Capítulo XXXVI

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Capítulo XXXVI

Mensaje por iita ™ el Vie Ago 31, 2012 8:19 pm

Tres soldados de Intrepidez me persiguen. Corren al unísono, sus pasos haciendo eco en el callejón. Uno de ellos dispara, y caigo, raspando mis manos en el suelo. La bala golpea la pared de ladrillo a mi derecha, y pedazos de ladrillo se dispersan por todas partes. Me tiro a la esquina y meto una bala en la cámara de mi pistola.
Ellos mataron a mi madre. Coloco el arma frente al callejón y disparo ciegamente. No eran realmente ellos, pero no importa, no puede importar y al igual que la misma muerte, no puede ser real en este momento.
Sólo un conjunto de pasos ahora. Sostengo el arma con ambas manos y me quedo de pie al final del callejón, apuntándole a un soldado Intrepidez. Mi dedo aprieta el gatillo, pero no lo suficientemente fuerte para disparar. El hombre corriendo hacia mí no es un hombre, es un niño. Un chico con un cabello desgreñado, y una arruga entre sus cejas.
Will. Sus ojos embotados y sin sentido, pero sigue siendo Will. Él deja de correr y me mira, sus pies plantados y su pistola arriba. En un instante, veo sus dedos sobre el gatillo y escucho la bala deslizarse a la cámara, y yo disparo. Mis ojos cerrados. No puedo respirar.
La bala lo impacta en la cabeza. Lo sé porque ahí fue donde apunté.
Me doy la vuelta sin abrir los ojos y corro tropezando lejos del callejón. Al norte y Fairfield. Tengo que mirar el letrero de la calle para saber dónde estoy, pero no puedo leerlo; mi visión es borrosa. Parpadeo varias veces. Estoy sólo a unos metros del edificio que contiene lo que queda de mi familia.
Me arrodillo junto a la puerta. Tobías me llamaría imprudente por hacer cualquier ruido. El ruido puede atraer a los soldados Intrepidez.
Presiono mi frente en la pared y grito. Después de unos segundos aprieto mi mano sobre mi boca para amortiguar el sonido y grito otra vez, un grito que se convierte en un sollozo. La pistola traquetea al suelo. Todavía veo a Will.
Él sonríe en mi memoria. Su labio curvado. Sus dientes rectos. Luz en sus ojos. Riendo, bromeando, más vivo en la memoria de lo que realmente estoy. Era él o yo. Pero también me siento muerta.
Golpeo la puerta, dos veces, luego tres, luego seis veces, como mi madre me dijo.
Limpio las lágrimas de mi cara. Es la primera vez que veré a mi padre desde que lo dejé, y no quiero que él me vea medio derrumbada y sollozando.
La puerta se abre, y Caleb está de pie en la entrada. La visión me aturde. Él me mira fijamente por unos segundos y después envuelve sus brazos a mi alrededor, su mano presionando la herida en mi hombro. Me muerdo el labio para no gritar, pero un gemido se me escapa de todos modos, y Caleb se tira hacia atrás.
―Beatrice. Oh Dios, ¿Estás herida?
―Vamos adentro ―le digo débilmente.
Arrastra su pulgar debajo de sus ojos, capturando la humedad. La puerta se cierra detrás de nosotros.
La habitación está poco iluminada, pero veo caras familiares, antiguos vecinos y compañeros de clase y los compañeros de trabajo de mi padre. Mi padre, quien me mira como si me hubiera crecido una segunda cabeza. Marcus. Verlo a él me duele; Tobías…
No. No voy a hacer eso. No voy a pensar en él.
―¿Cómo sabes acerca de este lugar? ―dice Caleb― ¿Mamá te encontró?
Asiento con la cabeza. Tampoco quiero pensar en mi Mamá.
―Mi hombro ―digo.
Ahora que estoy a salvo, la adrenalina que me impulsó aquí se está desvaneciendo, y el dolor está empeorando. Caigo hasta mis rodillas. El agua gotea de mi ropa en el piso de cemento. Un sollozo se levanta dentro de mí, desesperado por liberarse, y lo ahogo.
Una mujer llamada Tessa quien vivía en la calle debajo de nosotros rueda una camilla. Ella estaba casada con un miembro del consejo, pero no lo veo aquí. Él probablemente está muerto.
