Capítulo VIII

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Capítulo VIII

Mensaje por iita ™ el Vie Ago 17, 2012 2:18 pm

―La primera cosa que vamos a aprender hoy es cómo disparar un arma de fuego. La segunda es la manera de ganar una lucha. ―Cuatro presiona un arma en mi mano sin mirarme y sigue caminando―. Afortunadamente, si ustedes están aquí, ya saben cómo subir y bajar de un tren en movimiento, por lo que no es necesario que se les enseñe eso.
No es de extrañar que los Intrepidez esperaran que empezáramos con buen pie, pero anticipaba más de seis horas de descanso antes de que la carrera comenzara. Mi cuerpo sigue estando pesado por el sueño.
―La Iniciación se divide en tres etapas. Vamos a medir su progreso y ponerles el rango de acuerdo a su desempeño en cada etapa. Las etapas no se pesan igual para determinar su posición final, por lo que es posible, aunque difícil, mejorar drásticamente su rango con el tiempo.
Me quedo mirando el arma en mi mano. Nunca en mi vida esperé sostener un arma, y mucho menos disparar una. Se siente peligrosa para mí, como si con sólo tocarla, pudiera lastimar a alguien.
―Creemos que la preparación erradica la cobardía, que se define como la falta de acción en el medio del temor ―dice Cuatro―. Por lo tanto, cada etapa de la Iniciación tiene la intención de prepararlos de una manera diferente. La primera etapa es principalmente física; la segunda, principalmente emocional; y la tercera, principalmente mental.
―¿Pero qué…? ―bosteza Peter a través de sus palabras―. ¿Qué tiene que ver el disparar un arma de fuego con… la valentía?
Cuatro lanza y atrapa el arma en su mano, presiona el cañón en la frente de Peter, y las balas hacen clic en su lugar. Peter se congela con sus labios entreabiertos, un bostezo muerto en su boca.
―Despierta. Arriba ―le grita Cuatro en la cara―. Tienes en tus manos un arma cargada, idiota. Actúa como tal.
Él baja el arma. Una vez que la amenaza inmediata ha desaparecido, los verdes ojos de Peter se endurecen. Me sorprende que él pueda detenerse a sí mismo de responder, después de hablar todo lo que pasaba por su mente toda su vida en Sinceridad, pero lo hace, con las mejillas rojas.
―Y para responder a tu pregunta… es mucho menos probable que te ensucies los pantalones y llores por tu madre, si estás preparado para defenderte. ―Cuatro deja de caminar al final de la fila y se da vuelta sobre su talón―. Esto también es información que pueden necesitar más adelante en la primera etapa. Por lo tanto, mírenme.
Se enfrenta a la pared con objetivo; un cuadrado de madera con tres círculos rojos uno para cada uno de nosotros. Se pone de pie con las piernas abiertas, sostiene el arma con ambas manos, y dispara. La explosión es tan fuerte que me duelen los oídos. Doblo el cuello para mirar hacia el objetivo. La bala atravesó el círculo del medio.
Me dirijo a mi propio objetivo. Mi familia nunca aprobaría que disparara un arma de fuego. Ellos dirían que las armas se utilizan para defensa propia, si no la violencia, y por lo tanto son auto-servicio.
Empujo a mi familia de mi mente, abro mis pies al ancho de mis hombros, y delicadamente envuelvo ambas manos alrededor del mango del arma. Es pesada y difícil de levantar lejos de mi cuerpo, pero quiero que esté lo más lejos de mi cara como sea posible. Aprieto el gatillo, de forma tímida primero y luego con más fuerza, encogiéndose la distancia de la pistola. El sonido hace que me duelan los oídos y el retroceso envía mis manos hacia atrás, hacia mi nariz. Me tropiezo, apretando la mano contra la pared detrás de mí para mantener el equilibrio. No sé dónde está mi bala, pero sé que no está cerca del objetivo.
Disparo una y otra y otra vez, y ninguna de las balas se acercan.
―Estadísticamente hablando ―dice sonriéndome el chico Sabiduría junto a mí, su nombre es Will―, deberías haberle dado en el blanco al menos una vez a estas alturas, aunque sea por accidente. ―Él es rubio, de pelo enmarañado y un pliegue entre las cejas.
―Así es ―le digo sin ninguna inflexión.
―Sí ―dice―. Creo que en realidad estás desafiando a la naturaleza.
