Capítulo IX

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Capítulo IX

Mensaje por iita ™ el Vie Ago 17, 2012 2:22 pm

―Puesto que hay un número impar de ustedes, uno de ustedes no luchará hoy ―dice Cuatro, alejándose del tablero en la sala de entrenamiento. Me da una mirada. El espacio al lado de mi nombre está en blanco.
El nudo en mi estómago se deshace. Un indulto.
―Esto no es bueno ―dice Christina, empujándome con su codo. Su codo golpea uno de mis adoloridos músculos… esta mañana, tengo más músculos adoloridos de los que no; y me estremezco.
―Ay.
―Lo siento ―dice ella―. Pero mira. Estoy en contra de Tank.
Christina y yo nos sentamos juntas en el desayuno, y antes me había protegido del resto del dormitorio mientras me cambiaba. No he tenido un amigo como ella antes. Susan era mejor amiga con Caleb que conmigo, y Robert sólo iba a donde Susan fuera.
Creo que no he tenido un amigo, y punto. Es imposible tener una verdadera amistad cuando nadie siente que puede aceptar la ayuda o incluso hablar de sí mismos. Eso no sucedía aquí. Ya sé más de Christina que lo que nunca supe de Susan, y sólo han pasado dos días.
―¿Tank? ―Encontré el nombre de Christina en el tablero. Escrito junto a él está “Molly”.
―Sí, el secuaz de Peter con un poco más de aspecto femenino ―dice ella, señalando hacia el grupo de personas al otro lado de la habitación. Molly es alta como Christina, pero ahí es dónde terminan las similitudes. Ella tiene los hombros anchos, la piel color bronce, y una nariz bulbosa.
―Esos tres… ―Christina apunta a Peter, Drew, y Molly a su vez―… han sido inseparables desde que salieron del útero, prácticamente. Los odio.
Will y Al estaban uno frente al otro en la arena. Se llevaron las manos a sus rostros para protegerse, como Cuatro nos enseñó, e iban de un lado a otro en círculos alrededor del otro. Al es quince centímetros más alto que Will, y dos veces más ancho. Mientras lo miraba, me di cuenta de que incluso sus rasgos faciales son grandes: nariz grande, labios grandes, ojos grandes. Esta pelea no durará mucho tiempo.
Eché un vistazo a Peter y sus amigos. Drew es más bajo que Peter y Molly, pero es fornido como una roca, y sus hombros están encorvados siempre. Su cabello es de color naranja rojizo, del color de una zanahoria vieja.
―¿Qué está mal con ellos? ―digo.
―Peter es pura maldad. Cuando éramos niños, él se peleaba con gente de otras Facciones, y luego, cuando un adulto venía a separarlos, lloraba e inventaba alguna historia acerca de cómo el otro chico empezó. Y por supuesto, le creían, porque estábamos en Sinceridad y no podíamos mentir. Jaja.
Christina arruga la nariz, y añade―: Drew es sólo su compañero. Dudo que haya un pensamiento independiente en su cerebro. Y Molly… ella es del tipo de persona que incinera a las hormigas con una lupa, sólo para verlas deshacerse.
En la arena, Al golpea duro a Will en la mandíbula. Me estremezco. Del otro lado de la sala, Eric sonríe a Al, y gira uno de los anillos en su ceja.
Will se tambalea hacia un lado, con una mano presionada en su cara, y bloquea el siguiente puñetazo de Al con su mano libre. A juzgar por su gesto, el bloquear el puñetazo es tan doloroso como lo habría sido un golpe. Al es lento, pero fuerte.
Peter, Drew, y Molly lanzan furtivas miradas en nuestra dirección y luego juntan sus cabezas, susurrando.
―Creo que saben que estamos hablando de ellos ―digo.
―¿Y? Ellos ya saben que los odio.
―¿Lo saben? ¿Cómo?