Alguien más trae una lámpara desde una esquina hasta otra por lo que tenemos luz. Caleb tiene un botiquín de primeros auxilios, y Susan me da una botella de agua. No hay mejor lugar para recibir ayuda que una habitación llena de miembros de Abnegación. Miro a Caleb. Él está vistiendo gris otra vez. Verlo en el complejo de Sabiduría, ahora se siente como un sueño.
Mi padre viene, levanta mi brazo sobre sus hombros, y me ayuda a cruzar la habitación.
―¿Por qué estas mojada? ―pregunta Caleb.
―Ellos trataron de ahogarme ―digo― ¿Por qué estás aquí?
―Hice lo que dijiste… lo que Mamá dijo. Busqué el suero de simulación y descubrí que Jeanine estuvo trabajando para desarrollar transmisores del suero de largo alcance, así su señal podía extenderse más allá, lo cual me llevo a la información de Sabiduría e Intrepidez… en fin, dejé la Iniciación cuando me di cuenta de qué estaba sucediendo. Te lo hubiera advertido, pero era demasiado tarde. ―dice―. Soy un Sin Facción ahora.
―No, no lo eres ―dice mi padre severamente―. Estás con nosotros.
Me arrodillo en la camilla y Caleb corta pedazos de mi camisa cerca de mi hombro con un par de tijeras médicas. Caleb quita el cuadrado de tela, revelando primero el tatuaje de Abnegación sobre mi hombro derecho y de segundas, las tres aves en mi clavícula. Caleb y mi padre miran ambos tatuajes con la misma mirada de fascinación y sorpresa pero ninguno dice nada acerca de ellos.
Me acuesto sobre mi estómago. Caleb me aprieta la palma mientras mi padre saca el antiséptico del botiquín de primeros auxilios.
―¿Alguna vez has sacado una bala de alguien, antes? ―pregunto, con una risa temblorosa en mi voz.
―Las cosas que sé hacer te pueden sorprender ―contesta él.
Un montón de cosas sobre mis padres me podrían sorprender. Pienso en el tatuaje de mi Mamá y muerdo mi labio.
―Esto dolerá ―dice él.
No veo el cuchillo entrar, pero lo siento. El dolor se extiende a través de mi cuerpo y grito con mis dientes apretados, aplastando la mano de Caleb. En medio del grito, escucho a mi padre pedirme que relaje mi espalda. Las lágrimas corren por las esquinas de mis ojos y hago lo que me dice. El dolor comienza de nuevo, y siento el cuchillo moviéndose bajo mi piel, y aún estoy gritando.
―La tengo ―él dice. Deja caer algo en el suelo con un pequeño golpecito.
Caleb mira a mi padre y luego a mí, y después ríe. No lo había escuchado reír hace tanto tiempo que el sonido me hace llorar.
―¿Qué es tan gracioso? ―digo, sorbiendo mi nariz.
―Nunca pensé verlos de nuevo, juntos ―dice.
Mi padre limpia la piel alrededor de mi herida con algo frío. ―Tiempo de la costura ―dice.
Asiento. Él enhebra la aguja como lo ha hecho mil veces.
―Uno ―dice―… dos… tres.
Aprieto la mandíbula y me quedo quieta en esta ocasión. De todo el dolor que he sufrido hoy; el dolor de recibir un disparo y casi ahogarme y sacar la bala de nuevo, de encontrar y perder a mi madre y a Tobías, éste es el más fácil de soportar.
Mi padre termina de coser mi herida, ata el hilo y cubre los puntos con un vendaje. Caleb me ayuda sentarme y separa los dobladillos de sus dos camisas, tirando de la manga larga por encima de su cabeza y me la ofrece.
Mi padre me ayuda a guiar mi brazo derecho a través de la manga de la camisa, y tiro el resto por encima de mi cabeza. Es holgada y huele fresco, huele como Caleb.
―Entonces ―dice mi padre en voz baja―. ¿Dónde está tu madre?
Miro abajo. No quiero dar las noticias. No quiero dar esta noticia, para empezar.
―Ella se ha ido ―digo―. Ella me salvó.
Caleb cierra los ojos y toma un respiro profundo.
Mi padre se ve momentáneamente afectado y luego se recupera a sí mismo, apartando los ojos brillantes y asintiendo.
―Eso es bueno ―dice sonando tenso―. Una buena muerte.
Sí hablo ahora, me romperé, y no puedo permitirme el lujo de hacer eso. Así que solo asiento.