Aprieto los dientes y me doy vuelta hacia el objetivo, con la resolución de por lo menos estar quieta. Si no puedo dominar la primera tarea que nos dan, ¿cómo voy a hacerlo a través de la primera etapa?
Aprieto el gatillo, duro, y esta vez estoy preparada para el retroceso. Hace que mis manos salten hacia atrás, pero mis pies están plantados. Un agujero de bala aparece en el borde del objetivo, y le levanto una ceja a Will.
―Así que ya ves, estoy en lo cierto. Las estadísticas no mienten ―dice.
Sonrío un poco.
Me lleva cinco rondas golpear el centro del blanco, y cuando lo hago, un torrente de energía pasa a través de mí. Estoy despierta, con los ojos abiertos, mis manos calientes. Bajo el arma.
Hay poder en el control de algo que puede hacer daño, en controlar algo, y punto.
Tal vez debería estar aquí.
En el momento que descansamos para almorzar, mis brazos laten por haber sostenido el arma y mis dedos son difíciles de enderezar. Los masajeo en mi camino hacia el comedor. Christina invita a Al a sentarse con nosotros. Cada vez que lo miro, escucho sus sollozos de nuevo, así que trato de no mirarlo.
Muevo mis guisantes con el tenedor, y mis pensamientos derivan de nuevo en las pruebas de aptitud. Cuando Tori me advirtió que era peligroso ser Divergente, me sentí como si hubiera sido grabado en mi rostro, y si tomaba el camino equivocado, alguien lo vería. Hasta ahora no ha sido un problema, pero eso no me hace sentir segura. ¿Qué pasa si bajo la guardia y sucede algo terrible?
―Oh, vamos. ¿No te acuerdas de mí? ―le pregunta Christina a Al, que se hace un sándwich―. Estábamos juntos en matemáticas hace sólo unos días. Y no soy una persona tranquila.
―Dormí en Matemáticas la mayoría del tiempo ―responde Al―. ¡Era la primera hora!
¿Qué pasa si el peligro no viene pronto, qué si golpea en años a partir de ahora, y nunca lo vea venir?
―Tris ―dice Christina. Ella chasquea los dedos en frente de mi cara―. ¿Estás ahí?
―¿Qué? ¿Qué es?
―Te pregunté si te acuerdas de tomar alguna clase conmigo ―dice―. Quiero decir, sin ofenderte, pero probablemente no me acordaría de ti si lo hiciste. Todos en Abnegación se ven igual para mí. Quiero decir, todavía lo hacen, pero ahora que no eres una de ellos.
La miro fijamente. Como si necesitara que me lo recordara.
―Lo siento, ¿estoy siendo grosera? ―pregunta―. Estoy acostumbrada a decir simplemente lo que está en mi mente. Mamá solía decir que la cortesía es el engaño en un envase bonito.
―Creo que eso es por lo que nuestras Facciones no suelen asociarse entre sí ―le digo, con una breve carcajada. Sinceridad y Abnegación no se odian entre sí en la misma forma que Sabiduría y Abnegación lo hacen, pero se evitan entre sí. El verdadero problema de Sinceridad es con Concordia. Aquellos que buscan la paz por encima de todo, dicen, siempre van a engañar para mantener el agua calma.
―¿Me puedo sentar aquí? ―dice Will, golpeando la mesa con el dedo.
―¿Qué, no quieres pasar el rato con tus amigos Sabiduría? ―dice Christina.
―Ellos no son mis amigos ―dice Will, poniendo su plato abajo―. El hecho de que estábamos en la misma Facción no quiere decir que nos llevamos. Además, Edward y Myra están saliendo, y prefiero no ser la tercera rueda.
Edward y Myra, los otros Sabiduría transferidos, se encontraban sentados a dos mesas de distancia, tan cerca que tocaban sus codos mientras cortaban sus alimentos. Myra hace una pausa para besar a Edward. Los veo con cuidado.
Sólo he visto unos cuantos besos en mi vida.
Edward vuelve la cabeza y aprieta sus labios en los de Myra. El aire silba entre mis dientes, y miro hacia otro lado. Una parte de mí espera a que los regañen. Otra parte se pregunta, con un toque de desesperación, qué se sentirá tener los labios de alguien contra los míos.
―¿Tienen que ser tan públicos? ―digo.