Christina sonríe falsamente hacia ellos y los saluda. Miro hacia abajo, mis mejillas calentándose. No debería estar chismeando de todos modos. El chisme es auto-indulgente.
Will engancha un pie alrededor de una de las piernas de Al y tira hacia atrás, golpeando a Al en el suelo.
Al gatea en sus pies.
―Porque yo les he dicho ―dice ella, a través de los dientes apretados de su sonrisa. Sus dientes son rectos arriba y torcidos abajo. Ella me mira―. Tratamos de ser muy honestos acerca de nuestros sentimientos en Sinceridad. Un montón de gente me ha dicho que no les gusto. Y un montón de gente no. ¿A quién le importa?
―Simplemente... no se supone que lastimemos a las personas ―digo.
―Me gusta pensar que estoy ayudándolos al odiarlos ―dice―. Les estoy recordando que no son un regalo de Dios para la humanidad.
Me río un poco en eso y me concentro en la arena de nuevo. Will y Al se enfrentan entre sí por unos segundos más, más vacilantes que antes. Will aparta rápidamente su cabello claro de sus ojos. Echan un vistazo a Cuatro como si estuvieran esperando a que declare terminada la pelea, pero él permanece con los brazos cruzados, sin dar ninguna respuesta. A unos metros de él, Eric mira su reloj.
Después de unos segundos de dar vueltas, Eric grita: ―¿Creen que esta es una actividad de ocio? ¿Deberíamos pedir medio tiempo para una siesta? ¡Luchen entre sí!
―Pero... ―Al se endereza, bajando sus manos, y dice―, ¿es con puntos o algo así? ¿Cuándo termina la pelea?
―Se termina cuando uno de ustedes no pueda continuar ―dice Eric.
―De acuerdo a las normas de Intrepidez ―dice Cuatro―, uno de ustedes también podría ceder.
Eric entorna los ojos hacia Cuatro. ―De acuerdo con las viejas reglas ―dice―. En las nuevas reglas, nadie cede.
―Un hombre valiente reconoce la fuerza de los demás ―replica Cuatro.
―Un hombre valiente nunca se rinde.
Cuatro y Eric se miran fijamente durante unos segundos. Siento como si estuviera mirando a dos tipos diferentes de Intrepidez, el tipo honorable, y el tipo despiadado. Pero incluso yo sé que en esta sala, es Eric, el líder más joven de los Intrepidez, quien tiene la autoridad.
Gotas de sudor llenan la frente de Al; las limpia con el dorso de su mano.
―Esto es ridículo ―dice Al, sacudiendo la cabeza―. ¿Cuál es el punto de golpearlo? ¡Estamos en la misma Facción!
―Oh, ¿piensas que va a ser tan fácil? ―pregunta Will, sonriendo―. Adelante. Trata de pegarme, torpe.
Will pone las manos en alto de nuevo. Veo determinación en los ojos de Will que no estaban antes. ¿Realmente cree que puede ganar? Un duro golpe en la cabeza y Al lo noqueará en frío.
Eso es, si realmente puede golpear a Will. Al trata con un puñetazo, y Will se agacha, la parte de atrás de su cuello brillando de sudor. Él esquiva otro golpe, deslizándose alrededor de Al y pateándolo con fuerza en la espalda. Al se tambalea hacia delante y gira.
Cuando era más joven, leí un libro sobre los osos pardos. Había una foto de uno de pie sobre sus patas traseras con sus patas extendidas, rugiendo. Así es como Al se ve ahora.
Carga contra Will, agarrándolo del brazo para que no se pueda escapar, y lo golpea duro en la mandíbula.
Puedo ver la luz dejar los ojos de Will, que son de color verde pálido, como el apio. Ruedan hacia atrás en su cabeza, y toda la tensión cae de su cuerpo. Se desliza de las manos de Al, como un peso muerto, y se desploma en el suelo. El frío corre por mi espalda y me llena el pecho.