Eric llamó el suicidio de Al, valiente, y estaba equivocado. La muerte de mi madre era valiente. Recuerdo lo tranquila que estaba, la determinación. No es solo valiente el que haya muerto por mí; es valiente que lo hizo sin anunciarlo, sin vacilar y sin que pareciera considerar otra opción.
Él me ayuda a ponerme en pie. Hora de hacerle frente al resto de la habitación. Mi madre me dijo que tengo que salvarlos. Debido a eso, y porque soy Intrepidez, es mi deber hacerlo ahora. No tengo idea de cómo llevar esa carga.
Marcus se levanta. Una visión de él azotando mi brazo con una correa, corre en mi mente cuando lo veo, y me aprieta el pecho.
―Sólo estaremos a salvo aquí por un tiempo ―dice Marcus finalmente―. Tenemos que salir de la ciudad. Nuestra mejor opción es ir al complejo de Concordia y esperar a que ellos nos reciban. ¿Sabes algo de la estrategia de Intrepidez, Beatrice? ¿Ellos pararan de pelear en la noche?
―Esta no es una estrategia de Intrepidez ―digo―. Todo esto está planeado por Sabiduría. Y no es como si ellos estuvieran dando órdenes.
―No dan órdenes ―dice mi padre―. ¿Qué quieres decir?
―Es decir ―digo―, el noventa por ciento de Intrepidez están sonámbulos ahora. Ellos están en una simulación y no saben lo que están haciendo. La única razón por la que no estoy como ellos es porque yo soy… ―dudo de la palabra―… El control de mente no me afecta.
―¿Control de mente? Entonces ¿ellos nos saben que están matando gente ahora? ―mi padre me pregunta, sus ojos abiertos.
―No.
―Eso es… horrible. ―Marcus sacude la cabeza. El sonido de su tono comprensivo dirigido a mí―. Despertar y darte cuenta de lo que has hecho…
La habitación queda en silencio, probablemente mientras todos los de Abnegación se imaginan en el lugar de los soldados de Intrepidez, y entonces es cuando se me ocurre.
―Tenemos que despertarlos ―digo
―¿Qué? ―dice Marcus.
―Si los despertamos, ellos probablemente se revelarán cuando se den cuenta de lo que está pasando ―explico―. Si Sabiduría no tiene un ejército. Abnegación dejará de morir. Esto habrá terminado.
―No será así de simple ―dice mi padre―. Incluso sin Intrepidez ayudándoles, ellos encontraran la manera para…
―¿Y cómo se supone que los despertaremos? ―dice Marcus.
―Encontramos las computadoras que controlan la simulación y destruimos los datos ―digo―. El programa. Todo.
―Es más fácil decirlo que hacerlo ―dice Caleb―, podría estar en cualquier lugar. No podemos sólo aparecer en el complejo de Sabiduría y comenzar a hurgar.
―Es… ―frunzo el ceño. Jeanine. Jeanine estaba hablando de algo importante cuando Tobías y yo entramos a su oficina, lo suficientemente importante para colgar a alguien. No puedes sólo dejarlo indefenso. Y luego, cuando ella estaba enviando a Tobías lejos: enviándolo a la sala de control. La sala de control donde Tobías solía trabajar. Con los monitores de seguridad de Intrepidez. Y los computadores Intrepidez.
―Está en la oficina principal de Intrepidez ―digo―. Tiene sentido. Ahí es donde se almacenan todos los datos de Intrepidez, así que ¿Por qué no controlarlo desde allí?
Apenas registro lo que les digo. Desde ayer, técnicamente me convertí en Intrepidez, pero no me siento como una. Y tampoco soy Abnegación.
Supongo que soy lo que siempre he sido. No soy Intrepidez, ni Abnegación, ni Sin Facción. Soy Divergente.
―¿Estás segura? ―pregunta mi padre.
―Es una suposición basada en información ―digo―, y esa es la mejor teoría que tengo.
―Entonces tenemos que decidir quién va y quién continúa en lo de Concordia ―dice―. ¿Qué tipo de ayuda necesitas, Beatrice?
La pregunta me aturde, así como la expresión que él usa. Me mira como si fuera una compañera. Me habla como si fuera una compañera. O él ha aceptado que soy una adulta ahora, o bien ha aceptado que no soy más su hija. La última es más probable y más dolorosa.
―Cualquier persona que pueda disparar un arma ―digo―, y que no le tenga miedo a las alturas.
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