―Ella sólo le dio un beso ―Al me frunce el ceño. Cuando frunce el ceño, sus pobladas cejas tocan sus pestañas―. No es como si se estuvieran desnudando.
―Un beso no es algo que se hace en público.
Al, Will, y Christina todos me dan la misma conocedora sonrisa.
―¿Qué? ―digo.
―Tu Abnegación se está mostrando ―dice Christina―. El resto de nosotros estamos bien con un poco de afecto en público.
―Oh. ―Me encojo de hombros―. Bueno... creo que voy a tener que superarlo, entonces.
―O te puedes quedar frígida ―dice Will, sus ojos verdes brillaban con malicia―. Sabes. Si lo quieres.
Christina le lanza un rollo a él. Él lo agarra y lo muerde.
―No seas cruel con ella ―dice―. La frigidez está en su naturaleza. Algo así como ser un sabelotodo está en la tuya.
―¡No soy frígida! ―exclamo.
―No te preocupes por eso ―dice Will―. Es entrañable. Mira, estas toda roja.
El sólo comentario hace que mi cara se caliente más. Todo el mundo se ríe. Yo fuerzo una risa y, después de unos segundos, viene naturalmente.
Se siente bien volver a reír.
Después del almuerzo, Cuatro nos lleva a una nueva habitación. Es enorme, con un piso de madera que está roto y chirriante y tiene un gran círculo pintado en el centro. En la pared izquierda hay una pizarra verde, un tablero. Mis maestros de los Niveles Bajos utilizaban una, pero no he visto una desde entonces. Tal vez tenga algo que ver con las prioridades de Intrepidez: la formación es lo primero, la tecnología ocupa el segundo lugar.
Nuestros nombres están escritos en el tablero en orden alfabético. Colgando a intervalos de casi un metro, a lo largo de un extremo de la habitación, había negros sacos de boxeo.
Nos alineamos detrás de ellos y Cuatro se para en el centro, donde todos podíamos verlo.
―Como dije esta mañana ―dice Cuatro―, lo próximo que aprenderán es a pelear. El propósito esto es prepararse para actuar; preparar a su cuerpo para responder a las amenazas y desafíos, lo que necesitarán, si van a sobrevivir a la vida como un Intrepidez.
No puedo ni siquiera pensar en la vida como un Intrepidez. Todo en lo que puedo pensar es en pasar la Iniciación.
―Vamos a ir sobre la técnica hoy, y mañana comenzarán a luchar unos contra otros ―dijo Cuatro―. Así que les recomiendo que presten atención. Aquellos que no aprendan rápido se harán daño.
Cuatro nombra un par de golpes diferentes, demostrando cada uno de ellos mientras lo hace, primero contra el aire y luego contra el saco de boxeo.
Agarro uno mientras practicamos. Al igual que con el arma, necesito varios intentos para encontrar la manera de sostenerme y la manera en la cual mover mi cuerpo para que se vea como el suyo. Las patadas son más difíciles, a pesar de que él sólo nos enseña lo básico. El saco de boxeo pica en mis manos y pies, volviendo la piel roja, y apenas se mueven, no importa lo duro que le diera. Todo a mí alrededor es el sonido de la piel golpeando la resistente tela.
Cuatro se pasea por la multitud de los Iniciados, nos mira a medida que avanzamos a través de los movimientos de nuevo. Cuando se detiene frente a mí, mi interior se retuerce como si alguien me estuviese revolviendo con un tenedor. Me mira, sus ojos recorriendo mi cuerpo desde la cabeza hasta los pies, no persistiendo en ningún lugar, una mirada práctica y científica.
―No tienes mucho músculo ―dice―, lo que significa que es mejor que uses rodillas y codos. Puedes poner más poder detrás de ellos.
De pronto presiona una mano en mi estómago. Sus dedos son tan largos que, aunque el talón de su mano toca una parte de mi caja torácica, las yemas de sus dedos tocan la del otro lado. Mi corazón late tan fuerte que mi pecho duele, y lo miro fijamente con los ojos bien abiertos.
―Nunca te olvides de mantener la tensión aquí ―dice en voz baja.
Cuatro saca la mano y sigue caminando. Siento la presión de la palma de su mano, incluso después de que haya desaparecido. Es extraño, pero tengo que parar y respirar por unos segundos antes de poder seguir practicando nuevamente.
Cuando Cuatro nos despide para la cena, Christina me empuja con el codo.