Los ojos de Al se abren ampliamente, y se agacha junto a Will, tocándole la mejilla con una mano. La habitación se queda en silencio mientras esperamos que Will responda. Durante unos segundos, no lo hace, sólo yace en el suelo con un brazo doblado debajo de él. Luego parpadea, claramente aturdido.
―Haz que se levante ―dice Eric. Se queda mirando con ojos codiciosos el cuerpo caído de Will, como la vista en una comida y no ha comido en las últimas semanas. La curvatura de su labio es cruel.
Cuatro se dirige a la pizarra y encierra el nombre de Al. Victoria.
―¡Los siguientes… Molly y Christina! ―grita Eric. Al tira del brazo de Will sobre sus hombros y lo arrastra fuera de la arena.
Christina cruje sus nudillos. Me gustaría desearle suerte, pero no sé qué bien podría hacer. Christina no es débil, pero es mucho más estrecha que Molly. Esperemos que su altura la ayude.
A través de la sala, Cuatro apoya a Will desde la cintura y lo lleva afuera. Al permanece de pie un momento en la puerta, observándolos irse.
La salida de Cuatro me pone nerviosa. Dejándonos con Eric es como contratar a una niñera que se la pasa el tiempo afilando cuchillos.
Christina mete su cabello detrás de las orejas. Es al ras de la barbilla, negro, y echado hacia atrás con clips plateados. Ella cruje otro nudillo. Se ve nerviosa, y no es de extrañar. ¿Quién no estaría nervioso después de ver a Will derrumbarse como un muñeco de trapo?
Si el conflicto termina en Intrepidez con una sola persona de pie, no estoy segura de lo que esta parte de la Iniciación va a hacer por mí. ¿Quisiera ser Al, de pie sobre el cuerpo de un hombre, sabiendo que yo soy la que lo lanzó al suelo, o quisiera ser Will, acostado en un montón indefenso? ¿Y es egoísta de mi parte desear la victoria, o es valiente? Me limpio mis manos sudorosas en el pantalón.
Rompo la atención cuando Christina patea a Molly en el costado. Molly jadea y rechina los dientes como si estuviera a punto de gruñir a través de ellos. Un grueso mechón de cabello negro cae sobre su rostro, pero ella no lo aparta.
Al está de pie junto a mí, pero estoy muy centrada en la nueva pelea para mirarlo, o felicitarlo por ganar, asumiendo que es lo que quiere. No estoy segura.
Molly le sonríe a Christina, y sin previo aviso, carga contra ella, con las manos extendidas, hacia la parte media de Christina. Ella la golpea con fuerza, tirándola hacia abajo, y anclándola al suelo. Christina se agita, pero Molly es pesada y no se mueve.
Ella golpea, y Christina mueve la cabeza fuera del camino, pero Molly sólo golpea una y otra vez, hasta que su puño golpea la mandíbula de Christina, su nariz, su boca. Sin pensarlo, agarro el brazo de Al y aprieto tan fuerte como puedo. Sólo necesito algo a que aferrarme. La sangre corre por el lado de la cara de Christina y salpica en el suelo junto a su mejilla. Esta es la primera vez que he orado porque alguien caiga inconsciente.
Pero no lo hace. Christina grita y arrastra uno de sus brazos libres. Golpea a Molly en el oído, dejándola fuera de balance, y se retuerce para liberarse. Ella llega a sus rodillas, sosteniendo su cara con una mano. La sangre manando de su nariz es espesa y oscura y cubre sus dedos en cuestión de segundos. Ella grita de nuevo y se arrastra lejos de Molly. Puedo decir por la agitación de sus hombros que está llorando, pero apenas puedo oírla por encima del zumbido en mis oídos.
Por favor que quede inconsciente.
Molly patea el costado de Christina, enviándola lánguida sobre su espalda. Al libera su mano y me tira apretado a su lado. Aprieto los dientes para no gritar. No tenía ninguna simpatía por Al la primera noche, pero ya no soy cruel; la visión de Christina agarrando sus costillas hace que quiera interponerme entre ella y Molly.
