtud aherrojada... Ella lo espera de mi valor... No nos dejemos abatir... sigamos: es esencial que el universo se libre de unos malvados tan peligrosos como éstos. ¿Debo temer perder a tres o cuatro hombres a cambio de salvar a millones de individuos que su política o su ferocidad sacrifica?

Atravieso, pues, el seto en que me encuentro; era más espeso que el anterior; a medida que iba avanzando eran más impenetrables. Consigo, sin embargo, agujerearlo, y más allá un suelo firme... ya nada que me anunciara los mismos horrores que acababa de encontrar. Alcanzo de ese modo el borde del foso sin haber descubierto la muralla que me había anunciado Omphale; seguramente no existía, y es verosímil que los monjes hablaran de ella para aterrorizarnos aún más. Menos encerrada más allá del séxtuplo recinto, diferenciaba mejor los objetos: la iglesia y el cuerpo de un edificio que tenía adosado se ofrecieron inmediatamente a mis miradas. El foso bordeaba uno y otro.

Evité intentar franquearlo por este lado; recorrí los bordes, y viéndome al fin ante uno de los senderos del bosque, decidí cruzarlo por allí e introducirme por ese sendero una vez que hubiera pasado al otro lado. El foso era muy profundo, pero, para mi suerte, estaba seco. Como el revestimiento era de ladrillo, no había ningún medio de deslizarme por él, así que me arrojé. Un poco aturdida por la caída, tardé unos instantes en levantarme... Prosigo, alcanzo el otro lado sin obstáculo, pero ¿cómo trepar por él? A fuerza de buscar un lugar accesible, encuentro al final uno donde unos cuantos ladrillos rotos me permitían a la vez la facilidad de servirme de los otros como escalones y la de hundir, para sostenerme, la punta de mi pie en el suelo. Ya estaba casi en la cima, cuando, desmoronándose todo bajo mi peso, caigo al foso debajo de los escombros que había arrastrado. Me creí muerta. Aquella caída, realizada involuntariamente, había sido más ruda que la anterior. Además, estaba enteramente recubierta de los materiales que me habían seguido; algunos de ellos me habían golpeado la cabeza, me sentía totalmente fracasada... «¡Oh, Dios mío!», me dije desesperada; «no sigamos; quedémonos aquí; es una advertencia del cielo; no quiere que siga: mis ideas me engañan sin duda; es posible que el mal sea útil en la Tierra, y cuando la mano de Dios lo desea, ¡quizás es un error oponerse a él!» Pero, prontamente rebelada contra un sistema demasiado desdichado fruto de la corrupción que me había rodeado, me libero de los escombros que me cubren, y encontrando mayor facilidad en subir por la brecha que acabo de hacer, a causa de los nuevos agujeros que se han formado en ella, lo intento una vez más, me animo, me hallo en un instante en la cima. Todo eso me había alejado del sendero que había descubierto, pero habiéndome fijado bien en él, lo alcanzo de nuevo y escapo a la carrera. Antes del final del día, ya me hallaba fuera del bosque, y a no tardar sobre aquel montículo desde el cual, seis meses atrás, para mi desdicha, había divisado el terrible convento. Descanso allí unos minutos, estaba empapada; mi primera preocupación es arrojarme de rodillas y de nuevo pedir perdón a Dios por las faltas involuntarias que había cometido en aquel odioso receptáculo del crimen y de la impureza; lágrimas de pesar no tardaron en manar de mis ojos. «¡Ay!», me dije «¡yo era mucho menos criminal cuando abandoné, el pasado año, este mismo sendero, guiada por un principio de devoción tan funestamente burlado! ¡Oh, Dios, en qué estado puedo contemplarme ahora!» Levemente calmadas estas funestas reflexiones por el placer de verme libre, proseguí mi camino hacia Dijon, imaginando que sólo en esa capital mis denuncias podían ser legítimamente admitidas...

Aquí la señora de Lorsange quiso obligar a Thérèse a recuperar el aliento, por lo menos durante unos minutos; lo necesitaba; el calor que ponía en su narración, las llagas que esos funestos relatos volvían a abrir en su alma, todo, en fin, la obligaba a unos cuantos momentos de tregua. El señor de Corville hizo traer unos refrescos, y al cabo de un poco de reposo, nuestra heroína prosiguió, como veremos a continuación, el detalle de sus deplorables aventuras.



_________________
avatar
Melita
Admin

Mensajes : 718
Fecha de inscripción : 03/05/2012
Edad : 25
Localización : Cali, Colombia

Ver perfil de usuario http://librosymaslibros.forosactivos.net

Volver arriba Ir abajo

Re: Primera Parte

Mensaje por Contenido patrocinado


Contenido patrocinado


Volver arriba Ir abajo

Volver arriba

- Temas similares

 
Permisos de este foro:
No puedes responder a temas en este foro.