―Me sorprende que él no te rompiera por la mitad ―dice. Ella arruga la nariz―. Él me asusta como el infierno. Es esa voz tranquila que usa.
―Sí. Él es... ―miro por encima de mi hombro hacia él. Está tranquilo, y notablemente dueño de sí mismo. Pero no tenía miedo de que me hiciera daño ―… definitivamente intimidante ―digo finalmente.
Al, que estaba delante de nosotros, se da la vuelta una vez que llegamos a La Fosa y anuncia: ―Quiero hacerme un tatuaje.
Detrás de nosotros, Will pregunta. ―¿Un tatuaje de qué?
―No sé ―Al se ríe―. Sólo quiero sentir que realmente dejé mi vieja Facción. Dejar de llorar sobre eso. ―Cuando no respondemos, añade―: Sé que me han escuchado.
―Sí, aprende a calmarte, ¿Podrías? ―Christina agarra el grueso brazo de Al―. Creo que tienes razón. Estamos mitad dentro, mitad fuera. Si queremos estar todo el camino dentro, debemos buscar la parte.
Ella me mira.
―No. No voy a cortarme el pelo ―le digo―, o teñirme de un color extraño. O perforarme la cara.
―¿Qué te parece tu ombligo? ―dice ella.
―¿O el pezón? ―Will dice con un bufido.
Gimo.
Ahora que el entrenamiento está terminado por el día, podemos hacer lo que queramos, hasta que sea hora de dormir. La idea me hace sentir casi vertiginosa, a pesar de que podría ser la fatiga. La Fosa es un hervidero de gente. Christina anuncia que ella y yo nos reuniremos con Al y Will en el salón de tatuajes y me arrastra hacia el lugar de la ropa. Nos tropezamos por el camino, subiendo más alto por encima del suelo de La Fosa, dispersando piedras con nuestros zapatos.
―¿Qué pasa con mi ropa? ―digo―. No estoy usando más gris.
―Son feas y gigantescas ―suspira―. ¿Vas a dejar que te ayude? Si no te gusta lo que te ponga, nunca tendrás que usarlo otra vez, te lo prometo.
Diez minutos después, de pie delante de un espejo en el lugar de la ropa llevaba un vestido negro a la altura de las rodillas. La falda no era amplia, pero no se pegaba a mis muslos, tampoco, a diferencia del primero que ella eligió, al cual me negué. Se ve la piel de gallina aparecer en mis brazos desnudos. Ella desliza el lazo de mi pelo y me lo sacude de la trenza de manera que queda colgando en ondas sobre mis hombros.
Luego levanta un lápiz negro.
―Delineador ―dice.
―No vas a ser capaz de hacerme bonita, sabes. ―Cierro los ojos y me mantengo quieta. Ella dirige la punta del lápiz a lo largo de la línea de pestañas. Me imagino de pie ante mi familia con esta ropa, y mi estómago se retuerce como si estuviera enferma.
―¿A quién le importa lo bonita? Te voy a hacer notable.
Abro los ojos y por primera vez miro abiertamente mi propio reflejo. Mi ritmo cardíaco se levanta como yo, estoy rompiendo las reglas y seré reprendida por ello. Va a ser difícil modificar los hábitos de pensamientos de Abnegación inculcados en mí, como tirar de un hilo de un complejo trabajo de bordado. Pero voy a encontrar nuevos hábitos, nuevos pensamientos, nuevas reglas. Voy a ser otra cosa.
Mis ojos eran azules antes, pero de un aburrido azul grisáceo, el delineador de ojos los hace perforantes. Con el pelo enmarcando mi cara, mis rasgos parecen más suaves y más plenos. No soy bonita, mis ojos son demasiado grandes y mi nariz es demasiado larga, pero puedo ver que Christina tiene razón. Mi cara es notable.
En cuanto a mí, ahora no es como verme a mí misma por primera vez; es como ver a alguien más por primera vez. Beatriz era una chica que vi en momentos robados en el espejo, que se mantenía en silencio en la mesa. Ésta es alguien cuyos ojos reclaman los míos y no me libera; esta es Tris.
―¿Ves? ―dice―. Estás… llamativa.
En estas circunstancias, es el mejor elogio que me pudo haber dado. Le sonrío a ella en el espejo.
―¿Te gusta? ―pregunta ella.