―¡Alto! ―se lamenta Christina mientras Molly empuja su pie hacia atrás para patearla de nuevo. Ella sostiene una mano en alto―. ¡Alto! Ya... ―tose―… Ya he terminado.
Molly sonríe, y yo suspiro de alivio. Al suspira también, su tórax se eleva y cae contra mi hombro.
Eric camina hacia el centro de la arena, sus movimientos son lentos, y se detiene por encima de Christina con los brazos cruzados. Él dice en voz baja: ―Lo siento, ¿Qué dijiste? ¿Ya has terminado?
Christina se empuja hasta sus rodillas. Cuando levanta la mano del suelo, deja una huella roja detrás. Se aprieta su nariz para detener el sangrado y asiente con la cabeza.
―Levántate ―dice él. Si hubiera gritado, no habría sentido como si todo dentro de mi estómago estuviera a punto de salir de él. Si hubiera gritado, hubiera sabido que los gritos era lo peor que lo que pensaba hacer. Pero su voz es tranquila y sus palabras precisas. Él agarra el brazo de Christina, le da un tirón para ponerse en pie, y la arrastra hacia la puerta.
―Síganme ―dice al resto de nosotros.
Y lo hacemos.
Siento el rugido del río en mi pecho.
Estamos cerca de la barandilla. El pozo está casi vacío; estamos a mitad de la tarde, aunque se siente como si hubiera sido de noche por varios días.
Si hubiera gente alrededor, no creo que ninguno de ellos ayudaría a Christina. Estamos con Eric, por un lado, y por otro, los Intrepidez tienen diferentes reglas, reglas que la brutalidad no viole.
Eric empuja a Christina contra la barandilla.
―Súbete a ella ―le dice.
―¿Qué? ―dice que como si esperaba que él cediera, pero sus ojos amplios y su cara cenicienta sugieren lo contrario. Eric no dará marcha atrás.
―Súbete a la barandilla ―dice Eric otra vez, pronunciando lentamente cada palabra―. Si puedes colgar sobre el abismo durante cinco minutos, me olvidaré de tu cobardía. Si no puedes, no te permitiré continuar con la Iniciación.
La barandilla es estrecha y está hecha de metal. La espuma que las capas del río provocan, la hacen resbaladiza y fría. Incluso si Christina es lo suficientemente valiente como para colgar de la barandilla por cinco minutos, puede no ser capaz de aguantar. O bien decide ser Sin Facción, o corre el riesgo de morir.
Cuando cierro los ojos, la imagino cayendo sobre las rocas irregulares debajo y tiemblo. ―Está bien ―dice ella, con voz temblorosa.
Ella es lo suficientemente alta como para hacer pivotar su pierna sobre la barandilla. Su pie tiembla. Pone su pie en la saliente mientras levanta la otra pierna. De frente a nosotros, se limpia las manos en sus pantalones y se aferra a la barandilla con tanta fuerza que sus nudillos se tornan blancos. Luego pone un pie fuera de la saliente. Y el otro. Veo su cara entre los barrotes de la barrera, determinada, con los labios apretados.
A mi lado, Al programa su reloj.
Durante el primer minuto y medio, Christina está bien. Sus manos se mantienen firmes alrededor de la barandilla y sus brazos no se agitan. Empiezo a pensar que podría lograrlo y le mostraría a Eric cuán tonto era por dudar de ella.
Pero entonces el río llega a la pared, y las aguas blancas salpican contra la espalda de Christina. Su rostro golpea la barrera, y grita. Sus manos resbalan por lo que está sólo sosteniéndose por sus dedos. Trata de conseguir un mejor agarre, pero ahora sus manos están mojadas.
Si la ayudo, Eric haría de mi destino el mismo que el suyo. ¿La dejaré caer a su muerte, o me resigno a ser Sin Facción? ¿Qué es peor: estar de ociosa cuando alguien muere, o estar exiliada y con las manos vacías?