―Sí ―asiento―. Me veo como una persona diferente…
Ella se ríe―. ¿Eso es algo bueno o algo malo?
Me miro de frente otra vez. Por primera vez, la idea de dejar a mi identidad Abnegación detrás no me pone nerviosa, sino que me da esperanzas.
―Algo bueno. ―Muevo la cabeza―. Lo siento, nunca se me ha permitido mirarme en el espejo todo este tiempo.
―¿En serio? ―Christina sacude la cabeza―. Abnegación es una Facción extraña, tengo que decirte.
―Vamos a ver a Al tatuarse ―le digo. A pesar de que he dejado mi antigua Facción detrás, no quiero que la critique todavía.
En casa, mi madre y yo recogíamos las pilas de ropa casi idéntica cada seis meses más o menos. Es fácil asignar los recursos, cuando todo el mundo recibe lo mismo, pero todo es más variado en el complejo de Intrepidez. Cada Intrepidez obtiene una cierta cantidad de puntos para gastar por mes, y el vestido costó sólo uno de ellos.
Christina y yo vamos rápido por el estrecho sendero hasta el lugar de tatuajes. Cuando lleguemos allí, Al ya está sentado en la silla, y un pequeño, angosto hombre con más tinta que piel desnuda le está dibujando una araña en el brazo.
Will y Christina ven los libros de imágenes, dándose codazos el uno al otro cuando ven una buena imagen. Cuando se sientan uno junto al otro, me doy cuenta de lo opuesto que son, Christina es oscura y delgada, Will es pálido y sólido, pero son iguales en su sonrisa fácil.
Viajo por toda la habitación, mirando las obras de arte en las paredes. En estos días, los únicos artistas están en Concordia. Abnegación ve el arte como poco práctico, y se aprecia como tiempo que podría ser utilizado para servir a los demás, así que aunque he visto las obras de arte en los libros de texto, nunca había estado en una habitación decorada antes. Esto hace que el aire se sienta cercano y cálido, y podría perderme aquí por horas sin darme cuenta. Rozando la pared con mis dedos. La imagen de un halcón en la pared me recuerda al tatuaje de Tori. Debajo de él está el dibujo de un ave en vuelo.
―Es un cuervo ―dice una voz detrás de mí―. Bonito, ¿Verdad?
Me doy vuelta para ver a Tori ahí. Siento que estoy de regreso en la sala de prueba de aptitud, con los espejos a mi alrededor y los cables conectados en mi frente. No esperaba verla de nuevo.
―Bueno, hola ―ella sonríe―. Nunca pensé que volvería a verte. Beatrice, ¿Verdad?
―Tris, en realidad ―le digo―. ¿Trabajas aquí?
―Lo hago. Acabo de tomar un descanso para administrar las pruebas. La mayoría del tiempo estoy aquí. ―Ella se golpea ligeramente la barbilla―. Reconozco ese nombre. ¿Fuiste la primera en saltar, no?
―Sí, era yo.
―Bien hecho.
―Gracias. ―Toco el dibujo de las aves―. Escucha, tengo que hablar contigo acerca de… ―veo hacia Will y Christina. No puedo arrinconar a Tori ahora; ellos van a hacer preguntas―… algo. En algún momento.
―No estoy segura de que fuera prudente ―dice en voz baja―. Te ayudé tanto como pude, y ahora tendrás que hacerlo sola.
Frunzo la boca. Ella tiene respuestas; sé que lo hace. Si no me las da a mí ahora, voy a tener que encontrar una manera de hacer que me las de en otro momento.
―¿Quieres un tatuaje? ―dice ella.
El boceto de las aves llama mi atención. Nunca tuve la intención de conseguir una perforación o un tatuaje cuando vine aquí. Sé que si lo hago, será otra brecha entre mi familia que yo nunca podré quitar. Y si mi vida aquí continúa como lo he hecho, es posible que pronto sea la menor de las brechas entre nosotros.
Pero ahora entiendo lo que Tori dijo acerca de que su tatuaje representa un miedo que superó, un recordatorio de dónde estaba, así como un recordatorio de dónde está ahora.
Tal vez hay una manera de honrar a mi antigua vida mientras abrazo a la nueva.
―Sí ―le digo―. Tres de estas aves en vuelo.
Me toco la clavícula, marcando el camino de su vuelo, hacia mi corazón. Uno por cada miembro de mi familia que dejé atrás.
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