Mis padres no tendrían ningún problema respondiendo a esa pregunta.
Pero yo no soy como mis padres.
Hasta donde sé, Christina no ha llorado desde que llegamos aquí, pero ahora su cara está contraída y deja escapar un sollozo que es más fuerte que el río. Otra ola golpea la pared y la espuma recubre su cuerpo. Una de las gotas golpea mi mejilla. Sus manos se deslizan de nuevo, y esta vez, una de ellas cae de la barandilla, por lo que está colgando por cuatro dedos.
―Vamos, Christina ―dice Al, su voz baja sorprendentemente fuerte. Ella lo mira. Él aplaude―. Vamos, agárrala de nuevo. Puedes hacerlo. Agárrala.
¿Podría ser incluso lo suficientemente fuerte como para aferrarme a ella? ¿Valdría la pena mi esfuerzo para tratar de ayudarla si sé que soy demasiado débil para hacer algo?
Sé lo que esas preguntas son: excusas. La razón humana puede encontrar excusa a cualquier mal; es por eso que es tan importante que no confiemos en ella. Palabras de mi padre.
Christina balancea su brazo, buscando a tientas por la barandilla. Nadie más la anima, pero Al aplaude y grita, sus ojos sostienen los de ella. Me gustaría hacerlo; me gustaría poder moverme, pero sólo me quedo mirándola y me pregunto cuánto tiempo he sido tan asquerosamente egoísta.
Miro el reloj de Al. Cuatro minutos han pasado. Me codea duro en el hombro.
―Vamos ―digo. Mi voz es un susurro. Me aclaro la garganta―. Sólo queda un minuto ―digo, esta vez más fuerte. La otra mano de Christina encuentra la barandilla de nuevo. Sus brazos se sacuden con tanta fuerza que me pregunto si la tierra está temblando debajo de mí, moviendo mi visión, y yo no lo noté.
―Vamos, Christina ―Al y yo decimos, y cuando nuestras voces se unen, creo que podría ser lo suficientemente fuerte como para ayudarla.
La ayudaré. Si se desliza de nuevo, lo haré.
Otra ola de agua salpica contra la espalda de Christina, y grita cuando sus dos manos se deslizan de la barandilla. Un grito sale de mi boca. Suena como si perteneciera a otra persona.
Pero ella no se cae. Agarra los barrotes de la barrera. Sus dedos se deslizan por el metal hasta que ya no puedo ver su cabeza; sus dedos son todo lo que veo.
El reloj de Al indican las 5:00.
―Pasaron cinco minutos ―dice él, casi escupiendo las palabras hacia Eric.
Eric comprueba su propio reloj. Tomándose su tiempo, inclinando su muñeca, al mismo tiempo que mi estómago se retuerce y no puedo respirar. Cuando parpadeo, veo a la hermana de Rita en el pavimento debajo de las vías del tren, las extremidades dobladas en ángulos extraños; veo a Rita gritando y llorando; me veo alejarme.
―Bien ―dice Eric―. Puedes abandonar, Christina.
Al camina hacia la barandilla.
―No ―dice Eric―. Ella tiene que hacerlo por su cuenta.
―No, no lo hará ―gruñe Al―. Ella hizo lo que dijiste. No es una cobarde. Hizo lo que dijiste.
Eric no responde. Al alcanza la barandilla, y es tan alto que puede llegar a la muñeca de Christina. Ella agarra su antebrazo. Al tira de ella hacia arriba, con la cara roja por la frustración, y yo corro adelante para ayudar. Soy demasiado pequeña como para hacer mucho bien, como sospechaba, pero agarré a Christina bajo el hombro una vez que está lo suficientemente en alto, y Al y yo la arrastramos sobre la barrera. Cae al suelo, con su cara todavía manchada de sangre por la lucha, la espalda mojada, su cuerpo tembloroso.
Me arrodillo a su lado. Levanta los ojos a los míos, después hacia Al, y todos juntos recuperamos el aliento.
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